28/2/07

Lo que es el barrio


Mi barrio es más bien cutre –siempre lo ha sido- pero no esta tan mal: es un sitio donde todavía se puede vivir. Digo esto a cuento del próximo articulillo, pero como ahora no tengo tiempo de extenderme, dejo esto a modo de prólogo.

Mi calle tiene menos de 500 metros, seguro. Y sin salir de ella hay:

- Una cafetería.
- Una zapatería.
- Una peluquería de caballeros.
- Un bar.
- Un todo a 100 (chino)
- Una peluquería de señoras.
- Un hipertextil.
- Una tienda de cosas para manualidades y bellas artes.
- Un colegio de monjas.
- Una clínica veterinaria.
- Una panadería (la de siempre, hoy regentada por chinos)
- Una librería-papelería.
- Un UDACO.
- Una óptica.
- Un almacén de pinturas.
- Un bar (hondureños)
- Una tienda de frutos secos (señora uruguaya)
- Un restaurante chino.
- Un bar (dominicanas)
- Una tienda de repuestos para coches.
- Un ciberlocutorio (peruanos)
- Una guardería pública.
- Un colegio público.
- Una tienda de alimentación (chinos)
- Un Cajamadrid.

Aún hoy, en el 2007, todo el barrio es así: tienes todo lo que necesitas sin tener que moverte demasiado. Las casas tienen tres o cuatro pisos máximo. Sales a la calle y en 200 metros saludas fácilmente a una media de cinco o seis personas (en las horas de poco tráfico). Es evidente que la calidad de vida brilla por su ausencia, porque las casas no tienen jardín de 10 metros cuadrados donde poner la barbacoa y, para mas inri, estamos encajonados entre la Casa de Campo, toda llena de cagarrutas de oveja, y el parque de los pinos. Puedes ir andando a comprar el pan y el peródico o tomarte una caña (y seguro que hay alguien con quien charlar); no tienes ninguna necesidad de coger el coche si no quieres (en la esquina paran el 31, el 36, el 39, el 65, el 138 y la camioneta, y en la esquina de más allá, tienes el metro; y a una parada de metro, tres de autobús o un paseo, la estación de cercanías. En fin: un asco, oiga.

(continuará)

25/2/07

Aquellos maravillosos años





A Alicia Liddell le ha dado últimamente por remover en su siempre instructivo blog los recuerdos de una generación al completo. ¡Caramba!, cuando yo nací ni siquiera se habían celebrado los 25 años de paz. En el mundo en que yo era un niño, el papel higiénico se llamaba "el elefante" y convertía la más sencilla de las operaciones en algo más que complejo; Aún he visto recoger la basura por el centro de Madrid en carros tirados por mulas (que desde mi escasa estatura me parecían gigantescas) llenas de moscas. Los semáforos eran a rayas rojas y blancas, con un pincho encima y la iluminación de las calles era de gas: todas las noches, el farolero iba con su pértiga encendiendo las farolas.

En la esquina de mi casa estaban "los del organillo", que vivían en un carro y -eso- tocaban el organillo y sacaban algo de lo que les daba la gente. Su presencia me mantenía en un estado entre la piedad y el horror. Mis abuelos maternos vivían en Sainz de Baranda esquina Doctor Esquerdo. Hoy pleno centro más o menos. Cuando yo era pequeño, desde la ventana de su dormitorio veía pastar las ovejas por donde ahora está la M-30. Había dos cosas que me encantaban: ver pasar a los grises a caballo (que, según me decían, venían de la plaza de toros) y pasar por Doctor Esquerdo los coches fúnebres negros o blancos, tirados por caballos empenachados que iban o venían del cementerio de La Almudena. Desde luego, los caballos de los grises eran todavía más gigantescos que las mulas.

