El búnker de Conil (VI)
-- Vamos a ver, Cano, – Cano reescribía el parte – ya está. No te compliques más.
-- Mi capitán, las cosas hay que hacerlas bien.
-- Era un rojo que se fugaba. Hiciste lo que había que hacer.
-- Mi capitán, yo soy militar. Esto es el Ejército español, no la cheka.
-- Tú mismo.
Mientras cano escribía, tratando de contarlo todo según las Ordenanzas, le venía a la cabeza una y otra vez lo absurdo de la situación. Había actuado por puro reflejo. Pero el reflejo podía justificar haber disparado una vez. Él había disparado dos, y la segunda fue la buena.
¡Joder…! ¿Qué cojones hacía él dándole tabaco al Ingeniero en la playa?, ¿qué cojones hacía él en la puta playa? No era haberse cargado a un tío. Cano ya ni sabía la cantidad de gente que se había cargado desde el treinta y seis: era imposible saberlo. De lo que sí estaba seguro era de que por primera vez en su vida se había cargado por la espalda a un tío desarmado. Que tenía que hacerlo, estaba claro. No, qué hostias, estaba claro que tenía que quitarle el mosquetón al pistolo, que tenía que disparar; pero no tenía por qué haberse cargado al rojo de los cojones. La realidad se impuso: realmente, el puto rojo había tenido que morir porque le había jodido no darle a la primera; tal vez porque él, el sargento Cano, no podía soportar la idea de que alguien dudase de su puntería. Eso habría desmoralizado a sus chicos. Eso era lo que le jodía ahora. El puto rojo de los cojones, que no había tenido mejor momento para intentar escaparse que cuando estaba él allí, había cascado porque él, el sargento Cano, no podía permitirse el lujo de que los soldados de su pelotón, que iban a morir con él achicharrados por los lanzallamas ingleses (o americanos, no sabía) dudaran de él.
No sabía cómo se le ocurrían estas cosas, pero le venían a la cabeza con una lucidez hiriente. Desde luego, en el momento no lo había pensado. Y, lo peor de todo, cuando el rojo se hundió tras el balazo, es que el Ingeniero lo miraba. Cano no sabía por qué, pero pensó que el Ingeniero iba a tirar el pitillo como mínimo gesto de rebeldía.
No lo tiró. De hecho, mientras sus miradas se cruzaban, le dio otra calada por si acaso. Cano –recordó- había pensado: “éste lleva mucha mili, sabe que una cosa es la honrilla y otra el tabaco.” Ante la mirada de Cano, el Ingeniero se había cuadrado (eso sí, sin soltar la chusta).
-- ¡¿Qué?!
-- Mi sargento.
Cano había sido consciente en ese momento de que por primera vez en su vida, había matado a alguien sin saber por qué (o, a lo mejor, por primera vez en su vida se había planteado por qué). Vociferó fuera de sí:
-- Mi sargento, ¿qué? ¿Te parece mal?
-- No, mi sargento. Bueno, sí. Pero yo también lo he hecho. Cuando era sargento.
¡Joder…! ¿Qué cojones hacía él dándole tabaco al Ingeniero en la playa?, ¿qué cojones hacía él en la puta playa? No era haberse cargado a un tío. Cano ya ni sabía la cantidad de gente que se había cargado desde el treinta y seis: era imposible saberlo. De lo que sí estaba seguro era de que por primera vez en su vida se había cargado por la espalda a un tío desarmado. Que tenía que hacerlo, estaba claro. No, qué hostias, estaba claro que tenía que quitarle el mosquetón al pistolo, que tenía que disparar; pero no tenía por qué haberse cargado al rojo de los cojones. La realidad se impuso: realmente, el puto rojo había tenido que morir porque le había jodido no darle a la primera; tal vez porque él, el sargento Cano, no podía soportar la idea de que alguien dudase de su puntería. Eso habría desmoralizado a sus chicos. Eso era lo que le jodía ahora. El puto rojo de los cojones, que no había tenido mejor momento para intentar escaparse que cuando estaba él allí, había cascado porque él, el sargento Cano, no podía permitirse el lujo de que los soldados de su pelotón, que iban a morir con él achicharrados por los lanzallamas ingleses (o americanos, no sabía) dudaran de él.
No sabía cómo se le ocurrían estas cosas, pero le venían a la cabeza con una lucidez hiriente. Desde luego, en el momento no lo había pensado. Y, lo peor de todo, cuando el rojo se hundió tras el balazo, es que el Ingeniero lo miraba. Cano no sabía por qué, pero pensó que el Ingeniero iba a tirar el pitillo como mínimo gesto de rebeldía.
No lo tiró. De hecho, mientras sus miradas se cruzaban, le dio otra calada por si acaso. Cano –recordó- había pensado: “éste lleva mucha mili, sabe que una cosa es la honrilla y otra el tabaco.” Ante la mirada de Cano, el Ingeniero se había cuadrado (eso sí, sin soltar la chusta).
-- ¡¿Qué?!
-- Mi sargento.
Cano había sido consciente en ese momento de que por primera vez en su vida, había matado a alguien sin saber por qué (o, a lo mejor, por primera vez en su vida se había planteado por qué). Vociferó fuera de sí:
-- Mi sargento, ¿qué? ¿Te parece mal?
-- No, mi sargento. Bueno, sí. Pero yo también lo he hecho. Cuando era sargento.




















