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19/10/06

Me quedo con Blanquita



Que nadie se llame a engaño. Para eso coloco este articulillo bajo la advocación de la única española inequívoca: Blanquita, que en realidad, resulta llamarse Antonio; pero bueno, qué le vamos a hacer.

Si hay entre mis lectores algún demócrata convencido, es decir ese tipo de persona que por alguna misteriosa razón cree (en el sentido monoteísta del término) que existe o ha existido sobre la tierra un lugar donde funciona un sistema político en el cual los que viven allí son ciudadanos y tienen la posibilidad de influir personalmente de alguna manera sobre el funcionamiento de dicho sistema, mi consejo es que busquen otro blog o, en caso contrario, que no me protesten mucho, que ya están avisados.

Según Carpzovius, la democracia es un invento de la propaganda de guerra ateniense del siglo V antes de que San Pablo nos diera el disgusto de no partirse el cuello al caerse del caballo camino de Damasco. Servía para convencer a otras Polis de que sus ciudadanos se sometieran a Atenas con esa excusa, obviando la alternativa de ser pasados a cuchillo y sus mujeres e hijos vendidos como esclavos previa violación de las más aptas/os. Cfr. Tucídides.

Posteriormente, el mito fue retomado por los romanos (Tito Livio y Claudio, básicamente) que convencieron a determinada gente de que hubo un tiempo glorioso llamado República (¿les suena?) en el cual un ciudadano -Marco Furio Camilo, pongamos por caso- era llamado a asumir los poderes dictatoriales, incluido el derecho de vida y muerte sobre sus conciudadanos, para librar a Roma de sus enemigos (los samnitas, por ejemplo) y que, una vez cumplida su misión, dejaba el cargo tranquilamente y se volvía a su finquita a cultivar plácidamente sus nabos, como si tal cosa.

Después de un montón de siglos, estos mitos fueron recogidos por unos cuantos ricos en Francia y en las colonias británicas del Nuevo Mundo, para ver si les valía como excusa para quitar de en medio a la antigua aristocracia guerrera (o ex-guerrera) que se había convertido en una clase parasitaria, y ponerse a gobernar ellos mismos, que para eso eran los que tenían la pasta.

Evidentemente, en todos los casos mencionados, la capacidad de influir en el funcionamiento del sistema pertenecía exclusivamente a una cantidad muy pequeña de ciudadanos que eran los que realmente tenían previamente el poder. Lo que pasa es que descubrieron que montar una parafernalia adecuada permitía convencer a los no tan ricos y a los más bien pobres de que estaban luchando por sus propios intereses lo que, como es obvio, es una soberana gilipollez.

En esos mitos se basa nuestro actual sistema político del que, como todo el mundo sabe, el inefable Winston dijo que era el peor que existe excluidos todos los demás. Por desgracia, debe ser cierto, por lo menos para mí lo es. Al menos, al contrario que otros sistemas, permite que indeseables antisociales como yo podamos vivir relativamente tranquilos mientras conservemos el acceso a nuestra provisión de cerveza.

Ha habido un tiempo, muy corto, en el cual, ha existido una cosa llamada Estado. Me refiero a los países con los que nosotros, españoles decadentes de principios del siglo XXI, podemos sentirnos más o menos identificados. Incluso, aunque no tuviera mucho que ver con nuestra idea, en los países del así llamado socialismo real. Pero eso se acabó, amigos.

La Revolución americana y su secuela, la revolución francesa, convencieron al hasta entonces vulgo lacayo de que defender a sus burgueses ricos de los nobles parásitos de los países adyacentes era defenderse a sí mismos. Por primera vez desde Roma, se crean "ejércitos nacionales" que permitieron efectuar mayores carnicerías de las que se habían visto nunca en la Historia, empezando por las guerras napoleónicas (hasta 1808 básicamente "defensivas" en sentido amplio, hasta que al Napo se le terminó de ir la pinza) siguiendo por la Primera Guerra Mundial, donde la cosa ya pasó a mayores y terminando por la Segunda que, por el momento, es la mayor masacre colectiva de que los humanos podemos enorgullecernos.

