26/8/06

Los artistas y Leviatán



Siguiendo con mi línea de apurar el mes de agosto trabajando el mínimo imprescindible, haré una vez más uso del derecho de cita y pondré una cosa de Desmond Morris. El Dr. Morris fue un autor polémico, ya que es el culpable de vulgarizar la Etología; por lo menos, aquí. Recuerdo que cuando se publicó en Ejpaña, a principios de los 70, su obra más conocida: "El mono desnudo", (vivía el Caudillo) hasta provocó cierto escándalo, no obstante ser cosa de Plaza&Janés. Yo la leí por primera vez a los 14 (mi padre leía) y me impactó. He de reconocerlo. Luego, ya, me dediqué a Konrad Lorenz propiamente dicho, quien (no obstante el Nobel) hoy en día se considera obsoleto, según me cuentan las jóvenes estudiantes de Psicología (gracias, Elena) a quienes trato habitualmente (obvio: si la gente se tomara eso en serio, las dejaría sin curro, como a los curas y a los políticos). La Iglesia y el Capital no descansan a la hora de corregir sus errores producto -tal vez- de un exceso momentáneo de entusiasmo. Sin embargo, o tal vez por ello, tal vez nos dé la clave -una de las claves- de por qué los jóvenes queman coches. He aquí la cita:

"Como señalaba un planificador rebelde, un sendero recto entre dos edificios puede ser la solución más eficaz (y barata), pero eso no significa que sea el mejor sendero por lo que se refiere a satisfacer las necesidades humanas. El animal humano necesita un territorio espacial en que vivir que posea características distintivas, sorpresas, singularidades visuales, puntos de referencia y peculiaridades arquitectónicas. Sin todo esto, puede tener escaso significado. Una forma geométrica y limpiamente simétrica tal vez sea útil para sostener un tejado, o para facilitar la prefabricación de unidades de alojamiento producidas en masa, pero cuando se aplica al nivel del paisaje va contra la naturaleza del animal humano. ¿Por qué, si no, resulta tan ameno pasear por un serpenteante camino rural? ¿Por qué, si no, los niños prefieren jugar entre los montones de escombros de edificios abandonados, en vez de hacerlo en sus inmaculados, desnudos y geométricamente dispuestos campos de recreo?

La actual tendencia arquitectónica hacia la austera sencillez de diseño puede fácilmente llegar a desbocarse y ser utilizada como excusa de falta de imaginación. Las manifestaciones estéticas minimalistas sólo son excitantes como contraste con otras manifestaciones más complejas. Cuando llegan a dominar la escena, los resultados pueden ser extremadamente perjudiciales. La arquitectura moderna ha estado siguiendo esta dirección durante algún tiempo, fuertemente estimulada por los planificadores del zoo humano. Enormes bloques de apartamentos, todos iguales, han proliferado en muchas ciudades como respuesta a las demandas de alojamiento de las poblaciones supertribales, en continuo aumento. La excusa ha sido la eliminación de los suburbios, pero, con demasiada frecuencia, el resultado ha sido la creación de los supersuburbios del inmediato futuro. En cierto sentido, son peores que nada, ya que dan una falsa impresión de progreso, originan complacencia y satisfacción por la obra realizada y disminuyen la posibilidad de un auténtico progreso.

