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7/8/11

Los voluntarios del rey Don Carlos (VII-VIII)

 

7

De verdad que no había oficiales. La segunda compañía la mandaba el sargento Escribano y otro teniente, con un brazo inútil, la compañía de apoyo. Ni un alférez provisional les habían enviado y el teniente coronel parecía tener tan claro que los carlistas eran carne de cañón, que conservaba en la plana mayor a los oficiales que había traído consigo en vez de ponerlos al frente de las compañías. Su función consistiría, según radio macuto, en mirar con sus gemelos como la diñaban los requetés.

Por lo menos, Arana había conseguido que el mando le dejara cierta libertad para mezclar en lo posible veteranos y reclutas y conseguir un mínimo encuadramiento.

El domingo, en efecto, después de oír misa volvieron todos a subir al tren; vagones de ganado para la tropa y uno de segunda para los oficiales. El trayecto fue largo por la lenta marcha del convoy, el caos ferroviario –los tuvieron casi un día en un apartadero- e incluso una testimonial alarma aérea que los hizo saltar a las vías, todos cuerpo a tierra bajo los vagones. Por el camino los soldados viejos enseñaban cosas a los soldados nuevos, como ha sido siempre: cómo hacer cuando el fusil se atasca –”se interrumpe”, en lenguaje militar-, cómo usar la bayoneta; cómo avanzar por saltos cubriéndose en los repliegues del terreno:

-- Sobre todo, no os paréis. Si le dan a alguno ya vendrán los camilleros, pero si te paras, la cagas fijo.

Todo eso, sentados en el suelo cubierto de paja, con la espalda contra el traqueteo del tren.

La ventaja de tener compañías mandadas por sargentos era que los mandos preferían viajar con los soldados. En una de las incontables detenciones el páter bajó a estirar las piernas y vio a Escribano en medio de sus hombres, que hacían corro alrededor. Con el fusil en la mano les decía que, cuando asaltaran las trincheras:

-- Les claváis la bayoneta en la cara, así –y acompañaba la palabra con el gesto-. Si no los matáis, por lo menos se acojonan y se apartan.

El páter recordó que eso mismo –con la espada- recomendaba a sus legionarios Julio César en la mañana de Farsalia. Estaba visto que las cosas de la guerra, o los hombres, no sabía, habían cambado poco desde entonces.

 

8

Y ahora ahí estaban, por fin, a punto de atacar. Los camilleros se habían llevado el cadáver de Ibáñez y el páter les había echado su bendición. Todos los fusileros estaban en el parapeto, con la bayoneta calada y todas las bombas de mano que podían llevar, mirando hacia las líneas enemigas aún bajo el fuego, y a la tierra de nadie que se extendía ante ellos: un viñedo antes de la batalla y ahora un infierno de terrones removidos, malo para correr. Los veteranos lo estudiaban resignados, previendo dónde cubrirse, y los reclutas miraban sin ver, olvidando todo lo que acababan de enseñarles.

El teniente Arana, con un par de granadas de palo en el cinturón, se encaramó al parapeto y levantó la pistola:

-- ¡Requetés! ¡Viva…!

Y cayó como un fardo con un tiro en el pecho.

Todos los soldados, viejos y nuevos, se quedaron helados. Desde el suelo donde había caído, Arana, blanco como un papel, le hizo un gesto al cura, que se agachó a su lado; lo agarró de la pechera y musitó con voz débil:

-- Páter… haz algo, que se jiñan.

El páter lo vio: todos acojonados, y nunca supo cómo ni por qué –la sangre carlista que se le debió de subir a la cabeza, diría más tarde- pero, antes de que en las molleras tomase forma el pánico, tiró el casco, se caló la boina roja que llevaba al cinto, le quitó el fusil al soldado más cercano y saltó el parapeto gritando a voz en cuello:

-- ¡Requetés! ¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey! ¡¡Maricón el último!!

Y echó a correr hacia el enemigo. Todos salieron de las trincheras como un solo hombre, sin orden ni concierto, mezcladas secciones y hasta compañías; gritando cosas que no se entendían, como una horda, que es lo que eran en ese momento. Corrían trastabillando en el terreno deshecho por un mes de bombardeos mientras, allá adelante, la artillería alargaba el tiro según sus horarios, con precisión matemática. Peor para los infantes si se retrasaban.

El sacerdote recordaría confusamente ese avance, tropezando entre los restos de las cepas, hundiéndose en la tierra blanda, adelantado por hombres que gritaban con la bayoneta calada; el paso de las alambradas totalmente destruidas por las bombas: Para cuando los de enfrente reaccionaron, enhebrando alguna ráfaga suelta que casi no hizo carne, ya estaban en su parapeto, donde reinaba denso el olor a muerte. Tiraron un par de granadas por encima y, al agarrarse el páter y dos soldados para saltar lo que creían ser sacos terreros cubiertos de barro, el montón se desmoronó sobre ellos con un ruido blando y el requeté de su izquierda mostró asombrado lo que parecía haber sido un brazo humano: el parapeto estaba hecho de cadáveres ya medio podridos de los que salía la peste que respiraban. Al otro lado había más muertos despedazados –éstos recientes- y un tipo que lloraba intentando remeterse los intestinos en el vientre desgarrado; ése y otro que tiró el fusil y lo mataron a bayonetazos antes de que terminara de levantar las manos.

A quince o veinte metros, varios enemigos corrían hacia su retaguardia perseguidos por las balas carlistas; pero a la izquierda una ametralladora seguía disparando contra los que trataban de avanzar. Sólo ellos resistían, metidos en el embudo de una bomba, mandando una ráfaga tras otra mientras el resto se desbandaba; tal vez para cubrir la huida de sus compañeros, o por sentido del deber, o porque estaban copados sin escapatoria, o porque habían visto a los nacionales vengarse de su propio miedo matando a los primeros que intentaron rendirse, o –sencillamente- por reflejo.

El páter empuñó el fusil y se lanzó contra ellos, pero dos hombres lo agarraron y lo tiraron al suelo. Se debatió echando pestes impropias de un cura –incluso carlista- hasta que vio que uno de ellos era el sargento Escribano.

-- Páter, no haga el tonto, que ya ha hecho todo lo que tenía que hacer hoy.

Y el suboficial dirigió diestramente a sus hombres en un asalto de manual, emplazando una máquina que tiraba para tener ocupados a los del embudo, mientras un pelotón los envolvía por el flanco. Unas cuantas granadas hicieron el resto.

-- Pobres, la verdad…

Escribano no terminó la frase, señalando dos cuerpos que aún yacían tumbados bajo unas mantas dobladas –agujereadas de metralla- que habían sido su única protección contra el bombardeo.

Ahí, el páter pareció despertar. Había vivido el asalto como una película a cámara lenta, como una borrachera o una locura horrenda y frenética; pero ahora las cosas recuperaban de pronto la normalidad: el fragor del combate se apagó como si alguien bajara el volumen de una radio y los sonidos comenzaron a distinguirse, a separarse del ruido de fondo. Dio un empujón a un soldado de los nuevos, que seguía disparando un peine tras otro contra no se sabía qué mientras gritaba como un poseso. A dos pasos, unos rojos mugrientos, en camiseta, tiritaban acurrucados con las manos en la cabeza bajo la mirada ceñuda de un requeté que los apuntaba con el máuser. Escribano daba órdenes para que levantaran bien alta la bandera rojigualda y la del rey, mientras algunos soldados sacaban otras banderas que llevaban bajo la camisa y las sujetaban con piedras sobre las posiciones recién tomadas, para que los aviones las vieran bien, no los fueran a bombardear por equivocación ahora que ya habían ganado.

El fuego fue cesando poco a poco en todas partes hasta, de repente, hacerse el silencio; un silencio atronador apenas punteado por algún disparo suelto, de esos que te matan a última hora.

-- Escribano, ¿dices que ya he hecho todo lo que tenía que hacer hoy?

-- Claro, páter.

-- Pues no.

Y el cura, cubierto de barro y la guerrera salpicada de sangre ajena, se ajustó airosa la boina roja, subió a un montón de escombros a la vista de sus hombres, se volvió mirando hacia las líneas nacionales en general y a los prismáticos del teniente coronel en particular y, con toda parsimonia, les dedicó un corte de magas absolutamente litúrgico.

2/8/11

Los voluntarios del rey Don Carlos (V-VI)

 

5

Al mes de llegar el nuevo teniente coronel, jueves por la mañana, Arana y el páter estaban en la estación recogiendo a los fusileros enviados para cubrir bajas. El teniente –el oficial vivo más antiguo del Tercio, salvo el teniente coronel y los que habían venido con él- movía la cabeza desanimado, diciéndose a sí mismo: “carne de cañón”. Los nuevos, unos trescientos, bajaban del tren mostrando esa mezcla de acojono y fanfarronería propios de los reclutas que van a la guerra; pero sus maneras delataban el somero adiestramiento. El oficial miró al cura:

-- Éstos no saben ni ponerse la boina como es debido.

