26/1/12

La absolución de Camps, el caso Gürtel, los juicios a Garzón y la madre que los pario a todos.

 

Después del veredicto del jurado popular en el caso Camps, aunque uno no es tonto y su confianza en la justicia es más bien floja, la sensación que me invade es de vergüenza. Hasta tuvieron la agudeza de hacerlo público justo antes de empezar el partido de vuelta Madrid-Barça, para garantizar que esta mañana en los bares se hablaría más de fútbol que de juicios.

Ahora, los que ayer daban por descontada la condena de Camps y lo ponían a parir (Vbgr.: El Mundo) ya pontifican contra ¿los “socialistas”? y los juicios paralelos. Evidentemente, el escenario ha cambiado merced a alguna intervención providencial sobre el jurado popular. (Popular, ¿lo pillan? ¡A quién se le ocurre!). Así que, lo siguiente es que Garzón sea condenado por las escuchas a los Abogados de Gürtel. Yo, la verdad, creo que deberían condenarlo por hacer esas cosas que él ha hecho siempre en sus instrucciones, pasándose por el forro el derecho de defensa y produciendo incontables absoluciones de grandes camellos y gente así. Es famoso por ser un instructor tan malo como buen propagandista de sí mismo.

Lo malo es que, una vez condenado Garzón, como merece, no sólo no va a acumularse todo el caso Gürtel (o sea, financiación ilegal del PP) en el Supremo, como debería ser; sino que, debido a las escuchas ilegales de nuestro Juez Estrella, van a llover las solicitudes de nulidad de actuaciones en todo lo relacionado con la trama del Sr. Correa y sus colegas; nulidades que es probable que prosperen, aunque sea en Estrasburgo.

Resultado: el que ya conocemos. Una serie de tipos que todo el mundo sabe que son culpables, serán exculpados y, dentro de unos años, nadie se acordará de esto. ¿o se acuerda Vd., amable lector del Caso Naseiro, pongo por caso?



10/1/12

Entrenando para el desastre II.

 

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La del pirata es la vida mejor

 

Cuando yo iba al colegio, sabía perfectamente que ciertos comportamientos estaban prohibidos y que infringir la prohibición implicaba castigos terribles. Eso era así. Como es lógico, todo lo que estaba prohibido molaba: si no, no lo habrían prohibido.

Ante tal situación, la mayoría nos buscábamos la vida para burlar la prohibición, mientras que otros la acataban por miedo al castigo. Esforzarse en burlar la prohibición suponía desarrollar esas capacidades de sigilo, vigilancia, planificación y búsqueda de información sobre el enemigo y el campo de batalla que tradicionalmente se consideran necesarias para la supervivencia de la especie. En realidad, muchas veces, lo prohibido no molaba tanto; lo que verdaderamente molaba era –eso- que estaba prohibido: molaba el riesgo, notar ese cosquilleo en las tripas, sentir que te atrevías.

Pero había otros que acataban la prohibición, ya digo. Éstos se escudaban en criterios morales: si la autoridad había decidido prohibir algo, es que ese algo era malo. Como reconocer que, por ejemplo, no entraban en la capilla a deshoras a ver si de verdad había un fantasma por miedo a que los castigaran, debía de ser muy duro para su autoestima (palabra que, por cierto, aún no existía), pretendían hacer creer que ellos no lo hacían, no porque fueran unos gallinas, sino porque eran buenos, no como nosotros. Como solían compensar su cobardía estudiando mucho, cuando el profesor elogiaba en público su asqueroso comportamiento, ellos en lugar de avergonzarse, se esponjaban cual gato persa mientras los demás vomitábamos mentalmente. Con el tiempo, a fuerza de comportarse así, llegaban a creerse que poseían un elevado sentido moral del que nosotros carecíamos y que les evitaba remordimientos por su nulo compañerismo, incluso cuando se despeñaban por la más baja sima de lo abyecto, que era -claro está- chivarse.