Así, a lo bruto, la relativa separación del Estado como ente de no ficción y los propietarios se produce a raíz de la Segunda Guerra Mundial y está terminando ante nuestros ojos. Hablo de la relativa separación real, no de la mitología patriótica acuñada durante el siglo XIX para motivar a las madres a fin de que no se cabrearan demasiado cuando sus retoños iban a ser despanzurrados en alguna guerra para abrir mercados o cerrárselos al vecino.

Después de la SGM, en Europa sobre todo, se intenta que el Estado ejerza una función de redistribución de la riqueza y de defensa de los más débiles y de prestar una serie de servicios básicos a la comunidad. Esto se debe, no a que los ricos se volvieran repentinamente filántropos, sino a que tenían al lado a la Unión Soviética y era un mal ejemplo. Bueno, como ejemplo, no es que valiera mucho, pero era una alternativa (aunque no muy deseable) que, a un proletariado (eso que hoy día se ha convertido en un montón de semirricos con empleo fijo, bien pagado y sindicatos que defienden exclusivamente sus intereses) puteado podía parecerle relativamente atractivo. Y eso no, oiga.

Pero, a medida que las cosas se fueron aclarando y, sobre todo, a medida que la Unión Soviética fue yéndose a hacer puñetas, se fue viendo que el enemigo ya no era creíble y se comenzó a ir prescindiendo del Estado que ya había cumplido su función.

En eso estamos ahora. Volvemos a la tradicional concepción patrimonial del poder: de los nobles militares a los ricos, los ricos abren la mano porque no hay más cáscaras y permiten que se cree una así llamada clase política que puede actuar a veces (un poco y en según qué sitios) como intermediarios con cierta autonomía amparada en eso llamado elecciones. Pero a lo que asistimos hoy y, como de costumbre, los Estados Unidos marcan la pauta, es a la reasunción directa del poder político por sus legítimos propietarios. Es decir: los que tienen la pasta. Entre otras cosas, porque los políticos profesionales y en especial los ex alumnos del Politécnico francés, se empezaban a creer que podían constituirse en nueva casta detentadora de poder.

Lo que pasa, que antes no pasaba, es que esos ricos son unos entes de razón llamados pérfidas multinacionales. Los que manejan son un grupo de familias que controlan la pasta a través del mundo y un grupo más amplio de grandes ejecutivos que ayudan a gestionarla a cambio de una retribución sumamente interesante. Eso hace que sean más poderosos que muchos estados y que, en general, puedan eludir (o comprar) los sistemas de control de los estados que aún tienen algo de fuerza.

El Estado debe reducirse a

a) Policía y jueces, para tener controlados a los molestos.

b) Ejército, para tener controlados a los molestos de fuera de las fronteras de la sede principal.

c) Hacienda, para sacar la pasta que no se les saca directamente a los súbditos a fin de utilizarla para infraestructuras o inversiones beneficiosas para los que mandan. (entre otras, financiar los dos epígrafes anteriores)

Así pues, esas fugaces conquistas llamadas educación gratuita para todos, seguridad social, paro, etc., ya van sobrando. La Seguridad Social es la que origina la baja natalidad, que acaba con el famoso ejército industrial de reserva del viejo rentista Marx, pero de eso ya hablaremos otro día; en cuanto a la educación... en determinado momento, cometieron el error de enseñar a leer y escribir a los esclavos, y están corrigiendo el error. Me remito al caso de España. Ver LOGSE. Sin comentarios.

Para que esa utópica democracia formato Tito Livio existiera, debería darse una circunstancia que no se da: que hubiera un número significativo de gente que estuviera dispuesta a asumir responsabilidades sobre su destino. No la hay. Ni la habrá.