Un sargento y un par de cabos veteranos daban voces en el andén a los recién llegados para que se dejaran de gilipolleces y formasen a pasar lista. Todos eran muy jóvenes, de la quinta del biberón, y ni siquiera viajaban con su armamento. Los fusiles y las municiones venían en un vagón aparte, lo que decía mucho sobre la confianza que inspiraban a la unidad remitente.

-- Nos espera un trabajo de aúpa, páter.

En esas estaban cuando apareció un enlace de la plana mayor llevando la bicicleta del manillar. Miraba arriba y abajo del andén hasta que halló al teniente con la mirada y se acercó a él. Se cuadró:

-- A sus órdenes, mi teniente.

-- Baja la mano. ¿Qué hay?

-- Mi teniente, que dice el teniente coronel que se le presente usted ahora mismo. Que dice que el sargento Escribano se ocupe de los nuevos.

A los cinco minutos, Arana y el páter montaban los caballos que el machacas del teniente sujetaba de las riendas y se dirigían a trote corto al acuartelamiento. Había sido una suerte encontrar los dos jamelgos y poder requisarlos antes que los de Intendencia, porque debían de ser los últimos que los campesinos habían logrado mantener ocultos en toda la comarca. Un oficial carlista debe ir a caballo, coño, si no, ¿para qué es oficial?

6

Lo que el teniente coronel tenía que decirles superaba con creces las más lúgubres expectativas del teniente Arana:

-- Arana, hay que preparar a la gente nueva. Pasado mañana volvemos al frente. El general me ha preguntado si estábamos listos y le he dicho que sí.

Los dos se quedaron helados. Aún así, el teniente acertó a abrir la boca:

-- Con su permiso, mi teniente coronel… –el jefe hizo un movimiento displicente con la cabeza que podía interpretarse como “di lo que tengas que decir; pero rapidito, que tenemos prisa”- Mi teniente coronel: el páter y yo venimos de la estación. Acabamos de ver a los nuevos… están muy verdes para el combate.

-- Si nos los han mandado es porque han terminado el período de instrucción; así que ya son fusileros y están listos.

-- Mi teniente coronel, no tenemos oficiales, la segunda y la tercera compañía las mandan sargentos.

-- Arana, tienes hasta el sábado.

El jefe tomó de la mesa unos papeles, que debían de ser importantísimos, con aire de concentración y mojó la pluma en el tintero, sin mirarlos. No había más que decir.

-- A sus órdenes.

21/7/11

Los voluntarios del rey Don Carlos (II)

-2-

Dos meses y pico antes la cosa había sido muy distinta. Los rojos habían cruzado el Ebro en las narices de Yagüe, tan confiado como para no enterarse de los ingentes preparativos. Los nacionales habían salido corriendo y no habían conseguido frenar el empuje republicano hasta las afueras de Gandesa. El Tercio de Isaba estuvo entre los primeros refuerzos llegados de Extremadura; ochocientos cincuenta boinas rojas que lanzar al combate. Primero les tocó recibir los ataques más duros en torno a Gandesa, donde combatieron día y noche –a veces cuerpo a cuerpo- teniendo muchas bajas. Luego les ordenaron un ataque frontal contra una de las posiciones más fuertes del enemigo.

La mañana del primer asalto habían rezado el Rosario antes del alba y, con las primeras luces, el páter había visto partir a la sección de choque mientras los zapadores abrían camino entre las alambradas propias. Todos muy serios, con el casco calado hasta los ojos, la pala cruzada sobre el pecho y unas alforjas llenas de granadas. Los cuarenta hombres habían avanzado entre dos luces, encorvados, dispuestos a abrir brecha en las alambradas enemigas con sus pértigas rellenas de trilita.

Cuando los de choque iban por la mitad de la tierra de nadie, el resto del Tercio, desplegado en guerrilla, fue saliendo de las trincheras con la bayoneta calada. Ni silbatos, ni arengas; todos en silencio, inclinados, los más rezando entre dientes. Un soldado muy joven se quedaba atrás; miraba al frente aferrado al parapeto. El páter se fue a él:

-- ¿Qué te pasa, requeté?

El muchacho se giró. Sus lágrimas y la mancha que se extendía por sus pantalones respondieron por él.

- No quiero ir no quiero ir no quiero ir.

-- ¿Cómo que…? Cagón, tú vas con tus compañeros. Un requeté no tiene miedo porque Dios está con él.

-- ¿Por qué no va usted pues? – susurró el chaval.

El páter le pegó un bastonazo, lo agarró del cuello de la camisa y lo empujó hacia arriba.

-- Vete para allá, no nos avergüences a todos que te pego un tiro aquí mismo.

El soldado salió de la trinchera y dio dos pasos vacilantes; se irguió desorientado y, en ese instante, un borbotón de sangre floreció en su pecho. Cayó de espaldas y ahí se quedó, gimiendo por lo bajo. El tiro le había dado en todo el detente, observó el sacerdote.

Ese disparo pareció la señal. Las posiciones enemigas despertaron y el fuego de ametralladora, perfectamente organizado, empezó a cosechar entre las filas del tercio. Los de la sección de choque fueron los primeros; ninguno alcanzó las alambradas rojas.

El capellán, atisbando entre los sacos terreros, lo vio todo: los estaban esperando y los habían dejado alejarse de la protección de sus líneas hasta tenerlos bien a tiro. Algunos hombres se incorporaron y cayeron acribillados. El capitán de la primera compañía, pistola en mano, agitaba los brazos a derecha e izquierda gritando algo que no se oía, hasta que una ráfaga le dio de lleno. Los oficiales mandaban frenéticos cuerpo a tierra mientras la gente se derrumbaba en torno. Pronto todos estaban en el suelo. Los que corrían hacia retaguardia fueron abatidos. Las ametralladoras hacían tiro de siega sobre las cabezas de los soldados que intentaban fundirse con el suelo, buscando cobijo donde no lo había; poniéndose delante el cuerpo de un compañero muerto, o herido. La corneta tocó retirada, pero entonces empezaron los morteros a granizar sobre el tercio pegado al terreno, atrapado en tierra de nadie. Un silbido ominoso precedía al estruendo de platos rotos de los morterazos, que rompían con fragor unánime, lanzando sobre los requetés una lluvia de tierra y restos humanos. El páter, desesperado, rezaba en voz alta, invocando la protección de Dios sobre su rebaño. Pero aquel día Dios no lo escuchó.

La horrible situación duró dos horas. Les habían prometido una compañía de carros para apoyarlos, pero cuando los rojos destruyeron los dos primeros, los demás se acojonaron y salieron tarifando. El batallón que debía cubrir su flanco derecho, al ver la que estaba cayendo, ni salió de las trincheras. Cada vez que alguien intentaba retroceder, las ametralladoras lo disuadían y un par de morterazos le recordaban que iba a morir. Finalmente, el enemigo dejó de disparar. Los supervivientes comenzaron a arrastrarse hacia atrás, reptando de forma nada gloriosa. Uno se levantó y echó a correr hacia retaguardia. No pasó nada; entonces, los que podían, lo imitaron.

Al llegar a Gandesa habían formado ochocientos cincuenta voluntarios. Quedaban ciento cuarenta más o menos enteros; de los oficiales sólo había vuelto ileso un teniente de mirada enloquecida.

18/7/11

Los voluntarios del rey Don Carlos

 

1

-- ¡Cagoendiós!

El requeté no supo qué lo asustó más, si el chorreón de sangre o el guantazo que le dio el páter.

Fue imprevisto. El rojo de enfrente debía de estar loco para asomar la cabeza lo suficiente como para mirar hacia aquí y, no sólo mirar, sino apuntar y disparar con la precisión necesaria para volarle la cabeza a Ibáñez a cuatrocientos metros. El soldado había recibido en la cara el  chorro de sangre de su vecino de trinchera; pero el cura, sin duda por reflejo profesional, se fijó antes en la blasfemia.

Y es que las cosas habían cambiado. La gente ya no se apretujaba contra los sacos terreros rezando por lo bajo como hacía un par de meses, sino que se encaramaba al parapeto para contemplar a sus anchas el bombardeo de las posiciones enemigas. Las escuadrillas de trimotores italianos se sucedían sobre el campo de batalla llevando su cargamento mortal hasta las líneas republicanas. Volaban sobre el tiro de la artillería y, allá adelante, uno no distinguía las explosiones de sus bombas y los cañonazos.

El día antes, el páter había acompañado al teniente coronel a retaguardia, donde los artilleros, y había visto todos esos cañones alemanes nuevecitos. Cada batería tenía unas fotos panorámicas de las trincheras enemigas, con los objetivos señalados y las marcaciones encima. Su trabajo consistía en echar las cuentas: puntería recíproca sobre goniómetro de mando, tantas milésimas de elevación, tantas de deriva, y cargar y disparar, cargar y disparar, cargar y disparar. Tarea mecánica para gente experta, porque la Artillería –no así la Infantería- conservaba a sus veteranos sin verlos diezmados en cada batalla.

