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24/11/06

Eso ya lo decía yo


Por una vez y sin que sirva de precedente, me ahorro los comentarios.

25/8/06

Los consejos del Capitán


Este es el final de "Estrategia: La Aproximación Indirecta" de Sir Basil H. Liddell Hart. No hago comentarios, porque no es necesario. Este es el tipo de cosas que leen los militares pero no los políticos.

Para el novici@ (soy patético, usando los simbolitos progres políticamente correctos y colaborando así a la destrucción de la noble lengua castellana; pero, en fin, todo sea por convertirme en referente mediático), El Capitán, fue oficial en la Primera Guerra Mundial, quedó incapacitado por la acción de los gases (Hoy MDW) y se dedicó a extraer conclusiones de la absoluta incompetencia de los generales de esa guerra (excepto de los de Oriente). Fue reconocido como maestro por Rommel, von Manstein y Guderian. La Segunda Guerra Mundial se la pasó de asesor personal de Churchill para estos temas (aunque no siempre le hacía caso; porque, si no, es probable que el Mariscal Harris hubiera acabado en un consejo de guerra o, al menos enviado a su casa). Formaba parte del grupo de mis consejeros transgeneracionales británicos: T.E. Lawrence, Robert Graves y B.H. Liddell Hart, que eran colegas y sin embargo amigos.

Mis pobres comentarios, como decía, sobran en esta ocasión:



“Aunque la guerra es contraria a la razón, pues es un medio de llegar a una solución por la fuerza cuando el debate no consigue producir una solución acordada, el desarrollo de la guerra debe ser controlado por la razón si se quieren alcanzar sus objetivos, ya que:

1) Aunque luchar es un acto físico, su dirección es un proceso mental. Cuanto mejor sea la estrategia, más fácil y menos costoso será conseguir el objetivo.

2) Por el contrario, cuanta más fuerza se invierte, más aumenta el riesgo de que el equilibrio de la guerra se vuelva en contra; e incluso si se consigue la victoria, menos fuerzas quedarán disponibles para aprovechar la paz.

3) Cuanto más brutales sean los métodos, más resentidos estarán los enemigos, con lo que, naturalmente, endurecerán la resistencia que se trata de vencer; por lo tanto, cuanto más emparejados en fuerza estén ambos bandos, más inteligente será evitar extremos de violencia que tiendan a consolidar las tropas y el pueblo enemigo tras sus líderes.

4) Estas consideraciones se amplían aún más. Cuanto más se intenta aparentar imponer una paz totalmente propia, mediante la conquista, mayores son los obstáculos que surgirán por el camino.

5) Además, cuando se consigue el objetivo militar, cuanto más se exija del bando vencido, más problemas se producirán y más motivos se brindarán para tratar de invertir la situación a la que se ha llegado mediante la guerra.

La fuerza es un círculo vicioso -o mejor, una espiral- salvo que su aplicación esté controlada por el cálculo más razonado. Así, la guerra, que comienza por negar la razón, viene a reivindicarla a lo largo de todas las fases de la lucha.

El instinto de lucha es necesario para conseguir el triunfo en el campo de batalla -aunque incluso aquí el combatiente que puede mantener la sangre fría tiene ventaja sobre el hombre que "lo ve todo rojo"-, pero siempre debe llevarse con las riendas bien tirantes. El hombre de estado que se deja vencer por ese instinto, pierde la cabeza y deja de estar capacitado para regir los destinos de una nación.

La victoria, en el verdadero sentido de la palabra, supone que el estado de paz, y del propio pueblo, es mejor tras la guerra que antes de ella. La victoria en este sentido sólo es posible si puede conseguirse un resultado rápido, o si un gran esfuerzo puede estar económicamente proporcionado a los recursos nacionales. El fin debe ajustarse a los medios. Si no existen buenas perspectivas para una victoria de este tipo, el hombre de estado inteligente no debe perder la oportunidad de negociar la paz. La paz conseguida por tablas, basada en el reconocimiento de cada bando de la fuerza del bando contrario, es, como mínimo, preferible a la paz conseguida por el agotamiento mutuo, y a menudo ha ofrecido mejores bases para una paz duradera.

