05/11/09

El búnker de Conil (VI)


El relato entero está en el almacén de la barra virtual.



6


-- Vamos a ver, Cano, – Cano reescribía el parte – ya está. No te compliques más.

-- Mi capitán, las cosas hay que hacerlas bien.

-- Era un rojo que se fugaba. Hiciste lo que había que hacer.

-- Mi capitán, yo soy militar. Esto es el Ejército español, no la cheka.

-- Tú mismo.

Mientras cano escribía, tratando de contarlo todo según las Ordenanzas, le venía a la cabeza una y otra vez lo absurdo de la situación. Había actuado por puro reflejo. Pero el reflejo podía justificar haber disparado una vez. Él había disparado dos, y la segunda fue la buena.

¡Joder…! ¿Qué cojones hacía él dándole tabaco al Ingeniero en la playa?, ¿qué cojones hacía él en la puta playa? No era haberse cargado a un tío. Cano ya ni sabía la cantidad de gente que se había cargado desde el treinta y seis: era imposible saberlo. De lo que sí estaba seguro era de que por primera vez en su vida se había cargado por la espalda a un tío desarmado. Que tenía que hacerlo, estaba claro. No, qué hostias, estaba claro que tenía que quitarle el mosquetón al pistolo, que tenía que disparar; pero no tenía por qué haberse cargado al rojo de los cojones. La realidad se impuso: realmente, el puto rojo había tenido que morir porque le había jodido no darle a la primera; tal vez porque él, el sargento Cano, no podía soportar la idea de que alguien dudase de su puntería. Eso habría desmoralizado a sus chicos. Eso era lo que le jodía ahora. El puto rojo de los cojones, que no había tenido mejor momento para intentar escaparse que cuando estaba él allí, había cascado porque él, el sargento Cano, no podía permitirse el lujo de que los soldados de su pelotón, que iban a morir con él achicharrados por los lanzallamas ingleses (o americanos, no sabía) dudaran de él.

No sabía cómo se le ocurrían estas cosas, pero le venían a la cabeza con una lucidez hiriente. Desde luego, en el momento no lo había pensado. Y, lo peor de todo, cuando el rojo se hundió tras el balazo, es que el Ingeniero lo miraba. Cano no sabía por qué, pero pensó que el Ingeniero iba a tirar el pitillo como mínimo gesto de rebeldía.

No lo tiró. De hecho, mientras sus miradas se cruzaban, le dio otra calada por si acaso. Cano –recordó- había pensado: “éste lleva mucha mili, sabe que una cosa es la honrilla y otra el tabaco.” Ante la mirada de Cano, el Ingeniero se había cuadrado (eso sí, sin soltar la chusta).



-- ¡¿Qué?!

-- Mi sargento.

Cano había sido consciente en ese momento de que por primera vez en su vida, había matado a alguien sin saber por qué (o, a lo mejor, por primera vez en su vida se había planteado por qué). Vociferó fuera de sí:

-- Mi sargento, ¿qué? ¿Te parece mal?

-- No, mi sargento. Bueno, sí. Pero yo también lo he hecho. Cuando era sargento.


03/11/09

El búnker de Conil (V)


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5


El sargento Cano estaba sentado en una silla a la puerta del búnker mirando la playa y echando un pitillo. Estaba leyendo el Signal, que se lo mandaba al capitán desde Madrid un primo suyo de Prensa y Propaganda, y siempre se lo pasaba cuando lo había leído. Por lo visto, los alemanes les estaban dando para el pelo a los rusos. Al sargento Cano le gustaba leerlo y, sobre todo, le gustaban las fotos, que eran cojonudas. La verdad es que echaba de menos el equipo alemán, todo hay que decirlo. Pero, ya, las cosas ni se las creía ni se las dejaba de creer: había leído demasiadas veces lo que decían los periódicos de batallas en las que él había estado. Apareció el cabo Expósito con mirada golosa. Cuando el sargento había leído el Signal del capitán, se lo prestaba al cabo Expósito, que sabía que le gustaba leer.

-- Toma, anda, ilústrate –le tiró la revista- Pero con vuelta, ¡eh?

-- Gracias, mi sargento.

El sargento Cano cogió el naranjero (por más que no pasara nada, nunca se alejaba del subfusil más de la cuenta) y se dio una vuelta por la playa.

El teniente tenía razón: el nido de ametralladoras más cercano estaba a más de un kilómetro, y fuera de la vista. Estaban ahí solos.

