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27/5/11

15-M: Lo que los políticos saquean lo guardan en el banco de sus jefes.

Por favor, antes de seguir leyendo, escuche Vd. esto que sigue. Sólo dura 1.49 minutos.

 

La visión del mundo de un parado canario

¿Lo ha escuchado? Bien. Ahora pueden ocurrir dos cosas: que le haya impresionado o que no. Si no le ha impresionado, no se moleste en seguir leyendo. No, no se moleste en plantear excusas del tipo de “este audio es falso”, o “esto es del año pasado.” No me cuente que el subsidio por desempleo es inmoral  porque genera vagos. Déjelo, por favor, que mi paciencia tiene un límite y le recuerdo que yo no soy pacifista. En Internet puede Vd. encontrar infinidad de otros sitios donde saciar sus inquietudes. No, no insista: es Vd. una mala persona, y no hay que hablar con las malas personas.

Si, por el contrario, le ha impresionado, he de decir que yo me he implicado en lo del 15 de Mayo por esto. Porque veo la posibilidad de hacer algo útil para cambiar esta situación. Y, cuando digo algo útil, quiero decir contribuir a que los banqueros y sus perros pastores los políticos a los que pagamos el sueldo, nos roben menos. Con perdón de los perros.

Me da un asco visceral ver a esa gentuza en la televisión pretendiendo dirigirse a mí, pretendiendo que me olvide de que sus amos los banqueros son quienes deciden qué vida voy a llevar yo, y usted, y nuestros padres y nuestros hijos. Y que pretendan convencerme de que les vote para que ellos puedan seguir haciendo leyes para que sus jefes se forren todavía más a mi costa; porque esa chusma especuladora es insaciable y siempre quiere más dinero; más dinero y más y más. A costa de lo que sea. ¿Para qué lo quieren?: para ganar más aún. Sí, pero, ¿para qué? Sólo ellos lo saben, porque nadie en este mundo necesita tanto. En mi opinión, estamos en manos de una gente que no sólo son unos hijos de la gran puta, sino que, obviamente, están completamente locos. Con perdón de las putas.

Los medios de comunicación (propiedad de esa gentuza, no lo olvidemos) han impuesto el mito de que la política la dirigen los “mercados” (o sea, los grandes ladrones que dirigen los bancos y apéndices tipo agencias de calificación), como si fuera algo que es así porque tienen tanto poder que los gobiernos no pueden hacer nada por evitarlo.

Eso es mentira. Los gobiernos de los países grandes y ricos, o la Unión Europea, SÍ PUEDEN imponer su voluntad a los mercados. Lo que pasa es que NO QUIEREN. Y no quieren, porque esa gente tiene  a los políticos cogidos por las pelotas. Para empezar, porque les financian los lujos del partido y, para acabar, porque cuando dejen el cargo ellos están esperándolos con los consejos de administración abiertos.

Si un político despistado intenta legislar en contra de sus intereses, se lo hunde. Ya se cuidan de impedir que nadie que tenga la extravagante idea de gobernar para el interés de sus conciudadanos llegue a un gobierno. Los medios de comunicación se encargan del trabajo sucio. Bueno, antes lo asesinaban - en muchas partes lo siguen haciendo.

Como dice Fernando Vallespín en el País de hoy, [los políticos] “Viven así en una situación parasitaria y de mutua dependencia con los medios de comunicación.”

Por eso, lo primero que hay que cambiar es la legislación electoral -incluida la Constitución que determina la circunscripción provincial- que permita romper el monopolio del poder por los dos grandes partidos: circunscripción nacional para el Congreso y sistema proporcional.

En cuanto a lo demás, hay muchas cosas que cambiar, pero, de momento, ya sería un avance inmenso aplicar las leyes que ya existen, por ejemplo:

Aplicar el Código Penal. A los políticos y funcionarios corruptos. Las penas previstas para el que adjudica un contrato público por 10 veces el precio real para repartírselo con el Partido, comisiones mediante, son muy bajas, pero multiplicada por cada contrato, ya es fácil meter a cualquier alcalde 20 años en la cárcel. Si evitáramos el saqueo en el Estado, las comunidades autónomas y los ayuntamientos, liquidaríamos el déficit público. Pero hay que querer.

Aplicar la Ley General Tributaria (y el Código Penal, por supuesto). A los banqueros, y a las grandes fortunas. Si recuperáramos lo que defraudan a Hacienda (o sea, lo que nos roban), no haría falta dejar a los parados a la intemperie, ni congelar las pensiones, ni rebajar el sueldo a los funcionarios, ni aumentar el tiempo de cotización para tener derecho a pensión. Pero hay que querer.

