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7/8/11

Los voluntarios del rey Don Carlos (VII-VIII)

 

7

De verdad que no había oficiales. La segunda compañía la mandaba el sargento Escribano y otro teniente, con un brazo inútil, la compañía de apoyo. Ni un alférez provisional les habían enviado y el teniente coronel parecía tener tan claro que los carlistas eran carne de cañón, que conservaba en la plana mayor a los oficiales que había traído consigo en vez de ponerlos al frente de las compañías. Su función consistiría, según radio macuto, en mirar con sus gemelos como la diñaban los requetés.

Por lo menos, Arana había conseguido que el mando le dejara cierta libertad para mezclar en lo posible veteranos y reclutas y conseguir un mínimo encuadramiento.

El domingo, en efecto, después de oír misa volvieron todos a subir al tren; vagones de ganado para la tropa y uno de segunda para los oficiales. El trayecto fue largo por la lenta marcha del convoy, el caos ferroviario –los tuvieron casi un día en un apartadero- e incluso una testimonial alarma aérea que los hizo saltar a las vías, todos cuerpo a tierra bajo los vagones. Por el camino los soldados viejos enseñaban cosas a los soldados nuevos, como ha sido siempre: cómo hacer cuando el fusil se atasca –”se interrumpe”, en lenguaje militar-, cómo usar la bayoneta; cómo avanzar por saltos cubriéndose en los repliegues del terreno:

-- Sobre todo, no os paréis. Si le dan a alguno ya vendrán los camilleros, pero si te paras, la cagas fijo.

Todo eso, sentados en el suelo cubierto de paja, con la espalda contra el traqueteo del tren.

La ventaja de tener compañías mandadas por sargentos era que los mandos preferían viajar con los soldados. En una de las incontables detenciones el páter bajó a estirar las piernas y vio a Escribano en medio de sus hombres, que hacían corro alrededor. Con el fusil en la mano les decía que, cuando asaltaran las trincheras:

-- Les claváis la bayoneta en la cara, así –y acompañaba la palabra con el gesto-. Si no los matáis, por lo menos se acojonan y se apartan.

El páter recordó que eso mismo –con la espada- recomendaba a sus legionarios Julio César en la mañana de Farsalia. Estaba visto que las cosas de la guerra, o los hombres, no sabía, habían cambado poco desde entonces.

 

8

Y ahora ahí estaban, por fin, a punto de atacar. Los camilleros se habían llevado el cadáver de Ibáñez y el páter les había echado su bendición. Todos los fusileros estaban en el parapeto, con la bayoneta calada y todas las bombas de mano que podían llevar, mirando hacia las líneas enemigas aún bajo el fuego, y a la tierra de nadie que se extendía ante ellos: un viñedo antes de la batalla y ahora un infierno de terrones removidos, malo para correr. Los veteranos lo estudiaban resignados, previendo dónde cubrirse, y los reclutas miraban sin ver, olvidando todo lo que acababan de enseñarles.

El teniente Arana, con un par de granadas de palo en el cinturón, se encaramó al parapeto y levantó la pistola:

-- ¡Requetés! ¡Viva…!

Y cayó como un fardo con un tiro en el pecho.

Todos los soldados, viejos y nuevos, se quedaron helados. Desde el suelo donde había caído, Arana, blanco como un papel, le hizo un gesto al cura, que se agachó a su lado; lo agarró de la pechera y musitó con voz débil:

-- Páter… haz algo, que se jiñan.

El páter lo vio: todos acojonados, y nunca supo cómo ni por qué –la sangre carlista que se le debió de subir a la cabeza, diría más tarde- pero, antes de que en las molleras tomase forma el pánico, tiró el casco, se caló la boina roja que llevaba al cinto, le quitó el fusil al soldado más cercano y saltó el parapeto gritando a voz en cuello:

-- ¡Requetés! ¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey! ¡¡Maricón el último!!