El resultado era el infierno para los de enfrente. Dos o tres Ratas habían aparecido en el cielo poco antes, revoloteando entre los bombarderos, y hasta habían derribado un Savoia, que se vino abajo perseguido por una nubecilla de humo; pero habían tenido que retirarse ante los Messerschmitt, que eran más. El enemigo estaba indefenso y no le quedaba otra que aguantar en sus agujeros hasta que escampara la tormenta y justo entonces, conmocionados por las explosiones, salir a enfrentarse a las bayonetas y las bombas de mano; por eso nadie esperaba que uno tuviera los huevos de asomar la cabeza, apuntar y cargarse a Ibáñez. Mientras los camilleros venían a por el cuerpo, el páter se dirigió al requeté blasfemo:

-- Y ahora, ¿qué? ¿Vas a ir al asalto en pecado mortal?

-- Hombre, páter…

-- Te absuelvo sub conditione. Si vuelves, te me confiesas.

-- Gracias, páter.

La guerra estaba haciendo tolerante al capellán. De momento, hasta llevaba casco.

14/6/10

Banderas victoriosas 11.

 

11.

El Ingeniero no había perdido el tiempo, todo hay que decirlo. No había vuelto a ver a Bocanegra desde que llegaron al campo, y se dedicó a localizarlo sin llamar la atención; cosa no tan fácil, aunque fueran varios miles de prisioneros, no sabía cuántos. Se decía que era pura curiosidad, que el cura le había despertado el interés por el personaje. Bueno. en todo caso, pasara lo que pasara, nada perdía con tenerlo controlado; al menos, saber en qué barracón estaba.

Y lo localizó. Quieras que no, era perro viejo y conocía a mucha gente. Lo que no quería era cruzar con él ni una mirada. Quería olvidar lo del tren. Todos querían olvidar aquel viaje en tren, cuando no eran hombres; pero él tenía sus propios motivos. Prefería concentrarse en que el tal Bocanegra era un exponente de lo peor del lumpen, recordar cuando él mismo había estado a punto de pegarle cuatro tiros. También intentaba recordar cuando él –Méndez- era un proletario consciente, o sea, que tenía consciencia de clase y leía libros y tal. Aunque verte a tí mismo como proletario consciente mientras ayudas a un cura a decir misa y tratas de borrar de tu mente en qué barracón está un tipo concreto, no es tan fácil como parece. También es verdad que sabía de sobra lo que le podía pasar si cantaba y alguien se enteraba. Eso era una ayuda, claro: puestos a morir, prefería morir ante el pelotón de fusilamiento y quedar bien, que ahogado por la noche o vete a saber cómo, como mueren los bocazas. El cabrón del páter parecía que le leía el pensamiento mientras le ayudaba a quitarse la casulla.

-- A ver, Ingeniero, si tienes canguis de que alguien se entere, yo me encargo de que te trasladen lejos, a un batallón de trabajo, a la otra punta de España, a Cádiz, por ejemplo.

Méndez no tenía familia. Cuando empezó la guerra tenía veintiséis años y no había llegado a casarse; ni siquiera tenía novia. O sea, novia, novia. Sus padres habían muerto en un bombardeo, que ya es mala suerte; pero eso le dejaba libre y le hacía más fácil tomar decisiones decentes. Sin familia, es más fácil mantener cierta dignidad: no piensas en tu mujer ni en tus hijos. No tienes esa necesidad de volver a ver a alguien, de preocuparte por ellos, por si tendrán para comer, por si tu mujer tendrá que hacerse la encontradiza con alguno para sacar unos cuartos o algo de comida para los niños… En su caso, no tener hijos le permitió decidir que no les iba a dar ese gusto. Si tenían que fusilarlo, que lo fusilaran; pero no podrían convertirlo en un traidor, en un puto chivato. No era por Bocanegra, era por él mismo, por su honor.

Tomó su decisión. Iba a callarse.

4/6/10

Banderas victoriosas 7.

 

 

El relato entero está en el almacén de la barra virtual.

7.

El páter le había dicho que le iba a contar una cosa. Sacó un sobre del legajo, un sobre de buen papel, que tenía un membrete con un escudo muy raro, una especie de sombrero con borlas, y del sobre sacó un papel.

-- Esta carta es del sacerdote que confesó al padre Manuel y le dio la Extremaunción antes de que se muriese. Habla de ti.

Méndez se quedó pasmado. La idea de tener algún lugar en la correspondencia de los curas le resultaba totalmente irreal. Parecía que el páter estaba dispuesto a leerle la carta, pero se lo pensó mejor y se la alargó por encima de la mesa. La cogió. Leyó:

Querido hermano en Cristo: –decía la carta- El día siete próximo pasado, administré los Santos Óleos y oí en confesión a nuestro hermano Manuel, párroco que fue de la Iglesia del Buen Suceso de Madrid antes de la Cruzada. Nuestro hermano tenía un caso de conciencia que quiso compartir conmigo y que, en lo esencial, era el siguiente:

En el mes de agosto del treinta y seis, cuando la barbarie marxista campaba por sus respetos en Madrid y tantos hermanos nuestros en el Señor alcanzaron la palma del martirio por causa de la Fe a manos de los rojos, el padre Manuel, que se había ocultado en casa de una feligresa, la portera lo denunció y fue detenido por una banda de facinerosos comunistas y llevado a la cheka de Moratines. Según me contó, después de padecer toda suerte de vejaciones a manos de los rojos, lo sacaron de madrugada junto con otros desventurados. Él sabía perfectamente lo que eso significaba, es decir, que los iban a conducir a las afueras para fusilarlos. Me dijo que tuvo miedo, lo que es humano, pues no todos estamos llamados a aceptar pacíficamente el martirio, no ya a la muerte en sí, que significaba la unión con Nuestro Señor, sino porque había oído contar verdaderas atrocidades perpetradas sobre los sacerdotes por las milicianas antes de la ejecución. Al parecer, cuando salía con los otros desgraciados, paró junto a la puerta un automóvil pintado con consignas marxistas y las siglas de la UGT, un Studebaker, me concretó el padre Manuel, y del mismo descendieron unos milicianos. Nuestro hermano reconoció a uno de ellos, precisamente el que parecía ser el cabecilla, y lo llamó por su nombre.

Según me contó el padre Manuel, a ese miliciano lo conocía del barrio en que ejercía su Sagrado Ministerio y que, incluso había tratado de hacerlo volver a la Fe en alguna conversación. Aquí nuestro hermano me confesó que le conocía de una taberna del barrio en la que en ocasiones coincidían antes del Alzamiento, pues era regentada por la madre de la muchacha que realizaba las labores de limpieza en la casa rectoral. También me confesó nuestro hermano que, en aquellos tiempos, él tenía una predisposición tal vez excesiva al vino que se expendía en dicho establecimiento y que por ello, y porque no le cobraban, lo frecuentaba; igual que, al parecer, hacía el miliciano, y que fue precisamente en alguna de aquellas ocasiones cuando había hablado con él llegando a abordar el tema de la Religión.

Pues bien, el tal miliciano al verse así interpelado, se dirigió al jefe de los chekistas que conducían la cuerda de presos al martirio y le dijo que a ése se lo llevaba él, que era de su pueblo y que era cosa suya; dando a entender que había algo personal entre ellos, a lo que los chekistas accedieron entre chanzas de grueso calibre. Todo esto según me contó el padre Manuel. Según parece, los esbirros de la UGT metieron a nuestro hermano en su auto y lo llevaron hasta un lugar cerca de las Cortes. El miliciano le dijo al padre que se bajara y que llamara a la puerta de una casa, que luego resultó ser de la Embajada de Chile, que dijera quién era y que le tratarían como correspondía a su Sagrado Ministerio. Gracias a eso, salvó la vida.

El padre Manuel me dijoque le había preguntado al rojo su nombre para tenerlo presente en sus oraciones, a lo que el rojo había respondido que sí, que buena falta le iban a hacer, dadas las tristes circunstancias de bélica conflagración, aunque también le dijo, por lo visto, que seguía sin creer en Dios. El caso es que se lo dijo su nombre. El padre Manuel se acogió a la embajada y, mal que bien, sobrevivió hasta que las tropas Nacionales liberaron Madrid. En ese tiempo, confortó espiritualmente a los refugiados en el recinto diplomático y yo creo que, auxiliando con su Ministerio a tantas almas en peligro, se redimió de no haber aceptado el martirio cuando su hora parecía ser llegada.

El miliciano se llamaba Martín Méndez Tirado, alias El Ingeniero, nacido en San Martín de Valdeiglesias, provincia de Madrid; era de la UGT, del sindicato de la construcción, y vivía en la calle Desengaño. Lo último que supo el padre Manuel, que no dejó de interesarse por su salvador, era que se había alistado con los comunistas del Quinto Regimiento. Nuestro hermano me recomendó muy mucho a este hombre, rogándome por la salvación de su alma que, si estaba en manos de la Santa Madre Iglesia, que salváramos su vida, ya que se sentía en deuda con él.”

