Mostrando entradas con la etiqueta Urbanismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Urbanismo. Mostrar todas las entradas

1/3/07

Lo que es el barrio (II)

Lo del articulillo anterior venía a cuento de una amena charla sobre el modelo de ciudad, que empezó a propósito de aquello que nos contaba este verano Desmond Morris. Yo, puestos a elegir, me quedo con mi barrio (un poco más limpio, tal vez, pero eso se solucionaría si el Ayuntamiento de Madrid lo limpiara una vez por semana – no es coña)

Nunca he sido especialmente partidario de las teorías conspiratorias, pero esto se parece demasiado a una conspiración. Nuestro modo de vida (por lo menos el mío) se basa en las relaciones sociales basadas en la cercanía. Me refiero a cercanía geográfica: a los vecinos. La mayor parte de mis mejores amigos (no es que sean muchos) no viven en mi barrio, a veces, ni en mi país; pero me relaciono a diario con un montón de gente que forma parte de mi particular “red”, palabra esta muy en boga para expresar estas cosas.

No vivo aislado. Salgo a la calle y conozco a mis vecinos, y ellos a mí. Comprar el periódico o el pan no son actos mecánicos: empatizo (otro palabro actual) con mi panadero, aunque ahora sea chino, y con mi kioskero, que es el mismo Manolo de los últimos 20 años (salvo eventuales ausencias mías) y que me evita las suscripciones porque lleva casi todo ese tiempo guardándome el Defensa y el Política Exterior Sua sponte, no porque yo se lo haya pedido en ningún momento. Igual que el panadero chino ya me guarda mi pistola si ve que se queda sin pan y yo no he llegado aún.

Casi todos los días, como de menú en el Ávila, donde Sita, que cuida con esmero la nutrición de sus clientes divorciados y demás desheredados de la fortuna, se empeña en ponerme mi plato único de cuchara (¡sus lentejas son la hostia!) hasta rebosar por más que le insista en que, si tomo sólo un plato de sus menús concebidos para fornidos currantes de la constru, es porque por la tarde sigo trabajando y comer demasiado me da modorra. Su hija (a quien hemos pagado la carrera y el máster a base de cañas entre unos cuantos) me presta libros que yo no me compro –tipo “ocho años de gobierno” o “la conspiración”-, cosa impensable cuando era un mico que no levantaba tres palmos del suelo. La camarera actual es una colega que tiene al bar como sustituto del INEM entre curro y curro y que no se larga por no dejarlos colgados.

Buena parte de las chorradas que comento aquí surgen de charlas de bar, en el Ávila o en el Enredos, que como se sabe es el pub de por la noche ( y de donde son las imágenes de portada), sobre todo del finde. No quedas: vas al bar y siempre hay alguien.

Cuando, hace veinte años, me vine a vivir aquí, las abuelas sacaban las sillas a la calle en veranito y charlaban de sus cosas. Luego nos fuimos haciendo europeos y las abuelas se fueron muriendo. De unos años a esta parte, son los inmigrantes sudamericanos quienes han retomado la costumbre aunque algunos gilipollas de los que escriben cartas al dominical de El País lo consideran “tercermundista”. (Bien es verdad que hace unos años hubo problemas con una horda de ecuatorianos traídos directamente de la selva, que desconocían la utilidad del water de los bares y que no había que violar a las mujeres por más borracho que estuvieras; pero eso ya pasó, afortunadamente, aunque hubo que hacer alguna llamada al orden)

En resumidas cuentas: que mi barrio es –con todas sus miserias- el paradigma de lo que yo considero un barrio. Realmente, es un pueblo en el centro de Madrid.

Pero resulta que los vientos de la Historia nos empujan por otros derroteros, henchiendo las velas cuadras de dos estructuras mafiosas que me resisto a no creer vinculadas, a saber: los especuladores inmobiliarios y los gilipollas de las cartas al dominical de El País.

Frente al escenario para ellos cutre y casposo de que yo me declaro partidario, ellos propugnan un modelo de ciudad basado en una cosa que llaman “calidad de vida”, consistente en zonas situadas en medio de ninguna parte llenas de unos habitáculos uniformes conocidos por “adosados”, donde se estabulan las familias, manteniendo a la gente (sobre todo a los tíos) convenientemente alejada de los bares, de las panaderías, de los kioskos, de las tiendas de ultramarinos y hasta del vecino de al lado. Supongo que los fabricantes de coches tienen algo que ver: cómo mola tener que coger el coche para ir a tomar una caña (bien pensado, la Benemérita también debe estar en el ajo) o a cualquier otra cosa.

