24/11/09

El búnker de Conil (XII)

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El capitán De la Cuesta Paseaba por la chabola con los pulgares metidos en el cinturón y dando caladas al pitillo cuando Cano entró. Los oficiales y sargentos estaban de pie, fumando mientras le esperaban. El capitán le hizo un gesto de reconocimiento y apoyó los nudillos en la mesa.

-- Bueno. Pues ya está. De momento no hay desembarco, ni nada. Dice el coronel que ya no estamos en alerta, que no van a venir.

Lo decía como cabreado.

-- Así que, nada: vida normal. Que la gente descanse y que se relaje.

Cuando Cano fue a salir, después de los oficiales, le agarró de la manga para retenerlo.

-- Carlos, tenéis tres días de permiso tú y tu gente. Y puedes olvidarte del puto búnker.

El capitán esbozaba un rictus facial que trataba de recordar una sonrisa. Parecido al que distendió los rasgos del sargento. Cano dudó un momento.

-- Mi capitán… ¿Qué coño ha pasado?

Muchos años después, el general De la Cuesta sabría que aquellos días la diplomacia británica había estado haciendo horas extras hasta convencer a Franco de que lo más práctico era llevarse bien, salvo que pensara que podía seguir al mando después de perder Canarias y de que su hambrienta y arruinada España se quedara sin petróleo ni cereal. Y que esos tejemanejes de los políticos les habían salvado el pellejo. Pero aún estaban en noviembre del 42 y era sólo capitán. Los capitanes no saben esas cosas.

-- Ni puta idea.

Cano saludó y salió.

Mientras bajaba hacia la playa por última vez, con las manos apoyadas en el naranjero colgado del pescuezo, pensando en darse una vuelta por Barbate, vio al Ingeniero, con los demás presos y sus palas.

Se miraron. Cano negó con la cabeza sin poder quitarse la mueca sonriente de los labios.

-- Otra vez será.



Fin

16/11/09

El búnker de Conil (XI)

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11

El sargento Cano estaba hasta los cojones, todo hay que decirlo: él era un sargento de Infantería como Dios manda, pero llevaba todo el día con el casco puesto mientras imaginaba todas las cosas espantosas posibles que le podían pasar, percatándose de todos los ángulos muertos que hasta ese momento no había visto, de todo lo que no se había hecho mientras aún había tiempo (típico español, pensaba). Por pensar, pensaba hasta en las noticias del ABC o del Arriba del día siguiente. Bueno, si había noticias que la censura considerase oportuno que se contaran. Desde luego, nadie iba a hablar de un pelotón de ametralladoras achicharrado en su búnker en un sitio llamado Conil de la Frontera, provincia de Cádiz, famoso por sus atunes aunque sin putas. Al pobre sargento Cano no se le quitaban de la cabeza los lanzallamas.

Y todo el día con el casco puesto viendo pasar los barcos. Curioso. Cuando estaban en el Wolchow, el casco era lo normal, ni notaba el peso: sin casco se habría sentido desnudo. Ahora le jodía un huevo llevarlo.

Hacía un par de horas, dos Spitfire ingleses habían volado muy cerca de su playa. Se habían paseado sin que nadie los molestara y se habían vuelto por donde habían venido, hacia Gibraltar. Luego vinieron dos Heinkel nuestros a echar un ojo muy prudente.

Y los barcos seguían pasando, sin que pasara nada. Había bajado el teniente.

-- Cano, para mí que éstos van directos a Gibraltar.

-- Puede ser, mi teniente.

Y así todo el día. Y la noche. Y los chicos en las ametralladoras, mirando. Ya no se le ocurría qué más cosas mandarles. Organizó las guardias, que había que dormir, no fuera a ser que les diera por desembarcar al amanecer, como en los manuales.

Y pasó la noche. Se había quedado dormido sin darse cuenta. Le despertó un toque temeroso en el hombro.

