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22/12/08

El Almirante Yamamoto y el sexo

yamamoto

 

He descubierto esta breve exhortación del Almirante Yamamoto Isoroku a los oficiales subalternos de la Armada Imperial Japonesa en el año 1939. Muestra que en verdad era un genio de la estrategia y también por qué los americanos se lo cargaron de aquella manera tan poco elegante.

"Puedes averiguar la personalidad de un hombre por su forma de abordar a una mujer. Los hombres como vosotros, por ejemplo, cuando la flota se halla en puerto, parece que hagáis tan sólo dos cosas: en primer lugar, le decís directamente a la mujer en cuestión: "Eh, ¿qué tal un polvo?" Lo cierto es que cualquier mujer, hasta la peor de las fulanas, va a rechazaros si se lo planteáis de ese modo. Bueno, y ¿qué hacéis entonces? Pues os sentís insultados y os ponéis groseros, u os rendís de inmediato y os largáis a probar la misma táctica con otra mujer. Eso es todo de lo que sois capaces. Pero echadles un vistazo a los hombres occidentales, pues ellos son muy distintos. Una vez que le han echado el ojo a una mujer, la invitan a una copa, o a cenar, o a bailar. De esa manera van minando gradualmente sus defensas hasta que, al final consiguen lo que quieren, y además con elegancia. Cuando se trata de conseguir un objetivo particular, ésa es desde luego una forma mucho más sabia de hacer las cosas. En todo caso, ésa es la clase de hombres a los que vais a enfrentaros si se declara una guerra, de manera que más os vale pensar un poco en ello."

26/9/08

Sabiduría Oriental



La amiga Elena (uno de los nuestros) me regaló por mi cumpleaños un librito sobre casas japonesas. No puedo resistirme a colgar unos párrafos acerca de la concepción japonesa de aquello que entre nosotros denominamos la metafísica del water:


"Siempre que en algún monasterio de Kyoto o de Nara me indican el camino de los retretes, construidos a la manera de antaño, semioscuros y sin embargo de una limpieza meticulosa, experimento intensamente la extraordinaria calidad de la arquitectura japonesa. Un pabellón de té es un lugar encantador, lo admito, pero lo que sí está verdaderamente concebido para la paz del espíritu son los retretes de estilo japonés. Siempre apartados del edificio principal, están emplazados al abrigo de un bosquecillo de donde nos llega un olor a verdor y a musgo; después de haber atravesado para llegar una galería cubierta, agachado en la penumbra, bañado por la suave luz de los shoji y absorto en tus ensoñaciones, al contemplar el espectáculo del jardín que se despliega desde la ventana, experimentas una emoción imposible de describir. El maestro Soseki, al parecer, contaba entre los grandes placeres de la existencia el hecho de ir a obrar cada mañana, precisando que era una satisfacción de tipo esencialmente fisiológico; pues bien, para apreciar plenamente este placer, no hay lugar más adecuado que esos retretes de estilo japonés desde donde, al amparo de las sencillas paredes de superficies lisas, puedes contemplar el azul del cielo y el verdor del follaje. Aún a riesgo de repetirme, añadiré que cierto matiz de penumbra, una absoluta limpieza y un silencio tal que el zumbido de un mosquito pueda lastimar el oído son también indispensables.

Cuando me encuentro en dicho lugar, me complace escuchar una lluvia suave y regular. Esto me sucede, en particular, en aquellas construcciones características de las provincias orientales donde han colocado a ras de suelo unas aberturas estrechas y largas para echar los desperdicios, de manera que se puede oír, muy cerca, el apaciguante ruido de las gotas que, al caer del alero o de las hojas de los árboles, salpican el pie de las linternas de piedra y empapan el musgo de las losas antes de que las esponje el suelo. En verdad, tales lugares armonizan con el canto de los insectos, el gorjeo de los pájaros y las noches de luna; es el mejor lugar para gozar de la punzante melancolía de las cosas en cada una de las cuatro estaciones y los antiguos poetas de haiku han debido encontrar en ellos innumerables temas. Por lo tanto no parece descabellado pretender que es en la construcción de los retretes donde la arquitectura japonesa ha alcanzado el colmo del refinamiento."


Feliz fin de semana

14/8/06

Cómo se comporta un samurai con la parienta




Así lo explicaba Daidoji Yuzan en su manual para samurais en mil quinientos y pico:

Si un samurai encuentra cosas en su esposa que no le complacen, la amonesta para que esté de acuerdo con él mediante argumentos razonables, aunque en las cosas nimias está bien que sea indulgente y paciente con ella. Pero si la mala disposición de ésta es permanente y él considera que ella ya no le sirve, puede divorciarse y enviarla a casa de sus padres en circunstancias excepcionales. Pero si no lo hace y la conserva como esposa, de forma que la gente se dirige a ella mediante los títulos respetuosos de okusama y kamisama, y después le grita y le insulta con toda clase de expresiones abusivas, se está comportando de una forma que puede ser adecuada para los mercenarios y los sirvientes que viven en las callejuelas del barrio de los vendedores, pero ciertamente no es adecuada para un samurai, que es un caballero. Mucho menos es apropiado para éste llevar la mano a su espada o amenazar a su esposa con el puño cerrado, algo ultrajante que sólo un samurai cobarde pensaría en hacer. Porque una niña nacida en la casa de un guerrero y que tiene edad para ser casada nunca toleraría por un momento, si fuera hombre, ser tratada a puñetazos por nadie. Es sólo porque ha nacido desgraciadamente mujer por lo que tiene que verter lágrimas y soportarlo. Y actuar de una manera tiránica hacia alguien que es más débil que uno es algo que un valiente samurai nunca hace. Y al que le gusta y hace lo que un hombre valiente odia y evita puede calificarse justamente de cobarde.

Hombre, hoy no es que sea muy propio, pero en la época era bastante mejor que lo que se escribía por aquí. Incluso bastante después. Más que nada, lo pongo para que las chicas se mosqueen.