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12/11/12

La independencia de Cataluña, la huelga general del 14-N y el fútbol.

Brigadistas recogiendo rancho en prisión ante guardias civiles

La guerra civil estalló porque los grupitos que en los años treinta detentaban el poder en Hispania no querían compartirlo con los que habían ido surgiendo desde fines del siglo anterior. La república perdió la guerra civil porque nunca existió como tal. Frente al bando nacional, rápidamente sometido a un mando único bajo férrea disciplina, la república nunca dejó de ser un amasijo de obediencias partidistas y lealtades dudosas sin un objetivo común, ni siquiera ganar la guerra.

Si los líderes republicanos hubieran servido al interés nacional en vez de servir al interés particular de su facción, el alzamiento ni siquiera se habría producido porque los generales que lo dirigieron habrían sido fusilados antes del 18 de julio: todo el mundo sabía quiénes eran y lo que estaban tramando, pero nadie hizo nada por pararlos.

Como sabemos, no se los fusiló, y pasó lo que pasó. Pasó que en el bando republicano cada uno siguió con su política de camarillas intentando mandar en lugar de los que mandaban antes o, por lo menos, mandar más que los demás de su bando, mientras la gente moría en el campo de batalla y en la retaguardia, hasta el desastre final. En un momento dado, la república se dividió en tres estados: Gobierno central, Cataluña y Euskadi (cuatro, si contamos la parte de Aragón controlada por los anarquistas), que se ponían zancadillas entre sí. Para cuando se recuperó algo de control, el PNV ya había rendido Euskadi antes de huir dejando en bragas a Santander y Asturias y entregando a Franco miles de prisioneros para fusilar. Los comunistas intentaban controlarlo todo, mientras los socialistas y anarquistas naufragaban en peleas internas y los trotskistas eran exterminados. Durante la batalla del Ebro, el ejército más eficaz que había conseguido formar la república, fue aniquilado en una batalla de desgaste mientras los generales que mandaban las fuerzas de Levante (en cuyo beneficio se había montado al operación) y Extremadura desobedecían las órdenes y súplicas de Rojo para avanzar en sus frentes tal como habían planeado. Por su parte, mientras las mejores tropas de la república española morían defendiendo Cataluña, Azaña y Besteiro trapicheaban con el enemigo en Londres, a espaldas del Gobierno, para rendirse. En fin, eso: un desastre.

Aconsejados por el Departamento de Estado y el partido social demócrata alemán -gente seria y mayor- los herederos de los años 30 aprendieron la lección y, así, la transición unió a los sucesores del franquismo y de la república en una sola casta política capaz de atender adecuadamente las necesidades de los poderosos del mundo. Metafóricamente, considero la constitución de 1978 como el Decreto de Unificación de los grupúsculos de ambos bandos para, por fin, volver a un sistema racional de partidos turnantes (de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas) libre de las veleidades revolucionarias surgidas en el siglo XIX, para mejor servir a los que importan, que son, como siempre han sido, los amos de la pasta, dentro y fuera de Hispania.

Desde entonces se han dedicado a entretenernos, haciendo cada facción lo que le tocaba sin que la gente se levantase más de la cuenta: reconversión industrial, decreto Boyer (que, junto con la falta de actualización de rentas desde el 73, es el origen remoto de la burbuja inmobiliaria), contratos basura, malbaratamiento de las empresas y la banca pública, supresión del derecho de los ciudadanos a aprender a manejar un CETME… en un encadenamiento que nos lleva a la situación actual, cuya finalidad parece ser acojonarnos lo suficiente como para que no nos sublevemos cuando entreguen a empresas privadas la Sanidad y la Seguridad Social, que son los últimos grandes negocios en manos del “Estado”.

Para ello, por cierto, también se admitió a los sindicatos en el reparto del pastel: son muy útiles para desmovilizar a la gente, como han venido haciendo desde que se inició el actual desastre. Desmovilizar el día a día y, de vez en cuando, cuando la tensión parece desbordarse, convocar un paro testimonial, para que la gente se desfogue un poco, tenga la impresión de estar haciendo algo, y no los mande definitivamente a tomar por culo.

¿Cómo puede estar pasando todo esto sin que estalle una insurrección? Pues porque los ciudadanos somos gilipollas y nos dejamos distraer con cualquier cosa. Nos distraemos como se distraen los niños pequeños o los chimpancés. Y así, aparte de llenar cada quince días el Bernabeu o el Camp Nou en vez de llenar la calle pidiendo cabezas, por los mismos motivos zoológicos que llenamos estadios, nos dejamos enfrentar por banderitas. Aunque los que enarbolan las banderitas son los mismos que nos están jodiendo hasta límites que jamás habríamos sospechado: la llamada de la tribu activa los reflejos más atávicos. Ante eso, nada puede la razón.

Los jefes aprendieron que están todos en el mismo barco, que los del antiguo régimen tenían que hacer un poco de sitio a los nuevos y que tienen que llevarse todos bien si quieren seguir viviendo a nuestra costa.

Nosotros, es evidente que no hemos aprendido nada. Así nos va.

___________

P.S.- Me han dicho que doy por supuesto que la gente sabe ciertas cosas, así que, con miedo de ofender a mis lectores, aclaro:

a) Partidos turnantes: sistema político establecido en el llamado régimen de la Restauración, instaurado tras el golpe de Estado militar que derrocó a la primera república (que tampoco se merecía otra cosa, dicho sea de paso) y devolvió a los Borbones a Hispania. Consistía en alternar el Gobierno entre conservadores (Cánovas) y liberales (Sagasta) mediante elecciones fraudulentas, para conseguir un resultado análogo al de PP y PSOE. Bien descrito por Galdós y Valle Inclán.

b) Decreto de Unificación de 1937. Invento de Serrano Súñer, el cuñado de Franco, para crear un partido único en el bando nacional unificando la Falange y el Requeté en algo denominado: “Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista”, que pretendía ser algo como el partido nazi alemán o el partido fascista italiano, Aparentemente, resultó algo mucho más cutre, pero el caso es que sobrevivió muchísimo más tiempo que sus modelos. Hasta ahora. Es que los españoles somos la leche, oiga.



16/6/10

Banderas victoriosas 12.

El relato entero está en el almacén de la barra virtual.

 

 

12.

Aún era de noche cerrada cuando el barracón se llenó de ruidos metálicos, los de armas y correajes en el silencio de cien hombres que aguantan la respiración. Su nombre fue el tercero.

Se levantó sin pensar, sin mirar a nadie, a ninguna parte. Se ajustó la ropa, con la aberrante idea de estar presentable y se alineó con los demás. Como siempre, nadie se movió. Siempre había fantaseado con la idea de una de esas veces, cuando vinieran a hacer la saca, amotinarse; lanzarse todos a la vez contra los guardianes y los guardias civiles, quitarles  los mosquetones y salir de allí a tiros. Habría sido fácil levantar a todo el campo. Habrían muerto algunos, muchos a lo mejor, pero ellos eran más. Qué cojones, todos eran soldados, había que hacerlo; lo harían.

Pero los prisioneros no hacen eso, entonces lo supo.

Nunca sería capaz de recordar el camino que siguieron hasta los terraplenes, ni en qué pensaba, ni si pensó algo. Sólo cuando se encontró junto a otros once presos a la luz de los faros de un camión, miró a su alrededor, como despertando.

Había un cura joven, que no conocía, con un libro en la mano. Lo miró. Dijo algo, pero tenía la boca tan seca que las palabras no salían. El cura se le acercó, le preguntó algo que no entendió. Méndez estaba desesperado, como en una pesadilla en que tu salvación depende de gritar y no puedes, porque no tienes voz. El cura volvió a abrir y cerrar la boca, pero él parecía haberse quedado sordo además de mudo. Por fin, consiguió escucharse a sí mismo:

-- Llame al páter.

Y Fin

14/6/10

Banderas victoriosas 11.

 

11.

El Ingeniero no había perdido el tiempo, todo hay que decirlo. No había vuelto a ver a Bocanegra desde que llegaron al campo, y se dedicó a localizarlo sin llamar la atención; cosa no tan fácil, aunque fueran varios miles de prisioneros, no sabía cuántos. Se decía que era pura curiosidad, que el cura le había despertado el interés por el personaje. Bueno. en todo caso, pasara lo que pasara, nada perdía con tenerlo controlado; al menos, saber en qué barracón estaba.