-- Mi sargento…

El cabo Expósito le tendió los gemelos mientras le señalaba la tronera, o sea, el mar. Miró. No había nada, salvo agua. Ni barcos, ni nada: se habían ido. O eso parecía. Sonó el teléfono.

-- Mi sargento, el teniente.

-- A sus órdenes, mi teniente.

-- Cano, que os estéis tranquilos, que parece que no va a haber nada.

-- ¿Cómo dice, mi teniente?

-- Que te puedes quitar el casco, hombre. –En la voz del teniente se notaba un alivio total, como de resucitado- Súbete para la compañía.

-- A sus órdenes, mi teniente.

 

13/11/09

El búnker de Conil (X)

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10
El sargento Cano saltó del catre y echó mano al naranjero. Justo a tiempo de oír , ya en pie, al imaginaria vociferando:

-- ¡Generala, generala!

Arriba, en la Compañía, se oía la corneta tocando generala. No se oía muy fuerte, pero el ta tatá tatá tatararataratatá había bastado para hacerle saltar.

-- ¡Arriba todos, me cago en el puto Dios! ¡A las máquinas!

Todos los fusileros se lanzaron al piso de abajo con las botas a medio poner y las trinchas colgando mientras sonaba el teléfono con timbrazos histéricos.

Montoya, asomado a una tronera, miraba el mar que amanecía:

-- Mi sargento…

Cano se acercó, cogió los gemelos y miró.

-- La madre de Dios…

El mar estaba lleno de barcos.




Hizo un gesto a Montoya, que le acercó el teléfono.

-- Lo estoy viendo, mi teniente. La hostia.

La voz del teniente le llegó, levemente temblorosa.

-- Ya. Oye, Cano, que bajan dos de morteros a poner los jalones, que nos los acaba de traer una camioneta, no les vayáis a pegar un tiro.

-- No se preocupe, mi teniente. ¿Manda alguna cosa más?

-- No. Suerte.

Colgó.

Cano volvió a mirar al mar. En el horizonte había cientos de barcos. Un huevo de transportes. Destructores, cruceros… Joder, joder…

-- ¡Expósito!

-- ¡Sus órdenes, mi sargento! –La voz del cabo llegó desde abajo.

-- Revista de armas. Ya.

-- ¡Sus órdenes, mi sargento! ¡A ver, revista de armas!

Cano bajó al piso inferior. Los fusileros le presentaron los mosquetones en plan ordenanzas. Hasta Montoya.

Las armas estaban impecables. Se suponía que los servidores de las ametralladoras llevaban pistola, pero como no había pistolas, seguían con sus máusers. Cano se alegraba. Otra cosa habría sido acarrear las máquinas por el monte, pero ahí, en el búnker el peso no importaba, Y dónde va a parar una pipa con un máuser.

Revisó las ametralladoras. Todo perfecto. Asintió con gesto satisfecho. Sacó el machete y abrió una caja de granadas.

-- Fijaros bien.

Cogió un saco pequeño que había dejado al lado de la caja de granadas: estaba lleno de puntas de tapicero. Sacó también un rollo de esparadrapo, cortó un trozo más o menos largo y lo llenó de puntas. Luego, enrolló el esparadrapo alrededor de la granada.

-- ¿Habéis visto? esta mierda de granadas ofensivas no valen para nada, pero con los clavos joden mucho más. ¿Visto?

-- Sí, mi sargento.

-- Pues hala. Tú, Ascanio, y tú, López, a forrarlas todas.

Cogió el naranjero y salió del búnker, a la luz del sol que asomaba. Quería respirar antes de encerrarse ahí dentro y acabar asfixiado de olor a pólvora y ruido. Por el camino del acantilado bajaban dos guripas tambaleándose con unos haces de palos a la espalda, como de dos metros, pintados de rojo y blanco, que les iban dando en el casco –clon, clon- a cada paso. Salió a su encuentro.

-- ¿Sabéis dónde tenéis que ponerlos?

-- Sus órdenes mi sargento. No, mi sargento.