La tele era en blanco y negro y sólo había una cadena. Luego salió una cosa llamada UHF; así que teníamos el UHF y "la normal". Tenía un horario muy restringido e incluso paraba a mediodía; además se veía fatal, y eso proporcionaba al cabeza de familia innúmeras ocasiones de lucimiento: Cuando la imagen empezaba a subir y bajar a toda velocidad, o directamente se convertía en nieve, el paterfamilias se levantaba con un "ya estamos otra vez..." y se ponía a girar botones que a los niños nos estaba absolutamente prohibido tocar, hasta que la cosa volvía a funcionar relativamente. Sólo veíamos series americanas antiguas: esos grandes clásicos, dobladas al español de una forma increíble. Era la época en la que nuestros cantantes (Karina, Miguel Ríos) seseaban de un modo que hoy produce sonrojo para parecer más modernos.

Esas series americanas que fueron nuestras referencias culturales por encima de las que intentaban inculcarnos trabajosamente en el colegio, son las que rememora Alicia de modo enciclopédico: Viaje al fondo del mar, La conquista del espacio (vulgo Star Trek) El virginiano, El agente de CIPOL, El túnel del tiempo, Los vengadores... Aunque no lo sabíamos, eran nuestra ventana a otro mundo: un mundo donde unos coches enormes circulaban por unas carreteras grandísimas, llenas de carriles y que se cruzaban unas por encima de otras que se llamaban "autopistas"; donde había teléfonos con teclas en lugar de disco, donde la policía iba en una cosa llamada "coches-patrulla" (los de Área 12, por ejemplo) y, sobre todo, un mundo donde había unas cosas llamadas computadoras, que eran como armarios llenos de lucecitas con una especie de cintas de magnetofón que giraban todo el tiempo y que lo sabían todo.

Su influencia no fue desdeñable: Aún recuerdo el primer anuncio en el que un cabeza de familia le decía a su amante esposa: "te voy a ayudar a fregar los platos, como los maridos de las películas americanas". No me acuerdo bien, pero imagino que sería de algún lavavajillas, claro. Al fin y al cabo, los grandes cambios empiezan por las cosas pequeñas.
Me había confundido y había puesto VHF en lugar de UHF, lo que en una articulillo nostálgico como éste es imperdonable. Por fortuna, la homenajeada me ha advertido a tiempo y he podido corregirlo.

23/2/07

El Honor del gusano

Mientras se me ocurre algo no relacionado con la actualidad informativa, aquí va otro de mis socorridos cuentos de guerra para pasar el rato. Conste que algunos amigos y el Registro de la Propiedad Intelectual son testigos de que es anterior al primer libro de Alatriste.
...porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace
y, sin mirar cómo nace,
se mira cómo procede
Don Pedro Calderón de la Barca
soldado de Ynfantería española
Ya conocía la sensación. Siempre era igual y sus muchas cicatrices lo sabían: El redoble de los tambores. Los tambores y los hombres marcando el paso, pica al hombro, al encuentro del enemigo. Franceses, luteranos o flamencos, tanto da. Los jóvenes miran en torno tratando de parecer valientes. Los viejos miran adelante, imaginando lances para no pensar en nada. El era de los viejos.

Pero, en seguida, las picas apuntan al frente, vienen los caballos, las filas se detienen; hay pistoletazos, alguno cae; abren fuego los mosqueteros: caen caballos y jinetes; se avanza nuevamente. Baten los tambores y el polvo oscurece el cielo. En alguna parte truena una bombarda. Miedo. Huecos en las filas. Un amigo menos. Voces de “teneos firmes”, ayes: “Confesión”... La batalla: hierro contra hierro, hombre contra hombre. Una carga de caballería, y luego otra; se mantiene el muro de las picas y, de repente, se corre, se grita, todo es confusión, amigos y enemigos mezclados: baten los tambores, los tambores... Los cañones callan, salvo a lo lejos, los mosquetes ya no pueden disparar y todos echan mano a los hierros. Ya no hay sitio para las picas, se combate –se muere- con la espada, con el puñal, o con los dientes. Chispas, sangre y ruido.