Los más adelantados zoos animales han ido desembarazándose de sus viejas residencias de monos. Los directores de zoo vieron lo que les estaba sucediendo a los residentes, y comprendieron que poner más baldosas higiénicas en las paredes y mejorar el desagüe no constituía una auténtica solución. Los directores de los zoos humanos, enfrentados con poblaciones que se multiplican a velocidad vertiginosa, no han sido tan perspicaces. El resultado de sus experimentos en uniformidad de gran densidad está siendo apreciado ahora en los tribunales de menores y en las salas de consulta de los psiquiatras. En algunos casos se ha recomendado incluso que los aspirantes a inquilinos de los pisos altos deberían ser sometidos a examen psiquiátrico antes de fijar en ellos su residencia, con el fin de asegurar que, en opinión del psiquiatra, podrán soportar la tensión derivada de su forma de vida. Este hecho debería constituir por sí solo un aviso suficiente para los planificadores, revelándoles claramente la enormidad de la locura que están cometiendo, pero hasta el momento hay pocos indicios de que estén escuchando tales avisos. Cuando se les hace notar las deficiencias e inconvenientes de sus realizaciones, replican que no tienen alternativa; hay cada vez más personas, y es preciso proporcionarles vivienda. Pero hay que encontrar alternativas de alguna manera. Hay que reexaminar toda la naturaleza de los complejos ciudadanos. Es preciso devolver a los fatigados moradores urbanos del zoo humano el sentimiento de identidad social de “comunidad pueblerina”. Un auténtico pueblo, visto desde el aire, parece una excrecencia orgánica, no una pieza geométrica, cuestión ésta que la mayoría de los planificadores parecen ignorar deliberadamente. No aprecian las demandas básicas de la conducta territorial humana. Las casas y las calles no son primariamente para ser miradas, sino para moverse en ellas. Mientras recorremos nuestro espacio territorial, el medio ambiente arquitectónico debe producir su impacto segundo a segundo y minuto a minuto, cambiando sutilmente la perspectiva a cada nueva línea de visión. Cuando volvemos una esquina o abrimos una puerta, lo último que queremos es vernos frente a una configuración espacial que reproduzca monótonamente la que acabamos de dejar. Con demasiada frecuencia, sin embargo, esto es precisamente lo que sucede; el diseñador arquitectónico se ha asomado a su tablero de dibujo como el piloto de un bombardero avista un objetivo, en vez de intentar proyectarse a sí mismo como un pequeño objeto móvil que circula en el interior del medio.

Estos problemas de reiterativas monotonía y uniformidad informan, desde luego, casi todos los aspectos de la vida moderna. Con la creciente complejidad del medio en que el zoo humano se desenvuelve, los peligros de una intensificada regimentación social aumentan día a día. Mientras los organizadores se esfuerzan en encuadrar la conducta humana en un marco cada vez más rígido, otras tendencias actúan en dirección opuesta. Como hemos visto, la progresivamente mejorada educación de los jóvenes y la creciente opulencia de sus mayores contribuyen a suscitar una demanda cada vez mayor de estímulo, aventura, excitación y experimentación. Si el mundo moderno no consigue permitir estas tendencias, entonces el miembro de supertribu del mañana tendrá que luchar violentamente para cambiar este mundo. Tendrán el tiempo, los conocimientos y la energía necesarios para hacerlo, y lo conseguirán. Si el medio no les permite innovaciones creadoras, lo destruirán para poder empezar de nuevo. Este es uno de los mayores dilemas a que se enfrenta nuestra sociedad. Resolverlo es nuestra tarea para el futuro. Por desgracia, tendemos a olvidar que somos animales con ciertas específicas debilidades y ciertas específicas fuerzas. Nos consideramos a nosotros mismos como hojas en blanco en las que puede escribirse cualquier cosa. No es así. Entramos en el mundo con un conjunto de instrucciones básicas, y las ignoramos o las desobedecemos a nuestro propio riesgo.

Los políticos, los administradores y los demás dirigentes supertribales son buenos matemáticos sociales, pero esto no basta; en lo que promete ser el aún más atestado mundo del futuro, deben convertirse también en buenos biólogos, porque en algún lugar de toda esa masa de alambres, cables, plásticos, cemento, ladrillos, metal y vidrio que ellos controlan, existe un animal, un animal humano, un primitivo cazador tribal, disfrazado de civilizado ciudadano supertribal, que se esfuerza desesperadamente en adaptar sus viejas cualidades heredadas a su extraordinariamente nueva situación. Si se le da una oportunidad aún puede lograr convertirse este zoo humano en un magnífico parque de atracciones. Si no, puede transformarse en una gigantesca casa de locos, como una de las horriblemente abarrotadas casas de fieras del siglo pasado.

Para nosotros, los miembros de supertribu del siglo XX, será interesante ver qué sucede. Para nuestros hijos, sin embargo, será algo más que meramente interesante. Para cuando ellos asuman el mando de la situación, la especie humana estará, sin duda, enfrentándose a problemas de tal magnitud que será una cuestión de vida o muerte."
Desmond Morris: "El zoo humano".