-- Venid conmigo. – Caminaron hacia la playa- Mirad: ¿Veis esos montones de piedras? –señaló tres líneas de hitos hechos de piedras, a intervalos regulares, que se adentraban en el mar- Pues un palo en cada montón. Pero quitaros las botas, que os las vais a joder más con el agua. Daros prisa.

-- Sus órdenes.

Cano miró, con las manos apoyadas en el subfusil colgado del cuello, cómo iban plantando los jalones que servirían para graduar el tiro de los morteros sobre la supuesta zona de desembarco. Miró al horizonte, todos esos barcos. Parecía que estaban de turismo. Ni disparaban, ni se daban prisa. Ni nada de lanchas de desembarco. Cogió los prismáticos, se echó el casco para atrás y observó la flota aliada. No había visto tantos barcos juntos en su puta vida. Pronto estarían al alcance de los treinta y ocho con uno. Aunque sabía que tenían acorazados con cañones del cuarenta y tantos que podían borrar Conil del mapa en un pis pas, no vio ninguno de esos. Estarían más lejos, mar adentro, con los portaaviones. Oyó pisadas a su espalda y se volvió. Venían el capitán y el teniente Ortiz, el que habría desembarcado por Huelva, que mandaba la sección de armas.

-- A sus órdenes, mi capitán.

El capitán le hizo seña de que bajara la mano. El teniente Ortiz se acercó a sus hombres para asegurarse de que los jalones los ponían en su sitio y que los plantaban de forma que no se los llevara el mar.

-- Ya está liada, Carlitos.

El capitán sólo le llamaba Carlitos cuando la cosa andaba jodida.

-- Eso parece, mi capitán.

El capitán le tendió la mano.

-- No sé qué va a pasar a partir de ahora, pero…

Cano estrechó la mano que le tendían.

-- Ya, ya, mi capitán.

El capitán se dio la vuelta bruscamente y tomó el camino del acantilado, ajustándose el casco. Cano no le había visto con el casco en la cabeza desde Rusia. Se volvió al búnker. Los chavales estarían acojonados y no era cosa de dejarlos solos tanto tiempo.

-- Expósito.

-- Sus órdenes, mi sargento.

-- Coge los gemelos y mira que los jalones estén en su sitio. Los nuestros, ¿eh?

El cabo Expósito se puso a comprobar que las pequeñas estacas clavadas en la playa para estimar la distancia de tiro de las ametralladoras estaban todas. Se trataba de que estuvieran ocupados.

--López y López bis.

-- Sus órdenes, mi sargento.

-- ¿Está encintada toda la munición?

-- Toda la que cabe en las cintas, mi sargento.

-- Repasadla. No quiero interrupciones en medio del follón. 

 Montoya, llama a la compañía y que nos manden unos rojos con agua para rellenar el bidón, que parece que se les ha olvidado.

-- Sus órdenes, mi sargento. ¿Les pido vino también, mi sargento?

-- Déjate de cachondeos… bueno, sí, qué coño, a ver si cuela.

Y así a todos. Antes de la batalla lo peor es tener tiempo de pensar.

Cano se subió al techo del búnker para ver mejor y enfocó otra vez los prismáticos hacia la flota. Se estaban moviendo hacia el Estrecho. Había tantos barcos que pensó que era un efecto óptico. Pero no, es que venían más. Se oyó ruido de aviones.

-- ¡Dos Heinkel-51, mi sargento!

El cabo Expósito.

-- Ahora no, Expósito, hombre.

En efecto, dos He-51, biplanos que ya estaban anticuados al empezar la guerra civil. Iban hacia la flota. Cano los enfocó. Pensó que volaban demasiado bajo; pero, al fin y al cabo, tampoco se les podía pedir mucho. Se fueron acercando a los barcos con su bordoneo habitual. Cano miró más abajo. De pronto, vio a través de los gemelos una sucesión de fogonazos en varios de los barcos. Se formaron unas nubecitas en el cielo, cerca de los aviones, que rompieron la formación. Entonces le llegó, lejano, el estampido de los cañonazos. Los aviones continuaron revoloteando ante la flota enemiga y otros barcos se unieron al concierto antiaéreo, llenando el cielo de más nubecitas, hasta que ambos aparatos se dieron la vuelta y se volvieron por donde habían venido.