No reitero mi opinión sobre estas colmenas horizontales porque ya comenté sobre eso en mi primer articulillo de este blog. Pero su objetivo es desvertebrar la sociedad, liquidar el trato social propio de una sociedad relativamente sana (a la par que el pequeño comercio). Cuando la irrupción del video en los 80 acabó con los cines de barrio, la sesión continua y los programas dobles, debimos alarmarnos, pero tal vez fuéramos demasiado jóvenes y la pugna entre el Beta y el VHS aún no estaba decidida.

Se trata de que la gente no se relacione entre sí (hasta que –inexorablemente- se va divorciando), que haga sus compras semanalmente en megacentros comerciales ordenados a la imbecilización social y, sobre todo, que no pueda contrastar sus ideas con nadie.

Casualmente las ideas de esas sectas integristas a favor de horarios supuestamente racionales (40 minutos para comer, nada de fútbol a las diez de la noche y que los bares cierren pronto o –de ser posible- cierren definitivamente, etc.) coinciden con las de la –todavía- ministra de sanidad, esa especie de talibana herbíbora adicta al pilates a la que no se conoce varón, que persiste en querer decidir por nosotros cómo debemos ser y, también, con las de gente como Paco El Pocero (que seguro que no se las aplica a sí mismo - en su caso no es nada personal: son negocios)

La prueba de que esto está organizado la tenemos en los Planes Generales de Ordenación Urbana que proliferan cual metástasis por el solar patrio, los cuales, no sólo hipertrofian el asfalto, sino que determinan previamente el uso del suelo. Porque, amigos míos, no es que no haya nadie con dos dedos de frente a quien se le ocurra la evidente idea de poner un bar en uno de esos “adosados” amontonados en hectáreas y hectáreas de “uso residencial”. Es que no se puede: está prohibido por "el Plan”.

Porque, claro, si en medio de esa colmena horizontal de humanos estabulados, pletórica de calidad de vida, pusiéramos un bar, automáticamente empezaría a convertirse en un barrio y –tal vez- el siguiente paso fuera poner un kiosko de periódicos, o reclamar a una Administración que les pusiera un colegio al que poder llevar a los niños a pie.

28/2/07

Lo que es el barrio


Mi barrio es más bien cutre –siempre lo ha sido- pero no esta tan mal: es un sitio donde todavía se puede vivir. Digo esto a cuento del próximo articulillo, pero como ahora no tengo tiempo de extenderme, dejo esto a modo de prólogo.

Mi calle tiene menos de 500 metros, seguro. Y sin salir de ella hay:

- Una cafetería.
- Una zapatería.
- Una peluquería de caballeros.
- Un bar.
- Un todo a 100 (chino)
- Una peluquería de señoras.
- Un hipertextil.
- Una tienda de cosas para manualidades y bellas artes.
- Un colegio de monjas.
- Una clínica veterinaria.
- Una panadería (la de siempre, hoy regentada por chinos)
- Una librería-papelería.
- Un UDACO.
- Una óptica.
- Un almacén de pinturas.
- Un bar (hondureños)
- Una tienda de frutos secos (señora uruguaya)
- Un restaurante chino.
- Un bar (dominicanas)
- Una tienda de repuestos para coches.
- Un ciberlocutorio (peruanos)
- Una guardería pública.
- Un colegio público.
- Una tienda de alimentación (chinos)
- Un Cajamadrid.

Aún hoy, en el 2007, todo el barrio es así: tienes todo lo que necesitas sin tener que moverte demasiado. Las casas tienen tres o cuatro pisos máximo. Sales a la calle y en 200 metros saludas fácilmente a una media de cinco o seis personas (en las horas de poco tráfico). Es evidente que la calidad de vida brilla por su ausencia, porque las casas no tienen jardín de 10 metros cuadrados donde poner la barbacoa y, para mas inri, estamos encajonados entre la Casa de Campo, toda llena de cagarrutas de oveja, y el parque de los pinos. Puedes ir andando a comprar el pan y el peródico o tomarte una caña (y seguro que hay alguien con quien charlar); no tienes ninguna necesidad de coger el coche si no quieres (en la esquina paran el 31, el 36, el 39, el 65, el 138 y la camioneta, y en la esquina de más allá, tienes el metro; y a una parada de metro, tres de autobús o un paseo, la estación de cercanías. En fin: un asco, oiga.