Y echó a correr hacia el enemigo. Todos salieron de las trincheras como un solo hombre, sin orden ni concierto, mezcladas secciones y hasta compañías; gritando cosas que no se entendían, como una horda, que es lo que eran en ese momento. Corrían trastabillando en el terreno deshecho por un mes de bombardeos mientras, allá adelante, la artillería alargaba el tiro según sus horarios, con precisión matemática. Peor para los infantes si se retrasaban.

El sacerdote recordaría confusamente ese avance, tropezando entre los restos de las cepas, hundiéndose en la tierra blanda, adelantado por hombres que gritaban con la bayoneta calada; el paso de las alambradas totalmente destruidas por las bombas: Para cuando los de enfrente reaccionaron, enhebrando alguna ráfaga suelta que casi no hizo carne, ya estaban en su parapeto, donde reinaba denso el olor a muerte. Tiraron un par de granadas por encima y, al agarrarse el páter y dos soldados para saltar lo que creían ser sacos terreros cubiertos de barro, el montón se desmoronó sobre ellos con un ruido blando y el requeté de su izquierda mostró asombrado lo que parecía haber sido un brazo humano: el parapeto estaba hecho de cadáveres ya medio podridos de los que salía la peste que respiraban. Al otro lado había más muertos despedazados –éstos recientes- y un tipo que lloraba intentando remeterse los intestinos en el vientre desgarrado; ése y otro que tiró el fusil y lo mataron a bayonetazos antes de que terminara de levantar las manos.

A quince o veinte metros, varios enemigos corrían hacia su retaguardia perseguidos por las balas carlistas; pero a la izquierda una ametralladora seguía disparando contra los que trataban de avanzar. Sólo ellos resistían, metidos en el embudo de una bomba, mandando una ráfaga tras otra mientras el resto se desbandaba; tal vez para cubrir la huida de sus compañeros, o por sentido del deber, o porque estaban copados sin escapatoria, o porque habían visto a los nacionales vengarse de su propio miedo matando a los primeros que intentaron rendirse, o –sencillamente- por reflejo.

El páter empuñó el fusil y se lanzó contra ellos, pero dos hombres lo agarraron y lo tiraron al suelo. Se debatió echando pestes impropias de un cura –incluso carlista- hasta que vio que uno de ellos era el sargento Escribano.

-- Páter, no haga el tonto, que ya ha hecho todo lo que tenía que hacer hoy.

Y el suboficial dirigió diestramente a sus hombres en un asalto de manual, emplazando una máquina que tiraba para tener ocupados a los del embudo, mientras un pelotón los envolvía por el flanco. Unas cuantas granadas hicieron el resto.

-- Pobres, la verdad…

Escribano no terminó la frase, señalando dos cuerpos que aún yacían tumbados bajo unas mantas dobladas –agujereadas de metralla- que habían sido su única protección contra el bombardeo.

Ahí, el páter pareció despertar. Había vivido el asalto como una película a cámara lenta, como una borrachera o una locura horrenda y frenética; pero ahora las cosas recuperaban de pronto la normalidad: el fragor del combate se apagó como si alguien bajara el volumen de una radio y los sonidos comenzaron a distinguirse, a separarse del ruido de fondo. Dio un empujón a un soldado de los nuevos, que seguía disparando un peine tras otro contra no se sabía qué mientras gritaba como un poseso. A dos pasos, unos rojos mugrientos, en camiseta, tiritaban acurrucados con las manos en la cabeza bajo la mirada ceñuda de un requeté que los apuntaba con el máuser. Escribano daba órdenes para que levantaran bien alta la bandera rojigualda y la del rey, mientras algunos soldados sacaban otras banderas que llevaban bajo la camisa y las sujetaban con piedras sobre las posiciones recién tomadas, para que los aviones las vieran bien, no los fueran a bombardear por equivocación ahora que ya habían ganado.

El fuego fue cesando poco a poco en todas partes hasta, de repente, hacerse el silencio; un silencio atronador apenas punteado por algún disparo suelto, de esos que te matan a última hora.

-- Escribano, ¿dices que ya he hecho todo lo que tenía que hacer hoy?

-- Claro, páter.

