Ha ocurrido algo del todo inusual: ¡Hemos hecho puente! (Bueno, no del todo: el jueves curramos hora y media o así, pero casi es lo mismo). Y yo, en lugar de hacer mis deberes y aprovechar el tiempo de ocio para escribir algo memorable por su agudeza y oportunidad, me he dedicado a vaguear, beber incomprensiblemente poco, (incluso pasear a Nesta. Vale un día sólo) y, eso sí, dormir como una bestia y leer esparramado por la chaiselongue.
¡Cielos! ¿qué hago yo, el prof. Carpzovius, hablando de mi vida privada? Bueno, pues para redondear, hasta voy a contar los libros que me he leido, y así tenemos para un año de discreción:
1.- “El último Catón”, de Matilde Asensi. Como best seller, es entretenido (por lo menos, la primera mitad, hasta que llegan a Jerusalén y a la pobre ya no se le ocurre cómo seguir llenando papel) y, sobre todo, aunque muy rocambolesco y marujil, no pretende hacernos creer que la Vera Cruz es verdadera y el interés del Vaticano en el asunto es meramente económico. En cuanto al final... ¡Por dios! Cualquiera que se haya dedicado a emborracharse (lo suficiente) por San Juan sabría salir del paso sin recurrir a la Divina Comedia para pasar descalzo unas brasas de nada. Lo que realmente me interesaba es qué cóño hay que escribir para ganar 1.000 millones de pelas en un año. Ya lo he visto.
2.- “Bichos y demás parientes”, Gerald Durrell. (relectura) ¡Aahh... placidez! Reconozco que una de las cosas que más me gustan de este Durrell es cómo trata a su hermano Lawrence, el artista pedorro de “El Cuarteto de Alejandría”. Me pasa como con Anaïs Nin, que andaba pedorreando con sus artistas parásitos por Paris y tal mientras su hermano Andreu pegaba tiros en España y acababa liquidado malamente por los camaradas.
3.- “Un novio para mamá”, Gerald Durrell. (Más aaahh) La historia del Loro y el cura pederasta es, simplemente, grandiosa: la recomiendo vivamente.
4.- “Viajes con Herodoto”, R. Kapuscynski. Bastante interesante, sobre todo, si te gusta Herodoto. Lo malo es que yo me había releído la Historia de este último hace unos meses (soy así, qué le voy a hacer) y me repetía un poco. Pero en su línea, o sea: bien.
Hala, y ya está.
Y, a lo que iba: ¿De qué hablar? ¡Hay tantas cosas...! Por ejemplo: Ese tipo de personas que tienen una mala suerte atroz a la hora de morirse. Ya le pasó hace poco al pobre Raniero de Mónaco, que después de los disgustos que le daba esa familia suya al pobre mío, encima se me pone malito justo a la vez que Juan Pablo II y, aunque hicieron lo que pudieron para mantenerle un rato, ya fue inútil, porque la muerte del Papa con la cosa del cónclave se prolonga mucho y, en fin, que perdieron un huevo de portadas en el Hola.
Me refiero, como sin duda imaginaréis, a nuestro Lauren Postigo, que el hombre tuvo que ir a morirse el mismo día que Pinochet. ¡Manda huevos! Y asín, el óbito de ese gran hombre que tanto hizo por la canción española -¡Aah... recordemos emocionadamente “Cantares”, aquel gran espacio-bastión!- (aunque, después de cortar con La Camboria y acabar casándose con una jovencita por el rito zulú, ya no era lo mismo) se ve eclipsado por el fenecimiento de ese otro gran hombre, tan querido del fiscal Fungairiño, que ha dejado en paz por fin a los chilenos después de ayudar un poquito en su día a nuestro ínclito Garzón a saltar a la escena internacional, ¡hombre!, que todo hay que decirlo. Y es injusto: toda una vida dedicada a la farandula, para que te pisen hasta la portada del Hola que te habría pertenecido por derecho propio.