25/8/06

Los consejos del Capitán


Este es el final de "Estrategia: La Aproximación Indirecta" de Sir Basil H. Liddell Hart. No hago comentarios, porque no es necesario. Este es el tipo de cosas que leen los militares pero no los políticos.

Para el novici@ (soy patético, usando los simbolitos progres políticamente correctos y colaborando así a la destrucción de la noble lengua castellana; pero, en fin, todo sea por convertirme en referente mediático), El Capitán, fue oficial en la Primera Guerra Mundial, quedó incapacitado por la acción de los gases (Hoy MDW) y se dedicó a extraer conclusiones de la absoluta incompetencia de los generales de esa guerra (excepto de los de Oriente). Fue reconocido como maestro por Rommel, von Manstein y Guderian. La Segunda Guerra Mundial se la pasó de asesor personal de Churchill para estos temas (aunque no siempre le hacía caso; porque, si no, es probable que el Mariscal Harris hubiera acabado en un consejo de guerra o, al menos enviado a su casa). Formaba parte del grupo de mis consejeros transgeneracionales británicos: T.E. Lawrence, Robert Graves y B.H. Liddell Hart, que eran colegas y sin embargo amigos.

Mis pobres comentarios, como decía, sobran en esta ocasión:



“Aunque la guerra es contraria a la razón, pues es un medio de llegar a una solución por la fuerza cuando el debate no consigue producir una solución acordada, el desarrollo de la guerra debe ser controlado por la razón si se quieren alcanzar sus objetivos, ya que:

1) Aunque luchar es un acto físico, su dirección es un proceso mental. Cuanto mejor sea la estrategia, más fácil y menos costoso será conseguir el objetivo.

2) Por el contrario, cuanta más fuerza se invierte, más aumenta el riesgo de que el equilibrio de la guerra se vuelva en contra; e incluso si se consigue la victoria, menos fuerzas quedarán disponibles para aprovechar la paz.

3) Cuanto más brutales sean los métodos, más resentidos estarán los enemigos, con lo que, naturalmente, endurecerán la resistencia que se trata de vencer; por lo tanto, cuanto más emparejados en fuerza estén ambos bandos, más inteligente será evitar extremos de violencia que tiendan a consolidar las tropas y el pueblo enemigo tras sus líderes.

4) Estas consideraciones se amplían aún más. Cuanto más se intenta aparentar imponer una paz totalmente propia, mediante la conquista, mayores son los obstáculos que surgirán por el camino.

5) Además, cuando se consigue el objetivo militar, cuanto más se exija del bando vencido, más problemas se producirán y más motivos se brindarán para tratar de invertir la situación a la que se ha llegado mediante la guerra.

La fuerza es un círculo vicioso -o mejor, una espiral- salvo que su aplicación esté controlada por el cálculo más razonado. Así, la guerra, que comienza por negar la razón, viene a reivindicarla a lo largo de todas las fases de la lucha.

El instinto de lucha es necesario para conseguir el triunfo en el campo de batalla -aunque incluso aquí el combatiente que puede mantener la sangre fría tiene ventaja sobre el hombre que "lo ve todo rojo"-, pero siempre debe llevarse con las riendas bien tirantes. El hombre de estado que se deja vencer por ese instinto, pierde la cabeza y deja de estar capacitado para regir los destinos de una nación.

La victoria, en el verdadero sentido de la palabra, supone que el estado de paz, y del propio pueblo, es mejor tras la guerra que antes de ella. La victoria en este sentido sólo es posible si puede conseguirse un resultado rápido, o si un gran esfuerzo puede estar económicamente proporcionado a los recursos nacionales. El fin debe ajustarse a los medios. Si no existen buenas perspectivas para una victoria de este tipo, el hombre de estado inteligente no debe perder la oportunidad de negociar la paz. La paz conseguida por tablas, basada en el reconocimiento de cada bando de la fuerza del bando contrario, es, como mínimo, preferible a la paz conseguida por el agotamiento mutuo, y a menudo ha ofrecido mejores bases para una paz duradera.