-- Pues no.

Y el cura, cubierto de barro y la guerrera salpicada de sangre ajena, se ajustó airosa la boina roja, subió a un montón de escombros a la vista de sus hombres, se volvió mirando hacia las líneas nacionales en general y a los prismáticos del teniente coronel en particular y, con toda parsimonia, les dedicó un corte de magas absolutamente litúrgico.

29/7/11

Los voluntarios del rey Don Carlos (IV)

 

4

Ahora, en noviembre del treinta y ocho, volvían a estar en primera línea, solo que al otro lado del Ebro. La batalla de desgaste continuaba desde el 25 de julio, devorando hombres y pertrechos; pero ya ganaban ellos. Después de aquel día aciago en agosto, cuando el Tercio fue aniquilado, los supervivientes habían estado en retaguardia reorganizándose y curando a los heridos. A los que salieron ilesos –pocos de cuerpo y ninguno de alma- les dieron un permiso de quince días para ir a casa y el páter se acercó al pueblo, donde rezó sobre las tumbas de su hermano y de su padre, que había muerto entre tanto. Luego se dio una vuelta por Pamplona. No le gustó el ambiente: mucho falangista, mucha camisa azul por la calle.

A la vuelta se enteró de que el Tercio, como tal, ya no existía. Al anochecer del día de la matanza, los rojos habían reconocido el valor de los requetés y habían ofrecido un alto el fuego para recoger a los heridos y los muertos; pero, por lo visto, algún general no compartía la opinión del enemigo y los llamó cobardes, diciendo que habían corrido como conejos ante el fuego. El teniente coronel no se pudo contener y hubo más que palabras. Le quitaron el mando.

El nuevo teniente coronel no era carlista; venía del Ejército de África y llegó con el prejuicio de que le habían entregado una tropa de cobardes que huía ante el enemigo; así que su primera alocución no pudo ser menos afortunada. A los hombres formados, muchos aún con la cabeza vendada o el brazo en cabestrillo, les comunicó sin ambages lo que pensaba de ellos y les dijo también que se acabó la política en las filas. Los efectivos del Tercio, hasta volver a reunir un batallón, se cubrirían con soldados de reemplazo. De tercio carlista no le quedaría más que el nombre. La disciplina sufrió una dura prueba y el páter tuvo que prodigar muchas miradas asesinas para acallar el creciente murmullo de la tropa.

Después de aquello, el cura, algunos oficiales y el brigada de la plana mayor, comían en una tasca del pueblo en que estaban acantonados. El descontento transpiraba por los poros.

-- Páter, lo que yo le diga: todo esto viene del Decreto de Unificación. Ese hijo de puta de Serrano quiere acabar con nosotros y la mejor forma es echarnos de carne de cañón para que nos maten los rojos. Así, cuando acabe la guerra, no quedarán carlistas y no tendrá problemas.

Todos echaron en torno miradas de reojo, incómodos.

-- Hombre, no hay que ver las cosas así…

-- Pues ya me dirás cómo hay que verlas. Nosotros lo aguantamos todo por disciplina, por España, y los falangistas nos están haciendo el truco. Y, ya me dirás, ¿qué coño hacemos los navarros mandados por un moro como Mizzián, aunque sea amigo de Franco?

El páter llevaba estrellas de capitán y el que hablaba era un teniente. Aunque no son iguales las estrellas de los que dan el callo de verdad –los infantes- que las de un cura, por más castrense que sea, un capellán carlista tenía otro mando, conferido por una Autoridad más alta que cualquier general.

-- Arana, mejor que te calles ahora mismo.

Los demás asintieron en silencio. El brigada, que no se desatornillaba la boina ni para comer, miró de reojo al teniente y le hizo gesto de “no, no”, moviendo desaprobadoramente el dedo índice. El teniente Arana trató de insistir.

-- Yo lo que no me explico es por qué Fal Conde no…

El páter se inclinó por encima de la mesa y le dijo en voz baja, para que nadie  más que los comensales lo oyera:

-- Arana, como vuelvas a abrir la boca, te arresto.