Lope de Mendaña se encontró solo con tres o cuatro soldados de los bisoños, perdido en el caos. Era uno de esos momentos de calma en que la batalla parece haberse olvidado de ti. Pensó en sus largos años de guerrear y en que siempre era lo mismo: siempre hay un momento en que te quedas solo y hay oportunidad de ser cobarde. Miró a los soldados, que vigilaban alrededor y vio su miedo. Uno le preguntó: “Lope, ¿qué hacemos?”. “Matar enemigos, demonio”. Buscó a los tales enemigos, pero no los vio, al menos vivos.

Pensó que era viejo, que había encanecido al servicio de Su Majestad sin otra paga que ver mundo y muchas heridas: Si hubiera pasado a las Indias como su hermano Antón, siquiera tendría hacienda que legar a sus hijos; mas, por no tener, ni hijos tenía, como no fueran de alguna putilla con que hubiera holgado. Pronto vendría una mala herida y se vería como tantos soldados impedidos mendigando de los jóvenes un jarro de vino a cambio de historias. Andrés, que se enrolara cuando él, de tambor con Don Alejandro Farnesio, ascendió a Alférez y era ya Capitán con su propia compañía; Bernal, de Medina como él, era Sargento Mayor en Italia. Los demás habían muerto o no sabía de ellos; en cuanto a él... Después de treinta años, cabo. Cercano a morir de mala manera y sin un maravedí. Claro es que, de haberlo tenido, se lo habría jugado la noche antes.

De súbito, Pedro, uno de sus gañanes, gritó: “¡Que vienen, que vienen!”, y así era: Entre el polvo venían unos jinetes. Lope escondió a sus hombres tras de unas peñas que había y los mantuvo quietos hasta que los franceses estuvieron encima; entonces gritó “¡¡A por ellos!!” y saltó adelante, con su media pica, de modo que el que iba primero se la encontró en la cara. Rodó por tierra con el caballo y el que iba tras él tropezó y cayó del mismo modo. “¡Venga, venga, hideputas!”, gritó, y los mozos gritaron y dieron sobre ellos, los franceses, que caracoleaban los caballos y repartían mandobles sin saber de dónde los atacaban. La pica se le había quedado hincada en la celada del caballero y echando mano al espada (la única herencia de su padre, pobre pero hidalgo) se metió en la liza. Uno de los jinetes le dio un tiro en un ojo al Pedro, pero Lope -que era viejo-, acercándose por detrás le segó los tendones de las patas al caballo, que se derrumbó relinchando que daba pena. El caballero estaba aturdido del golpe; echose sobre él, le pisó la mano de la espada y su daga, que era tiesa como un clavo, se la metió entre las rejas de la celada, dándole golpes con una piedra hasta que dejó de gritar el francés.

En eso, sólo quedaban tres enemigos que se disponían a huir, cuando Lope oyó que a uno le decían “Monseñer”, que era señal de respeto y vio la banda que llevaba sobre el peto, con que se dijo que ese tal no debía escaparse. Miró alrededor con rabia y vio un par de pistolas en el arzón de una silla; las cogió y disparó al pasar a su lado el jinete, con tal suerte que rompió una pata al caballo, que tropezó y cayó, arrastrando consigo al jinete. Lope le cortó el cuello al animal para que no coceara más y se acercó. El caballero tenía una pierna bajo el cuerpo del bruto y no podía valerse; además, había perdido la espada. Le quitó las pistolas y miró en torno. Uno de los que huían lo lograba y sus hombres mataban trabajosamente al otro, que pedía cuartel.