Al llegar aquí, el páter se estiró sobre la mesa y le quitó la carta a Méndez.

-- Ya ves, hijo mío. Tienes valedores en las filas de la Santa Madre Iglesia.

Méndez se había quedado de piedra. El cura ese borrachín de su barrio, el que quería tirarse a la Mati, la del tasco; que siempre le decía que así no iba a ninguna parte, que se confesara con él, que iba a ir al infierno, y todo eso… ¡Joder!, ¿cómo iba a dejar que se lo cargaran? Y ahora… Mira tú, ¡andá la hostia…!

26/5/10

Banderas victoriosas 4.

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4

Méndez había seguido dócilmente al páter hasta su despacho, al lado de la capilla. La capilla era sólo para los fachas, claro. A ellos les hacían oír misa formados a la intemperie, así cayeran chuzos de punta. A veces, en medio de la celebración, alguno se derrumbaba y se quedaba allí tirado porque los demás tenían prohibido moverse. Algunos domingos, cuando el cura decía lo de “ite, misa est”, lo que había en el suelo era un cadáver.

El comandante páter se quitó la boina roja y la dejó sobre la mesa. Méndez observó que era muy bonita, y antigua, seguro: por arriba tenía un arabesco de galón de oro viejo alrededor del nacimiento de la borla, también de oro oscurecido por los años. El páter abrió un archivador, sacó un legajo y una botella de coñac; se sirvió una copa y se sentó detrás de su escritorio.

-- A ti te llaman el Ingeniero, ¿no?

-- A veces, mi comandante.

-- Páter, hijo mío, llámame sólo páter. Ahora no estoy haciendo de comandante, sino de cura.

-- Lo que usted diga, páter.

El sacerdote revisó el expediente sin prisa. Méndez vio de refilón hojas escritas a mano con diferentes caligrafías, formularios oficiales rellenos a máquina con tinta de color morado. Sin levantar la mirada, el páter le preguntó:

-- Tú estabas en Madrid cuando el Alzamiento, ¿verdad?

-- Sí, páter.

A Méndez se le dispararon todas las alarmas.

-- Eras de la UGT. –No preguntaba: afirmaba- Tú participaste en las perrerías que hacían los milicianos a la gente de bien. Estuviste cuando quemaron la Iglesia de San Miguel.

A Méndez empezaron a sudarle las manos. Recordó aquellos días de verano en el treinta y seis, cuando Madrid era un caos; cuando cualquiera con carné de un sindicato y una pistola era dios en la calle. Recordó a los curas entrando a culatazos en una camioneta. Recordó a sus compañeros, borrachos perdidos, haciéndose fotos con las casullas puestas mientras la iglesia ardía. Una de las fotos la hizo él mismo, que también estaba borracho. Los curas tenían la culpa de la situación de España, del atraso, de la opresión del proletariado, eso lo sabía; pero le jodió que quemaran la iglesia. Para él, como sindicalista, lo suyo habría sido incautarla: era patrimonio del pueblo.

El páter hojeó un par de papeles más.

-- Estuviste en una saca de la Modelo, en agosto del treinta y seis. –Por fin, levantó la vista y lo miró- Esto acaba de comprobarse.

Adoptó inconscientemente la posición de firmes. El cura le miraba fijamente, buscando sus ojos, que Méndez le hurtaba.

-- Así que te van a fusilar, ya te lo digo.

Intentó mantener la calma, pero el corazón le golpeaba el pecho cada vez más rápido. A duras penas conseguía reprimir el temblor que trataba de apoderarse de su cuerpo y robarle el último resto de dignidad que le quedaba. ¿Qué quieres?, era cuestión de tiempo. Lo sabía desde la retirada del Ebro. Desde que lo mandaron al campo de concentración en vez de fusilarlo en cualquier cuneta, estaba esperando este momento. En los barracones se cuchicheaba, cuando cada equis tiempo caras nuevas iban sustituyendo a los que se llevaban y nunca volvían: que tienen expedientes que viene todo, que preguntan a tus vecinos de antes de la guerra, que la gente delata a cualquiera, que todo el mundo dice lo que los falangistas quieren que les digan para que  la dejen en paz; que si el padre de Fulanito delató a Menganito para que no fusilaran a su hijo, aunque al final lo fusilaron igual, que si…

-- ¿No dices nada?

-- ¿Qué voy a decir?

-- Páter.

-- ¿Qué voy a decir, páter?

El cura se arrellanó en la butaca mirando su coñac con mucho interés. Dio otro sorbo y comenzó a liarse un pitillo. Lo que faltaba. Se iba a poner a fumar delante de él, para joderle más. Seguro que el muy cabrón lo hacía para ponerlo aún más nervioso. Se encendió el pitillo y preguntó, como quien no quiere la cosa:

-- ¿Tú conoces a uno que le llamaban Bocanegra?

Lo pilló tan de sorpresa que esta vez la mirada del páter encontró la suya. Supo que el cura lo había calado, maldita sea. Sus ojos lo delataban.

-- ¿Bocanegra? … Por ese nombre no me suena, páter.

¡Bocanegra! Menudo hijoputa el tal Bocanegra. Un cabrón de esos que habían soltado de la Modelo en julio del treinta y seis para hacer sitio a los fachas. Había conseguido un carné de la FAI y se había dedicado a hacer barbaridades por todo Madrid con una banda de hijos de la gran puta como él, todos delincuentes comunes recién liberados. Si Méndez hubiera tenido mando, los habría fusilado a todos sin pestañear.

-- No te suena… la voz untuosa del páter parecía decir: “qué lástima”- Bueno… Y… ¿te suena el padre Manuel?. el padre Manuel, de la Iglesia de Buen Suceso.

Méndez pensó a toda velocidad. No. No le sonaba. Por lo menos él no había fusilado a ningún cura, que él supiera.

-- No, páter, tampoco. – Esta vez no mentía.

-- El padre Manuel murió hace unos días, Ingeniero.

Eso alivió a Méndez. Por lo menos, no podían decir que lo había matado él. Pero, ¿para qué coño le preguntaba eso el cura, si ya le había dicho que lo iban a fusilar?

-- Te voy a contar una cosa… –el páter pareció dudar un instante- Siéntate. –Señaló el tabaco y el librillo, que estaban sobre la mesa- Líate un pitillo.

Era la primera vez que alguien le decía que se sentara desde que estaba preso. Fue incapaz de reaccionar y siguió allí de pie, como un pasmarote.

-- Siéntate, coño. –Empujó hacia él las cosas de fumar.

Se sentó en el borde de la silla y se lió apresuradamente un cigarro. El páter le tiró una caja de cerillas. Lo encendió y aspiró con avidez.

24/5/10

Banderas victoriosas 3.

 

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3

Sentado sobre un par de ladrillos que lo aislaban un poco de la humedad del suelo, Méndez untaba con un pedazo de pan mohoso el aguachirli que quedaba en la marmita. El rancho consistía en un caldo de nabos donde, si tenías suerte, pillabas flotando un indicio de patata, y medio chusco de pan. Una ración cojonuda para tíos que se pasaban el día picando piedra y explanando para hacer una carretera. Bueno, al fin y al cabo, se trataba de cargárselos sin hacer mucho ruido. Para eso, estaba bien.

Mientras trataba de no desperdiciar ni una partícula de comida que ayudara a mantener su cuerpo en funcionamiento, rumiaba lo que el páter acababa de decirle. Su rumiar fue interrumpido por la aparición de Valdés y Avelino, dos de su pelotón, que venían rebañando las marmitas con los dedos.

-- ¿Qué pasa, Ingeniero, qué tal de monaguillo?

-- Iros a tomar por culo.

-- ¿Te has confesado? Seguro que le has mentido al páter, si sigues vivo. ¿Te ha metido mano?

-- Que os vayáis a tomar por culo, joder. Bastante tengo ya con lo mío.

Sus dos compañeros lo miraron con sorna y se marcharon riéndose por lo bajo. La verdad es que reírse ahí, en el campo de concentración y con ese frío, tenía su mérito, hay que reconocerlo; pero la imagen de Méndez ayudando a misa vestido de monaguillo era para partirse, ¿o no?

El Ingeniero los miró alejarse y siguió pensando. Nadie lo sabía, claro, pero su humor tétrico no venía del ridículo que iba a hacer meneando las campanillas en misa, sino de lo que el cura le había propuesto en su despacho. Estaba acojonado. No era cobarde, lo tenía acreditado; pero, acojonado, estaba.

18/5/10

Banderas victoriosas 2.

 

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2

TARARIIIIIIÍ TÍ.

Ras, pum. El batallón se puso firmes. Así empezaban el día: después de pasar lista les hacían cantar el Cara al Sol. Los hijos de puta, sólo para joderlos.