Es más sensato correr el riesgo de la guerra con tal de preservar la paz que correr el riesgo de agotamiento en la guerra con tal de terminar con la victoria, una conclusión contraria a lo que suele ser habitual, pero avalada por la experiencia. La perseverancia en la guerra sólo está justificada si hay buenas oportunidades de llegar a buen fin, es decir, posibilidades de conseguir una paz que equilibre la suma de desgracias humanas producidas durante la lucha. Profundizando en el estudio de anteriores experiencias, se llega a la conclusión de que las naciones podrían haberse acercado más a su objetivo político si hubieran aprovechado una interrupción de la lucha para discutir un acuerdo que al haber continuado la guerra con el objetivo militar de la "victoria".

La historia también revela que en muchos casos podría haberse conseguido una paz beneficiosa si los hombres de estado de las naciones contendientes hubieran mostrado mayor comprensión de los elementos de psicología de sus "sensores" de paz. Con frecuencia su actitud ha sido muy similar a la observada en las típicas peleas domésticas: cada una de las partes teme aparentar darse por vencida, por lo que, cuando una de ellas muestra alguna inclinación hacia la conciliación, suele expresarla en un lenguaje demasiado duro, y es probable que la otra tarde en responder, en parte por orgullo u obstinación y en parte por una tendencia a interpretar el gesto como signo de debilidad, cuando es posible que sea signo de una vuelta al sentido común. Así, el momento crucial pasa, y el conflicto continúa con daño para ambos. En raros casos la continuación sirve para nada bueno cuando ambas partes están condenadas a vivir bajo el mismo techo. Esto es aún más aplicable a la guerra moderna que a un conflicto doméstico, pues la industrialización de las naciones han hecho sus destinos inseparables. Es responsabilidad de los hombres de estado no perder nunca de vista las perspectivas de posguerra cuando persiguen el "espejismo de la victoria".

En los casos en que ambas partes están demasiado equilibradas para ofrecer una oportunidad razonable de triunfo rápido a cualquiera de ellas, el hombre de estado inteligente aprenderá algo de la psicología de la estrategia. Un principio elemental de estrategia es aquél según el cual si hallas a tu oponente en una posición fuerte, difícil de forzar, debes dejarle una línea de retirada como la forma más rápida de debilitar su resistencia. También debe ser un principio de política, especialmente en la guerra, ofrecer al enemigo una escalera por donde pueda bajar.

Puede caber la duda sobre si estas conclusiones, basadas en la historia de las guerras entre los llamados estados civilizados, pueden aplicarse a las condiciones inherentes a la renovación del tipo de guerra puramente predatoria librada por los asaltantes bárbaros del Imperio romano, o por la mezcla de guerra religiosa y predatoria desarrollada por los fanáticos seguidores de Mahoma. En tales guerras toda paz negociada suele tener en sí un valor aún menor del normal (la historia demuestra claramente que los estados raras veces se mantienen fieles mutuamente, salvo en la medida en que sus promesas les parezcan compatibles con sus intereses). Pero cuanto menos se ha preocupado una nación de sus obligaciones morales, más tiende a respetar la fuerza física (el poder disuasorio de una fuerza demasiado grande para ser desafiada con impunidad). De la misma forma, en el plano individual todo el mundo sabe que el fanfarrón y el camorrista dudan en atacar a alguien cuya fuerza es parecida a la suya (más que un tipo pacífico en enzarzarse con un atacante más fuerte que él).

Es una tontería imaginar que podamos comprar a los tipos agresivos (o en lenguaje moderno, "apaciguarlos"), sean individuos o naciones, ya que el pago de un rescate estimula la exigencia de otro. Pero pueden ser sometidos. Su propia creencia en la fuerza los hace más vulnerables al efecto disuasorio de una fuerza opositora de grandes proporciones. Esto constituye un control adecuado, excepto contra el puro fanatismo, aquél que no está mezclado de "codicia".

Aunque es difícil llegar a una verdadera paz con los tipos predatorios, es más fácil inducirles a aceptar un estado de alto el fuego, y mucho menos agotador que intentar aplastarlos, ya que están, como todos los tipos de seres humanos, imbuidos del coraje de la desesperación.