Aplicar la Ley de Régimen Local, que permite la participación ciudadana en los plenos de los ayuntamientos y las juntas municipales de las grandes ciudades. Participar y hacer oír nuestra voz, aunque no quieran, aunque sea muy cansado. Pero hay que querer.

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P.D.- En Barcelona los Mossos desalojan la Pza. Catalunya para que el Barça pueda manifestarse esta noche. ¡Menos mal! Yo me temía que Mas iba a dejar que los boixos nois le hicieran el trabajo sucio. Además, así vuelven a motivar a la gente para este fin de semana.

16/6/10

Banderas victoriosas 12.

El relato entero está en el almacén de la barra virtual.

 

 

12.

Aún era de noche cerrada cuando el barracón se llenó de ruidos metálicos, los de armas y correajes en el silencio de cien hombres que aguantan la respiración. Su nombre fue el tercero.

Se levantó sin pensar, sin mirar a nadie, a ninguna parte. Se ajustó la ropa, con la aberrante idea de estar presentable y se alineó con los demás. Como siempre, nadie se movió. Siempre había fantaseado con la idea de una de esas veces, cuando vinieran a hacer la saca, amotinarse; lanzarse todos a la vez contra los guardianes y los guardias civiles, quitarles  los mosquetones y salir de allí a tiros. Habría sido fácil levantar a todo el campo. Habrían muerto algunos, muchos a lo mejor, pero ellos eran más. Qué cojones, todos eran soldados, había que hacerlo; lo harían.

Pero los prisioneros no hacen eso, entonces lo supo.

Nunca sería capaz de recordar el camino que siguieron hasta los terraplenes, ni en qué pensaba, ni si pensó algo. Sólo cuando se encontró junto a otros once presos a la luz de los faros de un camión, miró a su alrededor, como despertando.

Había un cura joven, que no conocía, con un libro en la mano. Lo miró. Dijo algo, pero tenía la boca tan seca que las palabras no salían. El cura se le acercó, le preguntó algo que no entendió. Méndez estaba desesperado, como en una pesadilla en que tu salvación depende de gritar y no puedes, porque no tienes voz. El cura volvió a abrir y cerrar la boca, pero él parecía haberse quedado sordo además de mudo. Por fin, consiguió escucharse a sí mismo:

-- Llame al páter.

Y Fin

14/6/10

Banderas victoriosas 11.

 

11.

El Ingeniero no había perdido el tiempo, todo hay que decirlo. No había vuelto a ver a Bocanegra desde que llegaron al campo, y se dedicó a localizarlo sin llamar la atención; cosa no tan fácil, aunque fueran varios miles de prisioneros, no sabía cuántos. Se decía que era pura curiosidad, que el cura le había despertado el interés por el personaje. Bueno. en todo caso, pasara lo que pasara, nada perdía con tenerlo controlado; al menos, saber en qué barracón estaba.

Y lo localizó. Quieras que no, era perro viejo y conocía a mucha gente. Lo que no quería era cruzar con él ni una mirada. Quería olvidar lo del tren. Todos querían olvidar aquel viaje en tren, cuando no eran hombres; pero él tenía sus propios motivos. Prefería concentrarse en que el tal Bocanegra era un exponente de lo peor del lumpen, recordar cuando él mismo había estado a punto de pegarle cuatro tiros. También intentaba recordar cuando él –Méndez- era un proletario consciente, o sea, que tenía consciencia de clase y leía libros y tal. Aunque verte a tí mismo como proletario consciente mientras ayudas a un cura a decir misa y tratas de borrar de tu mente en qué barracón está un tipo concreto, no es tan fácil como parece. También es verdad que sabía de sobra lo que le podía pasar si cantaba y alguien se enteraba. Eso era una ayuda, claro: puestos a morir, prefería morir ante el pelotón de fusilamiento y quedar bien, que ahogado por la noche o vete a saber cómo, como mueren los bocazas. El cabrón del páter parecía que le leía el pensamiento mientras le ayudaba a quitarse la casulla.

-- A ver, Ingeniero, si tienes canguis de que alguien se entere, yo me encargo de que te trasladen lejos, a un batallón de trabajo, a la otra punta de España, a Cádiz, por ejemplo.

