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1/12/09

Lo que es el barrio (V) Peleas y 2. El factor Piolet.


El escenario de los hechos: Zona de CHSF en la barra del Enredos (al fondo, la puerta del cuartito)
 
La primera pelea que recuerdo en nuestro añorado Enredos me dejó fatal. Me dejó fatal porque me desmintió, no vayáis a creer que yo soy uno de esos seres sensibles que se depilan,  usan cosméticos para “hombres” y lucen una barba impecable de tres días (señal inequívoca de que follan poco)

Piolet acababa de venirse a vivir al barrio y, claro, lo primero era conocer el Enredos. Me preguntó que si era un sitio chungo (en aquel tiempo, el barrio aún conservaba algo de su antigua y bien ganada fama). Le dije que no, que era un sitio muy tranquilo.

Bueno, pues dicho y desmentido. Ipso facto. Acababa de presentarle a Arturo y estábamos brindando por una saludable estancia en la Transmanzanaria, cuando empiezan a oírse gritos en la puerta, gritos que degeneran en tumulto y, del tumulto, sale disparado el Escayolo, un cliente esporádico bastante bolinga, que al grito de 

-- ¡Me quiere matar, me quiere matar!"

atraviesa el bar, pasa como un rayo a nuestro lado y se hace fuerte en el cuartito.

Arturo sale de la barra y empieza a aporrear la puerta.

Arturo: Escayolo, sal.

Escayolo: Ni de coña, que ese tío me quiere matar.

Arturo: Que no te quiere matar. Sal.

Escayolo: Que sí, que me mata, que está muy loco, que no salgo.

Arturo: Que salgas, cagoendiós.

Escayolo: Que no.

A todo esto, M***, que era quien supuestamente quería matar al Escayolo, hace su entrada en el bar, con el cubata en la mano y escoltado por una multitud apaciguante.

M*** parece calmado. Arturo inquiere:

Arturo: M***, ¿a que no vas a matar al Escayolo?

M***: No, que le den por culo. Yo estoy muy tranquilo.

Arturo (al Escayolo): ¿Ves? Sal.

Escayolo: No he oído nada, que ese tío está muy loco.

Arturo: M***, dile al Escayolo que no le quieres matar y que salga de una puta vez.

M*** (alto y claro): ¡Que no! ¿Para qué voy a matar a ese mierda?

Arturo: ¿Ves? Sal ya, joder.


Aquí es preciso hacer un inciso para los que no tuvieron la fortuna de conocer el Enredos en todo su esplendor:

El cuartito, estaba al fondo, entre la barra y el water de chicas. Y el trozo de barra reservado para los CHSF (que ahora custodia Capazorros en su búnker) estaba entre el cuartito y la puerta. En la cabecera de este  postio puede apreciarse bastante bien. La puerta estaba en el punto de vista del lector.


Bueno, ahí estábamos Piolet y yo.


El Escayolo abre la puerta y asoma tímidamente la cabeza.

No pasa nada.

Sale. Sigue sin pasar nada.

De pronto, M*** debe considerar que ya lo tiene a tiro y le lanza el cubata, que pasa entre Piolet y Pcbcarp, con tan mala fortuna que, en su trayectoria, salpica la chaqueta de Piolet.

Al cubata le sigue en tromba el propio M***, sediento de la sangre y las vísceras del Escayolo, arrastrando en su pos a la multitud apaciguante, que no logra hacerse con él (es que es muy grande)

Se lía la de dios. Piolet me mira interrogativo, con esa expresión tan suya de alzar la ceja en plan Sr. Spock y me dice:

-- Tú me dirás a quién tengo que pegar, que yo no conozco a nadie.

Yo, me quito las gafas y me las guardo en el bolsillo mientras le contesto que puede meterle a cualquiera, menos a Arturo y a mí.

Mientras tanto –sólo han pasado unos segundos- se ha formado a nuestro lado una melée de brazos que intentan sujetar puños que no alcanzan su objetivo.

Manolo, el camello jefe de zona por aquel entonces, se mete a poner paces, confiando en su autoridad. En aquellos días aún estaba en forma, y faltaban unos años tpara que Arturo le prohibiera definitivamente la entrada, no ya por ir con pistola a su bar, sino por aquella vez que, encima, le pegó un tiro en el culo a uno después de salir. (Estaban todos bastante pedos, todo hay que decirlo)


Bueno, Manolo lo intenta, pero M*** está fuera de sí y Manolo se lleva un sopapo perdido.