Nadie se planteó que el capellán pudiera arrestar a un jefe de sección –que ahora mandaba una compañía- y todas las miradas le dieron la razón al sacerdote.

-- Vale. Me callo, pero ya veréis como es verdad lo que digo.

21/7/11

Los voluntarios del rey Don Carlos (II)

-2-

Dos meses y pico antes la cosa había sido muy distinta. Los rojos habían cruzado el Ebro en las narices de Yagüe, tan confiado como para no enterarse de los ingentes preparativos. Los nacionales habían salido corriendo y no habían conseguido frenar el empuje republicano hasta las afueras de Gandesa. El Tercio de Isaba estuvo entre los primeros refuerzos llegados de Extremadura; ochocientos cincuenta boinas rojas que lanzar al combate. Primero les tocó recibir los ataques más duros en torno a Gandesa, donde combatieron día y noche –a veces cuerpo a cuerpo- teniendo muchas bajas. Luego les ordenaron un ataque frontal contra una de las posiciones más fuertes del enemigo.

La mañana del primer asalto habían rezado el Rosario antes del alba y, con las primeras luces, el páter había visto partir a la sección de choque mientras los zapadores abrían camino entre las alambradas propias. Todos muy serios, con el casco calado hasta los ojos, la pala cruzada sobre el pecho y unas alforjas llenas de granadas. Los cuarenta hombres habían avanzado entre dos luces, encorvados, dispuestos a abrir brecha en las alambradas enemigas con sus pértigas rellenas de trilita.

Cuando los de choque iban por la mitad de la tierra de nadie, el resto del Tercio, desplegado en guerrilla, fue saliendo de las trincheras con la bayoneta calada. Ni silbatos, ni arengas; todos en silencio, inclinados, los más rezando entre dientes. Un soldado muy joven se quedaba atrás; miraba al frente aferrado al parapeto. El páter se fue a él:

-- ¿Qué te pasa, requeté?

El muchacho se giró. Sus lágrimas y la mancha que se extendía por sus pantalones respondieron por él.

- No quiero ir no quiero ir no quiero ir.

-- ¿Cómo que…? Cagón, tú vas con tus compañeros. Un requeté no tiene miedo porque Dios está con él.

-- ¿Por qué no va usted pues? – susurró el chaval.

El páter le pegó un bastonazo, lo agarró del cuello de la camisa y lo empujó hacia arriba.

-- Vete para allá, no nos avergüences a todos que te pego un tiro aquí mismo.

El soldado salió de la trinchera y dio dos pasos vacilantes; se irguió desorientado y, en ese instante, un borbotón de sangre floreció en su pecho. Cayó de espaldas y ahí se quedó, gimiendo por lo bajo. El tiro le había dado en todo el detente, observó el sacerdote.

Ese disparo pareció la señal. Las posiciones enemigas despertaron y el fuego de ametralladora, perfectamente organizado, empezó a cosechar entre las filas del tercio. Los de la sección de choque fueron los primeros; ninguno alcanzó las alambradas rojas.

El capellán, atisbando entre los sacos terreros, lo vio todo: los estaban esperando y los habían dejado alejarse de la protección de sus líneas hasta tenerlos bien a tiro. Algunos hombres se incorporaron y cayeron acribillados. El capitán de la primera compañía, pistola en mano, agitaba los brazos a derecha e izquierda gritando algo que no se oía, hasta que una ráfaga le dio de lleno. Los oficiales mandaban frenéticos cuerpo a tierra mientras la gente se derrumbaba en torno. Pronto todos estaban en el suelo. Los que corrían hacia retaguardia fueron abatidos. Las ametralladoras hacían tiro de siega sobre las cabezas de los soldados que intentaban fundirse con el suelo, buscando cobijo donde no lo había; poniéndose delante el cuerpo de un compañero muerto, o herido. La corneta tocó retirada, pero entonces empezaron los morteros a granizar sobre el tercio pegado al terreno, atrapado en tierra de nadie. Un silbido ominoso precedía al estruendo de platos rotos de los morterazos, que rompían con fragor unánime, lanzando sobre los requetés una lluvia de tierra y restos humanos. El páter, desesperado, rezaba en voz alta, invocando la protección de Dios sobre su rebaño. Pero aquel día Dios no lo escuchó.