La experiencia de la historia brinda muchas pruebas de que la caída de los Estados civilizados se produjo, no por los ataques directos de enemigos, sino por su decadencia interna, combinada con las consecuencias del agotamiento bélico. Un estado de incertidumbre es difícil de soportar, y a menudo ha llevado al suicidio a las naciones y a los individuos por su incapacidad para soportarlo. Pero la incertidumbre es mejor que llegar al agotamiento tratando de conseguir el espejismo de la victoria. Además, un alto en las hostilidades permite una recuperación y un desarrollo de las fuerzas, mientras que la necesidad de vigilancia ayuda a mantener una nación "en guardia".

Las naciones pacíficas son propensas, sin embargo, a correr peligros innecesarios, ya que cuando surge uno de ellos se sienten más inclinadas que las naciones predatorias a llegar a situaciones extremas. Éstas, sin embargo, al hacer la guerra como medio de ganar, suelen estar más dispuestas a abandonarla cuando encuentran a un oponente demasiado fuerte para ser vencido fácilmente. Es el luchador poco dispuesto, impulsado por la emoción y no por el cálculo, el que suele continuar la lucha hasta el límite más duro y, por ello, no suele conseguir su fin, aunque no llegue a perder directamente. El espíritu de barbarie sólo puede debilitarse durante el alto en las hostilidades; la guerra lo fortalece añadiendo leña al fuego.”


B.H. Liddell Hart. “Estrategia: la aproximación indirecta”. (Madrid, Ministerio de Defensa, Secretaría Gral. Técnica, D.L. 1989)


22/8/06

El precio de los mensajitos

Como parece que el tema del coltan ha interesado incluso a la clientela habitual, cuento algunas cosas más. Aunque he intentado dar datos más concretos, esto no deja de ser una charla de bar; así que no os pongáis muy pejigueras con las fuentes, que por los informes serios cobramos.

El coltan (columbita-tantalita) es un mineral compuesto de colombio y tantalio cuya propiedad más apreciada es que optimiza el consumo de corriente eléctrica, por lo que se emplea en la fabricación de condensadores para aparatos electrónicos y permite, entre otras cosas, que podamos usar el móvil durante mucho tiempo sin que se nos gaste la batería. Su campo de utilización, incluye tecnología espacial y armamento (misiles y bombas así llamadas inteligentes), vidojuegos, aparatos de diagnóstico médico, etc. Siempre se cita como ejemplo que Sony tuvo que retrasar el lanzamiento de la Play-2 por falta de coltan. Imagino que los japos apretaron un poco las clavijas en el Congo y el problema se subsanó. En cualquier caso, el 60% de la producción se destina a los teléfonos móviles. Las principales compañías que emplean el tantalio del Congo son Alcatel, Compaq, Dell, Ericsson, HP, IBM, Lucent, Motorola, Siemens y Sony.

Hasta finales de los 90, los principales productores eran Australia, Tailandia y Brasil, pero últimamente, Australia bajó la producción mientras que se estima que el 80% de las reservas mundiales conocidas se encuentran en el Este de la actual República del Congo.

El Congo Kinshasha-Zaire-República del Congo, ha sido objeto de las atenciones de las multinacionales occidentales desde su "independencia" en 1960; por no hablar de la época colonial propiamente dicha. Pero sus materias primas exportables más conocidas eran el oro, los diamantes y el uranio.

A principios de los 90, comenzó a hacerse patente en la región de los Grandes Lagos la lucha abierta entre las multinacionales norteamericanas y las europeas (principalmente francesas y belgas) por el control de la zona y sus materias primas. El genocidio ruandés de 1994 (v. Hotel Ruanda) lo aceleró todo, aunque la situación se gestaba desde hacía años. El Frente Patriótico Ruandés, apoyado por Uganda y Estados Unidos, combatía al Gobierno ruandés, financiado y armado por Francia y Bélgica. Este Gobierno llevaba a cabo una política que, ya en 1993, se consideraba genocida contra la población tutsi (sólo unos 300.000 muertos), pero el intento de exterminio sitemático de todos los tutsis en 1994, aceleró la victoria del FPR y el derrocamiento del gobierno genocida. Los miembros de dicho Gobierno y sus fuerzas armadas, fueron salvadas in extremis por la intervención del Ejército Francés, que, con la excusa de acabar con el genocidio, consiguió poner a buen recaudo a los instigadores y ejecutores principales del mismo en el vecino Zaire.