Y lo localizó. Quieras que no, era perro viejo y conocía a mucha gente. Lo que no quería era cruzar con él ni una mirada. Quería olvidar lo del tren. Todos querían olvidar aquel viaje en tren, cuando no eran hombres; pero él tenía sus propios motivos. Prefería concentrarse en que el tal Bocanegra era un exponente de lo peor del lumpen, recordar cuando él mismo había estado a punto de pegarle cuatro tiros. También intentaba recordar cuando él –Méndez- era un proletario consciente, o sea, que tenía consciencia de clase y leía libros y tal. Aunque verte a tí mismo como proletario consciente mientras ayudas a un cura a decir misa y tratas de borrar de tu mente en qué barracón está un tipo concreto, no es tan fácil como parece. También es verdad que sabía de sobra lo que le podía pasar si cantaba y alguien se enteraba. Eso era una ayuda, claro: puestos a morir, prefería morir ante el pelotón de fusilamiento y quedar bien, que ahogado por la noche o vete a saber cómo, como mueren los bocazas. El cabrón del páter parecía que le leía el pensamiento mientras le ayudaba a quitarse la casulla.

-- A ver, Ingeniero, si tienes canguis de que alguien se entere, yo me encargo de que te trasladen lejos, a un batallón de trabajo, a la otra punta de España, a Cádiz, por ejemplo.

Méndez no tenía familia. Cuando empezó la guerra tenía veintiséis años y no había llegado a casarse; ni siquiera tenía novia. O sea, novia, novia. Sus padres habían muerto en un bombardeo, que ya es mala suerte; pero eso le dejaba libre y le hacía más fácil tomar decisiones decentes. Sin familia, es más fácil mantener cierta dignidad: no piensas en tu mujer ni en tus hijos. No tienes esa necesidad de volver a ver a alguien, de preocuparte por ellos, por si tendrán para comer, por si tu mujer tendrá que hacerse la encontradiza con alguno para sacar unos cuartos o algo de comida para los niños… En su caso, no tener hijos le permitió decidir que no les iba a dar ese gusto. Si tenían que fusilarlo, que lo fusilaran; pero no podrían convertirlo en un traidor, en un puto chivato. No era por Bocanegra, era por él mismo, por su honor.

Tomó su decisión. Iba a callarse.

2/6/10

Banderas victoriosas 6.

 

 

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6.

Méndez, aparte de ser de la Construcción, tenía otras inquietudes. Antes de la guerra era de los que aprovechaban la biblioteca de la Casa del Pueblo y se leía todo. No sólo cosas sobre Lenin y Marx, también novelas, libros de Historia, de Historia Natural… Le gustaba aprender. Además, por entonces todavía era eso que se llamaba un proletario consciente, y pensaba que era su deber hacerse una cultura; que la cultura no era sólo para los burgueses, que era necesaria para hacer la revolución. Es decir, que siempre intentaba aprender cosas nuevas. Decía que de todo se aprende.

Pero una cosa era aprender cosas nuevas y otra sentir el ridículo que sentía de rodillas al lado del páter tocando unas campanillas, también ridículas, mientras el cura levantaba una especie de galleta que decía que era su Dios, y todo el batallón tenía que ponerse de rodillas en el barro para adorar a la galleta. La verdad es que, si no fuera porque sabía que lo iban a fusilar cualquier día de éstos, le habría parecido hasta gracioso. Tal vez fuera eso, el saber que vivía con tiempo prestado, lo que le permitía mirar las cosas con distancia. Le daba la impresión de ver todo desde fuera: al páter hablando en Latín con su galleta, al hijoputa del capitán comiendo una galleta más pequeña con cara de no haber roto un plato en su vida, a un batallón entero de ateos cagándose en dios porque la humedad helada les penetraba por las rodillas a través del pantalón harapiento, al postrarse ante la sagrada galleta. Y todo al son de sus campanillas, ni siquiera de un cornetín.

31/5/10

Banderas victoriosas 5.

 

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5.

Unos guardias civiles con el mosquetón al hombro daban patadas al suelo para calentarse los pies mientras se pasaban un cigarrillo. Los presos apaleaban tierra con las espaldas empapadas en sudor, el mismo sudor que luego se congelaba en cuanto se quedaban quietos. El encargado –un civil con camisa azul bajo el tabardo- le señalaba algo a Méndez en un plano que agitaba el viento.

Méndez pensaba que igual no lo fusilaban inmediatamente. Al fin y al cabo, él tenía cualificación, entendía de planos, y les venía muy bien para la obra. Asentía mientras el encargado le decía que el firme tenía que quedar así y así, para hacer una cama, que mañana venían unos camiones de grava.

Pero no podía quitarse de la cabeza a Bocanegra.

Recordaba una tarde del treinta y seis, en el bar del Ritz, que estaba con su gente tomando champán francés servido por unos camareros vestidos de pingüino y muy acojonados. Le encantaba esto; ellos con su mono y sus correajes, los pies encima de la mesa y el mosquetón al lado, y los camareros sirviéndoles champán. Se lo había dicho un compañero de Hostelería: que os vengáis al Ritz, no seáis gilís, que ahora es nuestro, coño; antes de que a los jefes se les pase el susto y se acuerden de que es sólo para ellos. Y allá que habían ido. Los camareros del hotel no tenían mucha conciencia de clase, ya se lo había dicho el compañero; pero los trataban como a señorones, aunque se veía que les tenían miedo. Méndez ya estaba un poco afectado. Levantó una botella de Dom Perignon.

-- ¡Compañero camarero! Trae otra de éstas, que no veas cómo entra, ¡la hostia!

Y, en eso, apareció en el bar Bocanegra con su patrulla, como él decía. Los coyotes proletarios, se hacían llamar. Ya ves tú, coyotes… por lo visto, al Bocanegra lo de coyotes le parecía más exótico que lobos o zorros o águilas, como se llamaban todas las patrullas.

Los coyotes entraron en tropel. Ya venían muy borrachos y asaltaron la barra, rompiendo copas y botellas. Empezaron a beber champán a morro. Bocanegra les gritó:

-- ¡Salud y revolución, compañeros!

Y se agenció directamente la botella que un camarero llevaba a la mesa de Méndez y sus hombres.

-- ¡Eh, compañero!, que es nuestra.

Bocanegra pareció dudar un momento si liarse a tiros o confraternizar. Eligió confraternizar: sonrió como un coyote, es un suponer, y se acercó a ellos.

-- ¡Qué vuestra ni vuestra!, ¿qué pasa? ¡La propiedad es un robo, compañeros!

Y se descojonó de su propio chiste. Agarró por el cuello de la chaqueta al camarero y le vociferó con voz pastosa:

-- A ver, tú, compañero, tráete pacá veinte botellas de cosa de ésta.

Se los veía, sí, muy borrachos y muy contentos a los coyotes. Se sentaron mezclándose con la gente de Méndez y siguieron bebiendo. Bocanegra estaba deseando tener público. le palmeó el muslo a Méndez y empezó a contar:

-- ¡Compañero!, venimos de quemar un convento. Ese de… ¡joder!, ni me acuerdo cómo se llama.

Los coyotes estallaron en carcajadas espurreando champán. Uno se cayó sobre una mesa, rompiendo más botellas y copas, lo que provocó más carcajadas.

-- ¡Y las monjas…! Chaval, qué tías, como que no habían follado en su puta vida, no veas… –Se agarró el paquete con las dos manos- Acojonante.

26/5/10

Banderas victoriosas 4.

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4

Méndez había seguido dócilmente al páter hasta su despacho, al lado de la capilla. La capilla era sólo para los fachas, claro. A ellos les hacían oír misa formados a la intemperie, así cayeran chuzos de punta. A veces, en medio de la celebración, alguno se derrumbaba y se quedaba allí tirado porque los demás tenían prohibido moverse. Algunos domingos, cuando el cura decía lo de “ite, misa est”, lo que había en el suelo era un cadáver.

El comandante páter se quitó la boina roja y la dejó sobre la mesa. Méndez observó que era muy bonita, y antigua, seguro: por arriba tenía un arabesco de galón de oro viejo alrededor del nacimiento de la borla, también de oro oscurecido por los años. El páter abrió un archivador, sacó un legajo y una botella de coñac; se sirvió una copa y se sentó detrás de su escritorio.

-- A ti te llaman el Ingeniero, ¿no?

-- A veces, mi comandante.

-- Páter, hijo mío, llámame sólo páter. Ahora no estoy haciendo de comandante, sino de cura.

-- Lo que usted diga, páter.

El sacerdote revisó el expediente sin prisa. Méndez vio de refilón hojas escritas a mano con diferentes caligrafías, formularios oficiales rellenos a máquina con tinta de color morado. Sin levantar la mirada, el páter le preguntó:

-- Tú estabas en Madrid cuando el Alzamiento, ¿verdad?

-- Sí, páter.

A Méndez se le dispararon todas las alarmas.

-- Eras de la UGT. –No preguntaba: afirmaba- Tú participaste en las perrerías que hacían los milicianos a la gente de bien. Estuviste cuando quemaron la Iglesia de San Miguel.