(continuará)

26/8/06

Los artistas y Leviatán



Siguiendo con mi línea de apurar el mes de agosto trabajando el mínimo imprescindible, haré una vez más uso del derecho de cita y pondré una cosa de Desmond Morris. El Dr. Morris fue un autor polémico, ya que es el culpable de vulgarizar la Etología; por lo menos, aquí. Recuerdo que cuando se publicó en Ejpaña, a principios de los 70, su obra más conocida: "El mono desnudo", (vivía el Caudillo) hasta provocó cierto escándalo, no obstante ser cosa de Plaza&Janés. Yo la leí por primera vez a los 14 (mi padre leía) y me impactó. He de reconocerlo. Luego, ya, me dediqué a Konrad Lorenz propiamente dicho, quien (no obstante el Nobel) hoy en día se considera obsoleto, según me cuentan las jóvenes estudiantes de Psicología (gracias, Elena) a quienes trato habitualmente (obvio: si la gente se tomara eso en serio, las dejaría sin curro, como a los curas y a los políticos). La Iglesia y el Capital no descansan a la hora de corregir sus errores producto -tal vez- de un exceso momentáneo de entusiasmo. Sin embargo, o tal vez por ello, tal vez nos dé la clave -una de las claves- de por qué los jóvenes queman coches. He aquí la cita:

"Como señalaba un planificador rebelde, un sendero recto entre dos edificios puede ser la solución más eficaz (y barata), pero eso no significa que sea el mejor sendero por lo que se refiere a satisfacer las necesidades humanas. El animal humano necesita un territorio espacial en que vivir que posea características distintivas, sorpresas, singularidades visuales, puntos de referencia y peculiaridades arquitectónicas. Sin todo esto, puede tener escaso significado. Una forma geométrica y limpiamente simétrica tal vez sea útil para sostener un tejado, o para facilitar la prefabricación de unidades de alojamiento producidas en masa, pero cuando se aplica al nivel del paisaje va contra la naturaleza del animal humano. ¿Por qué, si no, resulta tan ameno pasear por un serpenteante camino rural? ¿Por qué, si no, los niños prefieren jugar entre los montones de escombros de edificios abandonados, en vez de hacerlo en sus inmaculados, desnudos y geométricamente dispuestos campos de recreo?

La actual tendencia arquitectónica hacia la austera sencillez de diseño puede fácilmente llegar a desbocarse y ser utilizada como excusa de falta de imaginación. Las manifestaciones estéticas minimalistas sólo son excitantes como contraste con otras manifestaciones más complejas. Cuando llegan a dominar la escena, los resultados pueden ser extremadamente perjudiciales. La arquitectura moderna ha estado siguiendo esta dirección durante algún tiempo, fuertemente estimulada por los planificadores del zoo humano. Enormes bloques de apartamentos, todos iguales, han proliferado en muchas ciudades como respuesta a las demandas de alojamiento de las poblaciones supertribales, en continuo aumento. La excusa ha sido la eliminación de los suburbios, pero, con demasiada frecuencia, el resultado ha sido la creación de los supersuburbios del inmediato futuro. En cierto sentido, son peores que nada, ya que dan una falsa impresión de progreso, originan complacencia y satisfacción por la obra realizada y disminuyen la posibilidad de un auténtico progreso.