Estaba muy cansado. Se limpió el sudor que le corría por la cara dejando surcos en el polvo. Respiró hondo. Los llamó y les dijo “Muchachos, creo que hemos hecho el día que, si no me equivoco, éste es su general”. Se acercaron mientras él cortaba con un cuchillo las correas del yelmo para sacárselo y, como el otro se resistía, le dio un puntapié. Le descubrió la cabeza y vio que tendría su misma edad, pero de facciones finas y pálido el semblante: éste no parecía viejo, como quien ha llevado buena vida y desconocido el hambre. “Rendíos”, le dijo. El otro sonrió displicente y le preguntó en buen castellano: “¿A ti, soldado?”. “A mí no: al Rey”.
El noble señaló su espada, caída a unos pasos, sin dejar su sonrisa. Uno de los mozos la cogió y se la trajo, y era muy rica, con muchos gavilanes, llena de dorados y de calados en la hoja. Lope la miró y luego la suya, recia y toda de acero, y con melladuras. El francés habló con la misma sonrisa superior: “Hoy te has hecho rico, soldado”, y hablaba en castellano por que lo entendiera. Los demás, que eran tres al haber muerto el resto, lo miraron con ojos codiciosos y se acercaron más. Lope estudió el arnés completo del caído, muy rico, de acero pavonado, todo volutas y damasquinados, y luego su propia coracina, toda rozaduras y jirones que se veía el hierro, y bajo ella, la cota de mallas, remendada cien veces. Y como el noble francés le mirase y seguía sonriendo, le dijo: “Sí, ríase vuesa merced, que de poco le han valido sus ricas armas este día”. A lo que el otro repuso: “Tan ricas como éstas podrás llevarlas cuando cobres mi rescate; ya has hecho tu fortuna”.
Y había tal desprecio en su expresión que el soldado se lo quedó mirando muy fijamente y le preguntó: “¿Así que piensa vuesa merced que nosotros luchamos y morimos para cobrar rescates y hacernos ricos?”, a lo que el general contestó mostrando el campo y a sí mismo: “Eso me parece”, y seguía sonriendo muy seguro de sí. Mucho le dolió a Lope aquella respuesta y más aún aquella sonrisa, pues se levantó con la espada en la mano y dijo “Vea vuesa merced como no”, dicho lo cual, le dio un tajo que le dejó la cabeza medio separada del cuerpo.

Sus compañeros quedaron espantados de ver esto y uno de ellos le dijo: “Lope, ¡qué locura!” A lo que él repuso muy tranquilo, sonriendo a su vez mientras limpiaba la espada con la banda blanca del general: “Locura, tal vez... ¡Pero qué gesto!”.

17/2/07

Una de mapas de la Primera Guerra Mundial



Aquí están los mapas que quienes saben me han pedido. Qué creíais, ¿que no los tenía a mano? Jeje. Bueno, me encanta que queráis disfrutar de la intimidad de mi emilio, pero yo preferiría que lo empleárais para hacerme proposiciones indecentes; las cosas de los posts, ¿por qué no las contáis en comentarios para que se entere todo el mundo y el blog quede como más vistoso? No me importa nada ¿eh?, que conste.

Bueno, pues el primero es el del Pacífico Sur como quedó despues de la Primera Guerra Mundial y puede verse que todas las antiguas posesiones alemanas fueron entregadas a Japón como mandato de la Sociedad de Naciones. Ya se sabe que la Sociedad de Naciones acuñó el término “mandato” porque quedaba mucho más democrático que “botín”.

En medio de las Carolinas, Marquesas, etc., se ve un cuadradito que es Guam y pertenece a USA. Es que Guam se lo quitaron los estados Unidos a España en la guerra de 1898 y existe la jugosa anécdota de que, cuando llegó la escuadra yanqui a la vista de la isla, una batería de costa española abrió fuego. Pegaron unos cuantos cañonazos y pararon. Una chalupa de vapor se acercó al buque insignia y un oficial pidió permiso para subir a bordo. Los yanquis, muy sorprendidos, le dijeron que bueno, que subiera. El oficial español saludó muy correctamente al almirante americano y le pidió disculpas en nombre del Gobernador por no haber hecho todas las salvas de ordenanza, pero que es que andaban muy mal de pólvora y no estaba la cosa para gastarla, que esperaba que lo comprendiera y no se lo tomara a mal.