Se hace un breve silencio (no olvidemos que, además de camello en jefe, Manolo era de esos tíos que se habían pasado media vida en el talego) El silencio lo rompe Manolo, que ladra:

--¡Cagüendiós!¡Vale ya! ¡Todos castigaos una semana!

Mano de santo, oye. Problema resuelto: todos sonrientes, dándose palmaditas unos a otros. Jijiji, si era broma, ¿Verdad, Escayolo? Verdad, verdad.

Todo va bien, todo resuelto. Pax.

Escayolo aprovecha para huir. M*** sale a la calle acompañado de sus colegas, comentando la jugada. Todo ha terminado.

¿Todo? No. Porque aún quedaba un Piolet irreductible que resistía entonces y siempre a los malos modos.

Piolet (a Pcbcarp): Ese tipo me ha manchado la chaqueta cuando le ha tirado el cubata al Escayolo.

Pcbcarp: ¿Y qué vas a hacer?

Piolet: Mear mi esquina. 

Piolet, pues, sonríe –tétrico- y sale en pos de M***.

A estas alturas, M*** y sus colegas, no sólo comentan la jugada, sino que ya la están versionando entre grandes risas, construyendo el relato que legarán a la posteridad. Pero… no contaban con un nuevo factor en escena: el factor Piolet.

Piolet sale a la calle, muy calmado, y se dirige al grupito:

Piolet: M***, ¿verdad?

M***: Sí, ¿qué pasa?

Piolet: Me has manchado la chaqueta cuando le has tirado el cubata al escayolo.


Silencio sepulcral. Gasp.


M***: Pues tío, no haberte puesto en medio.

Piolet: No me he puesto en medio. Tú has tirado una copa al Escayolo y me has manchado la chaqueta.


Silencio atroz y expectante entre la concurrencia. Ya hay un corrillo.


M***: Bueno tío, ¿y qué quieres que le haga yo?

Piolet: Quiero que te disculpes formalmente.


Murmullos de auténtico horror entre el público. Estupor.


M***: ¿Que me…? ¡Tío, tú estás de coña!

Piolet: No. Sólo quiero que te disculpes formalmente. [pausa técnica] No es difícil.


Los menos amigos empiezan a poner tierra por medio.

Durante unos segundos, M*** calibra la enormidad de lo que le está sucediendo. Evita la mirada muerta de Piolet.

Humilla.

-- Bueno… pues… medisculpoformalmente.

-- Vale. – Piolet le tiende la mano a M***, que se la estrecha atónito.

Un suspiro de relajación recorre la acera. Piolet y yo volvemos a nuestro sitio en la barra. Arturo nos mira y me pregunta:

-- ¿Este tío es amigo tuyo?

-- Pues sí.

Pero eso ya es otra historia.

Epílogo: Al día siguiente, Manolo y yo nos encontramos en el Enredos. Su comentario: "Oye, Don Pcbcarp, ese amigo tuyo de la barba [Piolet] debe dar unas hostias como panes, ¿que no?"

31/5/08

No queda sino batirse





"No queda sino batirse"

¡Qué frase! Cuando ya sobran las palabras y sólo queda recurrir al acero para resolver el equilibrio de las cosas.

Viene a nuestra mente la imagen del mismísimo Athos mirándote con ojos fríos mientras, con airoso ademán, se desembaraza de la capa.

La expresión, que uno ha de pronunciar con resignada calma una vez agotados los corteses requerimientos de satisfacción, me vino a la memoria evocada por el comentario del amigo Gabriel Syme al postio anterior.

En fin. Eran otros tiempos. Cuando en estos tiempos de perdición se recurre a los lances de honor, los resultados suelen ser calamitosos. Por ejemplo:

Hace unos años, allá por el 2003, o cosa así, mi amigo K***, monitor de Esgrima, me citó en un bar cercano al Club de Esgrima de Madrid. Cuando llegué, ya estaba sentado a una mesa, provisto de Mahou, en compañía de A***, Maestro de Armas y exolímpico (aparte -obviamente- de buen bebedor) Se trataba de aconsejarse con nosotros en relación con la tesitura en que lo había colocado un compañero de entrenamientos.