Méndez no tenía familia. Cuando empezó la guerra tenía veintiséis años y no había llegado a casarse; ni siquiera tenía novia. O sea, novia, novia. Sus padres habían muerto en un bombardeo, que ya es mala suerte; pero eso le dejaba libre y le hacía más fácil tomar decisiones decentes. Sin familia, es más fácil mantener cierta dignidad: no piensas en tu mujer ni en tus hijos. No tienes esa necesidad de volver a ver a alguien, de preocuparte por ellos, por si tendrán para comer, por si tu mujer tendrá que hacerse la encontradiza con alguno para sacar unos cuartos o algo de comida para los niños… En su caso, no tener hijos le permitió decidir que no les iba a dar ese gusto. Si tenían que fusilarlo, que lo fusilaran; pero no podrían convertirlo en un traidor, en un puto chivato. No era por Bocanegra, era por él mismo, por su honor.

Tomó su decisión. Iba a callarse.

4/6/10

Banderas victoriosas 7.

 

 

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7.

El páter le había dicho que le iba a contar una cosa. Sacó un sobre del legajo, un sobre de buen papel, que tenía un membrete con un escudo muy raro, una especie de sombrero con borlas, y del sobre sacó un papel.

-- Esta carta es del sacerdote que confesó al padre Manuel y le dio la Extremaunción antes de que se muriese. Habla de ti.

Méndez se quedó pasmado. La idea de tener algún lugar en la correspondencia de los curas le resultaba totalmente irreal. Parecía que el páter estaba dispuesto a leerle la carta, pero se lo pensó mejor y se la alargó por encima de la mesa. La cogió. Leyó:

“Querido hermano en Cristo: –decía la carta- El día siete próximo pasado, administré los Santos Óleos y oí en confesión a nuestro hermano Manuel, párroco que fue de la Iglesia del Buen Suceso de Madrid antes de la Cruzada. Nuestro hermano tenía un caso de conciencia que quiso compartir conmigo y que, en lo esencial, era el siguiente:

“En el mes de agosto del treinta y seis, cuando la barbarie marxista campaba por sus respetos en Madrid y tantos hermanos nuestros en el Señor alcanzaron la palma del martirio por causa de la Fe a manos de los rojos, el padre Manuel, que se había ocultado en casa de una feligresa, la portera lo denunció y fue detenido por una banda de facinerosos comunistas y llevado a la cheka de Moratines. Según me contó, después de padecer toda suerte de vejaciones a manos de los rojos, lo sacaron de madrugada junto con otros desventurados. Él sabía perfectamente lo que eso significaba, es decir, que los iban a conducir a las afueras para fusilarlos. Me dijo que tuvo miedo, lo que es humano, pues no todos estamos llamados a aceptar pacíficamente el martirio, no ya a la muerte en sí, que significaba la unión con Nuestro Señor, sino porque había oído contar verdaderas atrocidades perpetradas sobre los sacerdotes por las milicianas antes de la ejecución. Al parecer, cuando salía con los otros desgraciados, paró junto a la puerta un automóvil pintado con consignas marxistas y las siglas de la UGT, un Studebaker, me concretó el padre Manuel, y del mismo descendieron unos milicianos. Nuestro hermano reconoció a uno de ellos, precisamente el que parecía ser el cabecilla, y lo llamó por su nombre.

“Según me contó el padre Manuel, a ese miliciano lo conocía del barrio en que ejercía su Sagrado Ministerio y que, incluso había tratado de hacerlo volver a la Fe en alguna conversación. Aquí nuestro hermano me confesó que le conocía de una taberna del barrio en la que en ocasiones coincidían antes del Alzamiento, pues era regentada por la madre de la muchacha que realizaba las labores de limpieza en la casa rectoral. También me confesó nuestro hermano que, en aquellos tiempos, él tenía una predisposición tal vez excesiva al vino que se expendía en dicho establecimiento y que por ello, y porque no le cobraban, lo frecuentaba; igual que, al parecer, hacía el miliciano, y que fue precisamente en alguna de aquellas ocasiones cuando había hablado con él llegando a abordar el tema de la Religión.

“Pues bien, el tal miliciano al verse así interpelado, se dirigió al jefe de los chekistas que conducían la cuerda de presos al martirio y le dijo que a ése se lo llevaba él, que era de su pueblo y que era cosa suya; dando a entender que había algo personal entre ellos, a lo que los chekistas accedieron entre chanzas de grueso calibre. Todo esto según me contó el padre Manuel. Según parece, los esbirros de la UGT metieron a nuestro hermano en su auto y lo llevaron hasta un lugar cerca de las Cortes. El miliciano le dijo al padre que se bajara y que llamara a la puerta de una casa, que luego resultó ser de la Embajada de Chile, que dijera quién era y que le tratarían como correspondía a su Sagrado Ministerio. Gracias a eso, salvó la vida.

