16/5/06

Arroz humano

Leo en el periódico que hay un cierto follón en Estados Unidos porque una de esas empresas maravillosas que se dedican a estos menesteres han sacado una variedad de arroz transgénico que contiene genes humanos. (No sé qué pensará Jehová de todo esto, pero bueno.

El problema de los vegetales transgénicos, para el común de los mortales no pasa de ser un rollo de esos de los ecologistas (como en los años 70 lo de tirar al mar los residuos de las centrales nucleares, total, bobadas: no pasa nada) Pero me permito un par de reflexiones, a saber:

a) Una de las causas de que la gente en el así llamado tercer mundo (hoy hay ya un cuarto, creo) las pase putas, es el proteccionismo de la agricultura en Estados Unidos y la Unión Europea. Cualquier ama de casa a la antigua usanza o soltero, como yo, sabe qué precios tienen los tomates en euros y, si no está al corriente, dirá: ¿qué coño hay que proteger? Claro, a quien se subvenciona no es al agricultor, sino al intermediario, a toda esa cadena que hay entre el productor y el consumidor, que -casualmente- suele ser una empresa multinacional, a la que las subvenciones permiten comprar muy barato y vender muy caro. Como existe la PAC y su equivalente en USA, los africanos y sudamericanos no pueden exportarnos lo único que hasta ahora no estaba en manos de multinacionales occidentales (como pasa con su oro, su hierro, su uranio, su cobre, su níquel, su coltan, sus diamantes, etc); a cambio de no dejarles exportarnos tomates les dejamos exportarnos yuca o ñame que, como es sabido, son muy consumidos en Europa.

b) Pero, claro, eso no bastaba y determinadas empresas farmacéuticas o como se las quiera llamar, se inventaron lo de los transgénicos que, como todos sabemos -también- tienen la virtud de ser resistentes a las plagas, etc. y lo que les pasa a los putos ecologistas es que quieren seguir teniendo causas y por eso ocultan que los transgénicos son la salvación del tercer mundo y la solución al hambre. Son peores que Fu Manchú.

c) El pequeño detalle que suele pasarse por alto, es que los vegetales transgénicos se los ha inventado una empresa americana (o europea) y casualmente (este es un pequeño detalle sin importancia) están patentados, lo que quiere decir que cualquiera que adquiera las semillas, está pagando por ello, y no puede usarlas sin permiso (y sin pagar).

d) El último avance, son semillas transgénicas que sólo funcionan una vez; es decir: que tú las usas para plantar, pero las semillas nuevas que en condiciones normales habrías usado para la próxima cosecha, no funcionan, son "estériles" y, si quieres plantar al año que viene, tienes volver a comprárselas a Novartis o a quien sea.

Que cada cual saque sus conclusiones.

11/5/06

Choque de civilizaciones: los orígenes



En esta época de mi vida, como saben los que me conocen, en cuanto alguien me pregunta por mi signo del zodiaco (virgo, evidentemente), o mi año chino (búfalo, obviamente), mi respuesta invariable es que Grecia, Roma y la Revolución Francesa han tenido que servir para algo (vamos, digo yo). Este bonito grito de guerra me fue sugerido hace años por un vecino, todo hay que decirlo.

El origen de todo esto viene de atrás:

Yo tuve una educación rigurosamente católica y posteriormente me dediqué con cierto método a la práctica de rollos raros japoneses (eso, sí: siempre ortodoxos y siempre con japoneses, nunca con gurús belgas o argentinos)

Pero el hecho indudable es que comencé a cuestionarme, si no la existencia de Dios, sí al menos su relación conmigo alrededor de los 6 años. 1968: Mientras nuestros mayores encontraban la playa debajo de los adoquines en París disponiéndose ya a gobernarnos, yo hacía la primera comunión.

Está claro que a esa edad uno tiene una mente lógica: la misa era un coñazo, te contaran lo que te contaran; pero aguantabas estoicamente porque te explicaban que, cuando hicieras la comunión lo entenderías todo, y podrías comulgar, como los mayores; cosa que según te presentaban era –claro- la Hostia.

Entonces (yo y toda mi clase hicimos la primera comunión a los 6 años) empezaron mis dudas, porque:

a) A tan temprana edad cometí mi primer sacrilegio (y no me pasó nada) y

b) Para mi sorpresa (que no hizo sino confirmar mis peores sospechas) cuando deglutí mi primera hostia no sentí absolutamente nada, por más que lo intenté. Claro que me abstuve muy mucho de comentarlo porque por lo visto a todo el mundo le parecía que era una cosa acojonante.