El almirante, muy cortés, le dijo, que si es que no se habían enterado de que España y Estados Unidos llevaban una temporada en guerra. Gasp. Pues no, la verdad. Pues eso es lo que hay; en realidad, nosotros veníamos a invadir. Pues creo que ya he hablado más de la cuenta, en fin... Bueno, pues de ahí el cuadradito.






En cuanto al otro mapa, es el del tratado que hicieron en el 16 el Señor Sykes y el señor Picot del que todo el mundo ha oído hablar. Como puede observarse, todo lo que hasta los años 20 se conocía como “Siria”, se llama así: Siria. La zona azul maciza es la que se quedaba directamente Francia, y la Roja Maciza, la que se quedaba directamente Inglaterra. Las no macizas, eran “zonas de influencia”. Como puede apreciarse, la zona francesa se quedó en mucho menos porque Mustafá Kemal no les dejó meterse en Anatolia (a pesar de que lo intentaron bastante hasta el año 21 o 22, usando al ejército griego para invadir, como usaban al polaco en Europa contra la URSS) y hasta consiguió que en el último momento le dejaran también el sandjak de Alejandreta.

Por otra parte, la zona de Mosul, que también era para Francia, se la pasaron a los ingleses antes de darse cuenta, los muy torpes, de que estaba llenita de petróleo, a cambio de una participación en la compañía petrolífera de Irak (más el consabido porcentaje de Gulbenkian). Lo único reseñable es que aparece el previsto mandato internacional para Palestina, que en 1916 no tenía nada que ver con Israel (la Declaración Balfour es del año siguiente) sino, supuestamente, con la cosa de los Santos Lugares. Como puede verse, tampoco está Transjordania, porque aún faltaban unos años para que a Churchill se le ocurriera la idea de inventarse otro país para mantener a Ibn Saud apartado del Mediterráneo.

Hala, mañana, más.

15/2/07

Seguimos con la Primera Guerra Mundial




Por alguna extraña razón, en el bar seguimos con la Primera Guerra Mundial. Al parecer, en 1914 todo el mundo confiaba en algo llamado "la apisonadora rusa". Tal cosa consistía en la pretendida aplastante superioridad numérica del ejército imperial ruso, que arrasaría al ejército austrohúngaro y al alemán. Ese fue el principal motivo de la altanería francesa y, al fin y al cabo, de que una limitada operación de castigo Austro-serbia, degenerara de la manera más tonta en la Primera Guerra Mundial y lograra la cifra récord (por un tiempo) de 20 millones de ciudadanos muertos.


Cuando Rusia invadió Alemania en 1914, provocó algunos problemas (cuando aquí se habla de "problemas", entiéndase unos cuantos miles de muertos. “Serios problemas” es algunos cientos de miles), pero ninguno demasiado irresoluble. El Estado Mayor Alemán tenía claro que la apisonadora rusa no existía, pero lo sorprendente es que todos los demás lo creyeran después de las últimas guerras libradas por Rusia: La de Crimea, la siguiente ruso-turca en la que ocurrió lo de Plevna, y, sobre todo, la ruso-japonesa, en la que la catástrofe militar habría sido ridícula, de no ser por las dimensiones de la tragedia.


El ejército ruso hizo una demostración palmaria de incapacidad (aunque Kuropatkin fuera todo un caballero), con la honrosa excepción de la Brigada Mahou (no es invento mío, lo juro) y algunas sotnias cosacas a las que se unió nuestro juguetón capitán La Cerda, de los Húsares de Pavía, que andaba por ahí de misión en 1905 y al parecer aprovechó para descabezar algunos japoneses, con la desaprobación de su jefe el Marqués de Mendigorría.