En cambio, sí que se mantiene aquello que es inmutable: aquello que tenemos en común con las manadas de babuinos. Es decir, la consideración de la tribu. Lo que pasa es que en este mundo demencial en que nos desenvolvemos, la tribu natural ha desaparecido; pero el Leviatán nos presenta otras muchas oportunidades tribales inocuas para los que mandan: por ejemplo, el equipo de fútbol o la adscripción a determinada ideología política. Lo del fútbol es evidente, pero en España no llega al nivel de Argentina o Colombia, pongo por caso: aquí, es raro que un primate se cargue a otro por cuestiones meramente futbolísticas.

En cuanto a “la política”, es evidente que no hay nada racional en la asunción de una u otra “ideología”. Es , sencillamente, una elección que viene dada por el ambiente. Votar a uno u otro, creerse las gilipolleces que nos cuenta una radio u otra, un periódico u otro, no tiene nada que ver con nuestro beneficio personal. Es fruto, simplemente, de la necesidad del primate que llevamos dentro de sentirse parte de algo, de tener algo que defender contra “los otros” que, a poco que rasquemos, son el enemigo, que nos quiere quitar nuestras hembras y nuestro territorio.

Eso se aprecia notablemente en los micronacionalismos, que son los más primitivos y los más irracionales y de eso aquí sabemos algo; pero en las ideologías más generales, pasa igual. Sólo pongo un par de ejemplos más:

a) El chaval (o chavala) (o camarada Loreta) cuyos padres forman parte de lo que antes se llamaba proletariado, que, como tienen bastante pasta, le mandan a estudiar a una universidad privada (que da una enseñanza todavía peor que la pública, pero es más cara y da como más caché) y luego le pagan además un master. Una vez gastada una pasta gansa y pasados siete años aprox., el chaval o chavala está trabajando en El Corte Inglés de dependiente, o de auxiliar administrativo con un contrato basura y un sueldo de mierda en cualquier empresa. Por alguna misteriosa razón, el especimen se siente plenamente identificado con los que le han lavado el cerebro a lo largo de su proceso intoxicativo y se siente parte de ese “algo”, e incluso superior a los que no han pringado como él/ella. Es incapaz de darse cuenta de que, no sólo ha desperdiciado siete años de su vida, sino que los sigue desperdiciando. Es como la camarera que, en realidad, es -como todos sabemos- actriz, o modelo.

b) En otro tipo de sitios donde el Estado post SGM sigue más o menos vigente (aquí nunca lo estuvo) y resulta que hay un montón de gente que puede llevar una existencia parasitaria cobrando por el mero hecho de existir, sin ni siquiera hacer masters ni trabajar de becaria; les basta con vestirse de forma extravagante, lavarse poco, vivir en casas abandonadas y hacer malabares mientras beben mucho y consumen sustancias irregulares diciendo que son revolucionarios porque de vez en cuando rompen algo. Pero, ¡oh! ¡cómo mola Berlín! Aquí, por lo menos, los revolucionarios de los malabares tienen que saquear a sus papis burgueses (o fascistas).

Me estoy extendiendo. Así que continuaré mañana o pasado.


21/6/06

Corto Maltés y Dios (paja mental)

Álvaro Mutis, autor de la saga de Maqroll el Gaviero, se definió como partidario de la Monarquía de Derecho divino en cuanto sistema político más adecuado.

Yo oscilo entre coincidir con él y la anarquía (ya se sabe: autogestión y todas esas cosas). De ahí mis aparentes contradicciones. Digo aparentes, no porque no sean ciertas, sino en el sentido clásico de “visibles”.

El caso es que Maqroll el Gaviero es –obviamente- una reencarnación de Corto Maltés pero que como que lo lleva peor. Aunque, eso sí, aún cultiva la amistad como valor absoluto, le falta el punto épico. La diferencia está, básicamente, en los autores; porque Hugo Pratt ya pegaba tiros a la temprana edad de 14 años en defensa de su vida y Mutis ha vivido de forma bastante más apacible.

Por otra parte, Maqroll, aunque recomendable, tampoco es como para ponerse a tirar cohetes y hay cosas cuya lectura puede ser bastante más urgente si uno tiene prisa.