Esta ausencia de fuegos artificiales y experiencias místicas se vio atemperada por el traje de marinero (herencia de mi primo Benito y heredado por mi primo Luis) y la posesión de mi primer reloj y mi primera estilográfica Parker; pero el hecho incontrovertible es que no sentí nada.

Aclaro lo del sacrilegio: antes de la primera comunión, iba la primera confesión, y yo, a ese cura (D. Jose Antonio, no es broma) que te cogía las manos con una fuerza que –sospecho ahora- iba más allá del simple objetivo de recordarte los horrores del Infierno, le mentí bastante.

Tenía tres pecados (a mi juicio mortales) que confesar, a saber:

a) En la tele de mis abuelos maternos había visto a quien luego resultó ser Monseñor Guerra Campos, arzobispo de Cuenca y baluarte del Nacionalcatolicismo –cosa que yo a la sazón ignoraba- y dije:

-- "Ese tío está loco".

Posteriormente descubriría que mi diagnóstico era rigurosamente exacto; pero, si recuerdo mis palabras justas, es porque mi abuela se descompuso diciéndome que ese señor era un Obispo y que yo iba de patas al infierno. Menos mal que tenía la primera confesión y podría confesarlo inmediatamente.

Ahí me planteé el tema: Pensé: "si le digo eso a Don Jose Antonio, no me absuelve; así que mejor le digo que era un simple cura". Pero me representé a mi confesor diciéndome:

-- "Humm... uno de los míos..." Y no me absolvía, el tío.

Así que, con gran penetración mental, opté con confesar:

-- "He llamado loco a un señor que salió por la televisión."

El pecado b) consistió en que estaba yo en la cocina de mis abuelos paternos, con la chacha que estaba preparando la comida (entonces, si eras de buena familia, tenías que tener chacha, aunque no tuvieras un duro; al fin y al cabo, era una más de la familia, y con mucho poder sobre los niños) Carmen, se llamaba, escuchaba la radio mientras trasteaba los pucheros.

Cantaba Manolo Escobar aquello de:

"Maresita María del Carmen
Yo te canto esta bella canción,
con ella te brindo mi cariño
lo mismo que si fuera un niño... etc."

Y yo, que –de verdad- no entendí bien, pregunté a Carmen quien –aunque chacha- era mayor que yo en edad, dignidad y gobierno:

-- "¿Qué ha dicho?, ¿Maldita María del Carmen?"

¡En qué hora! Carmen (sin duda por razones de homonimia) se puso sinceramente pálida y me dijo:

-- "¡Niño! No digas eso, que es la Virgen. Eso es un pecado gordísimo y si te mueres ahora mismo, vas al infierno. Tienes que confesarlo en seguida.

Este pecado me pareció tan serio que no encontré manera de dulcificarlo a oídos del confesor y –directamente- me lo callé.

c) Afortunadamente, poco después, rompí en casa no me acuerdo que cosa frágil de esas que las madres se empeñaban en dejar al alcance de los niños para poder castigarlos y le eché la culpa a mi hermana de cuatro años, lo que me permitió contar un pecado normal: un simple caso de falso testimonio que no involucraba a la Jerarquía ni a la Madre del Salvador: fácilmente absoluble para Don Jose Antonio.

En resumidas cuentas: comulgué en pecado mortal porque:

a) El primer pecado, iba bien (aunque yo no estaba del todo seguro) porque, al fin y al cabo, Monseñor Guerra Campos, aunque Obispo, no dejaba de ser "un señor", con lo que –técnicamente- no había mentido.

b) Lo de mi hermana, era un pecado estándar.

Pero C), lo de la Virgen era una omisión en toda regla y sin paliativos, cosa que no supe arreglar hasta el día siguiente, cuando ya era tarde; porque pedir urgentemente una segunda confesión a la tierna edad de seis años habría resultado sumamente sospechoso.

Me percaté de que si, para rematar mi confesión, hubiera dicho:

-- "Y he mentido a un señor".

(sin especificar que el señor era el propio D: Jose Antonio), él, como era también un pecado estándar, me habría absuelto y, entonces, habría comulgado sin cometer sacrilegio. Lo peor era que a ver quien era el guapo que confesaba después que había hecho la primera comunión en pecado mortal, que era un pecado todavía más serio: un pecado inconfesable. Así que, como por narices tenía que comulgar cada domingo, iba acumulando una cantidad de sacrilegios consecutivos que me tenía malo. A ver quien tenía huevos, con seis años, de confesar:
-- "Don Jose Antonio: aparte de pegar a mi hermana y mentir a mi madre, en los últimos cuatro meses he cometido dieciséis sacrilegios."