Si la cosa se hubiera limitado al hecho de que Rusia quería mantener cierta fortaleza serbia (por la cosa de la sempiterna tendencia a controlar los estrechos o, en su defecto, los Balcanes: ya se sabe, el empuje ruso hacia mar abierto), que el Imperio Austrohúngaro quería evitar que los serbios se le desmandasen más de la cuenta; que Alemania tenía que echar un cable a Austria-Hungría y que Francia tenía que apoyar a Rusia por sus pactos y porque tenía cuentas pendientes con Alemania, y -sobre todo- de que los que mandaban eran todos absolutamente gilipollas y una banda de incompetentes, la cosa no habría pasado a mayores, tal vez. Yo creo que, de no ser por Francia, los alemanes y los rusos habrían acabado entendiéndose después de unos pocos cientos de miles de muertos. Lo malo es que por detrás -también- estaban los ingleses, que eran los principales interesados, pinchando. (y produciendo algunos malentendidos, como hemos visto)


La raíz del problema era que Alemania se estaba poniendo demasiado levantisca con la cosa de adecuar su influencia política a su nivel económico, y -aparte de colonizar sitios no demasiado disputados (de eso hablaremos en otro momento: la mayor parte de los archipiélagos del Pacífico Sur por los que zascandileaba Corto Maltés cuando aún estaba a las órdenes del Monje, que tras la PGM le fueron entregados en fideicomiso al Japón por la Sociedad de Naciones, y levantar el Camerún a los ricos españoles)- estaba empezando a poner las zarpas en Oriente Medio y había pergeñado con los turcos una cosa llamada ferrocarril Berlín-Bagdad-Basora que, entre otras muchas cosas, parecía considerar que el Imperio Otomano tenía alguna clase de derecho a seguir existiendo (aunque sólo fuera por interesarle a Alemania). Y eso, ya, tocaba los cojones a los rusos (que seguían con sus eternas expectativas de mares abiertos) y al Imperio Británico, (que ya los tenía). Y de rebote -lo que fue decisivo- al protoimperio estadounidense que ya merodeaba por Persia.


Los telegramas del post del otro día son una pequeña muestra de algo: al parecer, nadie quería realmente meterse en una guerra como la que al final se dio. Pero parece ser que eso ocurre siempre, dado que los políticos -que son los que empiezan las guerras- tienen una capacidad de aprendizaje que tiende firmemente a cero, cosa comprobada desde los tiempos de Pirro. Al final, la Primera Guerra Mundial tuvo un único vencedor, que fueron los Estados Unidos: esperaron pacientemente hasta que los contendientes estuvieran adecuadamente desangrados y, entonces, intervinieron para inclinar el fiel de la balanza hacia su estado nº 51 (como volverían a hacer en los años 40) Entre tanto, se dedicaron a prestar altruistamente dinero para que los estúpidos europeos siguieran masacrándose; dinero que luego sería recuperado implacablemente, mientras los europeos se embargaban entre sí para poder pagarlos. Esa operación se repitió a escala teratológica en la Segunda Guerra Mundial. La Primera hizo tambalearse la hegemonía europea; la Segunda, la enterró definitivamente. Los neoliberales (antes fascistas) siempre nos recuerdan que Roosevelt salvó a Europa de Hitler. Falso: quien salvó a Europa de Hitler fue Pepe Stalin, al precio de 20 millones de ciudadanos soviéticos. Otra cosa es que, de esa Europa salvada, se quedase con la mitad.


La Primera Guerra Mundial produjo dos de los problemas que aún hoy en día condicionan el panorama mundial, y los dos los provocó el Gobierno francés (su jefe: el Tigre Clemenceau, un tipo bastante desagradable): Todo el caos centroeuropeo que dio lugar a la Segunda Guerra Mundial y que, aún hoy día sigue llenando portadas de periódicos, a base de guerras balcánicas: vbgr. Bosnia, o Kósovo. Y Oriente Medio (ahora próximo).