-- Venga, rojos de los cojones, quiero oíros bien alto.

Y, hala, todos cantando de mala leche no sé qué mamonada de una camisa que una tía le había bordado a su novio falangista. Lo único, que ahora tenía su punto, porque cuando venía aquello de “volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz”, de pronto, todo el batallón subía el volumen y esos dos versos los cantaban a voz en cuello. El capitán era tan gilipollas que no se daba cuenta de lo que pasaba. Igual se creía que es que al llegar ahí empezaban a admitir que Franco era la hostia, o algo. Modestia aparte, era Méndez quien había empezado a hacerlo una mañana que estaba, como siempre, hasta los huevos de congelarse ahí, firmes en el patio. Al llegar a lo de las banderas victoriosas, se había imaginado la bandera tricolor y vociferó “volverán banderas victoriosas al paso alegre de la paz”. Al día siguiente fueron varios de su pelotón y al poco tiempo lo hacían todos. Esas chorradas te permitían creerte que aún conservabas un resto de dignidad.

Ahora sabía por qué nunca había ido a Burgos antes de la guerra. Ya lo decían, que Burgos tiene dos estaciones: el invierno y la del tren. Joder, qué frío. Los fachas habían puesto el puto campo de concentración en medio del páramo sólo para que, el que no la diñase de hambre, la diñara de frío. Cuantos más la diñaran, más pasta se embolsaría el capitán por las plazas de rancho. Y además se ahorraba fusilarlos.

Esa mañana, apareció el cura –el páter, tenían que llamarlo- un tipo alto y siniestro, con sotana negra, boina roja con borla dorada y una galleta en el pecho con la estrella de comandante. Se dirigió al capitán, que le saludó, y le dijo algo. El capitán asintió y se volvió hacia los presos.

-- A ver, rojos de los cojones, (no tenía un vocabulario muy surtido, el hombre) ¿alguno de vosotros sabe escribir a máquina?

Bueno. La ocurrencia del día. Bigotito, fusta, el cuello de la camisa azul asomando sobre el de la guerrera, con la manga izquierda, vacía, recogida con un imperdible, debía creerse que era un tipo ingenioso. La verdad es que siempre había algún pardillo que picaba: se alzaron dos brazos.

-- Venid para acá.

Dos presos salieron de la formación y se adelantaron. Se cuadraron ante el oficial, que se puso a dar vueltas a su alrededor, mientras los dos empezaban a pensar que en qué hora habrían aprendido a escribir a máquina.

-- Os creéis muy listos, ¿eh?

Silencio.

-- Os estoy hablando, rojos de los cojones. Os creéis muy listos, ¿no?

-- No, mi capitán.

-- ¿Cómo que no?, ¿qué pasa, que no sé lo que me digo?

-- No, mi capitán… sí.

Ya los había liado, ¿había que decir que sí, o decir que no, o no decir nada? Lo miraron desconcertados. El tipo levantó la fusta y se lió a hostias con el que tenía más cerca. Con la vena del cuello hinchada, le golpeaba con una rabia inesperada, jadeando, hasta que se derrumbó en el suelo, donde siguió dándole patadas hasta que el preso ya no se movió. El cura tampoco. Ni nadie.

Méndez ya se había dado cuenta de que el tío no sólo era un hijoputa, sino que estaba completamente loco. Le habría encantado poder pegarle un tiro. El capitán se metió por la formación, como buscando algo, mientras todos seguían en posición de firmes, mirando al frente y pensando furiosamente, “que no se fije en mí, que no se fije en mí”. Pero tuvo que fijarse precisamente en él. Claro: las gafas. Era el único que llevaba gafas; con un cristal rajado y una patilla sujeta con esparadrapo, pero gafas. Las gafas son un inconveniente en la guerra; pero, cuando estás en un campo de concentración, es aún peor: siempre se fijan en ti.

-- Tú, ven para acá.

-- A sus órdenes, mi capitán.

-- El páter necesita uno que le ayude a misa. Tú, que tienes pinta de intelectual, ¿sabes Latín?

-- No, mi capitán.

-- Pues has tenido suerte, porque a un rojo que sepa Latín, lo fusilo ipso facto. A ver, ¿de qué va a saber Latín un rojo?

Méndez siguió firmes, rígido, mientras una gota de sudor le corría –helada- por la espalda. El capitán le dio un empujón con la fusta.

-- Ahí lo tiene, páter. Tenga cuidado con éste, que parece un intelectual.

Lo decía como si tuviera la peste o algo así.

14/5/10

Banderas victoriosas

Cuando terminé “El búnker de Conil”, me di cuenta de que le había cogido gusto al asunto y, como quien no quiere la cosa, empezaron a venirme temas a la cabeza. Aquí va el siguiente relato. Como queda dicho, no pretendo una narración histórica; sólo una narración verosímil.


1

Sonaron tiros en la puerta. El sargento Méndez se incorporó de golpe sin sentir el trallazo de la herida en el pecho. Fuera, gritos, golpes, confusión. La enfermera lo miró aterrorizada. Sus miradas se cruzaron un instante. Méndez saltó de la cama y se tiró por la ventana. Ella se quedó de pie en medio de la sala.

Se despertó jadeando. Aunque tenía los ojos abiertos, no vio nada. Por un momento pensó que se había quedado ciego; pero no, sólo era de noche. Respiró hondo sin quitarse de la cabeza los ojos de la enfermera. Era una tía maja, nunca supo su nombre. Era guapa, les cuidaba bien y Méndez debía de haberle caído en gracia, con su herida en el pulmón –un tiro limpio, sedal que decían los médicos- porque una noche se acercó a su cama y le hizo una paja silenciosa. Ahí seguían sus ojos, congelados en la oscuridad del barracón.

Ya sabía lo que venía después. Él escondido en un matorral, oyendo los gritos de la muchacha mientras los moros la violaban uno tras otro y la destrozaban con las bayonetas. Luego, más tiros y, después, dos fusileros que decían:

-- Aquí hay uno, mi alférez.

Y nada más. Se había despertado en el mismo hospital, con la diferencia de que ya no era camarada sargento, sino puto prisionero.

Hasta que un tiro lo mandó a retaguardia, Méndez había sido sargento de Ingenieros en el cuerpo de ejército de Tagüeña y se había pasado la batalla del Ebro tendiendo pasarelas sobre el río, luego fortificando cotas y, después, tirando las mismas pasarelas que había hecho antes. En el treinta y seis era maestro de obras y de la UGT. Cuando los fachas se sublevaron en Madrid, salió corriendo y se unió al tropel de gente que venía por la Corredera Baja, Tudescos y Desengaño a la calle de la Luna, do estaban los Sindicatos, para que le dieran un fusil y, de ahí, a Plaza de España, desde donde bombardeaban el cuartel de la Montaña con dos piezas del siete y medio. Cuando tomaron el cuartel, entró con su máuser en la mano junto a uno de Asalto. En el patio, sentados a una mesa, había varios oficiales que, según llegaban ellos, se dieron la mano y se pegaron un tiro en la cabeza.

Milicias, paseos por Madrid en el coche de unos señoritos enarbolando fusiles por las ventanillas; Guadarrama, la Universitaria, las barricadas de la calle Segovia… hasta que se apuntó al Quinto Regimiento. Lo único que, como era de la construcción, enseguida lo mandaron a Ingenieros.

Contuvo el aliento escuchando los ruidos del barracón. Los ruidos de ciento y pico tíos durmiendo: el vaivén de las respiraciones, el crujido de uno que se daba la vuelta en el jergón, alguien que rezongaba en sueños, otro que se masturbaba pensando en sabe dios quién, toses. Sabía que después de soñar con la enfermera ya no podría dormirse y, en efecto, así fue, La corneta tocando diana lo sorprendió despierto.

24/11/09

El búnker de Conil (XII)

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El capitán De la Cuesta Paseaba por la chabola con los pulgares metidos en el cinturón y dando caladas al pitillo cuando Cano entró. Los oficiales y sargentos estaban de pie, fumando mientras le esperaban. El capitán le hizo un gesto de reconocimiento y apoyó los nudillos en la mesa.

-- Bueno. Pues ya está. De momento no hay desembarco, ni nada. Dice el coronel que ya no estamos en alerta, que no van a venir.

Lo decía como cabreado.

-- Así que, nada: vida normal. Que la gente descanse y que se relaje.

Cuando Cano fue a salir, después de los oficiales, le agarró de la manga para retenerlo.

-- Carlos, tenéis tres días de permiso tú y tu gente. Y puedes olvidarte del puto búnker.

El capitán esbozaba un rictus facial que trataba de recordar una sonrisa. Parecido al que distendió los rasgos del sargento. Cano dudó un momento.

-- Mi capitán… ¿Qué coño ha pasado?