A Méndez empezaron a sudarle las manos. Recordó aquellos días de verano en el treinta y seis, cuando Madrid era un caos; cuando cualquiera con carné de un sindicato y una pistola era dios en la calle. Recordó a los curas entrando a culatazos en una camioneta. Recordó a sus compañeros, borrachos perdidos, haciéndose fotos con las casullas puestas mientras la iglesia ardía. Una de las fotos la hizo él mismo, que también estaba borracho. Los curas tenían la culpa de la situación de España, del atraso, de la opresión del proletariado, eso lo sabía; pero le jodió que quemaran la iglesia. Para él, como sindicalista, lo suyo habría sido incautarla: era patrimonio del pueblo.

El páter hojeó un par de papeles más.

-- Estuviste en una saca de la Modelo, en agosto del treinta y seis. –Por fin, levantó la vista y lo miró- Esto acaba de comprobarse.

Adoptó inconscientemente la posición de firmes. El cura le miraba fijamente, buscando sus ojos, que Méndez le hurtaba.

-- Así que te van a fusilar, ya te lo digo.

Intentó mantener la calma, pero el corazón le golpeaba el pecho cada vez más rápido. A duras penas conseguía reprimir el temblor que trataba de apoderarse de su cuerpo y robarle el último resto de dignidad que le quedaba. ¿Qué quieres?, era cuestión de tiempo. Lo sabía desde la retirada del Ebro. Desde que lo mandaron al campo de concentración en vez de fusilarlo en cualquier cuneta, estaba esperando este momento. En los barracones se cuchicheaba, cuando cada equis tiempo caras nuevas iban sustituyendo a los que se llevaban y nunca volvían: que tienen expedientes que viene todo, que preguntan a tus vecinos de antes de la guerra, que la gente delata a cualquiera, que todo el mundo dice lo que los falangistas quieren que les digan para que  la dejen en paz; que si el padre de Fulanito delató a Menganito para que no fusilaran a su hijo, aunque al final lo fusilaron igual, que si…

-- ¿No dices nada?

-- ¿Qué voy a decir?

-- Páter.

-- ¿Qué voy a decir, páter?

El cura se arrellanó en la butaca mirando su coñac con mucho interés. Dio otro sorbo y comenzó a liarse un pitillo. Lo que faltaba. Se iba a poner a fumar delante de él, para joderle más. Seguro que el muy cabrón lo hacía para ponerlo aún más nervioso. Se encendió el pitillo y preguntó, como quien no quiere la cosa:

-- ¿Tú conoces a uno que le llamaban Bocanegra?

Lo pilló tan de sorpresa que esta vez la mirada del páter encontró la suya. Supo que el cura lo había calado, maldita sea. Sus ojos lo delataban.

-- ¿Bocanegra? … Por ese nombre no me suena, páter.

¡Bocanegra! Menudo hijoputa el tal Bocanegra. Un cabrón de esos que habían soltado de la Modelo en julio del treinta y seis para hacer sitio a los fachas. Había conseguido un carné de la FAI y se había dedicado a hacer barbaridades por todo Madrid con una banda de hijos de la gran puta como él, todos delincuentes comunes recién liberados. Si Méndez hubiera tenido mando, los habría fusilado a todos sin pestañear.

-- No te suena… la voz untuosa del páter parecía decir: “qué lástima”- Bueno… Y… ¿te suena el padre Manuel?. el padre Manuel, de la Iglesia de Buen Suceso.

Méndez pensó a toda velocidad. No. No le sonaba. Por lo menos él no había fusilado a ningún cura, que él supiera.

-- No, páter, tampoco. – Esta vez no mentía.

-- El padre Manuel murió hace unos días, Ingeniero.

Eso alivió a Méndez. Por lo menos, no podían decir que lo había matado él. Pero, ¿para qué coño le preguntaba eso el cura, si ya le había dicho que lo iban a fusilar?

-- Te voy a contar una cosa… –el páter pareció dudar un instante- Siéntate. –Señaló el tabaco y el librillo, que estaban sobre la mesa- Líate un pitillo.

Era la primera vez que alguien le decía que se sentara desde que estaba preso. Fue incapaz de reaccionar y siguió allí de pie, como un pasmarote.

-- Siéntate, coño. –Empujó hacia él las cosas de fumar.

Se sentó en el borde de la silla y se lió apresuradamente un cigarro. El páter le tiró una caja de cerillas. Lo encendió y aspiró con avidez.

24/5/10

Banderas victoriosas 3.

 

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3

Sentado sobre un par de ladrillos que lo aislaban un poco de la humedad del suelo, Méndez untaba con un pedazo de pan mohoso el aguachirli que quedaba en la marmita. El rancho consistía en un caldo de nabos donde, si tenías suerte, pillabas flotando un indicio de patata, y medio chusco de pan. Una ración cojonuda para tíos que se pasaban el día picando piedra y explanando para hacer una carretera. Bueno, al fin y al cabo, se trataba de cargárselos sin hacer mucho ruido. Para eso, estaba bien.

Mientras trataba de no desperdiciar ni una partícula de comida que ayudara a mantener su cuerpo en funcionamiento, rumiaba lo que el páter acababa de decirle. Su rumiar fue interrumpido por la aparición de Valdés y Avelino, dos de su pelotón, que venían rebañando las marmitas con los dedos.

-- ¿Qué pasa, Ingeniero, qué tal de monaguillo?

-- Iros a tomar por culo.

-- ¿Te has confesado? Seguro que le has mentido al páter, si sigues vivo. ¿Te ha metido mano?

-- Que os vayáis a tomar por culo, joder. Bastante tengo ya con lo mío.

Sus dos compañeros lo miraron con sorna y se marcharon riéndose por lo bajo. La verdad es que reírse ahí, en el campo de concentración y con ese frío, tenía su mérito, hay que reconocerlo; pero la imagen de Méndez ayudando a misa vestido de monaguillo era para partirse, ¿o no?

El Ingeniero los miró alejarse y siguió pensando. Nadie lo sabía, claro, pero su humor tétrico no venía del ridículo que iba a hacer meneando las campanillas en misa, sino de lo que el cura le había propuesto en su despacho. Estaba acojonado. No era cobarde, lo tenía acreditado; pero, acojonado, estaba.

18/5/10

Banderas victoriosas 2.

 

Ya sabéis: el relato entero está en el almacén de la barra virtual

 

 

2

TARARIIIIIIÍ TÍ.

Ras, pum. El batallón se puso firmes. Así empezaban el día: después de pasar lista les hacían cantar el Cara al Sol. Los hijos de puta, sólo para joderlos.

-- Venga, rojos de los cojones, quiero oíros bien alto.

Y, hala, todos cantando de mala leche no sé qué mamonada de una camisa que una tía le había bordado a su novio falangista. Lo único, que ahora tenía su punto, porque cuando venía aquello de “volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz”, de pronto, todo el batallón subía el volumen y esos dos versos los cantaban a voz en cuello. El capitán era tan gilipollas que no se daba cuenta de lo que pasaba. Igual se creía que es que al llegar ahí empezaban a admitir que Franco era la hostia, o algo. Modestia aparte, era Méndez quien había empezado a hacerlo una mañana que estaba, como siempre, hasta los huevos de congelarse ahí, firmes en el patio. Al llegar a lo de las banderas victoriosas, se había imaginado la bandera tricolor y vociferó “volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz”. Al día siguiente fueron varios de su pelotón y al poco tiempo lo hacían todos. Esas chorradas te permitían creerte que aún conservabas un resto de dignidad.

Ahora sabía por qué nunca había ido a Burgos antes de la guerra. Ya lo decían, que Burgos tiene dos estaciones: el invierno y la del tren. Joder, qué frío. Los fachas habían puesto el puto campo de concentración en medio del páramo sólo para que, el que no la diñase de hambre, la diñara de frío. Cuantos más la diñaran, más pasta se embolsaría el capitán por las plazas de rancho. Y además se ahorraba fusilarlos.

Esa mañana, apareció el cura –el páter, tenían que llamarlo- un tipo alto y siniestro, con sotana negra, boina roja con borla dorada y una galleta en el pecho con la estrella de comandante. Se dirigió al capitán, que le saludó, y le dijo algo. El capitán asintió y se volvió hacia los presos.

-- A ver, rojos de los cojones, (no tenía un vocabulario muy surtido, el hombre) ¿alguno de vosotros sabe escribir a máquina?

Bueno. La ocurrencia del día. Bigotito, fusta, el cuello de la camisa azul asomando sobre el de la guerrera, con la manga izquierda, vacía, recogida con un imperdible, debía creerse que era un tipo ingenioso. La verdad es que siempre había algún pardillo que picaba: se alzaron dos brazos.

-- Venid para acá.

