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16/3/11

La cigarra, la hormiga y la central de Fukushima

 

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Cuando yo era pequeño los cuentos eran terroríficos, llenos de asechanzas, crueldades, muerte y desolación, con madrastras perversísimas, padres que abandonaban a sus hijos en el bosque porque no tenían para darles de comer o brujas caníbales de las que uno escapaba mediante engaños astutamente planificados que culminaban en el asesinato; es decir, que ya te preparaban para lo que te esperaba en la vida real.

Generalmente, el cuento tenía una moraleja, consistente en que tenías que obedecer a tus padres y no hablar con extraños (aunque no hablar con un lobo parlante –reconozcámoslo- requiere una fuerza de voluntad que no se le puede pedir a un niño; bueno, ni a mí), ser una buena esclava sumisa y limpiar bien la ropa de tus hermanastras porque así vendría un hada madrina y te llevaría al baile montada en una calabaza y te casarías con el príncipe; o que tenías que ser laborioso y no divertirte nunca porque así, cuando vinieran mal dadas podrías sobrevivir en tu agujero y –eso era lo mejor- burlarte de la cigarra y disfrutar contemplando cómo se moría lentamente de frío y de hambre.

Por supuesto, la idea era que los niños nos mentalizáramos para comportarnos como hormigas y dedicar nuestra vida a trabajar como hormigas, sin rechistar, por miedo a que vinieran mal dadas y morirnos. O sea, igual que ahora, sólo que las técnicas de lavado de cerebro no estaban tan avanzadas y se dedicaban a darnos miedo en lugar de limitarse a agilipollarnos.

Digo esto a cuento de lo que está pasando en Japón. Un terremoto de grado 9 en la escala Richter es una pasada, y si al terremoto le añadimos un tsunami de 200 kilómetros de frente y diez metros de altura, parece que la cosa es un imprevisto total. Pero no.

Para empezar, “tsunami” es una palabra japonesa, así que los japoneses están tan familiarizados con el fenómeno que son los que le dieron nombre. Y, en cuanto a que la cosa era imprevisible, tampoco es cierto, porque el padre de Bonanza ya lo había previsto en 1974, y para alertarnos de la que se venía encima, se prestó a salir en una película llamada El hundimiento del Japón, que nos alarmó un huevo a mis amigos y a mí cuando la vimos en el cine.

Es decir, una vez que ha quedado claro que lo que ha ocurrido sí  que era previsible, hay que preguntarse qué hacía una central nuclear como la de Fukushima en mitad del mismo Fukushima. La podían haber puesto en un sitio más alto, ¿no? – Ya están los ecologistas dando la brasa.

Y es que me he dado cuenta de que los pobres nos preocupamos por el futuro porque, como estamos acostumbrados a tener problemas y no lo tenemos nada claro, pensamos que cualquier leve brisa puede dar al traste con nuestros proyectos, si es que tenemos proyectos.

En cambio, los ricos, como no tienen ningún problema real -salvo los que ellos mismos se buscan para no aburrirse- son muy poco previsores. Además, como son ricos, si hay alguna catástrofe local ellos siempre pueden irse a otro sitio donde haga más sol. Por eso, a pesar de las advertencias, pensaron “¡Bah! ¿qué probabilidad hay de que haya un terremoto de grado 9 y luego un tsunami?” Y decidieron que daba igual, que para cuando eso ocurriera ellos ya habrían ganado un cerro de pasta y si te he visto no me acuerdo.

Es la mentalidad de quien, como no se preocupa lo más mínimo por el futuro y sabe que jamás tendrá que responsabilizarse de sus actos, descubre que se gana mucho dinero especulando para hacer subir el precio de los alimentos de primera necesidad, o inventando enfermedades nuevas que necesitan de los medicamentos que fabrica tu empresa, u obligando a los agricultores a comprar esas semillas que fabrica otra (o la misma) empresa y que, ¡qué casualidad! resulta que hay que comprarlas cada vez que quieras sembrar; o comprando  financiando a personal de la OMS para que rebajen los niveles de colesterol aceptables (para vender tus pócimas medicamentos), o den alarmas de pandemia; o rebajando la calificación de la deuda de países absolutamente solventes porque así se garantizan ganar otro cerro de pasta con la subida de los intereses que tú mismo has provocado; o invadiendo países, no sólo para quedarse con su petróleo, sino para que tus empresas se encarguen de todo el negocio que tú mismo has producido, desde mercenarios, hasta suministro de comida y agua; o, ya que estamos, calificando de AA+ las famosas subprime, que no sé yo si alguien se acordará a estas alturas de lo que es eso. En fin, son los mismos que colocarán en sus empresas a nuestros gobernantes cuando tengan que cambiarlos pierdan las elecciones.

Por supuesto, que esto es demagogia barata antinuclear. Bueno, lo sería si yo fuera contrario a la energía nuclear, que no lo soy. Con la energía nuclear me pasa lo mismo que con la justicia: me da miedo, no por sí misma, sino por el tipo de gente que se encarga de ella.

P.D.- No sé qué me pasa, parece que tanta catástrofe me aturde y no me doy cuenta de que la reconstrucción de medio Japón es una oportunidad de negocio sin precedentes. No se la pierdan.