Bueno, y como he decidido no extenderme mucho, a cosa de la convención internacional de Teherán sobre la libertad de expresión acerca del Holocausto, y la foto impagable de un rabino antisionista y un ayatola ( o tal vez hoyatoleslam) intercambiando sus tarjetas de visita, la dejamos para mañana.
¡Cielos! ¿qué hago yo, el prof. Carpzovius, hablando de mi vida privada? Bueno, pues para redondear, hasta voy a contar los libros que me he leido, y así tenemos para un año de discreción:
1.- “El último Catón”, de Matilde Asensi. Como best seller, es entretenido (por lo menos, la primera mitad, hasta que llegan a Jerusalén y a la pobre ya no se le ocurre cómo seguir llenando papel) y, sobre todo, aunque muy rocambolesco y marujil, no pretende hacernos creer que la Vera Cruz es verdadera y el interés del Vaticano en el asunto es meramente económico. En cuanto al final... ¡Por dios! Cualquiera que se haya dedicado a emborracharse (lo suficiente) por San Juan sabría salir del paso sin recurrir a la Divina Comedia para pasar descalzo unas brasas de nada. Lo que realmente me interesaba es qué cóño hay que escribir para ganar 1.000 millones de pelas en un año. Ya lo he visto.
2.- “Bichos y demás parientes”, Gerald Durrell. (relectura) ¡Aahh... placidez! Reconozco que una de las cosas que más me gustan de este Durrell es cómo trata a su hermano Lawrence, el artista pedorro de “El Cuarteto de Alejandría”. Me pasa como con Anaïs Nin, que andaba pedorreando con sus artistas parásitos por Paris y tal mientras su hermano Andreu pegaba tiros en España y acababa liquidado malamente por los camaradas.
3.- “Un novio para mamá”, Gerald Durrell. (Más aaahh) La historia del Loro y el cura pederasta es, simplemente, grandiosa: la recomiendo vivamente.
4.- “Viajes con Herodoto”, R. Kapuscynski. Bastante interesante, sobre todo, si te gusta Herodoto. Lo malo es que yo me había releído la Historia de este último hace unos meses (soy así, qué le voy a hacer) y me repetía un poco. Pero en su línea, o sea: bien.
Hala, y ya está.
Y, a lo que iba: ¿De qué hablar? ¡Hay tantas cosas...! Por ejemplo: Ese tipo de personas que tienen una mala suerte atroz a la hora de morirse. Ya le pasó hace poco al pobre Raniero de Mónaco, que después de los disgustos que le daba esa familia suya al pobre mío, encima se me pone malito justo a la vez que Juan Pablo II y, aunque hicieron lo que pudieron para mantenerle un rato, ya fue inútil, porque la muerte del Papa con la cosa del cónclave se prolonga mucho y, en fin, que perdieron un huevo de portadas en el Hola.
Me refiero, como sin duda imaginaréis, a nuestro Lauren Postigo, que el hombre tuvo que ir a morirse el mismo día que Pinochet. ¡Manda huevos! Y asín, el óbito de ese gran hombre que tanto hizo por la canción española -¡Aah... recordemos emocionadamente “Cantares”, aquel gran espacio-bastión!- (aunque, después de cortar con La Camboria y acabar casándose con una jovencita por el rito zulú, ya no era lo mismo) se ve eclipsado por el fenecimiento de ese otro gran hombre, tan querido del fiscal Fungairiño, que ha dejado en paz por fin a los chilenos después de ayudar un poquito en su día a nuestro ínclito Garzón a saltar a la escena internacional, ¡hombre!, que todo hay que decirlo. Y es injusto: toda una vida dedicada a la farandula, para que te pisen hasta la portada del Hola que te habría pertenecido por derecho propio.
Bueno, y como he decidido no extenderme mucho, a cosa de la convención internacional de Teherán sobre la libertad de expresión acerca del Holocausto, y la foto impagable de un rabino antisionista y un ayatola ( o tal vez hoyatoleslam) intercambiando sus tarjetas de visita, la dejamos para mañana.