Es más sensato correr el riesgo de la guerra con tal de preservar la paz que correr el riesgo de agotamiento en la guerra con tal de terminar con la victoria, una conclusión contraria a lo que suele ser habitual, pero avalada por la experiencia. La perseverancia en la guerra sólo está justificada si hay buenas oportunidades de llegar a buen fin, es decir, posibilidades de conseguir una paz que equilibre la suma de desgracias humanas producidas durante la lucha. Profundizando en el estudio de anteriores experiencias, se llega a la conclusión de que las naciones podrían haberse acercado más a su objetivo político si hubieran aprovechado una interrupción de la lucha para discutir un acuerdo que al haber continuado la guerra con el objetivo militar de la "victoria".

La historia también revela que en muchos casos podría haberse conseguido una paz beneficiosa si los hombres de estado de las naciones contendientes hubieran mostrado mayor comprensión de los elementos de psicología de sus "sensores" de paz. Con frecuencia su actitud ha sido muy similar a la observada en las típicas peleas domésticas: cada una de las partes teme aparentar darse por vencida, por lo que, cuando una de ellas muestra alguna inclinación hacia la conciliación, suele expresarla en un lenguaje demasiado duro, y es probable que la otra tarde en responder, en parte por orgullo u obstinación y en parte por una tendencia a interpretar el gesto como signo de debilidad, cuando es posible que sea signo de una vuelta al sentido común. Así, el momento crucial pasa, y el conflicto continúa con daño para ambos. En raros casos la continuación sirve para nada bueno cuando ambas partes están condenadas a vivir bajo el mismo techo. Esto es aún más aplicable a la guerra moderna que a un conflicto doméstico, pues la industrialización de las naciones han hecho sus destinos inseparables. Es responsabilidad de los hombres de estado no perder nunca de vista las perspectivas de posguerra cuando persiguen el "espejismo de la victoria".

En los casos en que ambas partes están demasiado equilibradas para ofrecer una oportunidad razonable de triunfo rápido a cualquiera de ellas, el hombre de estado inteligente aprenderá algo de la psicología de la estrategia. Un principio elemental de estrategia es aquél según el cual si hallas a tu oponente en una posición fuerte, difícil de forzar, debes dejarle una línea de retirada como la forma más rápida de debilitar su resistencia. También debe ser un principio de política, especialmente en la guerra, ofrecer al enemigo una escalera por donde pueda bajar.

Puede caber la duda sobre si estas conclusiones, basadas en la historia de las guerras entre los llamados estados civilizados, pueden aplicarse a las condiciones inherentes a la renovación del tipo de guerra puramente predatoria librada por los asaltantes bárbaros del Imperio romano, o por la mezcla de guerra religiosa y predatoria desarrollada por los fanáticos seguidores de Mahoma. En tales guerras toda paz negociada suele tener en sí un valor aún menor del normal (la historia demuestra claramente que los estados raras veces se mantienen fieles mutuamente, salvo en la medida en que sus promesas les parezcan compatibles con sus intereses). Pero cuanto menos se ha preocupado una nación de sus obligaciones morales, más tiende a respetar la fuerza física (el poder disuasorio de una fuerza demasiado grande para ser desafiada con impunidad). De la misma forma, en el plano individual todo el mundo sabe que el fanfarrón y el camorrista dudan en atacar a alguien cuya fuerza es parecida a la suya (más que un tipo pacífico en enzarzarse con un atacante más fuerte que él).

Es una tontería imaginar que podamos comprar a los tipos agresivos (o en lenguaje moderno, "apaciguarlos"), sean individuos o naciones, ya que el pago de un rescate estimula la exigencia de otro. Pero pueden ser sometidos. Su propia creencia en la fuerza los hace más vulnerables al efecto disuasorio de una fuerza opositora de grandes proporciones. Esto constituye un control adecuado, excepto contra el puro fanatismo, aquél que no está mezclado de "codicia".

Aunque es difícil llegar a una verdadera paz con los tipos predatorios, es más fácil inducirles a aceptar un estado de alto el fuego, y mucho menos agotador que intentar aplastarlos, ya que están, como todos los tipos de seres humanos, imbuidos del coraje de la desesperación.