La horrible situación duró dos horas. Les habían prometido una compañía de carros para apoyarlos, pero cuando los rojos destruyeron los dos primeros, los demás se acojonaron y salieron tarifando. El batallón que debía cubrir su flanco derecho, al ver la que estaba cayendo, ni salió de las trincheras. Cada vez que alguien intentaba retroceder, las ametralladoras lo disuadían y un par de morterazos le recordaban que iba a morir. Finalmente, el enemigo dejó de disparar. Los supervivientes comenzaron a arrastrarse hacia atrás, reptando de forma nada gloriosa. Uno se levantó y echó a correr hacia retaguardia. No pasó nada; entonces, los que podían, lo imitaron.

Al llegar a Gandesa habían formado ochocientos cincuenta voluntarios. Quedaban ciento cuarenta más o menos enteros; de los oficiales sólo había vuelto ileso un teniente de mirada enloquecida.

18/7/11

Los voluntarios del rey Don Carlos

 

1

-- ¡Cagoendiós!

El requeté no supo qué lo asustó más, si el chorreón de sangre o el guantazo que le dio el páter.

Fue imprevisto. El rojo de enfrente debía de estar loco para asomar la cabeza lo suficiente como para mirar hacia aquí y, no sólo mirar, sino apuntar y disparar con la precisión necesaria para volarle la cabeza a Ibáñez a cuatrocientos metros. El soldado había recibido en la cara el  chorro de sangre de su vecino de trinchera; pero el cura, sin duda por reflejo profesional, se fijó antes en la blasfemia.

Y es que las cosas habían cambiado. La gente ya no se apretujaba contra los sacos terreros rezando por lo bajo como hacía un par de meses, sino que se encaramaba al parapeto para contemplar a sus anchas el bombardeo de las posiciones enemigas. Las escuadrillas de trimotores italianos se sucedían sobre el campo de batalla llevando su cargamento mortal hasta las líneas republicanas. Volaban sobre el tiro de la artillería y, allá adelante, uno no distinguía las explosiones de sus bombas y los cañonazos.

El día antes, el páter había acompañado al teniente coronel a retaguardia, donde los artilleros, y había visto todos esos cañones alemanes nuevecitos. Cada batería tenía unas fotos panorámicas de las trincheras enemigas, con los objetivos señalados y las marcaciones encima. Su trabajo consistía en echar las cuentas: puntería recíproca sobre goniómetro de mando, tantas milésimas de elevación, tantas de deriva, y cargar y disparar, cargar y disparar, cargar y disparar. Tarea mecánica para gente experta, porque la Artillería –no así la Infantería- conservaba a sus veteranos sin verlos diezmados en cada batalla.

El resultado era el infierno para los de enfrente. Dos o tres Ratas habían aparecido en el cielo poco antes, revoloteando entre los bombarderos, y hasta habían derribado un Savoia, que se vino abajo perseguido por una nubecilla de humo; pero habían tenido que retirarse ante los Messerschmitt, que eran más. El enemigo estaba indefenso y no le quedaba otra que aguantar en sus agujeros hasta que escampara la tormenta y justo entonces, conmocionados por las explosiones, salir a enfrentarse a las bayonetas y las bombas de mano; por eso nadie esperaba que uno tuviera los huevos de asomar la cabeza, apuntar y cargarse a Ibáñez. Mientras los camilleros venían a por el cuerpo, el páter se dirigió al requeté blasfemo:

-- Y ahora, ¿qué? ¿Vas a ir al asalto en pecado mortal?

-- Hombre, páter…

-- Te absuelvo sub conditione. Si vuelves, te me confiesas.

-- Gracias, páter.

La guerra estaba haciendo tolerante al capellán. De momento, hasta llevaba casco.