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10/9/06

Don Pelayo: ¡Presente!



Solicito la opinión de los cibercompañeros y, en especial, del Espía del bar y de Wallenstein a ver qué opinan de esto. Cito textualmente:

"Don Pelayo representa el espíritu de resistencia. Si hubiera que buscar referencias actuales a su figura, sólo soy capaz de ver a Zapatero entre los colaboracionistas. El primer rey de Asturias es lo contrario de la alianza de las civilizaciones. Es la afirmación romana, germánica, hispánica y cristiana contra el Islam."

Este texto es el final de un artículo de autopresentación firmado por José Ignacio Gracia Noriega, aparecido en El Mundo de hoy, 10/09/2006, para publicitar su libro "Don Pelayo", que saldrá al mercado el martes 12 en La Esfera de los libros (por supuesto).

Al parecer, este sesudo historiador ha entregado a la estampa la primera biografía seria de Don Pelayo, el primer rey de España (sic) (¡¿Y mi querido Leovigildo?!) y, sólo por este párrafo, creo que convenceré a mi coleguita la hija de los dueños de mi barra física de los aperitivos que, aunque es más facha que los palominos de los calzoncillos de Jose Antonio, la quiero (de hecho, entre unos cuantos la hemos pagado la carrera y el master botellín a botellín) y lee mucho, de que se lo compre y luego me lo preste.

Bien, para que no me acusen de sexista, debería haber dicho más facha que los restillos sanguinolientos de los tampax de Pilar Primo de Rivera, pero como no sé si tan ilustre hermana usaba tampax, pues mejor lo dejamos como estaba.

El caso es que ese es el tipo de historia que se está publicando en España hoy por hoy. Me refiero a Historia divulgativa dirigida al gran público. Esta gente está volviendo a presentar como respetable la historia que yo estudiaba de pequeño en los años 60: Viriato, El Cid, los Reyes Católicos y demás. (Insisto, como ya he dicho otras veces: por lo menos era historia, algo te contaban y luego ya podrías tú buscar fuentes alternativas)

Pero me parece que esto es ya rizar el rizo. Publicar una biografía de Don Pelayo como libro de historia, salvo que pérfidamente lo consideremos parte de esa conspiración del entorno de Pedro J. de imbecilizar a los españoles (más grave: al pequeño porcentaje de españoles lectores), sólo puede describirse como estafa.

Los únicos datos existentes sobre Don Pelayo proceden de unas crónicas escritas mucho tiempo después de la presunta batalla de Covadonga (La Albeldense, la Alfonsina y la Rotense. Reitero la autocita del Sr. Gracia Noriega porque esto es un bar y no tengo ganas de ponerme a buscar, que hoy es domingo y ayer trabajé) Por cierto, que el autor no cita ninguna fuente musulmana formato Ajbar Machmúa o la ínclita Crónica del Moro Rasís (igualmente poco fiables por los mismos motivos que las cristianas)

Por otra parte, dichas fuentes sólo hablan de la batalla de Covadonga y aledaños históricos y, como mucho, de los problemas de la hermana del héroe con el presunto moro que mandaba en Cangas de Onís, que produjeron el cabreo que llevó a Covadonga y a la resurrección de la madre España.

Aquí hay mucho tema. La supuesta invasión musulmana y la así llamada Reconquista son el hecho histórico fundamental de España. Sólo planteo algunos detallessegún mis datos que con gusto someteré a otros mejor fundados: la Hégira es el 622, la batalla de Guadalete 711, el texto del Sagrado Corán dictado por Dios a través del Arcángel San Gabriel a Mahoma sólo quedó establecido bien entrado el siglo IX, "España" fue invadida desde "España" (el norte del actual Marruecos) por la misma gente que vivía a este lado del Estrecho, 89 años después de mucho antes de que Mahoma se hiciera con alguna clase de poder, Los "españoles" del sur del Estrecho lo pasaron para apoyar a los "Españoles" de este lado que eran de su bando en el marco de una guerra civil entre los partidarios de Don Rodrigo y los de los hijos de Witiza (rey éste el más glorioso puesto que dio origen a una frase del vocabulario del mus aplicable en toda ocasión: "Incierto se presenta el reinado de Witiza"), bandos que coincidían más o menos con los partidarios del catolicismo romano y su herejía trinitaria y los tradicionalistas que consideraban que sólo había un Dios y que eso del Hijo y el Espíritu Santo era politeísmo (o sea: los Arrianos). Si añadimos datos como que en un país aquejado para los años oscuros aquellos de diarrea histórico literaria (cito sólo a San Isidoro de Sevilla) y donde han llegado hasta nosotros las actas de los Concilios Toledanos, anteriores a estos hechos, no existe una sola fuente contemporánea de la invasión (por ninguno de los bandos), que no existen monedas musulmanas hasta siglo y pico después del 711, por lo menos; que (esto lo tengo que confirmar) por lo visto hay fuentes Francas según las cuales la batalla de Poitiers que Carlos Martel, el protocarolingio, ganó a la hueste muslim, la libraron los Francos contra los Visigodos, y que el que mandaba los incontables ejércitos caldeos en Covadonga era ni más ni menos que el obispo de Sevilla, Don Opas (el del vino)... El tema resulta sorprendente.