El resultado es conocido: 800.000 muertos más en dos meses. No obstante, en seguida se inició la maniobra de la confusión, inundando los telediarios con imágenes de los campos de refugiados en Zaire, como si las víctimas hubieran sido los genocidas. Fue el auge de las ONG, paseándose entre la desolación con sus 4x4 blancos con aire acondicionado y clamando contra el nuevo gobierno ruandés, que no tenía entonces ni máquinas de escribir, y cuyo pecado principal era ser angloparlante y recibir el apoyo norteamericano. De hecho, la Iglesia católica, y en especial los misioneros combonianos, muy implantados en Zaire y Uganda, iniciaron una campaña de negación del genocidio, achacando todos los males al FPR (otro de cuyos pecados era ser mayoritariamente protestante, al contrario que el anterior gobierno genocida, católico y apoyado por la Iglesia, muchos de cuyos pastores nativos participaron por activa o por pasiva en las matanzas, cosa que había que tapar a cualquier precio) Sigue sin conocerse el destino de los fondos procedentes de la ayuda internacional para dos millones y medio de refugiados hutus en Zaire, cuando acabó comprobándose que no pasaron de 700.000 (que ya está bien). El hecho es que Ruanda fue el primer país del mundo donde la Cruz Roja se dedicó a financiar la constrrucción de cárceles; lo que da una idea de la situación. El caso es que, el nuevo gobierno del FPR, en lugar de dedicarse a una venganza masiva e indiscriminada, como era lo habitual, se empeñó por alguna misteriosa razón en juzgar a los genocidas. Como en el genocidio se habían cargado a casi todos los jueces y abogados disponibles, la cosa se puso jodida.

Desde los campos de refugiados en Zaire, los restos del antiguo ejército ruandés, formaron los grupos conocidos por interhawe, que iniciaron una guerra de guerrillas extraordinariamente sanguinaria contra las poblaciones ruandesas cercanas a la frontera. El Gobierno ruandés del FPR, comenzó a armar y encuadrar a los banyamulenge, tutsis del Zaire (Hasta fines del s.XIX, en que se la repartieron entre Bélgica y Alemania, Ruanda abarcaba lo que hoy es Ruanda, Burundi, parte de Uganda y parte del este de Zaire-RDCongo). Como eso no fue suficiente, el ejército ruandés del FPR (Convertido gracias al entrenamiento de las Special Forces y al armamento de que fue generosamente provisto en el ejército más eficaz de la región) atacó a los interhawe en el interior del Zaire, entrando en conflicto directo con el Ejército zaireño y llegando a la guerra abierta, con el apoyo de Uganda, (cuyo presidente Museveni era amigo personal de Kagame y quien había acogido al FPR durante la guerra civil ruandesa; de hecho, Kagame había sido jefe del Estado Mayor del Ejército ugandés), y de Burundi, que también tenía que vérselas con rebeldes hutu, tan sanguinarios y tan bien vistos por la Iglesia como los interhawe.

El resultado es conocido: En 1997, Mobutu, el dictador que gobernaba Zaire desde 1964 como una propiedad particular, con el beneplácito de todo el mundo (Lo que hoy conocemos por comunidad internacional) cayó y tuvo que exiliarse. Una lástima, porque en medio de la selva se había hecho un palacio formato Versalles, con aeropuerto propio, y su señora pedía que le mandaran un Concorde que la llevaba a París de compras y volvía en el día, la mujer. En su lugar, Kagame y Museveni (o más bien los Estados Unidos) pusieron a Laurent Desirée Kabila, antiguo compañero de armas del Che Guevara que vegetaba por ahí esperando que llegara su momento (o sin esperarlo, porque ya el Che en los 60 lo ponía a parir por lo vago que era) Zaire, tras la huida de Mobutu, cambió su nombre por el de República del Congo.