La experiencia de la historia brinda muchas pruebas de que la caída de los Estados civilizados se produjo, no por los ataques directos de enemigos, sino por su decadencia interna, combinada con las consecuencias del agotamiento bélico. Un estado de incertidumbre es difícil de soportar, y a menudo ha llevado al suicidio a las naciones y a los individuos por su incapacidad para soportarlo. Pero la incertidumbre es mejor que llegar al agotamiento tratando de conseguir el espejismo de la victoria. Además, un alto en las hostilidades permite una recuperación y un desarrollo de las fuerzas, mientras que la necesidad de vigilancia ayuda a mantener una nación "en guardia".

Las naciones pacíficas son propensas, sin embargo, a correr peligros innecesarios, ya que cuando surge uno de ellos se sienten más inclinadas que las naciones predatorias a llegar a situaciones extremas. Éstas, sin embargo, al hacer la guerra como medio de ganar, suelen estar más dispuestas a abandonarla cuando encuentran a un oponente demasiado fuerte para ser vencido fácilmente. Es el luchador poco dispuesto, impulsado por la emoción y no por el cálculo, el que suele continuar la lucha hasta el límite más duro y, por ello, no suele conseguir su fin, aunque no llegue a perder directamente. El espíritu de barbarie sólo puede debilitarse durante el alto en las hostilidades; la guerra lo fortalece añadiendo leña al fuego.”


B.H. Liddell Hart. “Estrategia: la aproximación indirecta”. (Madrid, Ministerio de Defensa, Secretaría Gral. Técnica, D.L. 1989)


4/5/06

Si Sun Tzu levantara la cabeza...

He estado leyendo estos días algunos informes recientes del Real Instituto Elcano sobre estrategia (al final doy los enlaces). Aunque últimamente el nivel ha mejorado bastante, desde que el Instituto dejó de ser una sucursal de la Fundación FAES, en general sigue respondiendo al esquema habitual en el mundillo del análisis de Estrategia-Relaciones internacionales estándar en Occidente.

Es decir: superficialidad. Cuando se habla de un tema puntual o muy concreto, puede haber nivel, pero cuando nos alejamos un poco más para tomar perspectiva, las anteojeras siguen ahí. No es que yo sea especialmente listo. Lo que yo pueda decir, ya se ha dicho hace mucho tiempo: lo dijeron Sun Tzu o Tucídides, hace 2.400 años y, después, lo ha dicho más gente, como Liddell Hart, por poner un ejemplo. Y lo que los analistas habituales no son capaces de ver es que los principios de Sun Tzu son igual de aplicables hoy día, mientras que Clausewitz, con su mamotreto germánico, se limitó, en esencia, a analizar las guerras de Federico y Napoleón desde el punto de vista de un militar teórico alemán.

Todo columnista que quiera dárselas de listo en estos temas, cita a Clausewitz a quien me juego el cuello que no ha leído ninguno. En cambio, Emilio Botín regala a sus ejecutivos "El Arte de la Guerra", del viejo Sun Tzu. Claro, que unos son diletantes mientras que el viejo cabrón "está en lo cotidiano: la batalla."

Todos los libros de tema militar hablan de "el factor moral" como algo fundamental. La así llamada "guerra psicológica" se puso muy de moda a partir de Vietnam y las así llamadas "insurgencias" en Latinoamérica. Lo que los analistas (y la mayor parte de los militares, hasta que van a la guerra de verdad) no perciben es que esos manuales y esas tácticas de "ganar los corazones y las mentes" no sirven nunca para nada, porque pasan por alto un factor de cierta relevancia a mi modesto entender: la existencia de la realidad.

Por regla general, cuando dichas tácticas se aplican, es porque la población civil está muy cabreada porque es pobre y está jodida, y sabe perfectamente que los que vienen con sus manuales de guerra psicológica a ganar sus corazones y sus mentes, son los mismos que están armando, entrenando, financiando y manteniendo en el poder a los responsables de que ellos sean tan pobres y estén tan jodidos.