Podemos añadir que en torno al año 1000, en Distintas zonas de España (ya la llamaban así los contemporáneos, ¡vaya por Dios!, aunque tuviera distintos "estados") se dictaron normas para que los musulmanes llevaran algún tipo de prenda distintiva, como los judíos, para distinguirlos de los cristianos; ya que se vestían igual, hacían lo mismo y hablaban la misma lengua, o que en el Siglo XIII todavía había muchas ciudades de cierta importancia en Al-Andalus donde no había una sola mezquita porque no había suficientes musulmanes... Bueno. Es que se trata de una polémica histórica en ciernes (de barra de bar, por supuesto) apasionante.

Para hacer caso a San Max Weber, que recomienda que uno sea honrado y dé datos sobre su posición antes de hablar, diré que yo tengo una tendencia irrefrenable a una interpretación evemerística de los mitos. Como ejemplo, ahí va uno de mis cuentecillos de guerra para desatascar:


Arcturus


"Arma virumque cano, Troiae quis primus ab oris..." podría haber leído, pues así comenzaba el libro que tenía entre las manos. Pero el sajón no sabía Latín y, de hecho, tampoco sabía leer. No obstante, tenía buen juicio y guardó el rollo en lugar de arrojarlo a las llamas que –si la lluvia lo permitía- pronto devorarían la cabaña. Sabía que a veces los romanos escribían cosas de interés militar y sus jefes tal vez podrían encontrarlo útil. De este modo y tras mil doscientos años de diversas vicisitudes, sus restos llegarían a la Bodleian Library, donde se conservan hoy como la copia más antigua conocida de la Eneida.

Arriba, tendido entre los brezos de la colina, el Dux Britaniorum echó un último vistazo: había contado veintiséis hombres y cinco caballos. Del arzón colgaban cabelleras de enemigos muertos. Arrastrándose penosamente hacia atrás llegó junto a sus tropas: su espatario Girflet y tres jóvenes granjeros armados con hoces y cuchillos. Les hizo una seña imperativa y se adentraron en el bosque silencioso.

Habían transcurrido años desde que la última legión abandonase Britania para tomar parte en las luchas del continente. Máximo no contestó a ningún mensaje. Luego se supo que había muerto. Los sajones habían ido llegando en sucesivas oleadas y aniquilando toda resistencia. Eran crueles. Arturo levantó algo parecido a un ejército y por un tiempo pareció que lograrían resistir, pero desde la última derrota no habían hecho sino huir bajo la lluvia.

La lluvia: no acababa nunca, pero los sajones no tendrían ganas de buscar su rastro con ese tiempo. Estaba muy cansado. Bajaron a la playa donde habían ocultado la barca de cuero. Se detuvieron, arrebujados en las capas. “Creo -les dijo- que es mejor que busquéis a vuestras familias y os quedéis con ellas; por aquí no tenemos nada que hacer”. Uno de ellos, el más joven y vehemente preguntó: “¿Y tú, Arturo, qué vas a hacer?”. “Yo me voy. Buscaré ayuda y volveré”. “¿A la Galia?”. “Veremos”. “Voy contigo”. “No, Girflet; no puedes venir conmigo. Vuelve a casa”. Mientras Arturo se alejaba remando trabajosamente entre la llovizna, recordó con pena que, al escapar, había dejado su vieja Eneida en la cabaña. Su espada estaba rota, y la herida del costado volvía a sangrar.

Nacía otra historia que, con el tiempo, haría olvidar la de Virgilio."