Muchos años después, el general De la Cuesta sabría que aquellos días la diplomacia británica había estado haciendo horas extras hasta convencer a Franco de que lo más práctico era llevarse bien, salvo que pensara que podía seguir al mando después de perder Canarias y de que su hambrienta y arruinada España se quedara sin petróleo ni cereal. Y que esos tejemanejes de los políticos les habían salvado el pellejo. Pero aún estaban en noviembre del 42 y era sólo capitán. Los capitanes no saben esas cosas.

-- Ni puta idea.

Cano saludó y salió.

Mientras bajaba hacia la playa por última vez, con las manos apoyadas en el naranjero colgado del pescuezo, pensando en darse una vuelta por Barbate, vio al Ingeniero, con los demás presos y sus palas.

Se miraron. Cano negó con la cabeza sin poder quitarse la mueca sonriente de los labios.

-- Otra vez será.



Fin

2/11/09

El búnker de Conil (IV)


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4


-- …Así que… lo dicho. Estar atentos que nos pueden dar el susto en cualquier momento. A ver, preguntas.

El capitán De la Cuesta se echó las manos a la espalda y los miró con el pitillo en la boca. El sargento Cano tenía preguntas, pero era consciente de que era sargento y que tenía dos tenientes y dos alféreces por delante. También era consciente de que todos sabían que había estado con el capitán en Rusia y no quería que por eso pareciera que se saltaba el tema jerárquico. Miró de reojo a su teniente, Martínez. El teniente Martínez carraspeó.

-- Dime, Martínez.

-- Mi capitán, el búnker de ahí abajo… –miró al sargento- donde está el pelotón de Cano, está ahí solo… Vaya, que no tiene cobertura.

-- Ya, ¿y?  Se supone que Ingenieros tiene previstos dos nidos de ametralladoras que crucen fuegos con ellos.

-- Sí, mi capitán, pero van a tardar un huevo en hacerlos.

El capitán De la Cuesta lo despachó con un ademán impaciente que venía a significar: “hacedme preguntas que yo pueda contestar, no me vengáis con gilipolleces.”

El teniente de la sección de armas –Ortiz- se acercó al plano que había en la mesa, con las defensa marcadas y lleno de signos con lápiz azul, según se iban completando. Hizo un gesto con la mano hacia el Oeste.

-- Mi capitán. Lo que yo digo es… ¿qué coño van a hacer los americanos y los ingleses desembarcando por el Estrecho que lo tenemos todo fortificado? Yo, la verdad, desembarcaría por Huelva, que no hay nada de nada.

-- ¡Hombre, Ortiz!, ¿te han ascendido a general y no me lo has contado? ¿Ha hablado Vuecencia con Capitanía? ¿El Caudillo sabe todo esto que me está contando Vuecencia?

-- Joder, mi capitán…

-- Vamos a ver: yo soy un capitán de Infantería. vosotros sois los mandos de mi compañía. Tenemos asignado un sector, un sector de compañía: pequeñito. si os digo que me hagáis preguntas, se entiende que digo preguntas que yo pueda contestaros. Preguntas de lo que nosotros tenemos que hacer, que no es poco. Si quieres, le escribes una carta a Franco, o le mandas un telegrama, y que te conteste él.

El teniente Ortiz se calló. Ahora, ya, el sargento Cano pensó que podría preguntar él.

-- Mi capitán, ¿se sabe algo de los de Intendencia? Lo digo por las botas. Los chavales las llevan de tercera vida y van que da asco verlos.

-- He llamado al capitán Hontoria, el de Intendencia, esta mañana y me ha jurado por sus muertos que llegan esta semana. –Hizo una mueca que significaba: “¿más cosas?” – Cano le miró significativamente, pero no dijo nada.

-- Mirad. Lo que está claro es que no pueden pasar el Estrecho tranquilamente, que es lo que quieren. Para eso están las baterías del treinta y ocho con uno en Punta Paloma, que son nuestra baza principal. Así que tendrán que desembarcar, porque hasta que no las tomen no pueden pasar. Para eso estamos nosotros aquí: para que no desembarquen.

El teniente Ortiz, como vio el tema distendido, volvió a lo suyo:

-- Sí, mi capitán, pero como desembarquen por Huelva, que es lo que yo haría, se plantan en Despeñaperros en un pis pas.

-- Sí, hombre, y, ¿qué se les ha perdido en Despeñaperros?

-- Nos copan. Nos cortan las comunicaciones con el Centro…

-- Vale, Napoleón. Venga, señores, a trabajar.

29/10/09

El búnker de Conil (III)





3


El sargento Cano subió el acantilado echando pestes. Volvía a dolerle la pierna derecha por la puta humedad (Tenía en ella dos heridas: una esquirla de metralla de Brunete, que aún seguía por ahí dando vueltas, y un bayonetazo ruso, de Possad) Arriba, un pelotón de rojos bastante harapientos –más aún que sus soldados- se dedicaban a encofrar unas trincheras bajo la vigilancia de un soldado con la bayoneta calada. Los dirigía uno con gafas que –suponía Cano- habría sido albañil antes de la guerra, o ingeniero, cualquiera sabe, por las gafas. En todo caso, parecía bastante apañado.

Al pasar Cano, el soldado se cuadró llevándose la mano al pecho y los rojos se pusieron firmes. Cano se llevó distraído la mano al gorro.

-- Venga, venga, a trabajar.

El rojo de las gafas se le cuadró:

-- A sus órdenes, mi sargento.

Cano le miró con sorpresa. Qué raro que un preso se dirigiera a él.

-- Dime.

-- Mi sargento, ¿es verdad que vienen los americanos?

Cano estudió la cara del rojo buscando un rastro de esperanza, o de cachondeo. No lo encontró. Lo tenía visto de los últimos días. Era competente dirigiendo el trabajo y Cano apreciaba a la gente competente. Tenía más o menos su edad, pero en vez de estar pelándose de frío en Rusia, el último año debía haberlo pasado en uno de esos campos de concentración o vaya usted a saber dónde.

-- ¿Y a ti qué te importa?

-- Hombre, mi sargento. Se habla…

-- Ni puta idea. Tú a lo tuyo, que en boca cerrada no entran moscas.

Se giró bruscamente y siguió su camino.



27/10/09

El búnker de Conil (II)


2



TACATAC TACATACATAC TACATAC


Ráfagas cortas. Tres o cuatro tiros, no más. El cabo Expósito, mirando por los gemelos con retícula del sargento –de la Wehrmacht, Zeiss: cojonudos- dirigía el tiro de una de las ametralladoras. Le gustaban las ametralladoras. Como decía el sargento, tenían su técnica.

-- ¡Quince a la izquierda, Feli! –vociferó, porque dentro del búnker ya les pitaban los oídos del ruido-

El soldado Felisardo giró el tambor graduado de la máquina y apretó el manillar: TACATACATAC.

-- Un pelín más a la izquierda.

TACATACATAC TACATATACATAC

Las botellas saltaron hechas añicos. El cabo Expósito palmeó la espalda a los servidores de la ametralladora, o sea, de la máquina. No se lo ponía fácil el sargento, joder: darles a unas botellas a más de cien metros.

-- Muy bien chavales –el sargento Cano esbozó lo más parecido a una sonrisa que era capaz de esbozar- ¿veis como es fácil?

Más nos vale no tener que disparar de verdad”, pensó el sargento Cano. La verdad es que no le gustaba nada, pero lo que se dice nada, esta posición. Vale que el búnker era de puta madre, muy bien hecho. Ahí, los de Ingenieros se habían salido: todo de hormigón, con muros de un metro de espesor y forrado de piedras por fuera para camuflarlo con el acantilado. Tenía dos pisos: arriba, el emplazamiento de las piezas contracarro y abajo las ametralladoras, con tres troneras, una a cada lado, que cubrían la playa de enfilada, y otra en medio, hacia el mar. Como piezas contracarro no había, la parte de arriba la usaban de observatorio y de camareta.

Desde luego, si los ingleses o los yankis desembarcaban, les iban a hacer un destrozo del copón: les iban a matar un montón de gente; pero el sargento Cano tenía claro que de ahí no salían. La única puerta del búnker daba a una rampa lateral y luego había que coger el camino que subía el acantilado. Y a ver quién subía por ahí con los ingleses en la playa.

O sea, que el sargento Cano tenía claro que, si la cosa les pillaba en el búnker, ellos iban a cumplir como buenos cargándose a todos los que pudieran y luego la iban a cagar bien cagada; porque cuando se asalta un búnker con lanzallamas –que es lo propio, él lo había hecho- lo que pasa es que te achicharran vivo y, una vez achicharrado, no se te puede ni hacer prisionero. Así que, por más valor acreditado –destacado, ojo- que tuviera y por más Cruz de Hierro y Rusia y cabeza de puente del Wolchow, esperaba que el desembarco (si llegaba) no les pillase en su rotación.

Estaba en esas cuando sonó el teléfono.

-- Mi sargento: el teniente.

-- A sus órdenes, mi teniente. Sin novedad.

-- Cano, vente para la compañía, que el capitán quiere hablar con los mandos.