El semblante grave de mi amigo, de ordinario vivaz y desenfadado, revelaba que -seguro- se trataba de un duelo.

Al parecer, su compañero había tenido un acre intercambio verbal con un conocido suyo, de su mismo trabajo, con ocasión de que éste hubiera, al parecer, requerido de amores a la esposa legítima del primero. Ante la negativa a dar satisfacción, fue pronunciada en hora aciaga la frase sacramental:

-- "Así pues, no queda sino batirse."

Se acordó el encuentro y el ofendido había recurrido a mi buen amigo K*** para que oficiase de testigo de aquel lance, que habría de celebrarse (a espada y a primera sangre) en la sala de esgrima de una conocida institución militar madrileña donde se pueden hacer estas cosas con la necesaria discreción que requieren las situaciones de este jaez.

Por lo general, no llega demasiada sangre al río y, en caso de resultar herido de cierta gravedad uno de los duelistas, se recurre al conocido expediente de quebrar la hoja de una espada de práctica y alegar accidente.

Hasta aquí, todo normal, pero mi amigo K*** no las tenía todas consigo por considerar que el caso era incorrecto.

Y lo era. Resulta que ambos interesados eran militares, lo que, ya de por sí, excluía la espada y tornaba obligado el empleo del sable: primera objeción. Y, segunda y mucho más grave objeción, ofendido y ofensor eran de distinto empleo: capitán el uno, comandante el otro. Tal circunstancia excluía en absoluto la legitimidad del encuentro armado: tornábalo imposible.

Eso creía mi amigo, y tal era el parecer de A***, parecer muy autorizado dada su condición de Maestro de Armas, y asimismo el mío, más modesto, claro está. En apoyo de nuestra tesis citamos a Yñiguez y al Marqués de Cabriñana y -cómo no, dado el caso- al mismísimo Joseph Conrad, quien documentó magistralmente un caso que, por su semejanza al nuestro, venía que ni pintiparado. Acordamos prestarle los libros con los oportunos postits señalando los párrafos adecuados para que, sin merma de su honor, pudiera excusarse en forma del ministerio testifical que se trataba de imponerle e, incluso, apelara al honor y conciencia de ambos militares para que desistieran de su ilegítimo empeño o -al menos- lo aplazaran hasta que el inferior en grado ascendiera al empleo superior y, entonces y sólo entonces (y a sable) pudieran satisfacerse las exigencias de la honra sin merma de la disciplina militar; ante la cual, cuando uno viste el uniforme, ha de ceder toda consideración personal.

Armado de tan potentes razones, K*** trató intentó lealmente hacer hacer desistir a los dos rivales de su empecinada actitud, más -¡ay!- sin éxito. Entonces, con grave semblante y no sin una postrera admonición, excusó su asistencia a un lance que no consideraba honorable ante las irregularidades que en el mismo iban a concurrir.

Como la naturaleza humana en general y la de los oficiales del Arma de Caballería en particular, es terca, celebrose al fin el duelo en el lugar y fecha previstos, con el lamentable resultado de que el ofendido atravesó un pulmón del ofensor mediante una estocada que, si bien no fue del todo académica, si fue eficaz, a lo que parece.

Recurriose con éxito a la triquiñuela de la espada rota, evitándose así la intervención de la Justicia, pero la esposa implicada en el asunto afeó vehementemente la conducta a su orgulloso marido, quien partió poco después en misión a tierras de la Bosnia-Herzegovina, mientras que el convaleciente hubo de quedarse en Madrid por haber causado baja de resultas de la estocada, para encontrarse a su regreso (seis meses más tarde) con que la esposa infiel y el despulmonado superior habíanse amancebado y tenían entre sí vil concubinato, cosa que no habían previsto las almas cándidas (aunque tácticas) de Yñiguez y del Marqués de Cabriñana.

Traigo a este vuestro blog el recuerdo de aquellos hechos para que sirvan de advertencia a la juventud y que -teniéndolos presentes- no cedan a la natural pasión propia de los años y respeten con todo escrúpulo las sabias reglas que nuestros mayores nos han transmitido. Y, si lo hicieron nuestros mayores, fue por algo.