Hubo un tiempo en que las madres eran madres
La otra tarde asistí a un espectáculo estremecedor. Para variar, estaba yo en un bar (un bar decente, ojo; sin ir más lejos, la noche antes había habido una pelea, con banquetas volando, el camarero con las gafas rotas y, al remate, intervención de la policía local). Acuciado por el vicio, salí a la terraza a echar un pitillo y entregado a los placeres de la nicotina como estaba, mi mirada plácida se vio atraída por una madre que jugaba con su hijo al escondite. La madre tendría unos cuarenta años y el hijo cinco o seis. Hasta ahí, todo normal.
Bueno, normal relativamente; porque lo lógico hubiera sido que el niño estuviera jugando al escondite con otros niños, no con su madre. De hecho, siempre había pensado que uno de los fines de jugar al escondite era -precisamente- aprender a esconderse de los padres, ¿no? Pero, bueno, todos los demás niños estaban dentro del bar jugando con sus nintendos y ajenos al mundo circundante, así que a éste en particular, no le quedaba otra que jugar con la autora de sus días.
El caso es que había algo que no terminaba de cuadrarme, así que presté más atención y lo que vi me heló la sangre. La madre estaba contra la pared, contando muy concentrada y el niño estaba escondido tras un cajón minúsculo que no lo cubría en absoluto, ni de los fuegos, ni de las vistas del enemigo. ¡Qué niño tan torpe!, me dije.
Cuando la madre terminó de contar, empezó a dar vueltas muy sonriente y en apariencia sin ver al niño (cosa imposible, porque era un ceboncillo sedentario y sobresalía por todos los lados). Hablando con una voz de subnormal completa, se alejó de la pared: “¿Dónde estará este niño? ¡Huy! ¿Dónde se habrá escondido, que no le veo…?” Claro, el niño salió corriendo y gritó triunfal: “¡Por mí!”
Así que, ahora volvía a ligarla la madre. Pero no, por lo visto, no haberlo encontrado daba igual; al parecer tenían establecido un sistema de turnos independiente del resultado de la búsqueda. El niño se puso a contar y la madre fue a esconderse detrás de una de las estufas-seta de la terraza, con un espesor de unos ¿ocho? centímetros del que rebosaban evidentes las formas maternales. “¡Vaya mierda de madre!”, me dije yo, “¿no jugaba al escondite cuando era pequeña?”.
Para mi sorpresa, el niño terminó de contar y repitió gesto por gesto la pantomima que un minuto antes había interpretado su madre. Fingía no verla, y digo “fingía”, porque en mi mundo, los niños no son gilipollas; al menos no tan gilipollas como los adultos. Pero… este niño no era ciego; sin duda, veía a su madre, pero… ¡Claro! Su madre le había enseñado a jugar a su peculiar concepción del “escondite” y él creía sin duda honradamente que el juego no consistía en esconderse lo mejor posible, sino en fingir que no veías a quien ni siquiera intentaba esconderse. Es de suponer que la madre, lectora del dominical de El País e imbuida de sus tempranas lecturas de Lucía Etxebarría y Paulo Coelho, pretendía hacer del escondite un juego cooperativo y no frustrante, en lugar del feroz trasunto de la caza que siempre ha sido: un entrenamiento para encontrar a la presa y para no ser encontrado, ¿no?
Robert Mitchum muestra cómo entrenar a los niños de forma no sexista
Pues vuestro humilde narrador estaba asistiendo al despliegue del “antientrenamiento”. La función de los padres en cualquier especie es entrenar a sus cachorros para la supervivencia, y el escondite es un juego paradigmático en ese sentido: sirve para sobrevivir. ¿Cómo coño piensan esas madres que se van a esconder correctamente sus niños si los persigue un pederasta, o un asesino en serie? ¿o, no lo quiera Dios, un vampiro? ¡Ay, mierda! Si ahora los vampiros resulta que son guays, son guapos y ni siquiera les huele el aliento a cadáver.
Niños de los de antes, correctamente camuflados
Al parecer, ahora la función del juego es no frustrar al niño y dejarle claro para siempre que sus progenitores son unos seres absolutamente imbéciles que ni siquiera saben esconderse. Al parecer, para poder competir, adquirir habilidades y superarse sin la intervención imbecilizante de sus ¿padres? sólo les queda el recurso a los videojuegos, que, aunque virtuales, son tan salvajemente competitivos como las peleas del colegio de nuestros tiempos.