-- A sus órdenes, mi teniente. El sargento Cano le devolvió el auricular al telefonista y sonrió satisfecho. “Los mandos”: el teniente lo respetaba. El chaval se sentía un poco fuera de lugar, pero hacía esfuerzos. Estaba recién salido de la Academia y se veía encajonado entre el capitán y él, dos perros viejos con mucha, pero que mucha mili. el capitán le tenía mucha confianza a Cano, porque los dos habían estado juntos en Rusia y los dos habían estado a punto de palmar en Possad hacía poco, tirando contra los rusos con todo lo que tenían a mano.

El búnker de Conil (I)

Igual que Canarias o el Pirineo, la costa de Cádiz está llena de búnkers, que ahora está catalogando la Junta de Andalucía. La gente suele relacionarlos con la guerra civil, pero son de la segunda guerra mundial. En Cádiz, igual que en Canarias, se construyeron en previsión de una más que hipotética invasión aliada.


Dicha invasión pendió de un hilo en 1942 porque los aliados necesitaban la inactividad española para lanzar la operación Torch, el desembarco en el norte de África, que sustraería Marruecos y Argelia al control de la Francia de Vichy, cogiendo a los ejércitos alemán e italiano entre dos fuegos, ya que la flota de invasión de Argelia debía concentrarse en aguas de Gibraltar, al alcance de las baterías de costa españolas.


En noviembre de 1942, Franco, en la práctica, cambió de bando, que tonto no era; pero la gente no lo sabía y el régimen continuó con su parafernalia habitual.


Ya había tenido la idea en el año 2001, en la batería de costa de Bolonia, pero dormía el sueño de los justos hasta que hace año y pico, paseando por las playas de Conil, encontré un búnker que me gustó y decidí inventarme su historia. Primero, de acuerdo con mi natural neurótico, comencé a documentarme compulsivamente sobre las defensas costeras de Cádiz durante la SGM, enredándome de mala manera en el asunto, hasta que un amigo que estaba al tanto me dijo una noche en la B.F.I.: “Joder, Pcbcarp, que es un cuento, ¿no?”


Mágico: Pasé de documentarme y me puse a escribir una historia que, aunque falsa y llena de licencias literarias, fuera verosímil. 


Es ésta:








El Búnker de Conil



1


El verano del cuarenta y dos se iba acabando mientras el cabo Expósito miraba el mar. En la playa, su pelotón chapoteaba en pelotas partiéndose de risa. Bueno –se dijo- por lo menos en este destino de mierda te puedes bañar si te gusta. Lo malo es que al cabo Expósito no le gustaba bañarse. Era más bien de la Meseta y el mar le daba mucho respeto: no sabía nadar.

A cambio, sabía leer y escribir; por eso lo habían hecho cabo. Ser cabo está bien. Tiene sus responsabilidades, ojo, pero te libras de las imaginarias y de las guardias de garita. Además, seguro que dentro de poco lo proponían para cabo primero y, en otro año (o menos), sargento regimental. En los tiempos que corrían en España, ser sargento significaba no tener que preocuparse de la manduca. Además –otra ventaja de no tener padres conocidos- no tendría que mandar dinero a casa.

Entregado a tan filosóficos pensamientos, no oyó llegar al sargento hasta que lo tuvo al lado. No importó, porque como el cabo Expósito tenía los gemelos en la mano y la mirada perdida en el horizonte, el sargento pensó: “Hay que ver este chico, lo en serio que se toma las cosas. Los pistolos bañándose y el aquí vigilando. El año que viene lo propongo para cabo primero.”

No era mal tío el sargento Cano: cuando te podía dar cuartelillo, te daba cuartelillo. Eso sí, tenía sus cosas y, si te pillaba cagándola, en seguida te soltaba un par de hostias regimentales; pero lo normal era que no pasara de ahí y todo el mundo prefiere un par de hostias a un mes de calabozo, dónde va a parar. Además, se preocupaba por su gente. Una vez que pilló a Expósito cagándola con el capitán cerca, le echó una mirada de las que parten las piedras y disimuló con el capitán. Eso sí, luego lo corrió a hostias por toda la compañía. Expósito le estaba la mar de agradecido, porque le libró de tres meses de calabozo y de no ascender a cabo.

Lo único, que el sargento Cano se tomaba la mili muy en serio. La verdad es que debía llevar en la mili toda la vida. De vez en cuando, que estaban solos, le contaba alguna historia de la guerra nuestra: de la batalla del Ebro, de Brunete, de un montón de sitios que el cabo Expósito sólo conocía de oídas, por la cosa de las batallas sobre todo. Además, el sargento Cano había estado en Rusia, y estaba la mar de orgulloso de su Cruz de Hierro. Una vez que estaba un poco chispa, le invitó a coñac y le contó una batalla en un sitio que se llamaba Posad o algo así, con los rusos, que fue donde le dieron la Cruz de Hierro, el general Muñoz Grandes y otro general alemán que por lo visto era muy famoso y salía en el Signal. Y siempre acababa diciéndole que diera gracias de estar en Cádiz, en la playa, que no veas lo bien que se vive con este sol y no como en Rusia, que por lo visto se te congela el coñac en la cantimplora.

-- Sus órdenes, mi sargento. Sin novedad.

-- Descanso, chaval. Qué, ¿no has visto nada?

-- Nada, mi sargento. Un par de pesqueros.

-- Ojo con los pesqueros, que pueden ser de reconocimiento camuflados. Oye, me he agenciado un par de cajas de munición para las máquinas, así que llámate a un par de bañistas, que se vengan conmigo a por ellas y luego tiramos un rato, que hay que estar preparados.

Esa era otra de las cosas del sargento Cano. Siempre había que estar preparados. Les decía que el soldado que suda no sangra, lo que quería decir que había que entrenarse para no cagarla cuando vinieran los tiros de verdad. Por eso siempre que conseguía munición los tenía practicando con las máquinas, que era como llamaban los entendidos a las ametralladoras.

Así que el cabo Expósito cogió el máuser, salió del búnker y bajó a la playa. Se llevó dos dedos a la boca y pegó un silbido que debió de oírse al otro lado del Estrecho. Los bañistas se quedaron quietos y le miraron.

-- A ver, tú y tí, Galindo y Felisardo. Vestiros que os vais con el sargento.

-- No jodas, cabo.

-- Venga –señaló con el pulgar hacia su espalda, dando a entender que el sargento miraba- ¡arreando!

22/12/08

El Almirante Yamamoto y el sexo

yamamoto

 

He descubierto esta breve exhortación del Almirante Yamamoto Isoroku a los oficiales subalternos de la Armada Imperial Japonesa en el año 1939. Muestra que en verdad era un genio de la estrategia y también por qué los americanos se lo cargaron de aquella manera tan poco elegante.

"Puedes averiguar la personalidad de un hombre por su forma de abordar a una mujer. Los hombres como vosotros, por ejemplo, cuando la flota se halla en puerto, parece que hagáis tan sólo dos cosas: en primer lugar, le decís directamente a la mujer en cuestión: "Eh, ¿qué tal un polvo?" Lo cierto es que cualquier mujer, hasta la peor de las fulanas, va a rechazaros si se lo planteáis de ese modo. Bueno, y ¿qué hacéis entonces? Pues os sentís insultados y os ponéis groseros, u os rendís de inmediato y os largáis a probar la misma táctica con otra mujer. Eso es todo de lo que sois capaces. Pero echadles un vistazo a los hombres occidentales, pues ellos son muy distintos. Una vez que le han echado el ojo a una mujer, la invitan a una copa, o a cenar, o a bailar. De esa manera van minando gradualmente sus defensas hasta que, al final consiguen lo que quieren, y además con elegancia. Cuando se trata de conseguir un objetivo particular, ésa es desde luego una forma mucho más sabia de hacer las cosas. En todo caso, ésa es la clase de hombres a los que vais a enfrentaros si se declara una guerra, de manera que más os vale pensar un poco en ello."

18/6/08

Peregrinatio Carpzovii (I)

Como estoy con el vago subido, lo que sin duda habrán podido apreciar mis pacientes lectores, aprovecho la sugerencia de uno de los CHSF de que, ya que estamos al inicio de la temporada de las peregrinaciones, comparta mis experiencias jacobeas con el selecto público que aparece por aquí o por lo menos con él. Bueno, pues –aunque no soy nada proclive al estriptís existencial- acepto y cuelgo mis notas del Camino de Santiago.

Quede claro que tengo en mi contra el haber sido montañero buena parte de mi vida (lo que le quita mucho glamour a la cosa) y el ser un repulsivo racionalista-hedonista. Además, sólo lo he recorrido por tramos, porque la última vez que tuve un mes seguido de vacaciones fue en 1983, que estaba en tercero de carrera.

Me limitaré a las notas que tomaba in situ hace ya unos cuantos años.


15 de agosto. 20.30 h.