Afortunadamente, en días posteriores, me tranquilizó bastante que casi todos mis concomulgandos habían hecho más o menos lo mismo que yo y ninguno fuimos fulminados (V. foto adjunta).

Por otra parte, ninguno había tenido experiencias místicas ni fuegos artificiales (menos el que en la foto sale vestido de monje, que era un poco predispuesto)

En definitiva: aquí está la raíz de mi mente incrédula. Como se ve, yo era un poco retorcido; pero juro por el Bushido y la salvación de mi alma inmortal que es rigurosamente cierto. No es que dudara de la existencia de Dios (eso estaba en el ambiente: Dios era una parte más de lo normal), sino que me empecé a dar cuenta de que, por lo menos, no se fijaba especialmente en mí.

Hoy día soy más apacible y me parece muy bien que cada cual crea en el ser sobrenatural de su elección (yo mismo soy bastante devoto de Palas Atenea) mientras no pretenda obligar a nadie a que haga lo mismo.

Y como ya me extendido otra vez más de la cuenta, continuaré mañana o así; porque de lo que yo quería hablar era del así llamado choque de civilizaciones y de mi postura ante el mismo. Pero vamos a dejarlo para mejor ocasión.

9/5/06

Vais a conseguir que ponga orden

Cuando abrí este blog, mi idea era contar mis historias, como hace todo aquél que inicia un blog, y compartirlas con mis colegas y el público en general.

El objeto de los comentarios es ese: comentar los temas del blog e, incluso, entablar interesantes y fructíferos diálogos entre cibernautas. Pero, hete aquí que, casi desde el principio, determinadas gentes se han dedicado a meterse unas con otras, cuando no a caer en el cotilleo puro y simple. Hasta ahí, vale, lo admito porque yo dije que no pensaba censurar a nadie, salvo que se metieran con mi señora madre.
Pero la cosa ha llegado a un nivel realmente deleznable con algunas de las últimas intervenciones, y digo últimas: no me refiero sólo a la de ese personaje de nombre impronunciable que parece adorar a la hiena. Así que me reitero. Los insultos en ese tono los borraré.
Por otra parte, si a alguien no le interesa lo que aquí se cuenta, tiene una solución muy fácil: sigue las instrucciones de http://www.blogger.com y se abre un blog para sí y sus secuaces donde podrán cotillear libremente, exponer sus miserias en público e insultarse a placer.
Bien. En relación con lo ya dicho y mirando al futuro, os recomiendo un texto de George Bernard Shaw sobre la correcta puntuación de un texto (muy útil para la juventud) y sobre los límites de la crítica personal en público. Es parte de una carta dirigida a su colega Lawrence de Arabia, que le pasaba el borrador de Los Siete Pilares de la Sabiduría, según iba escribiendo, para que le diera su opinión.
Está aquí:

4/5/06

Si Sun Tzu levantara la cabeza...

He estado leyendo estos días algunos informes recientes del Real Instituto Elcano sobre estrategia (al final doy los enlaces). Aunque últimamente el nivel ha mejorado bastante, desde que el Instituto dejó de ser una sucursal de la Fundación FAES, en general sigue respondiendo al esquema habitual en el mundillo del análisis de Estrategia-Relaciones internacionales estándar en Occidente.

Es decir: superficialidad. Cuando se habla de un tema puntual o muy concreto, puede haber nivel, pero cuando nos alejamos un poco más para tomar perspectiva, las anteojeras siguen ahí. No es que yo sea especialmente listo. Lo que yo pueda decir, ya se ha dicho hace mucho tiempo: lo dijeron Sun Tzu o Tucídides, hace 2.400 años y, después, lo ha dicho más gente, como Liddell Hart, por poner un ejemplo. Y lo que los analistas habituales no son capaces de ver es que los principios de Sun Tzu son igual de aplicables hoy día, mientras que Clausewitz, con su mamotreto germánico, se limitó, en esencia, a analizar las guerras de Federico y Napoleón desde el punto de vista de un militar teórico alemán.

Todo columnista que quiera dárselas de listo en estos temas, cita a Clausewitz a quien me juego el cuello que no ha leído ninguno. En cambio, Emilio Botín regala a sus ejecutivos "El Arte de la Guerra", del viejo Sun Tzu. Claro, que unos son diletantes mientras que el viejo cabrón "está en lo cotidiano: la batalla."