“El padre Manuel me dijoque le había preguntado al rojo su nombre para tenerlo presente en sus oraciones, a lo que el rojo había respondido que sí, que buena falta le iban a hacer, dadas las tristes circunstancias de bélica conflagración, aunque también le dijo, por lo visto, que seguía sin creer en Dios. El caso es que se lo dijo su nombre. El padre Manuel se acogió a la embajada y, mal que bien, sobrevivió hasta que las tropas Nacionales liberaron Madrid. En ese tiempo, confortó espiritualmente a los refugiados en el recinto diplomático y yo creo que, auxiliando con su Ministerio a tantas almas en peligro, se redimió de no haber aceptado el martirio cuando su hora parecía ser llegada.

“El miliciano se llamaba Martín Méndez Tirado, alias El Ingeniero, nacido en San Martín de Valdeiglesias, provincia de Madrid; era de la UGT, del sindicato de la construcción, y vivía en la calle Desengaño. Lo último que supo el padre Manuel, que no dejó de interesarse por su salvador, era que se había alistado con los comunistas del Quinto Regimiento. Nuestro hermano me recomendó muy mucho a este hombre, rogándome por la salvación de su alma que, si estaba en manos de la Santa Madre Iglesia, que salváramos su vida, ya que se sentía en deuda con él.”

Al llegar aquí, el páter se estiró sobre la mesa y le quitó la carta a Méndez.

-- Ya ves, hijo mío. Tienes valedores en las filas de la Santa Madre Iglesia.

Méndez se había quedado de piedra. El cura ese borrachín de su barrio, el que quería tirarse a la Mati, la del tasco; que siempre le decía que así no iba a ninguna parte, que se confesara con él, que iba a ir al infierno, y todo eso… ¡Joder!, ¿cómo iba a dejar que se lo cargaran? Y ahora… Mira tú, ¡andá la hostia…!

2/6/10

Banderas victoriosas 6.

 

 

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6.

Méndez, aparte de ser de la Construcción, tenía otras inquietudes. Antes de la guerra era de los que aprovechaban la biblioteca de la Casa del Pueblo y se leía todo. No sólo cosas sobre Lenin y Marx, también novelas, libros de Historia, de Historia Natural… Le gustaba aprender. Además, por entonces todavía era eso que se llamaba un proletario consciente, y pensaba que era su deber hacerse una cultura; que la cultura no era sólo para los burgueses, que era necesaria para hacer la revolución. Es decir, que siempre intentaba aprender cosas nuevas. Decía que de todo se aprende.

Pero una cosa era aprender cosas nuevas y otra sentir el ridículo que sentía de rodillas al lado del páter tocando unas campanillas, también ridículas, mientras el cura levantaba una especie de galleta que decía que era su Dios, y todo el batallón tenía que ponerse de rodillas en el barro para adorar a la galleta. La verdad es que, si no fuera porque sabía que lo iban a fusilar cualquier día de éstos, le habría parecido hasta gracioso. Tal vez fuera eso, el saber que vivía con tiempo prestado, lo que le permitía mirar las cosas con distancia. Le daba la impresión de ver todo desde fuera: al páter hablando en Latín con su galleta, al hijoputa del capitán comiendo una galleta más pequeña con cara de no haber roto un plato en su vida, a un batallón entero de ateos cagándose en dios porque la humedad helada les penetraba por las rodillas a través del pantalón harapiento, al postrarse ante la sagrada galleta. Y todo al son de sus campanillas, ni siquiera de un cornetín.

31/5/10

Banderas victoriosas 5.

 

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5.

Unos guardias civiles con el mosquetón al hombro daban patadas al suelo para calentarse los pies mientras se pasaban un cigarrillo. Los presos apaleaban tierra con las espaldas empapadas en sudor, el mismo sudor que luego se congelaba en cuanto se quedaban quietos. El encargado –un civil con camisa azul bajo el tabardo- le señalaba algo a Méndez en un plano que agitaba el viento.

Méndez pensaba que igual no lo fusilaban inmediatamente. Al fin y al cabo, él tenía cualificación, entendía de planos, y les venía muy bien para la obra. Asentía mientras el encargado le decía que el firme tenía que quedar así y así, para hacer una cama, que mañana venían unos camiones de grava.

Pero no podía quitarse de la cabeza a Bocanegra.

Recordaba una tarde del treinta y seis, en el bar del Ritz, que estaba con su gente tomando champán francés servido por unos camareros vestidos de pingüino y muy acojonados. Le encantaba esto; ellos con su mono y sus correajes, los pies encima de la mesa y el mosquetón al lado, y los camareros sirviéndoles champán. Se lo había dicho un compañero de Hostelería: que os vengáis al Ritz, no seáis gilís, que ahora es nuestro, coño; antes de que a los jefes se les pase el susto y se acuerden de que es sólo para ellos. Y allá que habían ido. Los camareros del hotel no tenían mucha conciencia de clase, ya se lo había dicho el compañero; pero los trataban como a señorones, aunque se veía que les tenían miedo. Méndez ya estaba un poco afectado. Levantó una botella de Dom Perignon.

