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7/1/10

Miedo (II)


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Cuando el servicio secreto de Su Graciosa Majestad advirtió a Lord Mountbatten de que el IRA había decidido cargárselo, y le plantearon todas las medidas de seguridad que en lo sucesivo le acompañarían, éste contestó con una de esas frases lapidarias tan británicas; algo así como: “el IRA podrá decidir cómo voy a morir, pero no cómo voy a vivir”. Al final se lo cargaron, claro, pero mientras tanto siguió viviendo como le dio la gana, que para eso tenía pasta, qué coño.


En las leyes visigodas estaba más penada la estafa que el atraco a mano armada, ya que se consideraba que un honrado visigodo estaba en condiciones de defenderse a sí mismo, pero que, como era gente sencilla, era más fácil engañarlo.

Eran otros tiempos y otras gentes. Hoy, en Occidente lo que prima es ser blandito y estar acojonado (por los terroristas, por la vejez, por las pensiones, por las enfermedades, por los accidentes, por el cambio climático…). Cada vez que hay un atentado terrorista o un intento de tal, la respuesta consiste en reducir la libertad de los eventuales objetivos de los posibles ataques, o sea: nosotros. Ello, en sí mismo, constituye una victoria de los terroristas. En cierto modo, da la impresión de que el objetivo de los terroristas y de nuestros gobernantes coincide: que tengamos mucho miedo de todo.

Yo tiendo a fijarme en casos como el del pasajero holandés del vuelo del otro día que se lanzó sobre el terrorista y le impidió terminar su acción; o el de aquél honrado escocés que se lió a puñetazos con el terrorista islámico que intentó volar la terminal del aeropuerto de Glasgow. Mi opinión es que en un mundo normal, habría sido imposible que cuatro árabes armados únicamente con cutters hubieran podido secuestrar un avión con doscientos pasajeros y estrellarlo contra las torres gemelas. Y menos, varios aviones.

A mi juicio, tanto la educación como el léxico que se impone desde los medios de comunicación tiene mucho que ver en el proceso de estupidización de la sociedad occidental. Sin ir más lejos, ese amado término: “víctima”.

A mí me resultaría insultante que alguien me llamase “víctima”. Que en el indeseable caso de que me pegaran un tiro o me volaran me calificasen de “baja”, vaya y pase; pero, “víctima”… Me parece innecesariamente humillante.

Pero, claro, es la mentalidad de que se pretende imbuirnos. Somos pobres blancos indefensos que dependemos de que los de arriba nos pongan más cámaras de seguridad para vigilarnos, nos controlen (aunque sea potencialmente) nuestras comunicaciones, nos despeloten para poder subir a un avión… Se supone que el ser vigilados y humillados debe hacer que nos sintamos mejor. Más seguros.

Yo, desde luego, no.

10/9/07

Entre la ternura y el espanto.

... tampoco yo sé por qué sensación decantarme. El Profesor Borodin me pasó este testimonio con autorización de reproducirlo aquí:


"Te remito esta ¿enternecedora? ¿espeluznante? pintada que ha aparecido a la puerta de mi casa. ¡Ay, cuanto se echa de menos al inclito Luis Carandell !
.F"


26/5/07

... Y a los psicólogos

La otra noche estaba yo en la barra física interina (BFI) hablando tranquilamente de cosas estúpidas como las elecciones de mañana y aguantando, con relativo estoicismo, vehementes críticas a mi decisión de retomar las buenas costumbres y quedarme en mi casa.

Como la conversación empezaba a ser aburrida y ya había explicado varias veces el funcionamiento de la ley de Hondt con ayuda de servilleta y boli (siempre hay algún partidario del voto en blanco) para demostrar que (en Madrid) todo voto no emitido para el PP, PSOE o 2/3 aprox. de IU, va en definitiva al PP o al PSOE, comencé a prestar atención a la conversación de la mesa de al lado. Hablaban sobre la educación en España.

Participaban tres mujeres y un hombre, sus ocupaciones: una profesora de secundaria, una administrativa de una facultad de la Complu, un profe de FP y una pedagoga. Los dos profesores son amigos míos, la administrativa oscila entre el amor y el odio hacia mi persona y a la pedagoga, que es amiga de ésta, la conozco pero tampoco mucho, no os vayáis a creer.

La pedagoga estaba empeñada en demostrar a los otros que lo que les pasa es que tienen una percepción alterada de la realidad y que la LOGSE es muy buena. Mi amiga la profe discrepaba educadamente y la otra cantaba las alabanzas de no sé qué escuela pedagógica. Me di cuenta de que su grado de civilización a veces la impide (a mi amiga) realizar la acción tácticamente más adecuada para deshacerse de una imbécil, así que me giré y metí mi cuñita:

"Mi opinión es que, lo primero que había que hacer, es fusilar a todos los pedagogos."

La administrativa añadió: "Y a los psicólogos." "Y a los psicólogos", asentí yo.