Todos los libros de tema militar hablan de "el factor moral" como algo fundamental. La así llamada "guerra psicológica" se puso muy de moda a partir de Vietnam y las así llamadas "insurgencias" en Latinoamérica. Lo que los analistas (y la mayor parte de los militares, hasta que van a la guerra de verdad) no perciben es que esos manuales y esas tácticas de "ganar los corazones y las mentes" no sirven nunca para nada, porque pasan por alto un factor de cierta relevancia a mi modesto entender: la existencia de la realidad.

Por regla general, cuando dichas tácticas se aplican, es porque la población civil está muy cabreada porque es pobre y está jodida, y sabe perfectamente que los que vienen con sus manuales de guerra psicológica a ganar sus corazones y sus mentes, son los mismos que están armando, entrenando, financiando y manteniendo en el poder a los responsables de que ellos sean tan pobres y estén tan jodidos.

La pregunta real no debería ser "¿por qué se hacen las guerras?", sino "¿por qué la gente va a la guerra?" Robert Graves la contestó en los años veinte de forma indirecta hablando de su experiencia como oficial en la Primera Guerra Mundial: No habría guerras si sólo les estuviera permitido ir a ellas a los mayores de cuarenta años. (Adiós a todo eso, Edhasa)

La respuesta a por qué la gente va a la guerra, la da Konrad Lorenz en su libro "sobre la agresión, el pretendido mal" (Fondo de Cultura Económica), que empieza hablando de las luchas territoriales de los pececitos de colores de los arrecifes de coral y, claro, acaba hablando de los humanos. Es decir, luchamos contra los miembros de nuestra misma especie en defensa de nuestro territorio vital, donde tenemos nuestros medios de subsistencia, de nuestra prole, de nuestras hembras o de nuestra tribu. (Feministas, siento lo de las hembras, pero todavía es válido en la mayor parte del mundo, la violación masiva sigue siendo algo muy practicado en cuanto la Policía desaparece)

Es evidente, si echamos una ojeada somera a la mayor parte de las guerras conocidas, que casi ningún soldado que ha muerto en una guerra estaba defendiendo esas cosas, pero que -por lo menos hasta que no fue demasiado tarde- creía que las estaba defendiendo.

¿Eh? Eso es la guerra psicológica: la propaganda, ni más ni menos. Lo que pasa es que no va dirigida al "enemigo", sino a "los nuestros." La permanente intoxicación informativa que incluso en altos niveles académicos mantiene el análisis en la superficie y que reproduce los parámetros de una tribu de gorilas, con la pequeña diferencia de que los gorilas sólo luchan cuando no tienen más remedio y sólo lo justo para conseguir sus fines. En última instancia, prima la supervivencia del grupo. Los demás animales son lógicos: ¿qué sentido tiene luchar para conseguir una cosa buena, si no sólo no la voy a conseguir, sino que me van a matar a mí y a mi gente? Un león se pega con dos hienas, pero huye ante cinco hienas.

Pero, claro, es que no es buena para mí, ni para mi gente, sino para otros, que me usan para conseguir sus fines. Y para ello, me tienen que convencer de que lucho por mí y los míos. Eso vale para bin Laden y para Bush exactamente -digo exactamente- igual.

El problema de los analistas es una formación de especialista que consigue que los árboles no dejen ver el bosque. Para entender las cosas no hacen falta gigas de estadísticas; Suele ser más útil saber algo de Historia, ser curioso observador y tener una mente abierta; si has viajado un poco a pie por ahí, mejor que mejor.

Uno no puede desarrollar estrategias para librar la 4GW (entre los entendidos, eso es guerra de cuarta generación: un invento más de los estrategas) si parte de la base de no querer saber por qué lucha (o por qué cree que lucha el enemigo) y, sobre todo, cuando ni siquiera sabe quién es el enemigo: ¿Quién es el enemigo de los GI y de los marines americanos en Irak? ¿La gente que defiende su país de su invasión y procura matarlos por estarles puteando? ¿O sus gobernantes-empresarios que los han mandado allí para forrarse? Obviamente, los dos, pero, claro, para ganar esa guerra (digo ganar, no salvar la cara a nivel propaganda) sin dejar el país como un solar radiactivo, habría que acabar con sus causas y las causas ¡ay! están en casa.

Lo malo es que a veces tengo la impresión de que la banda de filibusteros que gobiernan el mundo, o una parte importante de ellos, realmente se creen lo que dicen. Su contacto con la realidad es tan tenue que podría ser así: al fin y al cabo no dejan de ser gorilas vestidos de Armani.