Cuando dejó los prismáticos, Cano se dio cuenta de que en la rampa del búnker estaba el Ingeniero, con otro rojo, mirando también los aviones.

-- ¿Qué coño haces tú aquí?

-- A sus órdenes, mi sargento. El agua. –Señaló un bidón grande cortado por arriba, lleno.

Al sargento le dio la impresión de que el Ingeniero estaba contento. No sonreía, pero se le notaban las ganas. Bajó a la rampa.

-- Ahí los tienes. – El Ingeniero asintió, tratando de no mostrar ninguna emoción- Y ahora, ¿qué?

-- No sé, mi sargento.

Venga, se acabó el circo. Meted eso en el búnker y largaros.

12/11/09

El búnker de Conil (IX)

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9



A la hora de cenar, el sargento Cano sacó de su petate tres latas de sardinas y una botella de vino casi llena. Se las alargó al cabo Expósito. Los otros ocho fusileros, Felisardo, Galindo, Montoya, Pupi, López, López bis, Ascanio y Martínez, estaban sentados en los catres perdiendo el tiempo con aire muy activo.

-- Vamos a hacer una fiesta. Las tenía guardadas para hoy, que es mi cumpleaños.

-- Felicidades, mi sargento.

-- Venga, a ver, ¿qué guarrería nos han traído hoy los rancheros?

Uno de los soldados acercó la perola con la cena. Nada apetitosa, la verdad. Cada uno cogió su medio chusco de pan y su jarro. Expósito abrió las latas de sardinas y echó su contenido en un plato de peltre, cuidando de que cayera hasta la última gota de aceite, que las sardinas en aceite tienen mucho fósforo.

Comieron en silencio, rebañando con el pan hasta dejar el plato reluciente. La verdad es que las raciones del Ejército eran muy saludables para prevenir la obesidad entre la tropa.

-- Mi sargento, este vino está de puta madre.

-- Nos ha jodido, es de la cantina de oficiales. Así que bebéroslo despacio, que no vais a catar nada mejor en lo que os queda de mili.
La verdad es que el sargento Cano había pensado redondear la jugada trayéndose a una chavala para que los chicos pudieran desfogarse un poco, que los pobres se le estaban matando a pajas. Pero había tenido que desistir. Su amigo de Intendencia se lo había dejado claro.

-- ¡Puff…! Ni lo sueñes, Canito. Para conseguir putas te tienes que ir a Barbate. Ahí, en Conil, no tienen.

-- No me jodas.

-- Lo que yo te diga. Y suerte tenemos que no anda por aquí la Legión, que, si no, ni en Barbate.

Así pues, desistió de la idea; cosa que, en el fondo, agradeció, que tampoco andaba sobrado de dinero, y una cosa era atender las necesidades de la tropa y otra enfrentarse a la indigencia.

-- Los lejías si que controlan estas cosas. ¿Sabes que la Legión Francesa tiene una cosa que son los B.M.C.?

-- ¿Bemecé?

-- Burdel Móvil de Campaña –explicó el brigada de Intendencia con aire suficiente- Esos tíos son la hostia.

-- Joder, sí.

Estas cosas, y otras peores, las recordaba el sargento Cano mientras echaba un pitillo en la playa, junto al búnker. A su espalda, oía cantar a los chavales. Ahora cantaba Montoya. El tal Montoya era un punto de cuidado, de la misma Isla. Absolutamente refractario a la disciplina militar y acreedor permanente de las legendarias hostias del sargento Cano. Pero, bueno, se le perdonaban muchas cosas por su acreditada habilidad para encontrarse por ahí, de puta chiripa, claro, cosas de comer, por lo general con plumas. Y la verdad es que cantaba bien, y cocinaba mejor con los pocos recursos a su alcance. Ahora, después de varios rumba la rumba la rumban ban, se estaba arrancando por bulerías. Bueno, el sargento Cano, que era –digámoslo de una vez- de Segovia, no entendía mucho de Cante, pero podían ser bulerías perfectamente. Además, el Montoya había revelado tener una puntería de la hostia. Y eso lo respetaba mucho el sargento Cano, a la gente con buena puntería.