Los más adelantados zoos animales han ido desembarazándose de sus viejas residencias de monos. Los directores de zoo vieron lo que les estaba sucediendo a los residentes, y comprendieron que poner más baldosas higiénicas en las paredes y mejorar el desagüe no constituía una auténtica solución. Los directores de los zoos humanos, enfrentados con poblaciones que se multiplican a velocidad vertiginosa, no han sido tan perspicaces. El resultado de sus experimentos en uniformidad de gran densidad está siendo apreciado ahora en los tribunales de menores y en las salas de consulta de los psiquiatras. En algunos casos se ha recomendado incluso que los aspirantes a inquilinos de los pisos altos deberían ser sometidos a examen psiquiátrico antes de fijar en ellos su residencia, con el fin de asegurar que, en opinión del psiquiatra, podrán soportar la tensión derivada de su forma de vida. Este hecho debería constituir por sí solo un aviso suficiente para los planificadores, revelándoles claramente la enormidad de la locura que están cometiendo, pero hasta el momento hay pocos indicios de que estén escuchando tales avisos. Cuando se les hace notar las deficiencias e inconvenientes de sus realizaciones, replican que no tienen alternativa; hay cada vez más personas, y es preciso proporcionarles vivienda. Pero hay que encontrar alternativas de alguna manera. Hay que reexaminar toda la naturaleza de los complejos ciudadanos. Es preciso devolver a los fatigados moradores urbanos del zoo humano el sentimiento de identidad social de “comunidad pueblerina”. Un auténtico pueblo, visto desde el aire, parece una excrecencia orgánica, no una pieza geométrica, cuestión ésta que la mayoría de los planificadores parecen ignorar deliberadamente. No aprecian las demandas básicas de la conducta territorial humana. Las casas y las calles no son primariamente para ser miradas, sino para moverse en ellas. Mientras recorremos nuestro espacio territorial, el medio ambiente arquitectónico debe producir su impacto segundo a segundo y minuto a minuto, cambiando sutilmente la perspectiva a cada nueva línea de visión. Cuando volvemos una esquina o abrimos una puerta, lo último que queremos es vernos frente a una configuración espacial que reproduzca monótonamente la que acabamos de dejar. Con demasiada frecuencia, sin embargo, esto es precisamente lo que sucede; el diseñador arquitectónico se ha asomado a su tablero de dibujo como el piloto de un bombardero avista un objetivo, en vez de intentar proyectarse a sí mismo como un pequeño objeto móvil que circula en el interior del medio.

Estos problemas de reiterativas monotonía y uniformidad informan, desde luego, casi todos los aspectos de la vida moderna. Con la creciente complejidad del medio en que el zoo humano se desenvuelve, los peligros de una intensificada regimentación social aumentan día a día. Mientras los organizadores se esfuerzan en encuadrar la conducta humana en un marco cada vez más rígido, otras tendencias actúan en dirección opuesta. Como hemos visto, la progresivamente mejorada educación de los jóvenes y la creciente opulencia de sus mayores contribuyen a suscitar una demanda cada vez mayor de estímulo, aventura, excitación y experimentación. Si el mundo moderno no consigue permitir estas tendencias, entonces el miembro de supertribu del mañana tendrá que luchar violentamente para cambiar este mundo. Tendrán el tiempo, los conocimientos y la energía necesarios para hacerlo, y lo conseguirán. Si el medio no les permite innovaciones creadoras, lo destruirán para poder empezar de nuevo. Este es uno de los mayores dilemas a que se enfrenta nuestra sociedad. Resolverlo es nuestra tarea para el futuro. Por desgracia, tendemos a olvidar que somos animales con ciertas específicas debilidades y ciertas específicas fuerzas. Nos consideramos a nosotros mismos como hojas en blanco en las que puede escribirse cualquier cosa. No es así. Entramos en el mundo con un conjunto de instrucciones básicas, y las ignoramos o las desobedecemos a nuestro propio riesgo.

Los políticos, los administradores y los demás dirigentes supertribales son buenos matemáticos sociales, pero esto no basta; en lo que promete ser el aún más atestado mundo del futuro, deben convertirse también en buenos biólogos, porque en algún lugar de toda esa masa de alambres, cables, plásticos, cemento, ladrillos, metal y vidrio que ellos controlan, existe un animal, un animal humano, un primitivo cazador tribal, disfrazado de civilizado ciudadano supertribal, que se esfuerza desesperadamente en adaptar sus viejas cualidades heredadas a su extraordinariamente nueva situación. Si se le da una oportunidad aún puede lograr convertirse este zoo humano en un magnífico parque de atracciones. Si no, puede transformarse en una gigantesca casa de locos, como una de las horriblemente abarrotadas casas de fieras del siglo pasado.

Para nosotros, los miembros de supertribu del siglo XX, será interesante ver qué sucede. Para nuestros hijos, sin embargo, será algo más que meramente interesante. Para cuando ellos asuman el mando de la situación, la especie humana estará, sin duda, enfrentándose a problemas de tal magnitud que será una cuestión de vida o muerte."
Desmond Morris: "El zoo humano".