Un chivato era lo peor. Para no sentirse un mierda, se había identificado con el poder hasta creer que el profesor era su amigo, y que sus enemigos éramos nosotros. Así que se hundían en la mierda sin posibilidad de redención: no cabía el perdón para el chivato, sólo el vacío y la venganza.

Ha pasado una eternidad, miro a mi alrededor y ¿qué veo? Un mundo donde los chivatos imponen su ley. Han aprendido, por ejemplo, que no hay que quitar la vista de encima a sus hijos ni un momento, no vayan a hacer lo que hacen los niños sanos, o sea, desobedecer. Por eso, se pasan la vida en el colegio, para vergüenza de sus retoños, cabildeando con los profesores o, si los profesores son personas normales, haciéndoles la vida imposible. Por eso, no dejan a sus hijos salir solos a la calle ¡ni para ir al colegio! Como ellos eran unos cobardes, necesitan que sus hijos lo sean también (igual que antes: para no sentirse unos mierdas) y se pasan la vida asustándolos con lo peligrosos que son los coches y que el mundo es un lugar tenebroso lleno de pederastas que raptan a los niños. Por eso, hacen los deberes con ellos, y supervisan sus juegos, no les vaya a dar por pegarse o por leer algo interesante en vez de los pestiños que les mandan en el cole; les obligan a hacer cosas absurdas cuando acaban las clases – inglés, ballet, lo que sea antes que dejarlos jugar en paz- no porque los niños quieran (que lo que querrían es perder de vista a sus padres por lo menos un rato) sino porque lo quieren ellos (poder decir que su niña es más superdotada que las demás), y, aunque no lo quieran, lo harán de todas formas para no ser escarnecidos por los demás papis y mamis: “Fulanita es una mala madre: su niño no va a ballet.” De ir al colegio solos, ni hablamos, claro. Un niño de 11 años que cogiera el autobús para ir a clase sería algo tan grave como en mis tiempos no estar bautizado. Imagino que el AMPA denunciaría a sus padres para que les quitaran la custodia. Eso sí, para que los niños no protesten por tenerlos presos, los papis y mamis los sobornan, o tratan de sobornarlos, llevándoles las mochilas, comprándoles ropa cara y artilugios cibernéticos de unos precios impropios de su edad. Ya se sabe, es el viejo truco: el objetivo de la cárcel es reinsertar al delincuente, aunque, en este caso, ni siquiera: se trata de insertarlo y luego, claro, salen niños que escriben cartas a El País.

En resumen, que aquellos chivatos que tanto asco nos daban de niños, han tomado el poder y están a punto de dominar el mundo. Ante tal estado de cosas, sólo queda un valladar que salve el futuro de la humanidad: los tíos. Por suerte, casi siempre hay un tío, una oveja negra de la familia, alguien a quien los propios papis y mamis hacen propaganda al revestirlo del atractivo de lo prohibido. Tenemos una responsabilidad: cada encuentro con el tío –escasos: si se pasara la vida con la familia, no sería una oveja negra- ha de ser un refuerzo positivo del comportamiento normal.

A partir de los cinco años, ya podemos hacer grandes cosas. Para empezar, seremos los únicos que hablaremos con el niño como si fuera una persona normal y no un gilipollas; por eso, nos referiremos siempre a mami como es debido, o sea: tu vieja. A esa edad, ya podemos empezar a enseñarles palabras reales, términos que hagan perder los nervios a papi: cosas sencillas como “puta”, “cabrón”, “gilipollas” o “súbete aquí y da pedales.”

A los seis años, (es tarde, pero no siempre estamos ahí) le enseñaremos a nuestro sobrino o sobrina que, realmente, puede cruzar la calle solo, sin sufrir la humillación de ir de la mano de su vieja. Lo único que tienes que hacer, colega, es mirar a izquierda y derecha  y asegurarte bien de que no vienen  coches. El enano lo hará y comprobará que, no lo atropella un coche fantasma surgido de la nada.