Fue Francia (apoyada por ese supuestamente seráfico presidente llamado W. Wilson) la que se empeñó en desmembrar el Imperio Austrohúngaro y en inventarse estados a diestro y siniestro por Europa, cosa que aún estamos pagando, y, por otra parte, la que se empeñó en hacer valer sus inmarchitables derechos sobre el Levante, dado que, al parecer, la República Francesa había heredado por derecho divino los reinos cruzados en lo que se decidió que iba a ser Siria y Líbano (de hecho, lo que hoy llamamos Líbano es un sangriento invento Francés) Todo el follón que hoy tenemos en Oriente Medio (hoy Próximo: me imagino que por la cosa de los aviones e internet) viene de las tonterías imperialistas francesas para quitarse su complejo de inferioridad desde que Napoleón perdió y de que los Estados Unidos estaban siempre detrás para terminar de jorobar la cosa. Todo estropeando las construcciones del imperialismo británico que, por lo menos, tenían alguna clase de sentido común.


Realmente, provocó otro problema no despreciable, que fue que nunca sabremos cómo habría podido ser "el socialismo", ya que, tras el armisticio de 1918, la Gran Guerra se prolongó hasta bien entrados los años 20 en un intento al final fallido de aniquilar a la naciente Unión Soviética, con los Ingleses y Franceses usando como carne de cañón en Occidente a Polacos, checos, bálticos y demás colindantes, junto con los rusos blancos de Denikin y Wrangel. En Oriente, americanos y japoneses (juntos, ojo) hacían cosas raras por Siberia, Manchuria y la Transbaikalia en general, en apoyo de los rusos blancos que por esta parte mandaba más Kolchak (sin olvidarnos del bueno de von Ungern Sternberg, Ungern Khan, conquistando Urga y tal). Bueno, no es tan simple, pero para empezar no está mal. Lo que sí es cierto es que Blücher seguía pegándose con los japos bien entrados los 20 allá por Manchuria.


Lo que siempre resulta fascinante de todo esto es que en esas guerras terroríficas que los ricos organizan para pelearse entre ellos, lógicamente, no se amasacran los ricos, sino los pobres e incluso la clase media (alguien tiene que proveer el cuerpo de oficiales una vez que la nobleza ha ido aburguesándose y anda algo desprestigiada) y, todo ello, por una serie de planteamientos bastante primarios acerca del honor, la libertad, etc. (vid. “Gorilas en la niebla”)Como yo he tenido 18 años y me sé un montón de canciones, ("Nuestra Espaaña Gloriosa, nuevamente ha de seer la nación po-derosa que jamaás dejó de vencer") puedo entender que haya guerras: hay que aprovechar mientras haya gente joven dispuesta a dejarse liar y enviar a ser despanzurrada. Luego, enseguida, la cosa rueda por sí misma: ahora que ya no se respeta nada, en cuanto hay suficiente gente que ha visto cómo violan a su madre o a su mujer ante sus ojos e hijos que han visto castrar a sus padres, ya no hay que apelar a banderas o a entelequias ideológicas: el sentimiento natural de la venganza hace el resto. Lo malo es que, cuando los ricos consiguen lo que querían, la naturaleza sigue su curso y ya no hay quien pare el lío que han organizado.


Robert Graves, en "Adiós a todo eso", tras contar sus experiencias de la Primera Guerra Mundial (capitán a los 19 años, mandando un batallón de cuando los batallones eran batallones, o sea: mil tíos, con una docena de heridas de guerra y bastante neurasténico) nos da la receta de cómo acabar con las guerras: Que sólo puedan ir a ellas los mayores de cuarenta años, y los jóvenes, animando a sus papás que marchan al frente, agitando banderitas en la estación y cantando Tipperary.


(Nota: cuando hablo de países, obviamente, me refiero a sus ricos y gobernantes -generalmente coincidentes: éstos como criados de aquéllos- y no al vulgo promiscuo, ya que las actuales multinacionales aún estaban en fase experimental)