La pregunta real no debería ser "¿por qué se hacen las guerras?", sino "¿por qué la gente va a la guerra?" Robert Graves la contestó en los años veinte de forma indirecta hablando de su experiencia como oficial en la Primera Guerra Mundial: No habría guerras si sólo les estuviera permitido ir a ellas a los mayores de cuarenta años. (Adiós a todo eso, Edhasa)

La respuesta a por qué la gente va a la guerra, la da Konrad Lorenz en su libro "sobre la agresión, el pretendido mal" (Fondo de Cultura Económica), que empieza hablando de las luchas territoriales de los pececitos de colores de los arrecifes de coral y, claro, acaba hablando de los humanos. Es decir, luchamos contra los miembros de nuestra misma especie en defensa de nuestro territorio vital, donde tenemos nuestros medios de subsistencia, de nuestra prole, de nuestras hembras o de nuestra tribu. (Feministas, siento lo de las hembras, pero todavía es válido en la mayor parte del mundo, la violación masiva sigue siendo algo muy practicado en cuanto la Policía desaparece)

Es evidente, si echamos una ojeada somera a la mayor parte de las guerras conocidas, que casi ningún soldado que ha muerto en una guerra estaba defendiendo esas cosas, pero que -por lo menos hasta que no fue demasiado tarde- creía que las estaba defendiendo.

¿Eh? Eso es la guerra psicológica: la propaganda, ni más ni menos. Lo que pasa es que no va dirigida al "enemigo", sino a "los nuestros." La permanente intoxicación informativa que incluso en altos niveles académicos mantiene el análisis en la superficie y que reproduce los parámetros de una tribu de gorilas, con la pequeña diferencia de que los gorilas sólo luchan cuando no tienen más remedio y sólo lo justo para conseguir sus fines. En última instancia, prima la supervivencia del grupo. Los demás animales son lógicos: ¿qué sentido tiene luchar para conseguir una cosa buena, si no sólo no la voy a conseguir, sino que me van a matar a mí y a mi gente? Un león se pega con dos hienas, pero huye ante cinco hienas.

Pero, claro, es que no es buena para mí, ni para mi gente, sino para otros, que me usan para conseguir sus fines. Y para ello, me tienen que convencer de que lucho por mí y los míos. Eso vale para bin Laden y para Bush exactamente -digo exactamente- igual.

El problema de los analistas es una formación de especialista que consigue que los árboles no dejen ver el bosque. Para entender las cosas no hacen falta gigas de estadísticas; Suele ser más útil saber algo de Historia, ser curioso observador y tener una mente abierta; si has viajado un poco a pie por ahí, mejor que mejor.

Uno no puede desarrollar estrategias para librar la 4GW (entre los entendidos, eso es guerra de cuarta generación: un invento más de los estrategas) si parte de la base de no querer saber por qué lucha (o por qué cree que lucha el enemigo) y, sobre todo, cuando ni siquiera sabe quién es el enemigo: ¿Quién es el enemigo de los GI y de los marines americanos en Irak? ¿La gente que defiende su país de su invasión y procura matarlos por estarles puteando? ¿O sus gobernantes-empresarios que los han mandado allí para forrarse? Obviamente, los dos, pero, claro, para ganar esa guerra (digo ganar, no salvar la cara a nivel propaganda) sin dejar el país como un solar radiactivo, habría que acabar con sus causas y las causas ¡ay! están en casa.

Lo malo es que a veces tengo la impresión de que la banda de filibusteros que gobiernan el mundo, o una parte importante de ellos, realmente se creen lo que dicen. Su contacto con la realidad es tan tenue que podría ser así: al fin y al cabo no dejan de ser gorilas vestidos de Armani.

19/3/06

La primera regla del arte de la guerra


La otra noche hablábamos de este tema en el Enredo. Había diversidad de opiniones, pero como, a medida que uno habla, resulta que está bebiendo (obvio: para eso está en la barra de un bar) pues los argumentos se deshilachan y luego acabas hablando de cualquier otra cosa. Más o menos, la cosa la veo yo así:

La primera regla del arte de la guerra, según Montgomery (no es que sea una autoridad muy fiable, pero no deja de ser más autoridad que D. Rumsfeld) es "No marchar sobre Moscú".

Error: Esa es la segunda regla.

La primera regla es "No invadir Afganistán". Y, además, es más antigua, ya que Alejandro Magno pudo comprobarlo aproximadamente mil años antes de que existiera Moscú, siglo más, siglo menos.