A los siete (lo más tardar) le enseñaremos que, si le pega otro niño, lo que tiene que hacer es pegarle también. Da igual que ganes o no; lo que importa es que los demás se enteren de que pegarse contigo no es rentable. De hecho, habrá que enseñarles algunos trucos: cómo se cierra el puño, sitios en los que, si aprietas, duele un huevo, etc.. Pero, sobre todo, nada de chivarse, ni a tu vieja ni al profesor que, no sólo no van a arreglar tu problema, sino que, encima de que has cobrado, aprovecharán para hundirte en la mierda convenciéndote de que eres una pobre víctima acosada y te llevarán al psicólogo para que te lave el cerebro.

A los ocho, ya va siendo hora de que nos camelemos a los padres (asistir a algún evento familiar sin dar la nota puede bastar) y consigamos que nos dejen llevarnos a nuestro sobrino a la montaña. Si hace falta, nos juntaremos un par de tíos y nos usamos mutuamente de coartada: “no te preocupes, Fulanita se trae a su sobrina también.” Los niños fliparán al ver que esos horizontes que salen en las películas cursis que les llevan a ver sus viejos al cine del centro comercial, existen y que ellos pueden ir allí. Aunque es cansado y hace frío, pero mola, ¿a que sí? Comeremos con las manos, haremos concursos de regüeldos y nos tiraremos pedos, lejos de los padres y los profesores. A esa edad, ya se les puede enseñar a rapelar, que es muy disfrutón y los hará sentirse superiores por un tiempo.

Eso sí, a los nueve como muy tarde, (lo suyo sería antes, pero tenemos que luchar contra un sistema educativo que intenta que aprendan poco y despacio) les regalaremos por su cumpleaños La Isla del Tesoro. Cuando conozcan a John Silver El Largo, lo tendrán más fácil.



2/1/12

Urdangarin y los recortes

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 El Cid, de Nazareno y oro

La opinión cada vez más extendida contra las corridas de toros, viene de que la gente se identifica con el toro. Por lo menos, buena parte de la gente. Es lógico: también nosotros nos dejamos manejar por el engaño -así llaman los taurinos a la muleta-, yendo por donde el torero quiere que vayamos, embistiendo contra el pobre caballo que, con su ojo vendado, está tan ciego como nosotros mientras, desde lo alto, el picador nos hunde una y otra vez la puya inmisericorde en todo el morrillo. Por más que nos duelan los puyazos, no se nos ocurre mirar hacia arriba y seguimos erre que erre, dando topetazos al caballo.

Cuando ya se han cansado de picar y nosotros de embestir el peto, suena el clarín, cambia el tercio y aparecen unos tipos dando saltitos para llamar nuestra atención hacia otra parte. Nosotros nos creemos que podemos cogerlos, pero, justo cuando los tenemos al alcance de la mano –de los cuernos- nos hacen un quiebro y nos plantan en todo lo alto un par de banderillas. Nosotros, en vez de ir a por el tío de los saltitos, nos peleamos con las banderillas olvidando la mano que nos las ha clavado. El resultado final es conocido: después de traernos y llevarnos por el ruedo persiguiendo un trapo rojo, si somos bravos, moriremos de una estocada a la luz del día, entre aplausos del respetable. Si somos cobardes o andamos flojos de remos, seguiremos a una parada de cabestros hasta un sitio donde nadie vea cómo nos liquidan. Bravos o cobardes, nuestro destino es el mismo: la cazuela.

Así terminamos un año y empezamos otro: persiguiendo un trapo rojo cual camiseta de la Selección. Lo perseguimos encantados por su condición de yerno real; de modo y manera que las charlas de los bares tratan de la monarquía y la república –cosas que a nadie importan- y no de la corrupción de los gobiernos de Valencia y Baleares, que son los que malversaban nuestra pasta. Por lo visto, se la regalaban -la pasta- al real yerno por guapo, o por ser quien era; pero nadie habla de qué pasaba luego con ese dinero público que pasaba a manos privadas. Como sabemos, las bandas tipo Noos, Gürtel o Filesa no son más que herramientas para sacar de las arcas del Estado el dinero que pagamos de nuestros impuestos y, después de marearlo más o menos según la habilidad de cada cual, repartirlo con alguien, por lo general relacionado con quien lo ha pagado.