Estoy ya en la estación de autobuses de Santiago, haciendo tiempo. Comí algo, me eché una siesta en un parque, presencié la llegada de la Volta ciclista a Comunidade Galega, volví a pasar un rato con las cinco chicas de Barna (lo que ha terminado de convencerlas de que soy Gandalf reencarnado es mi supuesta habilidad para encontrar parques donde echarse la siesta) y vimos a Jose el colega (más fotos, promesas de escribirse que jamás se cumplirán). Me acaba de llamar P***, que ya está "fuera del Camino", en Astorga, que está bien. De lo cual me alegro. En especial de que esté lejos, joder.

Estaba buscando una definición para todo esto.

Es una autosecta itinerante.

Llegas a alguna parte por donde pasa el Camino estándar y echas a andar hacia Santiago.

Cada uno trae su imaginario cultural particular previo. Unos son más jóvenes y otros más viejos, unos católicos ortodoxos, otros heterodoxos; otros esoterizantes que ni siquiera saben que sus rollos se basan en Sánchez Dragó; los hay como yo; hay simples deportistas, despistados totales, en fin... hay de todo. De toda España y europeos, básicamente franceses, alemanes e italianos, pero de todas partes: USA y Japón incluidos.

Esto tiene una peculiaridad: a Jerusalén y aledaños se va en avión y viaje organizado; aquí hay que venir andando (al menos 100 km. para que valga)

Ahora sigo, pero, para ilustrar lo que vendrá a continuación, voy a sacar la mochila de la consigna, lo que -durante el tiempo que me queda de esperar el bus- me señalará a ojos iniciados como peregrino, es decir: hermano, camarada, alguien con quien se puede hablar.

El Camino te saca del siglo. Independientemente de las creencias. Las creencias son un añadido ajeno al Camino, un adorno. De pronto empiezas a caminar para llegar a un sitio (mítico, por otra parte). Te cansas, en especial los que no tienen costumbre de estas cosas, que son la mayoría. Para los que estamos entrenados es distinto, pero para la mayoría es duro; para algunos, mucho. Eso ayuda a generar cierto estado mental. Tus (sus) costumbres cambian radicalmente y vas adquiriendo otras radicalmente ajenas a tu (su) vida cotidiana, tales como cansarte, dormir en el suelo, hablar con desconocidos. No te enteras de lo que pasa en el mundo (ni te interesa); aún la prensa es mayoritariamente local, pero local, local: El Norte de Castilla es The Wall Street Journal en comparación con El Progreso de Lugo. Vas conociendo gente que está en tu misma onda; quiero decir, "En el Camino". Sólo te relacionas con ellos y, en poco tiempo, se crean lazos muy intensos (aunque previsiblemente efímeros, como en la mili)

En sus tramos más frecuentados, El Camino está muy bien señalizado, lo que te evita pensar en la orientación. Vas siguiendo automáticamente tus flechas amarillas y ya está. Todos pasamos exactamente por los mismos sitios, dormimos juntos, conocemos los mismos lugares, compartimos la misma experiencia, incluso -inevitablemente en algunos casos- intercambiamos fluidos. En poco tiempo se diferencian dos tipos de humanos: los peregrinos y el resto: nosotros y ellos.

Joder, esto tengo que contárselo a la amiga K***. Para un estudio de antropología cultural es arquetípico. Nosotros nos comprendemos; ellos no pueden comprendernos: no están en El Camino. La única jerarquía que se crea es la que da la longitud del Camino recorrido o si lo has hecho más veces. Es decir: nada ajeno al mismo Camino influye. La opinión de alguien que no esté en el Camino tiene un valor muy relativo (tendente a cero). Esto no se codifica, pero surge de la naturaleza de las cosas, sin darte cuenta, a medida que pasan los días y los kilómetros y te acercas a Santiago.

Al final, temes llegar: la justificación de todo esto está en el camino, no en la meta.

Y, no obstante, la meta no decepciona. En cuanto se entra en el casco antiguo de Santiago, sientes que estás en algún sitio, un sitio -aparte de que lo has ido tiñendo sin sentir de connotaciones mágicas- que no decepciona. Si llegas en grupo, bajas por el pasadizo a la plaza del Obradoiro mientras unos tipos tocan la gaita (igual que en el metro de Madrid, pero esto es Santiago, y las gaitas suenan de otra manera), te extasías ante la plaza y la fachada de la catedral (si tocan las campanas, ya te cagas) y, cuando pones la mano en el parteluz del pórtico de la Gloria, como llevan haciendo los peregrinos durante mil años (y los turistas, pero la presencia de los turistas no hace sino cimentar tu sensación de ser diferente: iniciado), te cagas más aún. Si, encima, nada más cabecear al Maestro Mateo (este rito me lo he permitido: es suficientemente pagano), que es como decir: "¡casa!" comienza a bailar el botafumeiro, puedes... puedes casi tener ganas de convertirte a la fe de tus mayores.

Porque esto es un invento de la Iglesia, que es la secta en activo con más experiencia escenográfica. Es decir, litúrgica.

Llegas a la catedral y tienes que hacer cola con los putos turistas, porque los peregrinos no tienen ningún privilegio. No pueden, ni deben, tenerlo. Los turistas te miran como una curiosidad -eso- turística (por eso vienen aquí, por nosotros), folklore local, y van a un puesto a comprarse una concha y un bordón (no lo tienen muy claro, pero quieren ser tú) asumen, pues, su inferioridad, como tú tu superioridad. De algún modo, tú eres un iniciado y, hasta yo, que puedo ser acusado de muchas cosas, pero no de católico, me indigno al ver a un grupo de turistas paseando por la catedral siguiendo al guía que lleva un paraguas (cerrado, eso sí, si no daría mala suerte, supongo) en medio de la misa justo en el momento de la consagración, mientras un montón de otros turistas saca fotos (menos un pobre japonés al que le he dicho, con voz de Toshiro Mifune, que baka baka kinjiru! y se ha quedado tan atónito que debe seguir ahí con la boca abierta)

Y la Iglesia se reviste de todo su esplendor: aparte de los varios curas habituales, con vestimentas impresionantes, blancas y negras con la cruz-espada roja de la Orden de Santiago, concelebran tres curas irlandeses (inequívocamente irlandeses, sobre todo uno viejo que se ha pimplado todo el vino) y uno del mismo Bilbao. Sobre las piedras románicas, el oro de los retablos barrocos, los coros, ¡el botafumeiro! Se canta mucho. Han conseguido revestir la misa postconciliar de cierta magnificencia que no desencante, que impresione. Con más latines de lo que prevé la liturgia normal. Se trata de impresionar. Y uno de los atractivos consiste en una gente sucia, cansada, con mochila y bastón de pie mientras los turistas están sentados y sacan fotos.

Pero los turistas son necesarios (peregrinos habrá siempre), porque Santiago es el único sitio del orbe cristiano que le hace la competencia a Roma y Jerusalén y eso da un huevo de pasta.

Eso.

Santiago es el único sitio mágico conocido internacionalmente que nunca ha dejado de estar en activo, creo.

Se acerca una chica cojeando ostentosamente. No nos hemos visto jamás. Va limpia, pero con las sandalias de descanso reglamentarias. Yo miro sus andares. Ella mira mi mochila. Los dos nos miramos y nos echamos a reir.

Quod erat demonstrandum.

22/5/07

Historias de la puta Mili

La otra tarde tuvimos una de esas charlas hoy sólo asequibles a los hombres de cierta edad; pues la general decadencia de la Civilización Occidental y el ya casi ilimitado acceso de la mujer a los bares, vedan a la juventud ciertos placeres. Estábamos reunidos en etílico consejo varios machos dominantes, sacrificando a Mahou, y -cómo no- surgió de modo natural tras un instante de silencio y para no hurgar más en la cosa del partido Atleti-Barça, el tema. O sea, El Tema por excelencia: LA MILI.

Y -¡Hay que joderse!- uno me dice que no tengo huevos de colgar en el blog fotos de mi puta mili. ¿Qué no? -pregunto airado- "Que no", repone el interfecto. Pues bien, para que se vea que a un fusilero, lo que es a huevos, no le gana nadie, por una vez y sin que sirva de precedente, realizaré un estriptis cibernético y aquí van unas cuantas fotos (años 84-85)





Marcha de La Candelaria. Los imecos como atracción turística.


Volviendo a la Academia de Infantería





De guerrillas por Almorox






El Teniente Edermín, curtido jefe de la 1ª Sección de la 1ª Compañía del Asturias 31,
mostrando su asombro al enterarse de en qué parte de San Gregorio creíamos hallarnos los bisoños mandos de la 3º Sección





El confortable interior de mi TOA






Vuestro humilde narrador haciendo el panoli en San Gregorio

Los mandos de la Primera durante un reseso en las maniobras superalfa-beta.

¿Vale? Si, tenía que haber puesto más fotos de mi época de tropa, pero aún no he descubierto en qué caja de la mudanza las tengo .