Sintió un bullicio a su derecha. Por el camino del acantilado, bajaba gente. Eran los rojos, vigilados por un par de soldados. El sol brillaba en la punta de las bayonetas y hasta hacía bonito, fíjate tú. Unos treinta: una sección. En un santiamén se despelotaron y se metieron en el agua. Cano imaginó que era la ducha semanal, o algo así. Al poco, estaban chapoteando y salpicándose, igualito que sus pistolos. La verdad, parecía que los guripas estaban ahí sólo para guardarles la ropa.

Uno de los rojos ni chapoteaba ni se reía. Se había metido en el agua y parecía dedicarse a un lavado concienzudo, frotándose los sobacos y tal, aunque el agua de mar era malísima para eso; pero, bueno, mejor que nada. Salió del agua y volvió a ponerse el uniforme andrajoso, sacudiéndose la arena. Cuando se puso las gafas, Cano lo reconoció: era el ingeniero. Vaya, el que dirigía los trabajos de ahí arriba. Cano se dio cuenta de que ya lo había bautizado: “El Ingeniero.”

Inconscientemente, se pasó el naranjero del hombro al pecho. Se podía reconocer a los que habían estado en Rusia en cuanto se colgaban el arma del pescuezo, como los alemanes. Siguió caminando mientras daba una chupada al pitillo. Tenía un amiguete, brigada de Intendencia, que siempre le pasaba tabaco cuando iba por el Regimiento. El Ingeniero lo había visto venir. Se cuadró.

-- A sus órdenes, mi sargento.

-- Descanso, hombre. ¿Cómo va –señaló el acantilado con la cabeza- la trinchera?

-- Va, mi sargento.

El Ingeniero miraba codicioso la chusta que el sargento tenía entre los dedos. El sargento Cano sacó del bolsillo de la guerrera el paquete de tabaco y el librillo. Se los alargó. El rojo lo miró con cierto recelo. Cano insistió con el gesto.

-- No me jodas que no quieres fumar.

El Ingeniero alargó la mano despacio. Se lió un pitillo y le devolvió tabaco y papel.

-- Muchas gracias, mi sargento.

Cano siguió mirando al mar.

-- Aquí, ni gracias ni perdón: a la orden.

Los dos miraban al mar y a los presos que se bañaban. Los dos querían hablar, pero ninguno sabía qué decir; así que fumaban. Cano rompió el fuego:

-- ¿Por qué te interesa tanto si vienen los americanos?

El Ingeniero lo miró con sorpresa y cierto temor.

-- Hombre, mi sargento…

-- Déjate de “mi sargento” y hostias. ¿Te interesa por algo o es que te da morbo? ¿Qué te crees, que van a echar a Franco o algo?

-- ¡Mi sargento, hombre…!

Su voz denotaba más preocupación que miedo. El sargento Cano decidió no seguir por ahí. No era cosa suya. Estuvo a punto de preguntarle al Ingeniero cómo se llamaba. Se contuvo: no era cosa de confraternizar con los rojos. No por nada, que los rojos también eran españoles, ojo; es que se estaba sintiendo demasiado cercano, y eso no podía ser. Ese tío debía de haber hecho cosas lo bastante malas como para estar preso. Y una cosa era darle tabaco y otra, tratarlo de tú a tú.

-- Verá, mi sargento, ¿cómo se lo explico…?

-- Mejor no me expliques nada.

Y los dos siguieron fumando, que era lo mejor que podían hacer. De pronto, los soldados empezaron a dar voces:

-- ¡Eh, tú! ¿Dónde coño vas?

Cano miró: uno de los rojos que se bañaban había echado a nadar hacia un pesquero que estaba ahí delante. No jugaba, sino que nadaba como loco, tratando de alcanzar el barco. O eso le pareció a Cano.

-- ¡Alto, alto! ¡Para!

Los soldados que estaban en la playa, la verdad, estaba claro que no sabían qué hacer. La distancia era grande. Era absurdo pensar en la huida. Por eso los dejaban bañarse. Sonó un tiro, como indeciso.

El sargento Cano corrió –me cago en Dios- hacia la orilla.

El otro soldado volvió a disparar sin mucha convicción.. El sargento le pegó un empujón y le quitó el máuser. Tiró para atrás del cerrojo –saltó una vaina caliente- se echó el mosquetón a la cara y disparó al fugitivo. El rojo siguió nadando. El sargento Cano hincó la rodilla en tierra, maniobró el cerrojo –otra vaina-, apuntó como Dios manda y volvió a disparar. ¡Pac! El rojo dio un respingo en el agua y se hundió en seguida.