La pregunta debería ser ¿con quién? Pero -¡ay!- las investigaciones judiciales suelen terminar allá donde empieza a peligrar la carrera de los jueces. Y nosotros, mientras sigamos persiguiendo trapos rojos y empeñándonos en embestir al caballo en vez de al picador, no nos vamos a enterar, me temo.



13/12/11

Rescindir el contrato social

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El contrato social.

 

Cuando yo estudiaba, mis profesores pretendían venderme una moto consistente en que existía algo que llamaban “Contrato social.” La idea, al parecer, se le había ocurrido a un payaso con peluca del siglo XVIII y había hecho fortuna. Los términos de dicho contrato implicaban que la gente renunciaba a su libertad personal (por ejemplo, la de ejecutar a los saqueadores) y aceptaba delegar sus funciones en el Estado para evitar el caos (por ejemplo, delegar el ejercicio legítimo de la violencia), asumiendo una serie de normas de conducta (por ejemplo, en vez de ejecutar a los saqueadores, denunciarlos, para que el Estado los juzgue y los absuelva o los indulte). A cambio de esta renuncia y aceptación, el susodicho Estado, se comprometía a cuidar de la gente. Formalmente, es un contrato clásico: yo renuncio a hacer lo que me dé la gana y te doy parte de lo que gano, y tú te comprometes a evitar que me roben (por ejemplo, ¿…?) o me asesinen y gastas los impuestos que yo te doy en cosas beneficiosas para todos (por ejemplo, financiar a los partidos políticos o a los bancos).

Hasta ahí, todo bien; el único defecto que le veo es que yo no he firmado ese contrato, ni le he dado poderes a nadie para que lo firme por mí. De hecho, mis padres tampoco lo firmaron, ni ninguno de mis abuelos; ni conozco –la verdad sea dicha- a nadie que conozca a nadie que lo haya firmado. Tampoco conozco a nadie que haya visto la escritura ni me sepa decir cuáles son las cláusulas concretas. Por todo ello, después de mucho pensar, he llegado a la conclusión de que ese contrato no existe. Sí, sí, por asombroso que parezca, creo que se lo han inventado. Hay antecedentes, lo concedo, como la relación clientelar de los romanos o el pacto feudovasallático en época más reciente; pero aquéllos sí que eran verdaderos contratos –con cláusulas conocidas- que, al menos en teoría, podían rescindirse si una de las partes lo incumplía (por ejemplo, si venía una algara de moros y el conde, en lugar de convocar su mesnada y cabalgar a echarte una mano, se encerraba en su castillo hasta que pasara la tormenta) y, si no aceptaba la rescisión, y tú seguías con vida, siempre podías amotinarte, reunir a las gentes del común y, juntos y airados, tomar por asalto la guarida del señor felón, colgarlo de una almena o pasear su cabeza en lo alto de una pica y recuperar todas las provisiones que guardaba en su despensa: era el derecho a la rebelión y al tiranicidio, glosados por Platón, Aristóteles, Cicerón, Santo Tomás de Aquino, Francisco Suárez, Juan de Mariana y muchos pensadores anglosajones. Los tiranos en general son poco dados a reconocer estos derechos, cosa lógica, ya que nadie en su sano juicio aceptaría como justo que el populacho enardecido enarbolara su cabeza en la punta de una pica y pusiera en los caminos sus despojos hechos cuartos. Bueno, lo aceptan si los tiranos son otros y les molestan por algo; pero eso no importa, porque son derechos naturales que uno puede ejercer si la ocasión se presta, independientemente de la opinión del tirano. Además, no siempre hace falta ejecutarlo: puede bastar con meterlo en la cárcel y confiscar sus bienes. En Islandia lo han hecho y no parece que les vaya mal.