Ayer hubo unas manifas testimoniales aquí y allá, por Europa, sobre el tema, sin que ninguna haya (al menos en España) alcanzado la categoría de noticia con foto. La noticia con foto vendrá cuando termine el deshielo. No me refiero al deshielo en sentido metafórico, sino a cuando el barro se seque mínimamente.

Unos gilipollas (no pueden tener otro nombre) que llevan el negocio a una serie de multinacionales petroleras se creyeron sus propios cuentos sobre la victoria en la guerra fría y otras sandeces y elaboraron una estrategia global estupenda para hacerse los amos del garito. Lo malo es que era una estrategia estupenda para un trabajo del colegio (para chavales de 16 años, más o menos), pero no para aplicar en la realidad. Porque, antes de diseñar estrategias estupendas, es muy recomendable, ver si a otros se les había ocurrido antes, cómo lo hicieron y qué les pasó. Incluso diría más: qué hiciste tú y cuánta pasta pusiste para ayudar a que les pasara.

Pero, claro, los chavales de 16 años, es lo que tienen, que tienen buenas ideas, pero aún se creen que la policía es tonta. Así que:

Vamos a tomar el control de las reservas de petróleo y gas natural de Asia Central, a base de poner bases en sitios que nadie sabe dónde están, como Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán, etc. Una vez que hayamos puesto bases militares allí, les montamos unos bonitos golpes de Estad..... estee.., digo revoluciones democráticas, y ponemos a unos colegas en el gobierno, y luego, controlamos Afganistán, poniendo de presidente a, pongamos, un compañero de curro de Condi Rice, un ejecutivo de Unocal que, va y resulta que al parecer nació en Afganistán, y entonces, controlamos Afganistán, cosa muy conveniente si queremos pasar los oleoductos y gasoductos por ahí para que no pasen por ningún sitio que controlen los rusos. Y ya está.

Hay más cosas. Había unos tíos malísimos que mandaban en Afganistán, que eran los talibán (o talibanes) que, hasta que rompieron unas estatuas, era gente con la que se podía ir a negociar el paso de los gasoductos, pero, claro, como rompen estatuas y las mujeres llevan un trapo muy raro azul en la cabeza (y les cuelga hasta los pies) pues va y como que no se puede negociar.

Entonces, hace falta una excusa para invadir eso. Y van y nos dan una cojonudísima, en forma de crimen contra la humanidad emitido en directo. Pues a invadir.

Resultado: ni gasoducto, ni control de Asia Central, ni nada. Un huevo de afganos indefensos (en la medida en que puede considerarse indefenso a un afgano) muertos, un puñado de millones de dólares gastados (lo que significa, al fin y al cabo, que alguien se los ha embolsado) y un montón de soldaditos españoles en un sitio cercano a donde Cristo perdió el mechero esperando a que llegue el deshielo y que el warlord correspondiente no esté muy mosqueado con ello para entonces.

Pero, como aquí han sido más hábiles de lo normal, Afganistán no ha salido demasiado en la tele desde Irak, y aquí los estadounidenses se están preparando una retirada discreta, con el expediente de dejar en su lugar a la OTAN, en este caso, con ingleses, canadienses y holandeses, (y españoles) que siempre se prestan a estas cosas, vaya usted a saber por qué. Y españoles, que ya ha salido en portada de El País que hay que mandar 200 tíos de refuerzo para la cosa de la seguridad.

Zapatero no debe ser mal tío, pero se va a encontrar -se ha encontrado ya- con algo que no le deben haber explicado bien sus asesores; y si no, al tiempo (hasta ahora, como colaron lo de los helicópteros como simple accidente, creo que se están confiando). Resulta que los estadounidenses, que son los que mandan, han decidido que ya vale de gilipolleces y de diferenciar la operación Libertad duradera (es decir, la guerra de invasión), y las operaciones de reconstrucción (¿re?) Y que se hace una sola cosa. Nuestro gobierno puede decir lo que quiera, pero va a ser como si dices que en una guerra, los soldados de Intendencia o de Ingenieros no son combatientes, que eso sólo los fusileros y los paracas. Imagino que en el Ministerio de Defensa habrá unos cuantos señores de uniforme sudando tinta china pensando cómo van a sacar a los chicos de ahí.

Recomendado: ver la zona en Google Earth. Por ejemplo, el camino más corto hacia algún sitio civilizado, que es casualmente hacia Irán.