02/11/09

El búnker de Conil (IV)


El relato entero en el almacén de la barra virtual

4


-- …Así que… lo dicho. Estar atentos que nos pueden dar el susto en cualquier momento. A ver, preguntas.

El capitán De la Cuesta se echó las manos a la espalda y los miró con el pitillo en la boca. El sargento Cano tenía preguntas, pero era consciente de que era sargento y que tenía dos tenientes y dos alféreces por delante. También era consciente de que todos sabían que había estado con el capitán en Rusia y no quería que por eso pareciera que se saltaba el tema jerárquico. Miró de reojo a su teniente, Martínez. El teniente Martínez carraspeó.

-- Dime, Martínez.

-- Mi capitán, el búnker de ahí abajo… –miró al sargento- donde está el pelotón de Cano, está ahí solo… Vaya, que no tiene cobertura.

-- Ya, ¿y?  Se supone que Ingenieros tiene previstos dos nidos de ametralladoras que crucen fuegos con ellos.

-- Sí, mi capitán, pero van a tardar un huevo en hacerlos.

El capitán De la Cuesta lo despachó con un ademán impaciente que venía a significar: “hacedme preguntas que yo pueda contestar, no me vengáis con gilipolleces.”

El teniente de la sección de armas –Ortiz- se acercó al plano que había en la mesa, con las defensa marcadas y lleno de signos con lápiz azul, según se iban completando. Hizo un gesto con la mano hacia el Oeste.

-- Mi capitán. Lo que yo digo es… ¿qué coño van a hacer los americanos y los ingleses desembarcando por el Estrecho que lo tenemos todo fortificado? Yo, la verdad, desembarcaría por Huelva, que no hay nada de nada.

-- ¡Hombre, Ortiz!, ¿te han ascendido a general y no me lo has contado? ¿Ha hablado Vuecencia con Capitanía? ¿El Caudillo sabe todo esto que me está contando Vuecencia?

-- Joder, mi capitán…

-- Vamos a ver: yo soy un capitán de Infantería. vosotros sois los mandos de mi compañía. Tenemos asignado un sector, un sector de compañía: pequeñito. si os digo que me hagáis preguntas, se entiende que digo preguntas que yo pueda contestaros. Preguntas de lo que nosotros tenemos que hacer, que no es poco. Si quieres, le escribes una carta a Franco, o le mandas un telegrama, y que te conteste él.

El teniente Ortiz se calló. Ahora, ya, el sargento Cano pensó que podría preguntar él.

-- Mi capitán, ¿se sabe algo de los de Intendencia? Lo digo por las botas. Los chavales las llevan de tercera vida y van que da asco verlos.

-- He llamado al capitán Hontoria, el de Intendencia, esta mañana y me ha jurado por sus muertos que llegan esta semana. –Hizo una mueca que significaba: “¿más cosas?” – Cano le miró significativamente, pero no dijo nada.

-- Mirad. Lo que está claro es que no pueden pasar el Estrecho tranquilamente, que es lo que quieren. Para eso están las baterías del treinta y ocho con uno en Punta Paloma, que son nuestra baza principal. Así que tendrán que desembarcar, porque hasta que no las tomen no pueden pasar. Para eso estamos nosotros aquí: para que no desembarquen.

El teniente Ortiz, como vio el tema distendido, volvió a lo suyo:

-- Sí, mi capitán, pero como desembarquen por Huelva, que es lo que yo haría, se plantan en Despeñaperros en un pis pas.

-- Sí, hombre, y, ¿qué se les ha perdido en Despeñaperros?

-- Nos copan. Nos cortan las comunicaciones con el Centro…

-- Vale, Napoleón. Venga, señores, a trabajar.

29/10/09

El búnker de Conil (III)





3


El sargento Cano subió el acantilado echando pestes. Volvía a dolerle la pierna derecha por la puta humedad (Tenía en ella dos heridas: una esquirla de metralla de Brunete, que aún seguía por ahí dando vueltas, y un bayonetazo ruso, de Possad) Arriba, un pelotón de rojos bastante harapientos –más aún que sus soldados- se dedicaban a encofrar unas trincheras bajo la vigilancia de un soldado con la bayoneta calada. Los dirigía uno con gafas que –suponía Cano- habría sido albañil antes de la guerra, o ingeniero, cualquiera sabe, por las gafas. En todo caso, parecía bastante apañado.

Al pasar Cano, el soldado se cuadró llevándose la mano al pecho y los rojos se pusieron firmes. Cano se llevó distraído la mano al gorro.