Dos presos salieron de la formación y se adelantaron. Se cuadraron ante el oficial, que se puso a dar vueltas a su alrededor, mientras los dos empezaban a pensar que en qué hora habrían aprendido a escribir a máquina.

-- Os creéis muy listos, ¿eh?

Silencio.

-- Os estoy hablando, rojos de los cojones. Os creéis muy listos, ¿no?

-- No, mi capitán.

-- ¿Cómo que no?, ¿qué pasa, que no sé lo que me digo?

-- No, mi capitán… sí.

Ya los había liado, ¿había que decir que sí, o decir que no, o no decir nada? Lo miraron desconcertados. El tipo levantó la fusta y se lió a hostias con el que tenía más cerca. Con la vena del cuello hinchada, le golpeaba con una rabia inesperada, jadeando, hasta que se derrumbó en el suelo, donde siguió dándole patadas hasta que el preso ya no se movió. El cura tampoco. Ni nadie.

Méndez ya se había dado cuenta de que el tío no sólo era un hijoputa, sino que estaba completamente loco. Le habría encantado poder pegarle un tiro. El capitán se metió por la formación, como buscando algo, mientras todos seguían en posición de firmes, mirando al frente y pensando furiosamente, “que no se fije en mí, que no se fije en mí”. Pero tuvo que fijarse precisamente en él. Claro: las gafas. Era el único que llevaba gafas; con un cristal rajado y una patilla sujeta con esparadrapo, pero gafas. Las gafas son un inconveniente en la guerra; pero, cuando estás en un campo de concentración, es aún peor: siempre se fijan en ti.

-- Tú, ven para acá.

-- A sus órdenes, mi capitán.

-- El páter necesita uno que le ayude a misa. Tú, que tienes pinta de intelectual, ¿sabes Latín?

-- No, mi capitán.

-- Pues has tenido suerte, porque a un rojo que sepa Latín, lo fusilo ipso facto. A ver, ¿de qué va a saber Latín un rojo?

Méndez siguió firmes, rígido, mientras una gota de sudor le corría –helada- por la espalda. El capitán le dio un empujón con la fusta.

-- Ahí lo tiene, páter. Tenga cuidado con éste, que parece un intelectual.

Lo decía como si tuviera la peste o algo así.

14/5/10

Banderas victoriosas

Cuando terminé “El búnker de Conil”, me di cuenta de que le había cogido gusto al asunto y, como quien no quiere la cosa, empezaron a venirme temas a la cabeza. Aquí va el siguiente relato. Como queda dicho, no pretendo una narración histórica; sólo una narración verosímil.


1

Sonaron tiros en la puerta. El sargento Méndez se incorporó de golpe sin sentir el trallazo de la herida en el pecho. Fuera, gritos, golpes, confusión. La enfermera lo miró aterrorizada. Sus miradas se cruzaron un instante. Méndez saltó de la cama y se tiró por la ventana. Ella se quedó de pie en medio de la sala.

Se despertó jadeando. Aunque tenía los ojos abiertos, no vio nada. Por un momento pensó que se había quedado ciego; pero no, sólo era de noche. Respiró hondo sin quitarse de la cabeza los ojos de la enfermera. Era una tía maja, nunca supo su nombre. Era guapa, les cuidaba bien y Méndez debía de haberle caído en gracia, con su herida en el pulmón –un tiro limpio, sedal que decían los médicos- porque una noche se acercó a su cama y le hizo una paja silenciosa. Ahí seguían sus ojos, congelados en la oscuridad del barracón.

Ya sabía lo que venía después. Él escondido en un matorral, oyendo los gritos de la muchacha mientras los moros la violaban uno tras otro y la destrozaban con las bayonetas. Luego, más tiros y, después, dos fusileros que decían:

-- Aquí hay uno, mi alférez.

Y nada más. Se había despertado en el mismo hospital, con la diferencia de que ya no era camarada sargento, sino puto prisionero.

Hasta que un tiro lo mandó a retaguardia, Méndez había sido sargento de Ingenieros en el cuerpo de ejército de Tagüeña y se había pasado la batalla del Ebro tendiendo pasarelas sobre el río, luego fortificando cotas y, después, tirando las mismas pasarelas que había hecho antes. En el treinta y seis era maestro de obras y de la UGT. Cuando los fachas se sublevaron en Madrid, salió corriendo y se unió al tropel de gente que venía por la Corredera Baja, Tudescos y Desengaño a la calle de la Luna, do estaban los Sindicatos, para que le dieran un fusil y, de ahí, a Plaza de España, desde donde bombardeaban el cuartel de la Montaña con dos piezas del siete y medio. Cuando tomaron el cuartel, entró con su máuser en la mano junto a uno de Asalto. En el patio, sentados a una mesa, había varios oficiales que, según llegaban ellos, se dieron la mano y se pegaron un tiro en la cabeza.

Milicias, paseos por Madrid en el coche de unos señoritos enarbolando fusiles por las ventanillas; Guadarrama, la Universitaria, las barricadas de la calle Segovia… hasta que se apuntó al Quinto Regimiento. Lo único que, como era de la construcción, enseguida lo mandaron a Ingenieros.

Contuvo el aliento escuchando los ruidos del barracón. Los ruidos de ciento y pico tíos durmiendo: el vaivén de las respiraciones, el crujido de uno que se daba la vuelta en el jergón, alguien que rezongaba en sueños, otro que se masturbaba pensando en sabe dios quién, toses. Sabía que después de soñar con la enfermera ya no podría dormirse y, en efecto, así fue, La corneta tocando diana lo sorprendió despierto.

26/2/10

Aquellos maravillosos años: El 23-F


Lean, lean, ¿Les recuerda a algo? (lo mejor: “la transición ha terminado” ABC, 22 de febrero de 1981)



Este año parece que la crisis ha sumergido un tanto las habituales rememoraciones del 23-F. Este postio pensaba haberlo colgado el  martes, como correspondía, pero mi natural desidia me lo ha impedido una vez más.

¡Parece que fue ayer…! El 23 de febrero de 1.981, yo me encontraba ejerciendo de becario de kiosquero, que es de lo que oficiaba a la sazón el Profesor Borodin. Si la memoria no me engaña (y que el aludido me corrija si es necesario) aquella tarde nos encontrábamos los dos dedicados con empeño digno de mejor causa a intentar extraer las monedas que se les caían a los clientes entre el soporte de las revistas y el frontal del kiosko. Para ello usábamos algo tan clásico como un palito con un chicle masticado en la punta.
A fin de comprender mejor lo anterior, he aquí una sección longitudinal de esa parte del kiosko:

kiosko


Entretenidos como estábamos con esa labor, no nos habíamos dado cuenta de que no había nadie por la calle, ni las adolescentes que venían a comprar fortunas (o ducados ¡aaaay…!) sueltos, ni cromos, ni chuches; ni los habituales de los periódicos de la tarde (en aquellos días, el Diario 16 tenía 3 ediciones diarias, tan rápido iban las cosas).

Estábamos dentro del kiosko y la calle se veía desierta. Hay que tener en cuenta para quien nunca haya frecuentado el interior de un kiosko de prensa, que la sensación es un cruce entre confesionario y pantalla de cine. Ves el cuadro de la calle como un plano fijo por el que pasan la gente y los coches. En ese momento, pasó de izquierda a derecha una madre arrastrando a un niño. A ambos nos recordó (aunque esto puede ser una construcción teórica posterior mía) a la típica imagen de la madre arrastrando al niño mientras suena la sirena de alarma aérea.

-- Pero, ¿qué hacéis ahí abiertos?

-- Pues… ¿qué pasa?

-- Pero, ¿no os habéis enterado? Ha habido un atentado de ETA (¡ya entonces!) en el Congreso y está la Guardia Civil, y ha habido muertos.

Dicho esto, la madre salió pitando.

Nosotros nos miramos con cara de “Joé…” y pusimos la radio, como todos los días a esa hora, para escuchar “Clásicos Populares”.
En lugar de clásicos populares, nuestro cubículo retumbó al son marcial de “Los voluntarios”, música que le sonará a cualquiera que haya hecho la mili. Aquí sí que nos miramos con más cara aún de “Joé…”. De hecho, creo que la cara pasó de “Joé…” a “¡Jooodeeer…!”, porque eso sí que era raro.

-- A ver si han dado el golpe por fin.

-- Pues sí que es raro, sí. (Nosotros no perdíamos la compostura tan fácilmente, como se ve)

Y el caso es que no había mucho de qué sorprenderse. Al fin y al cabo, todo el mundo estaba esperando “el golpe”. La prensa llevaba meses anunciándolo, todo el mundo sabía que buena parte de los militares estaban dispuestos a hacer cualquier cosa. La extrema derecha campaba por sus respetos con la protección y beneplácito de muchas autoridades y algunos generales se presentaban en Presidencia del Gobierno como Pedro por su casa a decirle a Suárez que se andara o anduviese con mucho ojito con lo que hacía.