El único problema que veo es que, para ejercer el derecho de rebelión (dejemos de momento el tiranicidio para personas menos civilizadas, gobiernos de la OTAN y gente así ) hace falta ser consciente de que hay motivos para rebelarse y, si en algo se gastan la pasta los tiranos, es en distraer al populacho de esos motivos. Para ello, los tiranos se reunieron un día en un castillo de los Cárpatos, junto al sarcófago de su fundador, y acordaron poner en marcha un proceso de ingeniería social con dos vertientes:

a) El proceso de imbecilación.

b) El proceso de blandengación. (ellos lo denominaron “proceso de mariconación”, pero como hay Gays y lesbianas más bestias que Terminator, como Aquiles Pélida o la Monja Alférez, he acuñado “blandengación” como término provisional)

Ambos procesos, para convertirnos en unos imbéciles blandengues, están inextricablemente unidos y a cargo, básicamente de la televisión, la escuela (“cole”, en su lenguaje) y los padres (“papis y mamis”). Su objetivo, a estas alturas a punto de cumplirse por completo, es convertir a los humanos, sobre todo a los de los países ricos, a los que no se puede exterminar impunemente, en borregos aterrorizados por las amenazas más absurdas capaces de creerse que sus saqueadores son buenos y tiemblen ante la sola idea de sufrir algún tipo de dolor o privación, por leve que sea. Pero hay que darse cuenta de que para dolor y privación, los que Ellos nos producen y que, la verdad, no compensa quedarse de brazos cruzados, intentando convencernos a nosotros mismos de que los sicarios que “elegimos” para que nos gobiernen o jueguen con el poco dinero que ganamos son buenos y cuidan de nosotros. Porque no es verdad. Desde su punto de vista, somos presas; y nuestros escasos bienes, son su botín. Por lo menos, habría que  oponer un poco de resistencia.

 

primera-guerra-mundial-ametralladora Oponiendo un poco de resistencia.

 

Resumiendo: que como lo más probable es que el contrato social no exista y, en el improbable caso de que existiera, habría caído en desuso, se puede rescindir. De hecho, si nos quedara un mínimo de dignidad, lo rescindiríamos. Os animo a ello.



2/12/11

Por qué llevo un mes sin escribir.

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Ante la inactividad del Banco Central Europeo, hay alternativas creíbles para salir de la crisis.

 

Vale, de acuerdo, llevo más de un mes sin escribir nada. Bueno, sin escribir, no: sin publicar. Pero es que todo lo que me salía de la tecla era parecido a esto: 

"Vivimos en un mundo de gilipollas. Gilipollas alienados desde que nacen por unos padres tarados, un sistema educativo estúpido y unos medios de comunicación a sueldo o con delirios de grandeza (y a sueldo). Todo ello con el objetivo de que los neonatos (“criaturas”, según la nueva denominación oficial), sean incapaces de comprender que sus actos tienen consecuencias y sean esclavos obedientes que dirijan su ira y su frustración única y exclusivamente contra sus iguales: los otros gilipollas que se intoxican con estupideces un poco diferentes (sacar los huesos del generalísimo del valle de los caídos, escribir con x en lugar de con @ –que ya tiene delito-  poner cámaras en todas las gasolineras para detectar ministros del PSOE, que UPyD tiene que tener grupo parlamentario, pero Amaiur, no; que ahora que Zapatero se va, pierde el Barça y gana el Madrid, como debe ser; el estilista de Cristiano Ronaldo) Las discusiones en los bares han descendido a su nivel más bajo desde la muerte de Franco. La gente a tu alrededor discute -citando textualmente frases enteras de El País o de El Mundo del día- sobre la crisis económica, el hijo de Paquirrín, el terrorismo, los inmigrantes, la violencia de género, la vuelta de Mecano o el hambre en el mundo repitiendo como papagayos las consignas que su líder mental les ha lanzado ese día. Hasta los taberneros han perdido nivel: ya sólo responden cuando se habla de fútbol y, aún así, con problemas; porque como hoy en día tienen que opinar también de tenis, de coches, de motos, de baloncesto (cuando juega la Selección) y hasta de golf, se me están liando los pobres. La semana pasada me corté el pelo y el peluquero tenía puesto en la tele un partido de fútbol sala. De aquí a nada, me hablará de cómo quiero que me corte el pelo y no tendré más remedio que buscarme otro peluquero.”