11/11/09

El búnker de Conil (VIII)



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8.

El sargento Cano volvía para su búnker caminando, con las manos apoyadas en el naranjero que llevaba sobre el pecho, colgado del cuello. Los rojos hacían como que cavaban mientras, a cada poco, echaban miradas al mar. El Ingeniero ni hacía que cavaba. Se limitaba a mirar. Cano lo llamó:

-- ¡Ingeniero!

-- A sus órdenes, mi sargento.

Cano le hizo seña de que se acercara. Se acercó. Cano se echó el naranjero a la espalda y le tendió el tabaco. Por un momento, el preso dudó. Cano pensó que, después de lo de aquel día en la playa, le iba a decir que ya no fumaba. Y es verdad que estuvo a punto; pero estiró la mano y cogió un pellizco. El sargento, sintiendo una mínima victoria, le acercó el librillo.

-- Gracias, mi sargento.

-- Oye, Ingeniero, ¿de verdad tenéis tantas ganas de que lleguen los americanos? No, tranquilo, entre tú y yo (estuvo a punto de decir: “de sargento a sargento”, pero se contuvo)

-- Mi sargento… es difícil de…

-- Pues dime.

-- Verá… aquí no se está tan mal. Ya ve que, la verdad, no damos un palo al agua. Pero si usted hubiera visto… no sé, los sitios donde he estado desde el treinta y nueve… No se puede usted hacer una idea… No sabe usted.

-- Ni quiero saberlo.

-- Yo en el treinta y nueve acabé mandando una compañía, mi sargento. No quedaban oficiales.

-- Yo también, ¿y qué más?

-- Me hirieron al final. Por eso no me pude pirar a Francia. Estaba en el hospital cuando llegaron los de Regulares. Entró un oficial borracho perdido dando gritos y luego los moros degollaron a todos los heridos. Yo conseguí saltar por la ventana, hecho polvo como estaba. Como andaban muy ocupados follándose a las tres enfermeras que se habían quedado a cuidarnos, pasaron de mí.

-- Eso es propaganda roja.

-- No, mi sargento. Yo estaba allí. Oía los gritos desde unos matojos donde me escondí.

-- El Ejército nacional no hace eso.

-- Sí, mi sargento. Todos los ejércitos acaban haciendo eso. Usted lo sabe. Tuve la puta suerte de que apareció un teniente de Infantería con unos fusileros y se liaron a tiros con los moros, cosa que me extrañó un huevo, la verdad. Debía ser recién salido. Si no es por eso, yo no estaba aquí. Pero a mis compañeros ya les habían cortado los cojones a todos. Y las enfermeras, ni le cuento.

Cano siguió callado. Eso, desde luego, sabía que era verdad.

-- Mi sargento, verá, hay gente que estuvo en un lado o en otro según le pilló la Guerra. Yo… –miró a Cano mientras se liaba el pitillo- Yo ya era de la UGT antes de la Guerra. Lo que pasa es que, como soy un gilipollas, estoy aquí en vez de estar, no sé… en Méjico. Los compañeros creen que cuando vengan los americanos se va a dar la vuelta la tortilla. Pero yo sé que a los pringados como nosotros nos va a dar igual. Además, qué hostias, yo no sé Inglés.

--Yo sí: yes y güi.

-- Güi es Francés.

-- ¿Ves?, pues ya sé dos idiomas.

-- Es más viejo que la tos, mi sargento.

-- Como nosotros, cacho capullo.