-- ¡Compañero camarero! Trae otra de éstas, que no veas cómo entra, ¡la hostia!

Y, en eso, apareció en el bar Bocanegra con su patrulla, como él decía. Los coyotes proletarios, se hacían llamar. Ya ves tú, coyotes… por lo visto, al Bocanegra lo de coyotes le parecía más exótico que lobos o zorros o águilas, como se llamaban todas las patrullas.

Los coyotes entraron en tropel. Ya venían muy borrachos y asaltaron la barra, rompiendo copas y botellas. Empezaron a beber champán a morro. Bocanegra les gritó:

-- ¡Salud y revolución, compañeros!

Y se agenció directamente la botella que un camarero llevaba a la mesa de Méndez y sus hombres.

-- ¡Eh, compañero!, que es nuestra.

Bocanegra pareció dudar un momento si liarse a tiros o confraternizar. Eligió confraternizar: sonrió como un coyote, es un suponer, y se acercó a ellos.

-- ¡Qué vuestra ni vuestra!, ¿qué pasa? ¡La propiedad es un robo, compañeros!

Y se descojonó de su propio chiste. Agarró por el cuello de la chaqueta al camarero y le vociferó con voz pastosa:

-- A ver, tú, compañero, tráete pacá veinte botellas de cosa de ésta.

Se los veía, sí, muy borrachos y muy contentos a los coyotes. Se sentaron mezclándose con la gente de Méndez y siguieron bebiendo. Bocanegra estaba deseando tener público. le palmeó el muslo a Méndez y empezó a contar:

-- ¡Compañero!, venimos de quemar un convento. Ese de… ¡joder!, ni me acuerdo cómo se llama.

Los coyotes estallaron en carcajadas espurreando champán. Uno se cayó sobre una mesa, rompiendo más botellas y copas, lo que provocó más carcajadas.

-- ¡Y las monjas…! Chaval, qué tías, como que no habían follado en su puta vida, no veas… –Se agarró el paquete con las dos manos- Acojonante.

26/5/10

Banderas victoriosas 4.

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4

Méndez había seguido dócilmente al páter hasta su despacho, al lado de la capilla. La capilla era sólo para los fachas, claro. A ellos les hacían oír misa formados a la intemperie, así cayeran chuzos de punta. A veces, en medio de la celebración, alguno se derrumbaba y se quedaba allí tirado porque los demás tenían prohibido moverse. Algunos domingos, cuando el cura decía lo de “ite, misa est”, lo que había en el suelo era un cadáver.

El comandante páter se quitó la boina roja y la dejó sobre la mesa. Méndez observó que era muy bonita, y antigua, seguro: por arriba tenía un arabesco de galón de oro viejo alrededor del nacimiento de la borla, también de oro oscurecido por los años. El páter abrió un archivador, sacó un legajo y una botella de coñac; se sirvió una copa y se sentó detrás de su escritorio.

-- A ti te llaman el Ingeniero, ¿no?

-- A veces, mi comandante.

-- Páter, hijo mío, llámame sólo páter. Ahora no estoy haciendo de comandante, sino de cura.

-- Lo que usted diga, páter.

El sacerdote revisó el expediente sin prisa. Méndez vio de refilón hojas escritas a mano con diferentes caligrafías, formularios oficiales rellenos a máquina con tinta de color morado. Sin levantar la mirada, el páter le preguntó:

-- Tú estabas en Madrid cuando el Alzamiento, ¿verdad?

-- Sí, páter.

A Méndez se le dispararon todas las alarmas.

-- Eras de la UGT. –No preguntaba: afirmaba- Tú participaste en las perrerías que hacían los milicianos a la gente de bien. Estuviste cuando quemaron la Iglesia de San Miguel.

A Méndez empezaron a sudarle las manos. Recordó aquellos días de verano en el treinta y seis, cuando Madrid era un caos; cuando cualquiera con carné de un sindicato y una pistola era dios en la calle. Recordó a los curas entrando a culatazos en una camioneta. Recordó a sus compañeros, borrachos perdidos, haciéndose fotos con las casullas puestas mientras la iglesia ardía. Una de las fotos la hizo él mismo, que también estaba borracho. Los curas tenían la culpa de la situación de España, del atraso, de la opresión del proletariado, eso lo sabía; pero le jodió que quemaran la iglesia. Para él, como sindicalista, lo suyo habría sido incautarla: era patrimonio del pueblo.