A nivel callejero, el nuestro, la cosa era parecida: los de Fuerza Nueva o los de Falange, se te presentaban cuando les daba la gana a vaciar a hostias el bar de la Facultad perfectamente uniformados (unos con boina roja, otros sin ella) y si le decías algo al Rector que era nada menos que Martínez Montávez ( o sea, rojo y decente), te decía aquello de que “yo es que voy a llamar a la Policía y luego ellos ya sabéis a quién pegan” (respuesta: a los que ya habían pegado los fachas).

Todavía era normal que en las manifestaciones (y había muchas) hubiera uno o dos muertos a tiros, tiros que nadie sabía luego quién había disparado. Bueno, y sigue sin saberse. Lo único, que los cientos de muertos de izquierdas o asimilados que hubo durante la transición, asesinados por los fachas, por las así llamadas “Fuerzas de Orden Público”, o por una extraña conjunción de ambos, parece ser que fueron una alucinación pasajera y nunca han existido. Aunque nosotros conociéramos de vez en cuando a alguno.

Qué bonitos eran los desfiles de Fuerza Nueva por Madrid, esas banderas al viento, todos esos jóvenes erguidos bajo sus camisas azules y sus boinas rojas (o negras, si eran realmente peligrosos), formados por centurias mostrando lo que era La Verdadera España. Era guay. Y duró hasta entraditos los 80.

En resumen, que algo pasaba y nosotros no teníamos forma de saber qué porque no venía ningún distribuidor a traernos una edición especial de periódico alguno. Lo que sí estaba claro, es que debía ser algo gordo, porque no había una puñetera emisora de radio que funcionara y dijese algo coherente.

En esas estábamos, planteándonos si no sería mejor chapar, ya que no venía nadie, cuando aparecieron la hermana y el hermano del Prof.. Borodin en el coche.

-- Pero bueno, ¿estáis gilipollas? Vamos a cerrar.

-- Pero ¿qué pasa?

-- Joder, que se ha presentado el Tejero en el Congreso, se ha liado a tiros y están todos ahí metidos, Joder y Fulanito, que es radioaficionado, dice que en Valencia el Milans ha sacado los tanques a la calle y la ciudad está tomada.

Lo de “el Tejero” no era sorprendente, ya que hacía poco que había sido detenido y sometido a uno de esos simulacros de juicio que les hacían a los golpistas. Por supuesto, para toda la prensa facha (buena parte de la existente) todo había sido una conspiración de los rojos (los de UCD eran rojos) para mancillar su honor y el de Ynestrillas padre y, a través de ellos, el de todo el Ejército. Ya, claro.

Lo del “el Milans”, tampoco era sorprendente. En fin, entonces nadie se cuidaba de dejar de dar su opinión sobre la degeneración que suponía la democracia. Ya se sabe, “Para eso hemos ganado una guerra” Se suponía que los de la UCD (o sea, ex jerarcas o funcionarios franquistas en buena parte) querían dar la vuelta a la tortilla y volver al caos al que tuvo que poner fin el Alzamiento Nacional. Y entregar España a los rojos.

En fin, chapamos. Nos dimos una vuelta a ver cómo andaba la cosa. Nos acercamos por los aledaños de las Cortes donde había formado un berenjenal de tres pares de narices, todo lleno de Policías, Guardias Civiles y falangistas vociferantes junto con algún tímido rojo, todo ello en promiscua confusión. Vimos que no teníamos nada que hacer allí y nos fuimos cada uno a nuestra casa.

En mi casa, estaban de los nervios porque no tenían ni idea de dónde estaba yo y -recordemos- faltaban muchos años para que hubiera móviles. Mi padre era militar. Había llamado a su jefe y éste le había dicho que se estuviera quieto y localizable por si acaso, pero que no hiciera nada. La vecina de mis padres se había presentado allí a ver la tele con ellos con la idea de brindar con champán por esos valientes que iban a devolver a España a su verdadera senda, que nunca debiera haber abandonado. (pocos años después, era concejala del PP de uno de esos sitios de cerca de Madrid)

Parecía que las cosas andaban más o menos bajo control, salió el Rey de uniforme y soltó su famosa alocución diciendo que él no autorizaba eso y el último susto lo dio José María García en directo desde la plaza de las Cortes, cuando se puso a gritar que llegaba el Ejército Español (nadie sabía muy bien a hacer qué). Una caravana de Land Rover de la Brigada XII de El Goloso, ya se sabe. Como al cabo de pocos años, yo hice la mili allí, me contaron un montón de cosas jugosísimas de lo que pasó allí aquella noche (con todos esos carros y TOAs que había), que mejor que queden en el olvido.
Y, reconozco, que me fui a la cama, dormí como un bendito, y a la mañana siguiente que, por cierto, no fui a la Facultad, vi en la tele el espectáculo de los guardias civiles escapándose por las ventanas del Congreso.

En definitiva, a pesar del tono épico que se le ha ido confiriendo al asunto, era algo que no sorprendió a nadie y a lo que no se le dio tanta importancia. Sencillamente porque formaba parte del paisaje, estábamos aún demasiado acostumbrados a esos espectáculos sainetescos y nos parecía que era normal que pasaran esas cosas en España.

Lo peor de esa España que ahora se está poniendo de moda echar de menos es que era cutre de cojones.

13/5/09

Las revoluciones molan etc. II

Como los comentarios del postio anterior se iban alargando, abro uno nuevo.
Vamos a ver, Alberto, Fer, Pau, Hans...

Pues yo sí creo que la guerra civil empezó con una sublevación de una parte importante del Ejército, casi todas las formaciones de derecha no nacionalistas con el apoyo de casi toda la Iglesia (especialmente desde el púlpito y la escuela) contra un gobierno legítimo. Calvo Sotelo, que era el líder reconocido de los que negaban la legitimidad, no ya del gobierno del Frente Popular, sino de la propia República, se calificó a sí mismo de fascista en las Cortes, eso sí, con la habilidad dialéctica que le caracterizaba. Desde luego, su comportamiento lo era.

Otra cosa es la situación de caos existente en los meses previos al así llamado alzamiento, el Gobierno había perdido el control de la situación y, realmente, no volvió a recuperarlo. Pero ese caos fue en buena medida provocado por la misma derecha que se sumó gozosa al alzamiento: los terratenientes dejando pudrir las cosechas en lugar de recogerlas para doblegar por hambre a los jornaleros levantiscos, los pistoleros de Falange o de la patronal (a veces eran lo mismo)... hay bastante de qué hablar.

Por su parte, la CNT andaba, por ejemplo en Andalucía, en estado de práctica insurrección. El PSOE también tenía sus milicias armadas (hasta sus tropas de choque "la motorizada") El Ejército y las Fuerzas de Seguridad estaban totalmente politizadas... no hay más que recordar que a Calvo Sotelo se lo cargó un capitán laureado de la Guardia Civil. Ya se sabe, acción - reacción.

Yo creo (no soy muy original) que podemos tomar como punto de no retorno para estas cosas el desastre de Annual.

En cuanto al postio anterior, yo me refería a la última época del franquismo y creo que se me entendía. De ninguna manera he dicho que fuera una época estupenda, sino que, en general, la represión se dirigía contra los que más se movían y que la mayoría de la gente pasaba.

Sí que se torturaba, era algo normal. Uno de mis mejores amigos (Capazorros lo conoce) lleva plantillas ortopédicas desde el 73 en que disfrutó de la hospitalidad de la Brigada Político Social en la Puerta del Sol. No sólo le destrozaron los pies, sino que le adiestraron en apnea con el viejo truco de la bañera. Claro: era de la CNT. Leyó el postio anterior antes de colgarlo y estaba bastante de acuerdo.

La figura del estudiante volador era algo muy típico en los 60. De todas formas, en cuanto a las barbaridades de las dictaduras latinoamericanas (la argentina y la chilena son sólo las más mediáticas) no hay que compararlas con el franquismo terminal, que era casi civilizado en comparación, sino con los primeros cinco o diez años del régimen franquista. Ahí gana Franco por goleada. Oye, y sin asesores de la CIA.
En mi modesta opinión, el turismo y la emigración tuvieron un papel más relevante en el advenimiento de la democracia en España que los partidos o grupos de oposición.

4/5/09

Las revoluciones molan para recordarlas con nostalgia

El pasado sábado 25 de abril, estuve en el local de unos amigos que tienen un grupo de teatro con el que se lo pasan muy bien. Como la directora es una sentimental, y compartimos algunos sentimentalismos, iban a proyectar "Capitanes de abril", la película de María de Medeiros sobre el golpe de Estado del 74 en Portugal. La vi cuando la estrenaron y es una buena película. María de Medeiros (me encanta) se reserva el papel más repugnante: el de progre trepa que acaba de diputada socialista. El estudiante trotskista que le gusta a ella termina siendo diputado de derechas. Recomiendo la peli.