¡Joder! Empiezo citando al Mutis que, al fin y al cabo, es Premio Príncipe de Asturias, por darle un barniz medio culto a esta elucubración mía y ya me he ido por los Cerros de Úbeda. Al fin y al cabo –lo confieso- yo me hice prestar el tomacho de las andanzas y tribulaciones de Maqroll el gaviero porque lo había confundido con “Capitán de Mar yGuerra”; uséase: Master and Commander. Y lo peor es que la ella que me lo prestó se quedó un rehén más valioso.

Empezamos de nuevo: Lo que yo quería decir es que la Monarquía de Derecho divino (MDD) es, al fin y al cabo, el sistema natural de gobierno. Y, si no, véase Beethoven (el de gorilas en la niebla, no el viejo Ludwig van).

Si tú tienes un MDD al que no le dé por guerrear excesivamente, te ahorrarás un montón de pasta en elecciones. Lo malo es que, como cada tribu tiene el suyo, pues siempre hay alguno que tiene que tocar los yarboclos y, como uno siempre sigue (por Derecho divino) al MDD, pues pasa lo que pasa.

Pero eso no es un argumento en contra, ya que las Repúblicas también guerrean bastante y, si no, véanse Atenas, Roma o Estados Unidos. Porque, al final, ¿qué pasa?: que las repúblicas también son de Derecho divino (RDD) y, así, las muy republicanas Águilas Romanas eran sagradas, ahí, posadas con sus garritas sobre un letrero que ponía SPQR (SENATUS POPULUSQUE ROMANUS) (Es decir, para las jóvenes generaciones iletradas: el Senado y el Pueblo Romano)

Y, así, vemos que lo que dice cada facción en esta Monarquía republicana que tenemos (en la que el Presidente, en lugar de ser elegido cada ekis años de entre los ricos del lugar, es siempre el mismo rico; porque fue engendrado a partir de espermatozoides de ascendencia divina), también es asumido y defendido por los fieles de cada facción (es decir, los facciosos) de acuerdo a su origen divino.

Así, la palabra de Aznar (a quien un amiguete adicto confesaba ayer mismo que “idolatra”: término extraordinariamente preciso), es aceptada por sus fieles única y exclusivamente porque Él lo ha dicho: luego es verdad.

Así, la palabra de ZP (de quien un amiguete adicto afirma ser “el tío más grande que ha existido” –incierto: ese era John Wayne-) es aceptada por sus fieles única y exclusivamente porque Él lo ha dicho: luego es verdad.

Si nos limitáramos a las emanaciones divinas asumidas por cada segmento poblacional (o feligresía) como fuente de conocimiento para el personal, la cosa no sería tan mala; pero no:

El carisma, como sabemos, se transmite y, como los pobres vicedioses no dan abasto a comunicar su dogma respectivo, he aquí que su espíritu desciende, ya sea en forma de paloma, ya de lengua ígnea, ya de lluvia dorada, para fecundar a sus elegidos, y llamarlos a realizar entre el vulgo lacayo la función hermenéutica de trasladar el íntimo pensamiento de dios al pobre entendimiento de los fieles:

Jiménez Losantos, Iñaki Gabilondo: San Pablo.

Por eso me parece más prudente la MDD que, al fin y al cabo, simplifica las cosas; dado que la autogestión requiere pensar y asumir responsabilidades, cosa harto incómoda y sólo posible en petit comité (in illo tempore, soviet)

P.D. Mira por donde, yo trabé conocimiento con Corto Maltés a la tierna edad de 12 años gracias a mi amigo Borodin, merced a un hoy llamado álbum (en aquel tiempo, tal denominación se relegaba a cosas para pegar cromos) ¡en color! Que nos mostraba al viejo Corto fumándose un puro acodado en la veranda de la pensión Java, en Paramaribo (Guayana Holandesa) mientras “actuaba para un público invisible”. Momento fundacional: corría el año del Señor de 1974.