El páter hojeó un par de papeles más.

-- Estuviste en una saca de la Modelo, en agosto del treinta y seis. –Por fin, levantó la vista y lo miró- Esto acaba de comprobarse.

Adoptó inconscientemente la posición de firmes. El cura le miraba fijamente, buscando sus ojos, que Méndez le hurtaba.

-- Así que te van a fusilar, ya te lo digo.

Intentó mantener la calma, pero el corazón le golpeaba el pecho cada vez más rápido. A duras penas conseguía reprimir el temblor que trataba de apoderarse de su cuerpo y robarle el último resto de dignidad que le quedaba. ¿Qué quieres?, era cuestión de tiempo. Lo sabía desde la retirada del Ebro. Desde que lo mandaron al campo de concentración en vez de fusilarlo en cualquier cuneta, estaba esperando este momento. En los barracones se cuchicheaba, cuando cada equis tiempo caras nuevas iban sustituyendo a los que se llevaban y nunca volvían: que tienen expedientes que viene todo, que preguntan a tus vecinos de antes de la guerra, que la gente delata a cualquiera, que todo el mundo dice lo que los falangistas quieren que les digan para que  la dejen en paz; que si el padre de Fulanito delató a Menganito para que no fusilaran a su hijo, aunque al final lo fusilaron igual, que si…

-- ¿No dices nada?

-- ¿Qué voy a decir?

-- Páter.

-- ¿Qué voy a decir, páter?

El cura se arrellanó en la butaca mirando su coñac con mucho interés. Dio otro sorbo y comenzó a liarse un pitillo. Lo que faltaba. Se iba a poner a fumar delante de él, para joderle más. Seguro que el muy cabrón lo hacía para ponerlo aún más nervioso. Se encendió el pitillo y preguntó, como quien no quiere la cosa:

-- ¿Tú conoces a uno que le llamaban Bocanegra?

Lo pilló tan de sorpresa que esta vez la mirada del páter encontró la suya. Supo que el cura lo había calado, maldita sea. Sus ojos lo delataban.

-- ¿Bocanegra? … Por ese nombre no me suena, páter.

¡Bocanegra! Menudo hijoputa el tal Bocanegra. Un cabrón de esos que habían soltado de la Modelo en julio del treinta y seis para hacer sitio a los fachas. Había conseguido un carné de la FAI y se había dedicado a hacer barbaridades por todo Madrid con una banda de hijos de la gran puta como él, todos delincuentes comunes recién liberados. Si Méndez hubiera tenido mando, los habría fusilado a todos sin pestañear.

-- No te suena… la voz untuosa del páter parecía decir: “qué lástima”- Bueno… Y… ¿te suena el padre Manuel?. el padre Manuel, de la Iglesia de Buen Suceso.

Méndez pensó a toda velocidad. No. No le sonaba. Por lo menos él no había fusilado a ningún cura, que él supiera.

-- No, páter, tampoco. – Esta vez no mentía.

-- El padre Manuel murió hace unos días, Ingeniero.

Eso alivió a Méndez. Por lo menos, no podían decir que lo había matado él. Pero, ¿para qué coño le preguntaba eso el cura, si ya le había dicho que lo iban a fusilar?

-- Te voy a contar una cosa… –el páter pareció dudar un instante- Siéntate. –Señaló el tabaco y el librillo, que estaban sobre la mesa- Líate un pitillo.

Era la primera vez que alguien le decía que se sentara desde que estaba preso. Fue incapaz de reaccionar y siguió allí de pie, como un pasmarote.

-- Siéntate, coño. –Empujó hacia él las cosas de fumar.

Se sentó en el borde de la silla y se lió apresuradamente un cigarro. El páter le tiró una caja de cerillas. Lo encendió y aspiró con avidez.

24/5/10

Banderas victoriosas 3.

 

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3

Sentado sobre un par de ladrillos que lo aislaban un poco de la humedad del suelo, Méndez untaba con un pedazo de pan mohoso el aguachirli que quedaba en la marmita. El rancho consistía en un caldo de nabos donde, si tenías suerte, pillabas flotando un indicio de patata, y medio chusco de pan. Una ración cojonuda para tíos que se pasaban el día picando piedra y explanando para hacer una carretera. Bueno, al fin y al cabo, se trataba de cargárselos sin hacer mucho ruido. Para eso, estaba bien.