A partir de ahí, la cosa se animó bastante. La apacible pedagoga comenzó a elevar el volumen, alegando que ninguno teníamos ni puta idea de lo que hablábamos, que Álvaro Marchesi, aunque psicólogo de formación, era un gran tipo y que la LOGSE es una ley cojonuda pero mal aplicada por culpa -básicamente- de los profesores, que lo que les pasa es que no están a la altura (a veces, lo de la altura de los profesores es cierto, pero los dos presentes a la sazón sí están a la altura) Yo: "!tú dirás lo que quieras, pero la LOGSE es una mierda." Ella sigue con que no, que es una ley perfecta, pero que los profesores no tienen formación. Yo le pregunto que cuántos años ha dado clase ella en un instituto y me contesta que mira Finlandia, que tiene el mejor sistema educativo del mundo. Yo: "claro: tienen mili obligatoria" (la charla que originó el postio anterior vino a continuación)

La pedagoga sigue alterándose: "¿Finlandia? ¡Cómo van a tener mili en Finlandia!" (obviamente quiere decir: "¿Cómo va a tener mili el país con el mejor sistema educativo del mundo?") "La tienen. Y no están en la OTAN". Eso ya no lo entiende. Lo que sí percibe es que la estoy sacando de su tema y, sin más, me espeta: "¡Qué sabrás tú! A ver, ¿tú has leído a KKKK?" Yo: "No, ni pienso." Ella: "¡Ja!" (lo que parece significar que cómo oso abrir la boca: un tipo que no ha leído a KKKK. De hecho ni siquiera lo he oído mencionar hasta el momento, ni me interesa lo más mínimo, la verdad) "A ver, dime dos, sólo dos, (aquí se le escapa un gallo) pedagogos." Yo: "Álvaro Marchesi y tú." Se da la vuelta, furiosa, buscando argumentos. Se vuelve -triunfal- "Para que lo sepas, Álvaro Marchesi es psicólogo. A ver: otros dos." Yo (impavido): "Fulanita de tal y menganita de cual." Ella: "Y esas, ¿quiénes son?" Yo: "Pues dos pedagogas." Ella: "¡Eso te lo acabas de inventar!" Yo hago un gesto como de "buá...", que puede significar diversas cosas.

Cómo explicarle que eran las exnovias de sendos amigos míos (una de ellas un brodo mimético, incluso) las cuales, que yo sepa, no sólo estudiaron para pedagogas, sino que imagino que seguirán ejerciendo de tales (sea eso lo que sea) y, si no, pues me da igual. Ella se pone en pie y me dice: "¿Sabes qué te digo?" (a estas alturas ya tiene a medio bar pendiente de sus gritos) Yo esbozo un ademán vagamente interrogativo. "Que hay que ver menos fútbol y leer más, chaval".

Parece que el argumento la satisface notablemente, porque me da unos golpecitos displicentes en el hombro con el dorso de la mano (en mis tiempos, eso era signo de mala educación, ahora no sé): "Que tienes que leer más." Yo (con la mirada baja): "No puedo." De súbito, todos los conocidos del bar estallan en una carcajada unánime. Ella se queda un poco sorprendida, pero -como está pedo- intenta atribuir las risas al hecho de que me ha pillado y que lo que pasa es que la gente le ríe las gracias. Insiste con los golpecitos en mi hombro en tono chulapa: "Que-hay-que-le-er-más." Yo también insisto: "Es que no puedo." Nueva carcajada general. Mi colega la profesora llora de la risa. La amiga de la pedagoga se levanta y la coge del brazo para llevársela de allí, circunstancia que yo aprovecho como el miserable que soy:

"Intentaré leer más; pero, aparte de fusilar a todos los pedagogos ("y a los psicólogos", dicen los dos profes) ... y a los psicólogos (asiento yo), había que volar todas las facultades de pedagogía ("¡Y de psicología!", claman varios espontáneos) ... Y de Psicología, concedo yo, una vez avisado el personal de administración y servicios, que no tiene la culpa, para que salga" (guiño a la amiga PAS) Aquí, constato que lo he conseguido:

"¡¡¡¡¡Pero... !!!!! ¡¡¡¿¿Pero tú estás viendo lo que dice este fascista??!!! Eres un nazi, tío." Yo, cabizbajo: "Lo se". La amiga PAS, la coge del brazo ya con cierta energía "Venga, fulanita, que te llevo a casa". Se deja arrastrar, mientras vocifera llamándome fascista y analfabeto funcional y que lea algún libro, entre el entusiasmo del público.

Tiempo estimado: 6 minutos. Reconozco que soy cruel. Pero es que no puedo con ellos. Los malos llevan tiempo tratando de subsanar el error que cometieron en su día al enseñar a leer y escribir a los esclavos, y los pedagogos (y los psicólogos) son su instrumento más fiel.

Y lo mejor de todo es que pudimos acabar hablando de la mili, hombre por dios. Primero de los seis goles del Atleti, y luego de la Mili.