
Acabo de asistir con cierto asombro a la conversación entre dos de mis vecinos del vagón de metro, prolongada al menos desde Príncipe Pío hasta Cuatro Caminos.
Lo califico de conversación incluyendo los monosílabos inarticulados y la comunicación no verbal como formas de expresión; porque, de atenernos a lo que es propiamente hablar, era –sin duda- un monólogo.
Dos especimenes humanos jóvenes (sobre los 25), aparentemente sanos. Él con toda la pinta de recién licenciado en alguna Filología en paro: pelo rizado, gafas y vestido con una de esas prendas de vestir que seguro que poseen un nombre concreto que yo desconozco, pero que son como una especie de chilaba corta de inspiración vagamente étnica y que se ponen los jipis para entretiempo.
Ella, artista –seguro- o aspirante a tal. O al menos ella se percibe a sí misma como artista, porque va toda de negro hasta los pies vestida y todo con una pinta como muy original, como de tienda especial para gente “diferente” sin demasiados recursos. La única nota de color la da el bolso, que es clónico de la bolsa de deportes que yo usaba a los 12 años para ir a Judo (y que odiaba), ya saben: de plástico-plástico, con esos rebordes de canutillo y todo. Sólo que ésta lleva una profanación posmoderna del careto del Che Guevara fumándose un porro y con los ojos rojos.
El monólogo era sobre poesía. Cágate lorito. Era evidente que el tío estaba aguantando el coñazo que le estaban dando con esa cara de estar interesadísimo y de que era todo como mazo de profundo, porque albergaba ciertas esperanzas de lograr un acceso carnal con la tía. No inmediato, desde luego, que eran las nueve de la mañana y la artista seguro que iba a desayunar en algún sitio con wifi y luego a visitar alguna galería de arte o algo así; pero, desde luego, el lo consideraba posible, dada la expresión con que le estudiaba disimuladamente las tetas. Deduje, pues, que el tipo es paciente.
Y la tía, dale que te pego.
- ¿Has leído a Whitman?
- ¿Eh?
- Walt Whitman. ¿Lo has leído?
- Eeh... No.
- Su poesía es...
Afortunadamente, los ruidos propios del metro enmascaraban parte de la conversación.
- Es, básicamente, poesía de amor... él ama, ¿vale? Pero... la realidad... la realidad y el deseo... la realidad se impone... etc.
Así durante un cuarto de hora de reloj. Cuando se bajaban, ella iba diciendo:
- Está considerado como uno de los mejores poetas que... (Y ahí se ha cerrado la puerta).
Yo, al final, estaba aguantándome las ganas de darle un grito al muchacho a ver si se espabilaba, que yo conozco a las artistas (a varias incluso en sentido bíblico, no se vayan a creer que hablo de oídas), de decirle: pero chico, di algo, hombre, cámbiate de ropa inmediatamente y apúntate a un cursillo de bondage o algo, que no te vas a comer una rosca, te lo digo yo. Pero, total, para qué... Hay cosas que hay que pasarlas. Y, la verdad, la tía no estaba tan buena, pero es que seguro que la próxima iba a ser llevarle de novedad al estarbuk con sus amigos gays que esos sí que tienen estilo y están desinhibidos.
Y, entre Cuatro Caminos y Nuevos Ministerios, me vino a la memoria la última vez que yo tuve una conversación sobre Whitman (bueno, y la única, creo)
Fue en el Sakara. El Sakara era un garito del barrio, felizmente cerrado ya, cuyas dos únicas virtudes eran que tenía billar y que cerraba a unas horas demenciales incluso entre semana. Lógicamente, funcionaba como vertedero de todos los demás bares del barrio, (incluido nuestro añorado Enredos, patria de todos los CHSF) y de todas las rupturas sentimentales del barrio.
Yo estaba levemente afectado y acababa de echar una partida de billar con una moza conocida de los bares de la zona y recientemente divorciada. Estábamos tomándonos una cerveza en la barra y, de pronto, me dice algo de Whitman. Yo, claro está, había echado un vistazo en la Facultad a “Hojas de hierba” o al “Canto a mí mismo” o algo de eso, más que nada para poder mantener a distancia a las novias de mis amigos; pero, justo en ese momento, daba la casualidad de que me estaba leyendo su diario de la guerra civil, cuando el hombre andaba por los hospitales de campaña ejerciendo de enfermero de almas sin titulación.
Eso me dio bastante juego, como es lógico, porque cuando una tía saca a Walt Whitman a colación se refiere siempre a la poesía, “Oh capitán, mi capitán” y todas esas cosas, y quedas de lo más culto, hablándoles de otra faceta suya. En realidad, ya estaba empezando a contarle (cosas de la Mahou) que es que al insigne vate de la barba florida le ponían los efebos de uniforme con grandes mutilaciones, cuando me di cuenta de que qué cojones hacía yo hablando de un poeta yanki (y encima maricón) (perdón, cosas de la Mahou) en la barra del Sákara a las tantas de un miércoles con la ex de un vecino. Obviamente, sólo había una respuesta: que padecía un trance de imbecilidad transitoria.
- Oye, fulanita: ¿a ti te parece que vamos a follar esta noche?
- Eeh... Pues yo creo que no.
- No, si lo digo porque es que si no, no se qué hago hablando de Walt Whitman con las horas que son, que mañana tengo que currar.
- Pero tío, ¿cómo puedes ser tan bestia?
Para eso, he de confesarlo, no tuve respuesta (cosas de la Mahou)
Nota bene: no me guardó rencor. De hecho, volvimos a jugar al billar alguna vez, pero no volvimos, ni a hablar de Whitman, ni a hacer intención de otra cosa.