Mientras trataba de no desperdiciar ni una partícula de comida que ayudara a mantener su cuerpo en funcionamiento, rumiaba lo que el páter acababa de decirle. Su rumiar fue interrumpido por la aparición de Valdés y Avelino, dos de su pelotón, que venían rebañando las marmitas con los dedos.

-- ¿Qué pasa, Ingeniero, qué tal de monaguillo?

-- Iros a tomar por culo.

-- ¿Te has confesado? Seguro que le has mentido al páter, si sigues vivo. ¿Te ha metido mano?

-- Que os vayáis a tomar por culo, joder. Bastante tengo ya con lo mío.

Sus dos compañeros lo miraron con sorna y se marcharon riéndose por lo bajo. La verdad es que reírse ahí, en el campo de concentración y con ese frío, tenía su mérito, hay que reconocerlo; pero la imagen de Méndez ayudando a misa vestido de monaguillo era para partirse, ¿o no?

El Ingeniero los miró alejarse y siguió pensando. Nadie lo sabía, claro, pero su humor tétrico no venía del ridículo que iba a hacer meneando las campanillas en misa, sino de lo que el cura le había propuesto en su despacho. Estaba acojonado. No era cobarde, lo tenía acreditado; pero, acojonado, estaba.

18/5/10

Banderas victoriosas 2.

 

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2

TARARIIIIIIÍ TÍ.

Ras, pum. El batallón se puso firmes. Así empezaban el día: después de pasar lista les hacían cantar el Cara al Sol. Los hijos de puta, sólo para joderlos.

-- Venga, rojos de los cojones, quiero oíros bien alto.

Y, hala, todos cantando de mala leche no sé qué mamonada de una camisa que una tía le había bordado a su novio falangista. Lo único, que ahora tenía su punto, porque cuando venía aquello de “volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz”, de pronto, todo el batallón subía el volumen y esos dos versos los cantaban a voz en cuello. El capitán era tan gilipollas que no se daba cuenta de lo que pasaba. Igual se creía que es que al llegar ahí empezaban a admitir que Franco era la hostia, o algo. Modestia aparte, era Méndez quien había empezado a hacerlo una mañana que estaba, como siempre, hasta los huevos de congelarse ahí, firmes en el patio. Al llegar a lo de las banderas victoriosas, se había imaginado la bandera tricolor y vociferó “volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz”. Al día siguiente fueron varios de su pelotón y al poco tiempo lo hacían todos. Esas chorradas te permitían creerte que aún conservabas un resto de dignidad.

Ahora sabía por qué nunca había ido a Burgos antes de la guerra. Ya lo decían, que Burgos tiene dos estaciones: el invierno y la del tren. Joder, qué frío. Los fachas habían puesto el puto campo de concentración en medio del páramo sólo para que, el que no la diñase de hambre, la diñara de frío. Cuantos más la diñaran, más pasta se embolsaría el capitán por las plazas de rancho. Y además se ahorraba fusilarlos.

Esa mañana, apareció el cura –el páter, tenían que llamarlo- un tipo alto y siniestro, con sotana negra, boina roja con borla dorada y una galleta en el pecho con la estrella de comandante. Se dirigió al capitán, que le saludó, y le dijo algo. El capitán asintió y se volvió hacia los presos.

-- A ver, rojos de los cojones, (no tenía un vocabulario muy surtido, el hombre) ¿alguno de vosotros sabe escribir a máquina?

Bueno. La ocurrencia del día. Bigotito, fusta, el cuello de la camisa azul asomando sobre el de la guerrera, con la manga izquierda, vacía, recogida con un imperdible, debía creerse que era un tipo ingenioso. La verdad es que siempre había algún pardillo que picaba: se alzaron dos brazos.

-- Venid para acá.

Dos presos salieron de la formación y se adelantaron. Se cuadraron ante el oficial, que se puso a dar vueltas a su alrededor, mientras los dos empezaban a pensar que en qué hora habrían aprendido a escribir a máquina.

-- Os creéis muy listos, ¿eh?

Silencio.

-- Os estoy hablando, rojos de los cojones. Os creéis muy listos, ¿no?

-- No, mi capitán.

-- ¿Cómo que no?, ¿qué pasa, que no sé lo que me digo?

-- No, mi capitán… sí.

Ya los había liado, ¿había que decir que sí, o decir que no, o no decir nada? Lo miraron desconcertados. El tipo levantó la fusta y se lió a hostias con el que tenía más cerca. Con la vena del cuello hinchada, le golpeaba con una rabia inesperada, jadeando, hasta que se derrumbó en el suelo, donde siguió dándole patadas hasta que el preso ya no se movió. El cura tampoco. Ni nadie.