-- Venga, venga, a trabajar.

El rojo de las gafas se le cuadró:

-- A sus órdenes, mi sargento.

Cano le miró con sorpresa. Qué raro que un preso se dirigiera a él.

-- Dime.

-- Mi sargento, ¿es verdad que vienen los americanos?

Cano estudió la cara del rojo buscando un rastro de esperanza, o de cachondeo. No lo encontró. Lo tenía visto de los últimos días. Era competente dirigiendo el trabajo y Cano apreciaba a la gente competente. Tenía más o menos su edad, pero en vez de estar pelándose de frío en Rusia, el último año debía haberlo pasado en uno de esos campos de concentración o vaya usted a saber dónde.

-- ¿Y a ti qué te importa?

-- Hombre, mi sargento. Se habla…

-- Ni puta idea. Tú a lo tuyo, que en boca cerrada no entran moscas.

Se giró bruscamente y siguió su camino.



27/10/09

El búnker de Conil (II)


2



TACATAC TACATACATAC TACATAC


Ráfagas cortas. Tres o cuatro tiros, no más. El cabo Expósito, mirando por los gemelos con retícula del sargento –de la Wehrmacht, Zeiss: cojonudos- dirigía el tiro de una de las ametralladoras. Le gustaban las ametralladoras. Como decía el sargento, tenían su técnica.

-- ¡Quince a la izquierda, Feli! –vociferó, porque dentro del búnker ya les pitaban los oídos del ruido-

El soldado Felisardo giró el tambor graduado de la máquina y apretó el manillar: TACATACATAC.

-- Un pelín más a la izquierda.

TACATACATAC TACATATACATAC

Las botellas saltaron hechas añicos. El cabo Expósito palmeó la espalda a los servidores de la ametralladora, o sea, de la máquina. No se lo ponía fácil el sargento, joder: darles a unas botellas a más de cien metros.

-- Muy bien chavales –el sargento Cano esbozó lo más parecido a una sonrisa que era capaz de esbozar- ¿veis como es fácil?

Más nos vale no tener que disparar de verdad”, pensó el sargento Cano. La verdad es que no le gustaba nada, pero lo que se dice nada, esta posición. Vale que el búnker era de puta madre, muy bien hecho. Ahí, los de Ingenieros se habían salido: todo de hormigón, con muros de un metro de espesor y forrado de piedras por fuera para camuflarlo con el acantilado. Tenía dos pisos: arriba, el emplazamiento de las piezas contracarro y abajo las ametralladoras, con tres troneras, una a cada lado, que cubrían la playa de enfilada, y otra en medio, hacia el mar. Como piezas contracarro no había, la parte de arriba la usaban de observatorio y de camareta.

Desde luego, si los ingleses o los yankis desembarcaban, les iban a hacer un destrozo del copón: les iban a matar un montón de gente; pero el sargento Cano tenía claro que de ahí no salían. La única puerta del búnker daba a una rampa lateral y luego había que coger el camino que subía el acantilado. Y a ver quién subía por ahí con los ingleses en la playa.

O sea, que el sargento Cano tenía claro que, si la cosa les pillaba en el búnker, ellos iban a cumplir como buenos cargándose a todos los que pudieran y luego la iban a cagar bien cagada; porque cuando se asalta un búnker con lanzallamas –que es lo propio, él lo había hecho- lo que pasa es que te achicharran vivo y, una vez achicharrado, no se te puede ni hacer prisionero. Así que, por más valor acreditado –destacado, ojo- que tuviera y por más Cruz de Hierro y Rusia y cabeza de puente del Wolchow, esperaba que el desembarco (si llegaba) no les pillase en su rotación.

Estaba en esas cuando sonó el teléfono.

-- Mi sargento: el teniente.

-- A sus órdenes, mi teniente. Sin novedad.

-- Cano, vente para la compañía, que el capitán quiere hablar con los mandos.

-- A sus órdenes, mi teniente. El sargento Cano le devolvió el auricular al telefonista y sonrió satisfecho. “Los mandos”: el teniente lo respetaba. El chaval se sentía un poco fuera de lugar, pero hacía esfuerzos. Estaba recién salido de la Academia y se veía encajonado entre el capitán y él, dos perros viejos con mucha, pero que mucha mili. el capitán le tenía mucha confianza a Cano, porque los dos habían estado juntos en Rusia y los dos habían estado a punto de palmar en Possad hacía poco, tirando contra los rusos con todo lo que tenían a mano.