Se generalizó una guerra con diversos cambios de bando, en la que participaron directamente, aparte de los ya dichos, Zimbawe, Namibia, Angola y ¡Chad!, con intervenciones de Sudáfrica, en plan potencia regional para poner paces. También vino muy bien por la cosa de los mercenarios. Ahí se estrenaron en el oficio, aparte de los de siempre, rusos, ucranianos y serbios, incluso con aviación.

El objetivo primero de la guerra era la defensa de las fronteras de Uganda, Ruanda y Burundi contra las incursiones desde territorio zaireño. Pero en seguida se vio que el control del Este del Congo para explotar sus recursos era el otro objetivo. Los bandos no fueron muy estrictos. Kabila acabó enfrentándose con sus antiguos aliados, que no se iban del Congo, y acabó siendo asesinado supuestamente por agentes ruandeses, sucediéndole, con impecabilidad democrática, su hijo, que estaba muy tranquilo en Tanzania hasta que empezó todo esto y que es el actual presidente y que seguirá siéndolo, visto como van las cosas, salvo que recomience la guerra civil.

Los legionarios españoles que anteayer tuvieron que sacar a tiros de la residencia de Bemba (el hasta ayer guerrillero enemigo de Kabila, candidato a presidente y aliado de Ruanda) en Kinshasha a los embajadores de los países miembros del Consejo de Seguridad, forman parte del último acto de esa guerra por el control de los recursos que ha costado cuatro millones de muertos. Para este último acto, me remito a la prensa reciente.

En 1999 se puso fin oficialmente (aunque nada más lejano de la realidad) a la guerra, con un reparto provisional de la zona entre ambos bandos. Obviamente, no sirvió de mucho. el último acuerdo de paz es de 2002. Veremos en qué acaba todo esto.

Se crearon diversas empresas mixtas ad hoc, como la SOMIGL (Sociedad Minera de los Grandes Lagos) integrada por la Africom (Belga), la Promeco (ruandesa) y la Cogecom (Sudafricana). De hecho, las Fuerzas Armadas ruandesas son las que de momento controlan la comercialización del coltan, realizando el transporte con sus propios medios orgánicos (que para eso se los han facilitado) Antes de su exportación, el mineral es tratado en Kigali en las instalaciones de la Somirwa (Sociedad Minera de Ruanda) En la zona controlada por Uganda, los socios son más bien rusos y kazajos. Según informes de Naciones Unidas, una de las personas claves en el tráfico era la hija del presidente Kazajo, Nursultan Nazarbaiev, a través de sociedades mixtas belgas y Ulba, la empresa kazaja de refinado de uranio, coltan y otros minerales estratégicos.

Desde entonces, se inició el círculo habitual: aviones occidentales de carga llegando al aeropuerto de Kigali cargados de armas y despegando cargados de, entre otras cosas, el preciado coltan. La principal compañía que se dedica a esto es Sabena (Belga) filial de American Airlines.

Las diversas empresas financian a través de sus filiales locales a las diversas fuerzas en presencia. Por ejemplo: Eagle Wings Resources (EWR) es una joint-venture entre Trinitrech (USA) y Chemi Pharmacie Holland (holandesa). El representante local de EWR en Kigali es (o era hasta hace poco) Alfred Rwigema, cuñado del presidente Kagame.

El coltan se envía principalmente a Estados Unidos, Alemania, Bélgica y Kazajstan. La empresa Starck produce la mitad del tantalio en polvo a nivel mundial. Starck es filial de Bayer. Una de las principales entidades bancarias que financia todo este movimiento es el Banco de Comercio, Desarrollo e Industria (BCDI), que es filial no reconocida de CITIBANK en la zona.

De las condiciones de trabajo de los mineros, mejor ni hablamos. Ni de los pobres gorilas, si es que a estas alturas queda alguno en el Congo.

¿Por qué Canarias se desborda?


La oleada veraniega de subsaharianos que llega a Canarias (los que tienen suerte) o se ahogan por el camino, está desbordando todas las previsiones. Por lo menos, las últimas manifestaciones del Gobierno canario son más humanitarias que electoralistas y últimamente no se achaca todo a las "mafias que trafican con seres humanos", argumento inexplicable para hacer del tema una cuestión policial y tranquilizar inexplicablemente la conciencia de cierta gente.