En discusiones posteriores yo decía que lo mejor que le puede pasar a una Revolución es terminar como la portuguesa; es decir, entregando pronto el poder a esos trepas profesionales que hemos convenido en denominar "políticos". No digo que sea lo más deseable, ni que me guste especialmente, sino que entre las diversas opciones posibles, es la menos mala. Ahí hay que darle la razón a Churchill. Si él en los años 20 disolvía manifestaciones obreras a cañonazos, no es que no fuera demócrata, es que ese era el espíritu de los tiempos. En cambio, si las cosas amenazan con cambiar de verdad, en seguida se te echa todo el mundo encima y tienes que ser más cabrón de lo que pretendías. Además, los revolucionarios siempre se empeñan en que te impliques y a mí ya no me apetece.

Me echan en cara mi falta de idealismo. ¡Joder! es que ya no tengo edad. Yo soy más vieja que tú y sigo teniendo ideales. No: ideales los tengo yo, tú vives en los mundos de Yupi, que es distinto. Y, ¡hala! ya está liada. Bueno, para qué os voy a contar... Como ya sabía que la tertulia iba a terminar con alguien llamándome fascista, decidí echar el resto y di unos empujoncitos hacia el tema de la Memoria Histórica, que, puestos a levantar la voz, es muy agradecido.

Los portugueses, por lo menos pueden decir que su democracia burguesa actual viene de un golpe de Estado contra la dictadura, cosa que nosotros no podemos: Nuestra democracia burguesa es la evolución natural del franquismo.

Por lo visto, esto es una especie de herejía horrorosa. Se supone que aquí no hay más sucesores del franquismo que el PP. Y sin embargo, la transición consistió, ni más ni menos que en hacer evolucionar -de la Ley a la Ley, en palabras de Torcuato Fernández Miranda- el régimen del 18 de julio hacia una democracia burguesa estándar. Evolucionar de acuerdo con sus propias leyes y haciendo uso de sus propias instituciones.

La Ley para la Reforma Política, aprobada en referéndum y que preveía la legalización de los partidos políticos y la celebración de elecciones "a Cortes" por sufragio universal, se aprobó por las Cortes franquistas como una nueva Ley Fundamental del Reino, de acuerdo con el sistema franquista y su función era ni más ni menos que modificar otras Leyes Fundamentales del Reino anteriores, para introducir en el sistema los partidos políticos y el sufragio universal. Por eso el rey no fue perjuro. Ni él, ni ninguno de los demás que habían jurado "cumplir y hacer cumplir" las Leyes Fundamentales del Reino.

La actual tendencia "Memoria Histórica", tenía, en principio, una finalidad razonable, que es reconocer oficialmente que el 18 de julio de 1936, una gente que se sentía ilegítimamente privada de lo suyo (o sea, de España) por haber perdido unas elecciones, dio un golpe de Estado contra la República, dando lugar a una guerra civil que destruyó el país, seguida de una represión despiadada. El franquismo enterró la memoria de la República, falsificó la historia y mancilló legalmente la memoria de los que defendieron la legalidad. En estos últimos años, asistíamos a una proliferación de pseudohistoriadores que estaban divulgando nuevamente esa historia inventada, por lo que el reconocimiento formal de tales hechos no era ninguna barbaridad; lo que pasa es que determinados medios de derechas, se lo tomaron como un ataque personal -el que se pica, ajos come- y la cosa ha degenerado en una polémica salida de madre y, ahora, como cada cual quiere ser más papista que el Papa, hasta desmontan las vidrieras de la Academia de Toledo (yo he estado debajo de ellas) porque a algún alma sensible le traumatiza el aguilucho.

Como en España tenemos serios problemas para comprender que en el justo medio está la virtud, hay quien pretende obviar lo anterior y retrasar el reloj para fundar la legitimidad del sistema actual en la II República, que ahora resulta que fue una Edad Dorada en que florecieron todas las virtudes, mientras Yupi andaba sobre la Tierra haciendo el bien, hasta que fue sumergida por la negra noche del fascismo. Todos los españoles son buenos y benéficos (es decir, republicanos) y sólo merced a una salvaje represión de la Falange, el Ejército y la Iglesia los españoles tuvieron que vivir durante cuarenta años bajo Franco.

Eso es rigurosamente falso. La guerra civil no fue librada (o no sólo) por las fuerzas del fascismo, cuyo ejército estaba compuesto de falangistas, mercenarios, moros, alemanes e italianos. Fue librada por media España contra la otra media. Otra cosa es que no nos guste. Pero España estaba rota en dos mitades (y cada mitad en trozos diversos) y, como vemos, lo sigue estando. No hay más que recordar la legislatura anterior y el grado de aberración sectaria al que llegó la trifulca político-mediática.

Si aún hay gente que piensa que detrás de las bombas del 11-M está el PSOE, ¿cómo dudar que la gente que se alistaba voluntaria para luchar contra la República creía que en el levantamiento de Asturias del 34 los mineros habían sacado los ojos a los niños de los guardias civiles y en el mercado se vendía carne de cura al peso?

La República, aparte de ser muy de derechas durante la mayor parte de su existencia prebélica, no pasó -no pudo pasar- de ser un cúmulo de buenas intenciones gobernado por una banda de incompetentes y acosado por los que veían peligrar lo que consideraban de su propiedad. Se dieron algunos pasos en la dirección correcta, en Educación y secularización, por ejemplo, pero actuando como un elefante en una cacharrería. En cuanto a la libertad de prensa, la censura no desapareció casi en ningún momento.

¿Alguien se imagina en este mundo políticamente correcto que un tipo que sugería a los militantes de su partido entrar en los claustros y elevar a las monjas a la categoría de madres, llegara a presidente del Gobierno? Pues llegó, y para más regocijo, era de derechas.

La República fue ferozmente anticlerical (yo lo soy bastante, ojo) en un país mayoritariamente católico. Sus actuaciones encendieron a buena parte del país. La reforma agraria, la modernización de la economía, no se pudieron hacer, porque no basta con el voluntarismo; pero habían despertado -y frustrado- la esperanza de millones de trabajadores explotados, reprimidos y, literalmente, hambrientos. España era un país del siglo XIX. La razón faltaba bastante entre los políticos, y muchos de los que más o menos eran
razonables, eran cobardes o incompetentes: Azaña.

Es un ejemplo: Azaña expulsando a los Jesuitas. Azaña viendo tembloroso cómo le quemaban conventos. Azaña poniendo orden: Casasviejas. Azaña negándose a declarar el Estado de guerra. Azaña pidiendo paz, piedad y perdón mientras la República de la que por desgracia era presidente luchaba por su existencia. Azaña traicionando a la República y buscando la rendición a espaldas del Gobierno de Negrín, mientras lo mejor del Ejército republicano se desangraba en la batalla del Ebro, defendiendo esa misma República. Azaña muriéndose de tristeza en Francia mientras miles de republicanos españoles morían de otras cosas en los campos de concentración franceses, ahí al lado. Pobre.

La guinda de esa costumbre de inventarnos la Historia como nos habría gustado que fuera, la puso Bono el otro día al recibir a Sarkozy en el Congreso. Agradeció a Francia la acogida de los exiliados españoles tras la guerra civil. Es para abofetearlo. Imagino que habrá por ahí gente cuyos padres o abuelos padecieran la hospitalidad francesa en Argélès sur Mer, o en Argelia.

Cuando Franco tuvo a bien morirse, la mayoría de los españoles habíamos nacido después de la guerra, bastante después. El régimen era una cosa bastante ridícula, aunque muy molesta. La sede clandestina del PSOE ilegal en la calle Jacometrezo de Madrid tenía discreta escolta policial. Escolta, no vigilancia. Bueno, o las dos cosas.

La mayoría de los españoles nunca se enfrentó al régimen. Un régimen es algo que se da por supuesto. Lo que intentas es adaptarte a lo que hay y vivir lo mejor posible. Y por eso las dictaduras intentan mantener la paz social: casas baratas, comida, seguros sociales, bares, fútbol... esas cosas.

Había quien militaba, básicamente en el PCE, "el Partido" por antonomasia, o en la CNT, luego en Comisiones o UGT, bueno y bajo otras mil siglas. Gente que se sacrificó por algo en lo que creía (que, por cierto, no era precisamente esta democracia) Pero el grueso de los españoles no se planteaba nada. Una de las razones de que la economía estuviera hecha unos zorros en el 75 fue que el régimen se había dedicado al proteccionismo que impidió la modernización, y que cuando llegó la crisis petrolera del 73, se hizo todo lo posible para que no llegara al bolsillo de la gente, aún a costa de arruinar al Estado y a las empresas. Todo para que la gente no se calentase.