Méndez ya se había dado cuenta de que el tío no sólo era un hijoputa, sino que estaba completamente loco. Le habría encantado poder pegarle un tiro. El capitán se metió por la formación, como buscando algo, mientras todos seguían en posición de firmes, mirando al frente y pensando furiosamente, “que no se fije en mí, que no se fije en mí”. Pero tuvo que fijarse precisamente en él. Claro: las gafas. Era el único que llevaba gafas; con un cristal rajado y una patilla sujeta con esparadrapo, pero gafas. Las gafas son un inconveniente en la guerra; pero, cuando estás en un campo de concentración, es aún peor: siempre se fijan en ti.

-- Tú, ven para acá.

-- A sus órdenes, mi capitán.

-- El páter necesita uno que le ayude a misa. Tú, que tienes pinta de intelectual, ¿sabes Latín?

-- No, mi capitán.

-- Pues has tenido suerte, porque a un rojo que sepa Latín, lo fusilo ipso facto. A ver, ¿de qué va a saber Latín un rojo?

Méndez siguió firmes, rígido, mientras una gota de sudor le corría –helada- por la espalda. El capitán le dio un empujón con la fusta.

-- Ahí lo tiene, páter. Tenga cuidado con éste, que parece un intelectual.

Lo decía como si tuviera la peste o algo así.

14/5/10

Banderas victoriosas

Cuando terminé “El búnker de Conil”, me di cuenta de que le había cogido gusto al asunto y, como quien no quiere la cosa, empezaron a venirme temas a la cabeza. Aquí va el siguiente relato. Como queda dicho, no pretendo una narración histórica; sólo una narración verosímil.


1

Sonaron tiros en la puerta. El sargento Méndez se incorporó de golpe sin sentir el trallazo de la herida en el pecho. Fuera, gritos, golpes, confusión. La enfermera lo miró aterrorizada. Sus miradas se cruzaron un instante. Méndez saltó de la cama y se tiró por la ventana. Ella se quedó de pie en medio de la sala.

Se despertó jadeando. Aunque tenía los ojos abiertos, no vio nada. Por un momento pensó que se había quedado ciego; pero no, sólo era de noche. Respiró hondo sin quitarse de la cabeza los ojos de la enfermera. Era una tía maja, nunca supo su nombre. Era guapa, les cuidaba bien y Méndez debía de haberle caído en gracia, con su herida en el pulmón –un tiro limpio, sedal que decían los médicos- porque una noche se acercó a su cama y le hizo una paja silenciosa. Ahí seguían sus ojos, congelados en la oscuridad del barracón.

Ya sabía lo que venía después. Él escondido en un matorral, oyendo los gritos de la muchacha mientras los moros la violaban uno tras otro y la destrozaban con las bayonetas. Luego, más tiros y, después, dos fusileros que decían:

-- Aquí hay uno, mi alférez.

Y nada más. Se había despertado en el mismo hospital, con la diferencia de que ya no era camarada sargento, sino puto prisionero.

Hasta que un tiro lo mandó a retaguardia, Méndez había sido sargento de Ingenieros en el cuerpo de ejército de Tagüeña y se había pasado la batalla del Ebro tendiendo pasarelas sobre el río, luego fortificando cotas y, después, tirando las mismas pasarelas que había hecho antes. En el treinta y seis era maestro de obras y de la UGT. Cuando los fachas se sublevaron en Madrid, salió corriendo y se unió al tropel de gente que venía por la Corredera Baja, Tudescos y Desengaño a la calle de la Luna, do estaban los Sindicatos, para que le dieran un fusil y, de ahí, a Plaza de España, desde donde bombardeaban el cuartel de la Montaña con dos piezas del siete y medio. Cuando tomaron el cuartel, entró con su máuser en la mano junto a uno de Asalto. En el patio, sentados a una mesa, había varios oficiales que, según llegaban ellos, se dieron la mano y se pegaron un tiro en la cabeza.

Milicias, paseos por Madrid en el coche de unos señoritos enarbolando fusiles por las ventanillas; Guadarrama, la Universitaria, las barricadas de la calle Segovia… hasta que se apuntó al Quinto Regimiento. Lo único que, como era de la construcción, enseguida lo mandaron a Ingenieros.

Contuvo el aliento escuchando los ruidos del barracón. Los ruidos de ciento y pico tíos durmiendo: el vaivén de las respiraciones, el crujido de uno que se daba la vuelta en el jergón, alguien que rezongaba en sueños, otro que se masturbaba pensando en sabe dios quién, toses. Sabía que después de soñar con la enfermera ya no podría dormirse y, en efecto, así fue, La corneta tocando diana lo sorprendió despierto.