2/5/06

655321 A+

Hoy estoy de humor tétrico y no me apetece elucubrar. A cambio, un cuento tétrico:
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No hay nada ante su vista que no sea espantoso. Y ese olor, el de siempre: a humo, a muerte, a meado, a miedo. Hace ya dos o tres días que los nuestros han pasado por aquí, pero a ver quién se fía. Así que se pega aún más a la pared, evitando las ventanas, con la máquina dispuesta. Es verano, y las larvas de mosca se ocupan de engordar. Un zumbido constante lo envuelve. Al entrar la sección en el pueblo los perros se han apartado, recelosos. Las moscas, no. Las moscas no se apartan nunca.

Desde un montón de escombros, una chavalita de doce o trece años le mira con sus ojos velados. Es de color gris con manchujos pardos. Entre sus muslos asoma el mango de una bayoneta. Tiene una pierna roída hasta el hueso.

Sus padres, o sus hermanos, o sus vecinos se desparraman por ahí en las posturas más inverosímiles. Con agujeros. Hinchados, llenos de moscas; ninguno completo. Las mujeres están desnudas, o a medio desnudar, pintadas de sangre seca. Casquillos y cristales rotos. Cuerpos convulsos. Muecas desencajadas, una boca sin labios.

Junto a un muro, algunos hombres, con el pantalón en las rodillas, muestran un grumo sangriento en la entrepierna. Salpicaduras negras.

Da una patada a una mesilla de noche a medio quemar. Un gato –no una mina, imbécil- salta maullando con algo en la boca. Parece un dedo. Le sorprende que un gato arranque un dedo, pero piensa que tal vez un humano lo haya cortado antes. Un anillo. Eso lo explica todo: tiene su lógica.

Una cabeza sin cuerpo. Restos contra la pared.

Le duele la herida en la frente. Hay un latido constante. Infección. No soporta el casco.

Uno de los hombres, un recluta, vomita en medio de la calle. Otros dos salen de una casa dando voces; enarbolan una botella de vino entera, sin abrir. Se forma un corrillo para festejar el milagro. Al fondo, el estruendo monótono del bombardeo. Si fuese de noche, se vería un bonito resplandor allá, en el horizonte. El caso es que es de día, pero en sus recuerdos futuros –lo sabe- será de noche. Siempre de noche.

Miradas vacías. Humo cansino, terminándose ya. A su espalda, chisporrotea la estática en la radio. El alférez y el sargento gesticulan con un plano que el aire mece. Ni puta idea de dónde estamos, de dónde están los otros, de dónde están los nuestros.

Un tableteo creciente y, de pronto, pasan varios helicópteros atronando muy bajo. Nuestros. Uno, dos, tres, cuatro. Vuelven a por munición. Es curioso cómo el ruido atenúa el olfato. Comprobado. Papeles y hierbajos vuelan en torno. Los hombres se agachan, por instinto; o porque en las películas es siempre así.

Vigas requemadas. Pisa cristales rotos y crepitan como cucarachas. Se sienta en unos cascotes. Está cansado. Absolutamente cansado. Deja la ametralladora a un lado, con un tintineo metálico de la cinta. Como es el cachas, la ametralladora: doce kilos. Saca un pitillo y trata de encenderlo varias veces. Mira el mechero... vacío. Lo tira. Justo a sus pies hay otro. Lo coge sin preocuparse. No parece que nadie se haya molestado en dejar trampas. Además, le da igual. Sólo piensa que en un pueblo saqueado hay de todo; basta con agacharse y cogerlo.

Aspira largamente y piensa que –joder- se los fuma en tres caladas.

Gritos. Tres soldados con algo en brazos: Un niño. "¡Hostia, está vivo!" Se lo acercan. El niño, o la niña, no sabe, ni llora ¿Qué tendrá: seis meses, siete?

Echa una mirada, sin ganas. Despacio, como a cámara lenta, saca su pistola, la apoya en la cabecita y dispara. No intenta ver. Sigue mirando delante, a algún punto frente a él. Uno de los soldados grita como un loco, con algo rojo entre las manos. Los demás se quedan parados; muy quietos. Miran en torno y se lo llevan llorando como un histérico con su bulto en brazos. El, Carlos, porque se llama Carlos, y tiene una mujer y un hijo, y antes de todo esto tenía un trabajo y leía el periódico por las mañanas en el bar, con el arma en la mano, caída blandamente sobre la rodilla, muy cansado, sigue fumando. ¡Cómo le jode el casco! Puta herida...