Esa es la clave: Mientras la gente viva medio bien, no tiene motivos para jugársela. ¿Qué provocó la Revolución de los claveles? En Portugal se vivía más o menos como en España y el régimen era bastante similar. Sí, pero tenían tres guerras coloniales imposibles de ganar y a los chicos los mandaban allí a hacer la mili. Los capitanes de abril sabían lo que eran esas guerras, porque las libraban ellos y, además, sabían que ellos eran los malos y no querían serlo. Y los civiles de casa, estaban hartos de recibir los cadáveres de sus hijos, o lo que quedaba de ellos. Era una buena razón para jugársela. Aquí no la teníamos.

(De todas formas, aprenden: por eso el siguiente paso en la democracia moderna es suprimir la mili y hacer ejércitos profesionales)

Al morir Franco, la mitad, pongamos, de la población española se identificaba más o menos con el régimen, aunque fuera por inercia. Y a mucha más de esa mitad, le daba lo mismo a qué jugaran los políticos mientras sus hijos pudieran encontrar una colocación y asegurarse un sueldo. La mayoría de la gente tenía tanto miedo a lo que podía pasar al morir Franco, que acogió con bastante alivio el hecho de que no pasara nada. Y no pasó nada, precisamente porque casi nadie quería que pasara. Si hubiéramos vivido como se vivía en el 36, habría pasado. Todo lo demás, 23-F incluido, son anécdotas.

¿Cuál es la diferencia más importante entre el régimen franquista y el actual? Básicamente, que puedo poner a parir al Gobierno en el bar sin que el parroquiano de al lado me enseñe una placa y me lleve a la comisaría a que me den unas hostias, o me metan la cabeza en la bañera. Que no es poco.

Otra cosa buena es que se meten mucho menos en tu vida; en nuestro caso, la Iglesia se mete mucho menos en tu vida. Y así, puedes ser homosexual sin que te metan en la cárcel, follar sin estar casado, divorciarte y no pasa nada... en fin, esas cosas. Se sustituye el Tribunal de Orden Público por la libertad de prensa y muchas cadenas de tele y radio. Que no es poco.

En cuanto a tener alguna intervención en el gobierno del país, mis posibilidades son exactamente las mismas que entonces. Antes, tenías que ser afecto al régimen, conseguir acercarte a la camarilla de alguien que estuviera situado, ser sumiso, darte a conocer, medrar a su sombra... Ahora, tienes que empezar por afiliarte a un partido. Hemos pasado del monopolio al oligopolio.

En democracia se vive mucho mejor, eres más libre... Claro, en un país rico, esa es la evolución natural de las cosas. En Francia o en Bélgica, que eran democracias, en los 60-70 todavía se mataba a tiros a la gente en las manifestaciones y se torturaba sin demasiados problemas.

La diferencia es sobre todo de marketing. Una dictadura es más tosca. El que manda, manda, por la gracia de Dios, y te dice: esto es así porque lo digo yo. Eso puede humillarte y hacerte desafecto, en cuyo caso tienes serios problemas. En una democracia, lo hacen mejor: nada de gracia de Dios: Puedes votarme a mí o a éste. En cuanto a las órdenes, te las dan por tu bien y casi como que te ordenan por favor y, sobre todo, te dejan quejarte, que es lo bueno, ya digo. Como te puedes desfogar en el tasco, no sientes el impulso de ponerte a conspirar.

26/12/08

La Hemeroteca de Carpzovius (I)

CAMBIO 16 001

Últimamente en la B.F.I. discutimos mucho sobre la Transición. Me estoy dando cuenta de que, a nuestra edad, cinco años no son nada; pero en su momento eran la diferencia entre diez años y quince, y eso sí era mucho.

Buscando otras cosas, me he encontrado en una de mis famosas cajas varios ejemplares antiguos de Cambio 16, una de las principales revistas "desafectas" con el régimen postfranquista: su presidente era Luis González Seara, que llegó a ministro de Educación y Ciencia con UCD y cuya Ley de Reforma Universitaria fue objeto de mis algaradas estudiantiles. El director era Juan Tomás de Salas y estaban, entre muchos otros, Miguel Ángel Aguilar, José Oneto, Carmen Rico-Godoy, Consuelo Álvarez de Toledo, colaboraba gente como Enrique Barón, Xavier Domingo, Cela y, por supuesto, el más grande: Forges.

Algo que hoy resulta sorprendente es que la mayoría de los artículos iban sin firma, lo que significaba que la revista y su director se hacían responsables fuenteovejunamente de lo que pudiera ocurrir. Voy a colgar algunos del verano del 76; concretamente, la portada, el editorial, la quinta página, una sección titulada "De buena fuente..." y, obviamente, los chistes de Forges. Dan una idea de lo que se pensaba por aquel entonces.

El 14 de junio del 76, hacía seis meses de la proclamación del Rey y la noticia era su primer viaje al extranjero, concretamente a Estados Unidos. Hacía 40 años que un jefe del estado español no visitaba oficialmente otro país y nos parecía importantísimo. En Estados Unidos le prepararon un recibimiento por todo lo alto y pronunció un discurso ante una sesión conjunta del Congreso y el Senado en el Capitolio. En ese discurso, que empezaba diciendo que dos terceras partes de los españoles teníamos menos de cuarenta años, dejó claro que su intención era convertir a España en una democracia homologable. La lectura que se hizo aquí era que, teniendo de testigo al cuerpo legislativo del Imperio al completo, no podía echarse atrás. Por otra parte, en una famosa entrevista a Newsweek, sijo literalmente que su presidente del Gobierno era un absoluto desastre.

Carlos Arias Navarro (por mal nombre "carnicerito de Málaga") era el presidente del Gobierno al morir Franco, que lo había nombrado para sustituir a Carrero Blanco tras su asesinato. Se negó a poner su cargo a disposición del Rey tras su advenimiento a la jefatura del Estado, alegando que a él lo había nombrado el Caudillo y que tenía que agotar los cinco años de su mandato como si aquí no hubiera pasado nada. No se entendían y, de hecho, para echarle un pulso, llegó a plantear su dimisión al rey en plena crisis del Sahara, cuando la inminente guerra con Marruecos estaba en la mente de todos.

En ese mes de junio, Arias Navarro ya no controlaba a la mitad de sus ministros: el Vicepresidente y Ministro del Interior era Fraga, que iba por libre; Areilza, Ministro de Asuntos Exteriores, un hombre muy viajado y además conde, competía con Fraga por ser el sucesor de Arias; Pío Cabanillas, Ministro de Información y Turismo (sí, ya sé, los nombres se repiten) trataba de introducir una tímida "apertura" en los medios de comunicación... La situación era bastante caótica.

Estaba en tramitación un proyecto de Arias para modificar parte de las Leyes Fundamentales franquistas introduciendo una cosa llamada "asociaciones políticas" (la palabra "partido" era tabú absoluto) y un trasunto de elecciones. Aunque los partidos a la derecha del PCE se movían a la luz del sol (es la época de Coordinación Democrática, ya se sabe: la platajunta y todo eso), la represión y la tortura seguían siendo cosa corriente y los medios de comunicación no afectos al régimen se paseaban por el filo de la navaja: los procesamientos de periodistas ante el Tribunal de Orden Público y el secuestro de publicaciones estaban a la orden del día. Sin embargo, Felipe González ya tenía escolta policial desde antes de morir Franco.

Tanto la oposición como los elementos más razonables del régimen eran conscientes de que las modificaciones en las leyes fundamentales no debían ver la luz: Lo que Arias pretendía era dar un barniz de supuesta legitimidad democrática a las instituciones franquistas para que todo siguiera igual. Vestir al muñeco le llamaban a eso.

Mientras tanto, el Rey, que no se había atrevido a cesar directamente a Arias (para lo cual necesitaba la aquiescencia del Consejo del Reino desde donde Don José Antonio Girón de Velasco, "El León de Fuengirola" tronaba contra los traidores al legado del Caudillo) porque no terminaba de tener claro el grado de apoyo que su presidente del Gobierno tenía entre la clase política oficial y el Ejército. El Rey, conspiraba con el Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, Torcuato Fernández Miranda, la esfinge asturiana.

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CAMBIO 16 003

CAMBIO 16 04

21/9/08

Queipo de Llano



A raíz de una charla en la B.F.I. sobre la Guerra Civil y los comienzos del régimen franquista, accedo a las urgencias de uno de mis contertulios y cuelgo aquí uno de los papelitos de mi colección, citados por mí. Es una carta del General Queipo de Llano a un viejo amigo suyo, Magistrado del Tribunal Supremo de la República, encarcelado y condenado a muerte tras la Guerra Civil, puesto en libertad al cabo de cuatro años aunque -obviamente- expulsado de la carrera judicial.