Me limitaré a transcribir una conversación de hace unos años que usé para un guión inédito (por desgracia, porque, si no fuera inédito, me habría tomado un año sabático). Lo del padre blanco de Valladolid, me lo contó él mismo.

En esta guerra han muerto casi cuatro millones de personas, pero a nadie le interesa, porque son negros y sale barato. (¿o salía barato?)


18. HABITACIÓN DE HOTEL. INTERIOR. TARDE.

TRISTAN y otro tipo, que resulta ser HAROLD, el inglés de la Compañía, sentados en sendas butacas, encima de una mesita están todos los benjamines del minibar, vacíos por supuesto, y se están bebiendo una botella de champán que ha traido el servicio de habitaciones. HAROLD habla con fuerte acento inglés. Está bastante borracho y le notamos un deje gay.
HAROLD:

Lo que te cuento, corazón. Ya hay tal lío que nadie sabe qué va a pasar. Yo, cuando comenzaron a pelearse los ruandeses y los ugandeses, me perdí, te lo juro. Vale que tenían que acabar con los interhawe y proteger la frontera después de que los hijoputas de los franceses los sacaran de ahí... Pero, claro, la pasta...
TRISTAN:

Hombre, vuelven a las fronteras del gran Ruanda...

HAROLD:

(sonríe) Tú eres un romántico austrohúngaro. Y una leche, lo que hacen es forrarse. Así que, por ejemplo, los de Zimbawe... pues también querían su parte...

TRISTAN le sirve más champán.

HAROLD:
¿No pretenderás emborracharme? Tranquilo, que ya me apaño yo. Bueno, pues lo que cuento: Esos ya son la hostia... Se dedican a robarlo todo y a violar a todas las niñas y todos tienen sida... Es asqueroso. Y ya no les vale con cortarles les manos a la gente, qué va: a los guerrilleros les ha dado otra vez por comerse el hígado de los enemigos... Estuve en una aldea para ver lo que había y contárselo a los jefes y... Bueno. De verdad, nunca había visto una carnicería igual. Y mira que he visto carnicerías...

TRISTAN:

Pero, ¿se van de ahí o no se van?

HAROLD:

Una mierda se van a ir... ¿Te enteraste de ese misionero que se cargaron? En la frontera de Ruanda... Es raro que los negros de allí maten misioneros blancos, ¿eh? Pues un padre blanco que lleva ahí como treinta años -de Valladolid, por cierto- me dijo que él vio a quienes lo hicieron, y que aún sabe distinguir a un hutu de un tío del Bronx, así que eran Special Forces. Lo del oro y los diamantes y tal ya no... lo importante ahora es la mierda esa que sirve para hacer los móviles.

TRISTAN:

El Coltan.


HAROLD:


Eso, el puto coltan, Pues ahí nos tienes, pegándonos con los putos yanquis por las putas minas, pero como sólo mueren putos negros... ya ves, sale barato... (se sirve otra copa de champán) Y aquí, todos los críos mandando mensajitos por el puto móvil sin saber la de muertos que cuesta eso... (parece recordar la pregunta de repente) No. No se van. Acaban de llegar refuerzos y se están dando pero bien. Cuando yo salí de Goma hace dos días, nos dispararon al avión y casi nos joden.

19/8/06

España se va tomal pol culo


En efecto. Es triste para mí darle la razón a Acebes, pero está resultando ser cierto. Cuando uno de los más firmes bastiones de la Patria también traiciona a las más sagradas esencias... Ya no sabe uno qué pensar. Manolo, nuestro Manolo, va y resulta que tiene Águila en el bar. Vale. No tiene Mahou. Todos en Clientes Habituales Sin Fronteras (un proyecto serio de ayuda al desarrollo) sabemos que los preventas se ponen a veces algo prepotentes. Pero... ¿Aguila? ¿No hay más cervezas en Ejpaña? Por Dió por Dió... Nos acercamos al fin, os lo digo yo.