O bien:

“Hay que recortar gastos en educación y sanidad, paralizar la inversión en infraestructuras (útiles, en los aeropuertos de Castellón y Ciudad Real, no: ayer me informaron de que se han presupuestado 300.000 € para halcones y halconeros en éste último) porque el Estado debe cumplir sus objetivos de déficit para que baje la prima de riesgo. Si la gente que votó el domingo supiera leer y escribir, sabrían que el Estado prácticamente cumple los objetivos de déficit (a costa de todo lo anterior) y que la deuda pública española es de las menores de Europa. Que el problema, el riesgo país, no viene de la Administración (lo que resulta milagroso: si robaran menos, no habría déficit), sino del pufo bancario. Los bancos están pillados con su cartera inmobiliaria, los créditos incobrables a promotores y las hipotecas en riesgo de impago. No hacen nada (o mucho menos de lo que debieran) para adecuar sus cuentas al valor real de lo que tienen porque quedarían fatal y, además, no les hace falta porque papá Estado garantiza que no les va a pasar nada. 3.000 millones de euros para un banco valenciano de mierda que podría haber quebrado perfectamente: quiebra, sus directivos van a la cárcel, el Fondo de Garantía de Depósitos se hace cargo de lo que tenga que hacerse cargo y aquí paz y después gloria. Pero no: lo que por un lado se ahorra echando interinos a la calle o negando asistencia sanitaria a los parados, se gasta en tapar los agujeros de un banco de tercera fila. Eso sí: el mismo tipo que le regala a ese ¿banco? 3.000 millones de euros, no pierde ocasión de hacer declaraciones exigiendo que los trabajadores cobren menos, que con esos sueldazos de mil euros no saldremos de la crisis jamás.”

O más de lo mismo:

“La mejor prueba de que somos gilipollas es la crisis. Porque, en los tiempos que vivimos, sólo a un gilipollas se le puede ocurrir creerse que tiene un trabajo para toda la vida y endeudarse de por vida para comprar por 300.000 euros (más intereses) un piso que unos pocos años antes valía 85.000 (y lo pagabas en diez años) y, encima, jactarse de ello y tratar de irresponsables a las personas sensatas (o conscientes de su pobreza) que no hacen lo mismo. Y, tan gilipollas como él (bueno, algo menos) son los promotores y banqueros que montaron esta estafa piramidal, subiendo porque sí el precio de las viviendas (o sea: su margen de beneficios –los ladrillos no subieron) hasta que llegó el momento en que no quedaba nadie que pudiera comprarlas. La prueba de que no sólo son estafadores sino también gilipollas, la tenemos en el hecho de que, cuando cualquiera con dos dedos de frente veía que el chiringuito ya no daba más de sí, promotoras enormes seguían endeudándose para comprar un suelo en el que ya no iban a poder construir (ni vender) y los bancos seguían dándoles préstamos que ya no iban a poder devolver. Joder, si justo antes de que la burbuja reventara, Emilio Botín, que de esto sabe algo, liquidó todas las propiedades inmobiliarias del Banco Santander haciendo caja en el momento en que los precios alcanzaron su punto culminante, por algo sería.”

En resumen, pensamiento del mes:

“Al que es tonto de nación

la tinta se le indigesta,

quien tiene dura la testa

tonto vive y tonto morirá

que, lo que Natura no da,

Salamanca no lo presta.”

 

P.S.- En realidad, todo esto son excusas. Lo que pasa es que me he enganchado al Urban Terror y me lo paso pipa matando machanguitos. Voy progresando: el otro día maté a 44 en una partida. No es mucho, pero mejoraré.