Como ya no se puede dar por sentado que nadie sepa quién fue el General Queipo de Llano, diremos, resumiendo, que fue uno de los promotores del Glorioso Alzamiento Nacional/Rebelión militar contra la República. El 18 de julio tomó el mando de las tropas de Sevilla y a su audaz intervención se debió que la ciudad quedara rápidamente en manos de los Nacionales/Sediciosos. Se hizo famoso por sus charlas radiofónicas, modelo de propaganda de guerra. Queipo de Llano no era ningún angelito. Aunque se sublevó al grito de ¡Viva la Repúbica! -era republicano- en la zona bajo su mando se cometieron todo tipo de tropelías. A medida que Franco se iba haciendo con todos los resortes del poder y se evidenciaba que tenía la sana intención de perpetuarse como Jefe del Estado, fue distanciándose rápidamente de él, debido en parte a sus ideas sobre lo que debería ser el régimen (más o menos autoritario, pero no lo que estaba haciendo Franco) y en parte a su ego más bien desproporcionado. Como se dice en la carta, a principios de los 40 ya se había alejado por completo del régimen y se dedicó -en términos generales- a sus asuntos. En privado, solía referirse a Franco como "Paca la culona".

Transcribo la carta para comodidad de mis amables lectores:



El General Queipo de Llano

Santander y Julio 13/942

Sr. Don ***

Mi querido amigo: he recibido su carta del 29 de Julio [sic], que me ha perseguido hasta dar conmigo: por ella veo que está V. vivo y he sentido la satisfacción de saber de un tan antiguo amigo, que se encuentra en los umbrales de la vejez, dispuesto a seguir (que sea por muchos años) su nueva vida.

Veo por su carta, que la tormenta que sufrió y sigue sufriendo España no pasó sin dejar, para V. rastros más o menos profundos. Consuélese: yo salvé a España y también sufrí y sigo sufriendo los efectos de aquella. Pero me cabe la satisfacción de que si desempeñé el papel principal de España no me cabe responsabilidad alguna en los males que hoy sufre y .... en los que tiene que sufrir ......

Solo aspiro a no volver a desempeñar cargo alguno, civil ni militar. Allá las consecuencias de todo lo que vemos, para quienes no supieron evitarlo ...... yo ... a vivir todo lo tranquilo que aquellos me permitan.

Todavía no tengo casa. Quizá sea el único que no la tiene, desde que me la destruyeron los rojos, a pesar de que por el cargo que tuve pude haber requisado los muebles que hubiera querido....... pero eso no entró jamás en mi manera de ser....

Si en mi vida errante pudiera prestarle algún servicio (que no esté relacionado con actividades del gobierno) crea que estaré siempre dispuesto a hacerlo.

Que llegue V. a otro múltiplo de 20 y cuente siempre con la buena amistad de su attº. v.v.

Gonzalo Q de llano

28/6/08

El mito de la taberna


(Este descriptivo cartel lo he sacado de aquí )


Que el mundo es y será una porquería, ya lo sé. Pero eso está descontado. A mí, privilegiado habitante de un país rico (cuando nací, no lo era), lo que me hastía es la inmersión propagandística total en que vivo.

Desde el terrorismo hasta el fútbol, pasando por las reivindicaciones arzobispales, las lingüísticas de uno y otro signo, y signa (y camarada Loreta), las puñaladas traperas entre los kapos de los diversos partidos, las soflamas patrióticas grandes o pequeñas, las bodas gays y la actual temporada de festivales de música, todo lo noticiable forma un puzzle cuya única finalidad es distraer la atención de lo esencial.

Lo esencial es que somos pastoreados como ganado por unos cuantos multimillonarios que dirigen unas cuantas corporaciones transnacionales que viven de nosotros. Los estados se mantienen porque son útiles: tienen un ejército, una policía y un sistema judicial para tener controlados a los levantiscos y una hacienda que roba a los pobres para dárselo a los ricos (como en la actual crisis financiera).

Todo lo que ponen ante nuestros ojos es un señuelo para tenernos entretenidos y que dirijamos nuestra atención hacia otra parte. Pretenden que no veamos la realidad, sino la sombra de la realidad que se proyecta en el fondo del vaso de cerveza.

Palabra que a veces añoro aquellos tiempos de la democracia orgánica, cuando todo estaba claro y el Caudillo, no sólo había inventado las fortificaciones en contrapendiente, sino que, para orgullo de la raza, batía todos los records habidos y por haber, en especial de caza y pesca: una vez, incluso pescó un cachalote, fíjese usted qué tío.

Cuando las Cortes eran Cortes y el Procurador que no podía ir vestido de General, Obispo o Notable Saharaui, lucía el uniforme del Movimiento, tan vistoso. Por lo menos, no había elecciones, salvo las del Tercio Familiar. ¡Y sólo había fútbol los domingos por la tarde!

Entonces, las cosas estaban claras y España limitaba al Sur con la vergüenza de Gibraltar. A veces, el cura que nos bautizara a mí y a mis hermanos, y a mí me administrara la Primera Comunión, llamaba a casa a horas intempestivas para ver si mi padre, militar a la sazón, podía echarle un cable con su hermano -también cura- que era de ETA y lo habían vuelto a detener por ahí arriba.

Entonces, las cosas estaban claras: no tenían necesidad de convencernos porque no había otra. Los rojos eran la peste (en aquellos días, aún había hasta rojos), los masones conspiraban en la sombra de sus tenidas contra el Generalísimo, la Espada Más Limpia de Occidente; los maricones eran un asco y había que meterlos en la cárcel porque eran socialmente peligrosos y el Jefe del Estado, entre inauguración e inauguración (que teníamos que ver en el NODO antes de la peli, lo que era un coñazo que asumíamos como si fuera un fenómeno meteorológico) conservaba, con muy buen criterio, la potestad de decidir quién podía ser obispo y quién no. Vamos, y que se le manifestaran los obispos.

Como todo el mundo trabajaba un huevo y tenía un porrón de hijos que mantener con un sueldo de mierda, no había tiempo que dedicar a hacer manifestaciones, ni mostrar desafección al Régimen del 18 de Julio, cosa reservada a los estudiantes, niños de papá que -desagradecidos- mordían la mano que les daba de comer y a algunos elementos subversivos que -siempre minoritarios- trataban en vano de emponzoñar a la gran masa de los productores sanos y honrados, cuyos derechos veíanse salvaguardados por el Fuero del Trabajo, la legislación social más avanzada del mundo. De hecho, no preveía jornadas de 65 horas ni nada.

No había nada más que ver cómo el pueblo sano se arremolinaba espontáneamente a lo largo de la carretera de La Coruña cada verano para vitorear al Caudillo cuando se iba de vacaciones al Pazo de Meirás ¡en coche! Lo juro: yo lo he visto.

Franco, por lo menos, había ganado una guerra, lo que le confería la misma legitimidad que a otras luminarias de la humanidad como Julio César, Gengis Kan o Napoleón, que, aunque obviamente oscurecidas ante el brillo del Vencedor de La Cruzada, nadie se mete con ellas y hasta son muy estudiadas, oiga.

Hoy, que vivimos en una Democracia Floreciente (D.F.), advenida por la sangre y el sudor de un montón de pardillos heróicos, las decisiones que configuran el marco al que habrán de atenerse los así llamados representantes de la soberanía nacional (que se supone que descansa sobre nuestras espaldas: las mías y las tuyas, amable lector) las decisiones... etc., digo, las toman en Flandes unos burócratas a quienes nadie ha elegido y que tienden a prestar oídos, más bien a los representantes de las multinacionales de uno y otro signo que a la gente que va a tener que cumplir sus directivas.

Por ejemplo, cosas tales como que a un señor (o señora), por el simple hecho de no ser de aquí, se lo pueda meter en la cárcel (si: en la cárcel) sin intervención de ningún Juez durante año y medio (bastante más que si eres un moro sospechoso de terrorismo en Inglaterra). Por ejemplo, que sin más trámites, puedas coger a un niño que está solo, pero no es de aquí, y mandarlo -solo- a cualquier país por el que haya pasado antes de llegar a nuestro floreciente y democrático suelo con tal de quitártelo de en medio. Bueno, una vez garantizado (previo pago) que los eficientes servicios sociales de Mali se hagan cargo de él.

No sé por qué, pero cada vez tengo más la impresión de que para ese viaje no necesitábamos alforjas.

Nota bene. Eso sí: los irlandeses son, aparte de unos desagradecidos, unos antidemócratas, y su gobierno, un hatajo de pardillos por pedirles su opinión, cuando todos los demás ya habían decidido que esta vez no preguntaban a la gente, no fuera a meter la pata y volver a votar que no.